
Pablo Palacio: Galería de personajes anormales y una prosa vanguardista y experimental
Publica Ñ
Por Susana Rosano
Como señala Celina Manzoni (una de las críticas que más ha hecho por estudiar y difundir la obra de Palacio en la Argentina), las primeras lecturas que se hicieron de la breve obra del ecuatoriano sólo pudieron leer en sus textos las anomalías. Y en este sentido es interesante el prólogo de Un hombre muerto a puntapiés (su libro de cuentos de 1927), donde se puede encontrar un verdadero método de trabajo: "Con guantes de operar, hago un pequeño bolo de lodo suburbano. Lo echo a rodar por esas calles: los que se tapan las narices lo habrán encontrado carne de su carne". Aquí puede leerse un momento importante en la estética de Palacio: poner el ojo en "el asco de nuestra verdad actual", exacerbando sus contradicciones evidentes hasta llegar muchas veces a lo absurdo, a lo inverosímil. Desde allí su galería de personajes "anormales": el hombre muerto violentamente a puntapiés a partir de un supuesto intento de abordaje homosexual; la mujer de doble cuerpo, el antropófago que no puede resistir su compulsión por la carne humana y ataca a su propio hijo a dentelladas. Criaturas miserables colocadas en situaciones minimalistas, sórdidas, a veces crueles, donde no hay cabida para los héroes.
Lector de Lautrémont y por lo tanto afecto a cierto nivel de morbo en sus creaciones, es evidente en Palacio la intención de desestabilizar aquellas clasificaciones con que la medicina higienista de fines del siglo XIX y principios del XX construyó sus categorías de lo "anormal", "lo inmoral"; "lo enfermizo". Y es desde allí donde la crítica lo leyó durante más de treinta años, sobre todo teniendo en cuenta que el escritor murió en un manicomio, después de una internación de siete años y como consecuencia de la sífilis que contrajo a partir de su relación estable con una prostituta. Otro raro caso donde la vida copia al arte, ya que este mismo argumento había sido trabajado por Palacio en su cuento "Luz lateral". Allí, el narrador protagonista decide abandonar a su mujer debido a la desagradable costumbre que ella tiene de pronunciar la expresión "¡claro!" cada vez que habla. Exactamente como en la vida real le sucedería al propio autor, en el relato el protagonista se encuentra después de la separación con una prostituta que le contagia la sífilis, lo que lo termina sumiendo en la demencia.
Sin embargo, más allá del extremo biografismo con que la obra de Palacio fue leída durante años, desde hace ya un largo tiempo la crítica pudo descubrir en él a uno de los más exquisitos creadores de la serie de la prosa vanguardista, donde sin lugar a dudas descuella Vicente Huidobro y en la cual Macedonio Fernández es un visionario. Estamos en un momento de cambios importantes en las letras ecuatorianas, donde el Grupo de Guayaquil ofrece una clara renovación a la estética realista de Jorge Icaza, y su denuncia sobre el exterminio de los indios en la famosa novela Huasipungo.
La incorporación del habla cotidiana de cholos y montuvios en los relatos del grupo de Guayaquil marca una notoria diferencia con la tradicional novela de la tierra, donde el narrador queda a gran distancia lingüística de sus personajes. Sin embargo, la renovación de Pablo Palacio va en otra dirección. En sus dos novelas, Débora (1927) y Vida del ahorcado (novela subjetiva), de 1932, sus rupturas apuntan a desmantelar el código de la representación realista. Se trata de textos inquietantes, que desestabilizan un orden y una tradición. Textos excéntricos, que, como toda prosa vanguardista, muchas veces resultan difíciles de leer y que, como certeramente apunta Celina Manzoni, aparecen "como una zona enferma que altera la homogeneidad y la normalidad y que, en consecuencia, debe ser extirpada". Un desafío para las buenas costumbres, que posiblemente explique el largo tiempo que la obra de Pablo Palacio necesitó para ocupar su lugar en la literatura latinoamericana.
Pablo Palacio (Loja, 1906 - Quito, 1947)
Narrador ecuatoriano cuya obra se adscribe a las vanguardias por su naturaleza absurda, grotesca e irreverente. Desconocido por su padre al nacer, y muerta su madre cuando él apenas tenía seis años, tuvo que ser educado por un tío suyo. A la edad de tres años recibió un golpe en el cráneo que le dejó una profunda cicatriz para toda la vida. Estudió en la escuela de los Hermanos Cristianos y en el colegio Bernardo Valdivieso de su ciudad natal. En 1925 se graduó en Jurisprudencia por la Universidad Central. Ejerció como profesor de Filosofía y Literatura en la misma Universidad, como subsecretario del ministerio de Educación, cuando era dirigido por Benjamín Carrión, y como subsecretario de la Asamblea Nacional Constituyente en 1938.
En 1939 comenzó a sentir ciertos trastornos mentales que pronto se declararían en locura, de forma que los últimos siete años de su vida hubo de pasarlos en una clínica psiquiátrica acompañado y cuidado por su fiel esposa, la cual se ofreció como enfermera en la misma clínica para poder sufragar los gastos del tratamiento. En política militó en el partido socialista y, junto con Jorge Reyes, Jaime Chaves y Alfonso Moscoso, fundó la revista Cartel, desde la cual se divulgaban las ideas socialistas.
Pablo Palacio trabajó también como periodista, escribiendo artículos de corte filosófico y jurídico. Hoy por hoy, sin embargo, es más conocido como escritor literario. Escribió su primer cuento, El huerfanito, para unos Juegos Florales que Benjamín Carrión organizó en Loja en 1921, cuando Pablo era aún un colegial; con ese cuento ganó un premio que finalmente no recibió, porque en el momento de recibirlo se negó a arrodillarse ante la reina del Festival.
En 1927 publicó su libro de cuentos, Un hombre muerto a puntapiés, -calificado de antirromántico porque presentaba seres anodinos y de vulgares pasiones- y Débora (1927), novela subjetiva que sobresale por la profundización en la psicología de sus personajes, característica ésta propia de toda la obra literaria de Pablo Palacio. Estos libros le convirtieron en el escritor joven más discutido y admirado entre la intelectualidad quiteña. Benjamín Carrión reconoció su talento y le dedicó todo un ensayo en su obra Mapa de América. Otros escritos fueron: los cuentos El frío y Los aldeanos (1923), la novela Vida del ahorcado (1932) y varios ensayos y artículos que todavía se publican en revistas y gacetas.
En su narrativa desfilan seres anormales, casi locos, investigadores que elaboran hipótesis absurdas, casos clínicos, personajes dotados para el ridículo, todo ello manejado desde la ironía de un humorismo deshumanizado. Esta búsqueda por la anormalidad que persigue el descrédito de la realidad es una huida del lugar común y de los tópicos de la costumbre. Al sostener agrias polémicas con los escritores y críticos de tendencia realista, Palacio produjo escándalo en su tiempo por su arte profundamente antirromántico, que practicaba la ruptura del tiempo lineal y la afirmación de su discontinuidad, y que exploraba el humor ácido y el desenfado en sus narraciones. Por el tono desacralizador de éstas, que no toman en serio lo real y que propician el ideal de transformar en texto la pequeña realidad, de inventarla desprestigiándola, produjo una literatura que, por el juego de niveles de realidad, no da descanso al lector.
Fuente: Biografías y vidas
Noticia nº: 3350 | 13-01-2010
ActualidadLiteraria/EDL/13-01-2010


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