
Hojas bienintencionadas
Por: Julio Álvarez Pineda
La hoja plegada, William Maxwell.
Traducción de Miguel Temprano García.
Libros del Asteroide. Barcelona, 2007. 350 páginas.
Este mes de Agosto se cumplieron cien años del nacimiento de William Maxwell, autor de ‘Vinieron Como Golondrinas', su obra más famosa dentro de una producción literaria escueta, reducida a seis novelas y algunos libros de cuentos. No obstante, William Maxwell consagró su vida a la literatura, pero volcándose principalmente en su labor como editor de The New Yorker. ‘La Hoja Plegada' podría considerarse una novela menor dentro de la obra de un autor ya de por sí menor, rescatada de forma notable por Libros del Asteroide. Es una triste verdad que haber sido editor de J. D. Salinger o John Updike no asegure mimetizar prosas tan potentes. Pese a ello, ‘La Hoja Plegada' contiene una serie de aciertos que la convierten en una novela de interés, con un innegable regusto clásico.
Pese a ser escrita en 1948, ‘La Hoja Plegada' transcurre en el Chicago de los años veinte. Como el poema de Tennyson que le da nombre, ‘La hoja Plegada' nos relata una historia sobre el tránsito a la edad adulta y el consecuente entierro de la ingenuidad (así lo recoge la metáfora que, elegante a la vez que demasiado obvia, cierra la novela). Maxwell nos sumerge en la vida de dos jóvenes antagónicos con el uso de una prosa pausada, reflexiva en ocasiones, que bebe de un cierto costumbrismo.
Lymie es un chico delgado, tímido y poco sociable. Su amigo Spud carece de las inquietudes intelectuales de Lymie, pero posee instinto, es sociable y todo un atleta. La escena que abre el libro, perfectamente trazada, nos convierte en observadores del nacimiento de la amistad entre ambos. Todo se produce a raíz de un percance resuelto gracias al instinto de Spud. El autor, en muy pocas páginas, deja constancia de aquello que será el motor de su obra: una amistad fuerte entre dos adolescentes, tanto como sólo lo pueden ser las relaciones basadas en lo irracional, en la carne; y tan casual e instintiva como el gesto que la hace nacer. Lymie es huérfano de madre, y su padre es un bebedor de oficio ambiguo. Por el contrario, Spud es parte de una familia que posee la falsa apariencia de perfección de toda buena familia americana. Lymie pronto es abrazado por ellos, y desde entonces Spud no dejará de ofrecerle su protección (durmiendo con él, defendiéndole, tratando de introducirle en el círculo de la Fraternidad...).
Al comienzo de la tercera parte de la novela, se nos presenta a un Lymie universitario, que ha dejado atrás su pueblo y sus años de instituto. Se encuentra inmerso en una clase de literatura a la que también acude Sally, quien conformará un triángulo amoroso junto con los dos protagonistas, lo que inevitablemente pondrá a prueba la solidez de la amistad entre ambos. Es en este punto en el que cabe hacer una mención a la latente homosexualidad que reposa en toda la novela. Podría considerarse latente por cuanto puede encaja con el sentimiento de admiración de Lymie hacia Spud, así como con el afán de protección de este segundo respecto a Lymie. Bien es cierto que este tema ya fue abordado por el propio autor en sus últimos años, quien no obstante deseó que el libro no fuese etiquetado en base a ese aspecto. No existen razones para rechazar esta obviedad, por otro lado admirablemente audaz para la época en que fue escrita la novela. Lymie comparte cama con Spud en la "302" (la residencia de estudiantes en la que viven, de la que Lymie dice que es el único lugar en el que a nadie le importaban cosas como aquella), admira la musculatura de su amigo, o pasea junto a él entrelazando sus manos en el bolsillo del pantalón. La admiración masculina, el sentimiento de amor hacia un igual antagónico, así como la naturalidad social de emparejarse con una mujer, se expresan a la perfección cuando Maxwell nos cuenta que "Lymie sintió una doble punzada de celos al oírlo"; al oír que Spud y Sally salían juntos. La atracción de Lymie hacia Spud es explícita y delicadamente obsesiva. Por el contrario, Spud mantiene una postura más acorde con su carácter, algo tosco y mucho menos pasional que Lymie, pese a que serán de él de quien surjan los momentos de mayor intensidad afectiva hacia su amigo. De cualquier forma, el tema principal de la novela no es ese, aunque no merece ser obviado, por cuanto no sería justo rehuir uno de los sentimientos más característicos de la adolescencia (véase como el despertar del amor o la búsqueda de la identidad sexual). El cariño incondicional y servil, la admiración desmedida, son algunos de los mejores ejemplos que posee Maxwell para contarnos ese tránsito a la edad adulta, verdadero tema de la novela.
Reconozco que la historia de Lymie y Spud es capaz de cautivar a cualquiera. Posee las mismas virtudes que las del cine clásico: las de contar una buena historia, sin elevadas pretensiones. Maxwell podría haber caído en la facilidad de un romanticismo soporífero (y parece hacerlo, hacia el final de la novela, aunque sale airoso de ello); pero los personajes, aunque estereotipos, llegan a encerrarnos en su historia. Es difícil negarse a querer saber cómo será ese camino a la experiencia para Lymie y Spud, previsiblemente plagado de piedras, y quizás por eso previsiblemente interesante. La capacidad de Maxwell para crear una historia auténtica es innegable, pero su forma de abordarla no es la de un gran escritor. Maxwell adopta una postura paternalista con sus personajes: si bien su escritura es elegante y delicada, carece de la capacidad para dotar de intensidad narrativa a aquellos momentos que así lo requieren. Nos encontramos, por tanto, con una novela repleta de momentos importantes, escenas perfectamente perfiladas, que en cambio no son narradas con la intensidad debida. Como si el guión y la escena captados fueran perfectos, pero el director fuese incapaz de transmitir a sus actores el nivel de implicación emocional requerido. Por tanto, incluso los acontecimientos más elevados de la novela se quedan a medias, y lo que es peor, no desaparece del lector la impresión de que podría haber estado ante una obra importante.
Si a Salinger le bastaban un par de personajes conversando en un baño para convertir "Franny & Zooey" en una pequeña obra de arte, a Maxwell le ocurre todo lo contrario: describe a sus protagonistas a la perfección (son arquetipos, sí, pero su evolución resulta creíble e interesante), les concede vivencias y situaciones de enorme intensidad... Para luego impedirles hablar. El autor está detrás de todo lo que nos es contado: un narrador reposado y sabio que incluso se permite todo un capítulo, hacia el final de la novela, dedicado a sus propias reflexiones. El principal defecto de la novela, por tanto, es el filtro por el que el narrador hace pasar su perfecta historia casi cinematográfica (sus imágenes maravillosamente esbozadas en la mente del lector, sus personajes llenos de interés...). Maxwell impone la barrera de un narrador costumbrista, que decide explicarnos incluso el significado de sus metáforas, aunque luego deje jugar a la ambigüedad en la relación de amor/amistad de sus protagonistas. El mismo Lymie habla de su vida como un guión en más de un capítulo. Sea o no premeditado, parece darnos todas las pistas del principal defecto de ‘La Hoja Plegada': la novela está demasiado clara en la mente del autor (no obstante contiene buena parte de elementos autobiográficos), pero sus personajes se encuentran encerrados en un formalismo del que no pueden salir. Ahondando en esta idea, en ocasiones nos son descritos con exceso de detalle personajes absolutamente insustanciales para el desarrollo de la historia. En definitiva, el narrador omnisciente de Maxwell es demasiado sabio, se encuentra demasiado reclinado en su sofá, y convierte en memorias de juventud momentos que requieren todo lo contrario: la viveza del tema que se está abordando, la enorme intensidad con que son vividos los descubrimientos que nos conducen a convertirnos en adultos.
No obstante lo dicho, ‘La Hoja Plegada' posee suficientes ingredientes para considerarse una lectura recomendable. Permite ese paladeo al terminar una buena historia clásica, pero peca de ser contada por un narrador, paradójicamente, demasiado clásico, o poco audaz narrativamente hablando (no en cuanto a temática se refiere, como ha quedado expuesto anteriormente). Al lector le parecerá una pena ver cómo esos personajes, esa historia o ese tema tan absorbente pese a ser repetido mil veces, no pueden actuar por sí mismos, pues Maxwell es incapaz de dejar el fuego puesto y salir a dar un paseo. Quién sabe, quizás al volver se habría encontrado todo ardiendo, aunque quizás, también, de entre la ceniza habría podido rescatar la obra de un gran escritor.
Traducción de Miguel Temprano García.
Libros del Asteroide. Barcelona, 2007. 350 páginas.
Este mes de Agosto se cumplieron cien años del nacimiento de William Maxwell, autor de ‘Vinieron Como Golondrinas', su obra más famosa dentro de una producción literaria escueta, reducida a seis novelas y algunos libros de cuentos. No obstante, William Maxwell consagró su vida a la literatura, pero volcándose principalmente en su labor como editor de The New Yorker. ‘La Hoja Plegada' podría considerarse una novela menor dentro de la obra de un autor ya de por sí menor, rescatada de forma notable por Libros del Asteroide. Es una triste verdad que haber sido editor de J. D. Salinger o John Updike no asegure mimetizar prosas tan potentes. Pese a ello, ‘La Hoja Plegada' contiene una serie de aciertos que la convierten en una novela de interés, con un innegable regusto clásico.
Pese a ser escrita en 1948, ‘La Hoja Plegada' transcurre en el Chicago de los años veinte. Como el poema de Tennyson que le da nombre, ‘La hoja Plegada' nos relata una historia sobre el tránsito a la edad adulta y el consecuente entierro de la ingenuidad (así lo recoge la metáfora que, elegante a la vez que demasiado obvia, cierra la novela). Maxwell nos sumerge en la vida de dos jóvenes antagónicos con el uso de una prosa pausada, reflexiva en ocasiones, que bebe de un cierto costumbrismo.
Lymie es un chico delgado, tímido y poco sociable. Su amigo Spud carece de las inquietudes intelectuales de Lymie, pero posee instinto, es sociable y todo un atleta. La escena que abre el libro, perfectamente trazada, nos convierte en observadores del nacimiento de la amistad entre ambos. Todo se produce a raíz de un percance resuelto gracias al instinto de Spud. El autor, en muy pocas páginas, deja constancia de aquello que será el motor de su obra: una amistad fuerte entre dos adolescentes, tanto como sólo lo pueden ser las relaciones basadas en lo irracional, en la carne; y tan casual e instintiva como el gesto que la hace nacer. Lymie es huérfano de madre, y su padre es un bebedor de oficio ambiguo. Por el contrario, Spud es parte de una familia que posee la falsa apariencia de perfección de toda buena familia americana. Lymie pronto es abrazado por ellos, y desde entonces Spud no dejará de ofrecerle su protección (durmiendo con él, defendiéndole, tratando de introducirle en el círculo de la Fraternidad...).
Al comienzo de la tercera parte de la novela, se nos presenta a un Lymie universitario, que ha dejado atrás su pueblo y sus años de instituto. Se encuentra inmerso en una clase de literatura a la que también acude Sally, quien conformará un triángulo amoroso junto con los dos protagonistas, lo que inevitablemente pondrá a prueba la solidez de la amistad entre ambos. Es en este punto en el que cabe hacer una mención a la latente homosexualidad que reposa en toda la novela. Podría considerarse latente por cuanto puede encaja con el sentimiento de admiración de Lymie hacia Spud, así como con el afán de protección de este segundo respecto a Lymie. Bien es cierto que este tema ya fue abordado por el propio autor en sus últimos años, quien no obstante deseó que el libro no fuese etiquetado en base a ese aspecto. No existen razones para rechazar esta obviedad, por otro lado admirablemente audaz para la época en que fue escrita la novela. Lymie comparte cama con Spud en la "302" (la residencia de estudiantes en la que viven, de la que Lymie dice que es el único lugar en el que a nadie le importaban cosas como aquella), admira la musculatura de su amigo, o pasea junto a él entrelazando sus manos en el bolsillo del pantalón. La admiración masculina, el sentimiento de amor hacia un igual antagónico, así como la naturalidad social de emparejarse con una mujer, se expresan a la perfección cuando Maxwell nos cuenta que "Lymie sintió una doble punzada de celos al oírlo"; al oír que Spud y Sally salían juntos. La atracción de Lymie hacia Spud es explícita y delicadamente obsesiva. Por el contrario, Spud mantiene una postura más acorde con su carácter, algo tosco y mucho menos pasional que Lymie, pese a que serán de él de quien surjan los momentos de mayor intensidad afectiva hacia su amigo. De cualquier forma, el tema principal de la novela no es ese, aunque no merece ser obviado, por cuanto no sería justo rehuir uno de los sentimientos más característicos de la adolescencia (véase como el despertar del amor o la búsqueda de la identidad sexual). El cariño incondicional y servil, la admiración desmedida, son algunos de los mejores ejemplos que posee Maxwell para contarnos ese tránsito a la edad adulta, verdadero tema de la novela.
Reconozco que la historia de Lymie y Spud es capaz de cautivar a cualquiera. Posee las mismas virtudes que las del cine clásico: las de contar una buena historia, sin elevadas pretensiones. Maxwell podría haber caído en la facilidad de un romanticismo soporífero (y parece hacerlo, hacia el final de la novela, aunque sale airoso de ello); pero los personajes, aunque estereotipos, llegan a encerrarnos en su historia. Es difícil negarse a querer saber cómo será ese camino a la experiencia para Lymie y Spud, previsiblemente plagado de piedras, y quizás por eso previsiblemente interesante. La capacidad de Maxwell para crear una historia auténtica es innegable, pero su forma de abordarla no es la de un gran escritor. Maxwell adopta una postura paternalista con sus personajes: si bien su escritura es elegante y delicada, carece de la capacidad para dotar de intensidad narrativa a aquellos momentos que así lo requieren. Nos encontramos, por tanto, con una novela repleta de momentos importantes, escenas perfectamente perfiladas, que en cambio no son narradas con la intensidad debida. Como si el guión y la escena captados fueran perfectos, pero el director fuese incapaz de transmitir a sus actores el nivel de implicación emocional requerido. Por tanto, incluso los acontecimientos más elevados de la novela se quedan a medias, y lo que es peor, no desaparece del lector la impresión de que podría haber estado ante una obra importante.
Si a Salinger le bastaban un par de personajes conversando en un baño para convertir "Franny & Zooey" en una pequeña obra de arte, a Maxwell le ocurre todo lo contrario: describe a sus protagonistas a la perfección (son arquetipos, sí, pero su evolución resulta creíble e interesante), les concede vivencias y situaciones de enorme intensidad... Para luego impedirles hablar. El autor está detrás de todo lo que nos es contado: un narrador reposado y sabio que incluso se permite todo un capítulo, hacia el final de la novela, dedicado a sus propias reflexiones. El principal defecto de la novela, por tanto, es el filtro por el que el narrador hace pasar su perfecta historia casi cinematográfica (sus imágenes maravillosamente esbozadas en la mente del lector, sus personajes llenos de interés...). Maxwell impone la barrera de un narrador costumbrista, que decide explicarnos incluso el significado de sus metáforas, aunque luego deje jugar a la ambigüedad en la relación de amor/amistad de sus protagonistas. El mismo Lymie habla de su vida como un guión en más de un capítulo. Sea o no premeditado, parece darnos todas las pistas del principal defecto de ‘La Hoja Plegada': la novela está demasiado clara en la mente del autor (no obstante contiene buena parte de elementos autobiográficos), pero sus personajes se encuentran encerrados en un formalismo del que no pueden salir. Ahondando en esta idea, en ocasiones nos son descritos con exceso de detalle personajes absolutamente insustanciales para el desarrollo de la historia. En definitiva, el narrador omnisciente de Maxwell es demasiado sabio, se encuentra demasiado reclinado en su sofá, y convierte en memorias de juventud momentos que requieren todo lo contrario: la viveza del tema que se está abordando, la enorme intensidad con que son vividos los descubrimientos que nos conducen a convertirnos en adultos.
No obstante lo dicho, ‘La Hoja Plegada' posee suficientes ingredientes para considerarse una lectura recomendable. Permite ese paladeo al terminar una buena historia clásica, pero peca de ser contada por un narrador, paradójicamente, demasiado clásico, o poco audaz narrativamente hablando (no en cuanto a temática se refiere, como ha quedado expuesto anteriormente). Al lector le parecerá una pena ver cómo esos personajes, esa historia o ese tema tan absorbente pese a ser repetido mil veces, no pueden actuar por sí mismos, pues Maxwell es incapaz de dejar el fuego puesto y salir a dar un paseo. Quién sabe, quizás al volver se habría encontrado todo ardiendo, aunque quizás, también, de entre la ceniza habría podido rescatar la obra de un gran escritor.
Artículo nº: 203 | 17-10-2008
ElCrítico/EDL/17-10-2008


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