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que un mal juez.
Quevedo

blog  El churro frío



Por: María Antonia Ortega | 10 Mar 2010 15:04:27
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He salido del camino; y por eso lo que busco, sin lo que no me conformo, es una estela, como el sol de Invierno, o el cuello del cisne en el que hoy me voy a detener.
Porque es una rutina invocar la conveniencia de la elipsis, o que se llegue al final del poema lo antes posible sin necesidad de detenerse, ni de entrar en detalles.
Se trataría pues de buscar el atajo. Así que un libro de poemas sería una colección de abreviaturas, y a veces un viaje sin paisajes: renunciar al asiento de la ventanilla para preferir el del pasillo.
Sin embargo todo esto alcanzaría a ser como practicar una histerectomía o sutura en el cuello del cisne, hacer en él una grave incisión, como si el arte de describir fuese una malignidad, un tumor canceroso; como si el lujo de los detalles constituyese un cáncer de cuello de cisne.
Pero si de esa manera tajante se pretende acortar el cuello del cisne, inspirador de las gorgueras, entonces el cisne se convertiría en pato, lo que no me parecería un buen resultado.
Dejó dicho Vladimir Nabokov: Mi tragedia privada, que no puede ni debe, en verdad, interesar a nadie, es que he debido abandonar mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente libre lengua rusa, por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos - el espejo falaz, el telón de terciopelo negro, las asociaciones y transiciones implícitas - que el ilusionista nativo, agitando las colas de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia común
Existen posibilidades del lenguaje entonces que no excluyen ni la elipsis ni la descripción, tan cultivada esta última por Proust, y recordada por Walter Benjamin en su Cuaderno de Berlín, e incluso empleada por Wittgenstein en su método filosófico para mostrar y no representar, y que no es otra que la inclinación que hace el cisne curvando su cuello hasta tocar con su cabeza el nudo y el principio de su larga garganta (como he visto en una cerámica del escaparate en una tienda de lámparas de la calle de Batalla del Salado); es decir, cerrando el paréntesis sobre su blanca pechera.
Pero para ello sería preciso tener mucho arte, pues se alargaría el poema para acortarlo, para encontrar a la vez el principio y el final como en los cuentos orientales, lo cual constituye el auténtico sentido de la elipsis..
Lo que no se debe hacer es simplificar. Y no es la primera vez que sostengo que el siglo pasado incurrió en las simplificaciones, como sucedió, primero con las segundas vanguardias y su terminación en “ismo” hasta desembocar en facil-ismos (cuya crítica podría llevarse a cabo en una revista de arte que podría llegar a denominarse EL CHURRO FRÍO), y en la anterior centuria se abusó de reduccionismos como ocurrió luego con las orientaciones políticas de mitad de siglo que se situaron al margen de la cultura democrática y de la tradición crítica, y por supuesto de la autocrítica; y como sucedió por último, con la más grave de todas porque no tiene fin, con la que han traído el capitalismo y el consumismo en la última e interminable fase del modo de producción industrial.
Etapa que ha transformado a los grandes partidos políticos en pingues negocios, a los medios culturales en boyantes empresas, cuya subsistencia exige la existencia de un amplio margen de beneficios materiales..
Pero al consumismo al que pongo mayores reparos es al que tiene por objeto los bienes culturales, pretendiendo convertir el libro en un éxito comercial y en un fenómeno mediático. De este modo se va a impedir que un escritor pueda alcanzar su máxima grandeza, la de su fracaso y el prestigio que éste confiere, que no tiene otro significado que su renuncia a cualquier tipo de transacción, y la reivindicación de su libertad como ser irreductible hasta convertirse en un bello ángel engalanado con sus harapos elegantísimos, cuya mente sin embargo vaga por lujosos palacios.
El cuello del cisne, cuyo tamaño puede parecer inútil, anacrónico, como las costillas voladoras, representa la falta de simplificación; y si no se extirpa su flexo, cuando se curve, nadie se arrepentirá de una realidad cada vez más compleja, y llena de matices, (ante la cual después de la primera Guerra Mundial se reaccionó con un movimiento de huida).
La última simplificación lo ha sido tanto la Guerra de Irak como la promoción de cualquier obra de escasa calidad a través de las técnicas comerciales: cualquier best-seller repleto de banalidades, ñoñeces, rumiaciones obsesivas, solemnidades y cursilerías. Ambas realidades son destructivas, si bien de muy distinto modo.
Ah, qué mal sabe el churro frío.

Categoría : Diario | © María Antonia Ortega

Comentarios


Esto no es todo
 Por: Lucía López | Hora | 30 May 2010 20:39:32 :
En unas primeras y desordenadas lecturas, creí encontrar algunas diferencias notables de apreciación, ahora que releo, me doy cuenta que son mínimas, que en esencia suscribo sus ideas y las fluctuaciones se deciden más en el gusto o en la pulsión.
No hice caso, no me tomé el tiempo y ahora he de reconducir un discurso.
No considero mejor un estilo que otro, aunque tenga mis preferencias, huyo de la simplificación, de lo obvio, del mercantilismo, de la utilidad de bienes -el arte- que no se dan para estos fines sino para ausentarse de este no lugar que es la realidad y si algo puede ser compartido dejar ver una estela que surque la mejilla y sorprendernos de que eso ocurra.
Me doy cuenta de que hay normas y no hay normas indiscutibles, en estos dos últimos meses he encontrado dos con las que estoy de acuerdo, una de Oscar Wilde en “La decadencia de la mentira”: “El arte halla su perfección dentro y no fuera de sí mismo. No ha de ser juzgado por patrones externos de semejanza. Es un velo más que un espejo. Tiene flores que ningún bosque conoce, pájaros que no posee ninguna arboleda. Hace y deshace muchos mundos, y puede bajar la luna del cielo con un hilo escarlata. Suya son las “formas más reales que el hombre vivo”(Shelley), y suyos los grandes arquetipos de los que las cosas que existen son sólo copias inacabadas. A sus ojos la Naturaleza no tiene ni leyes ni uniformidad”; la otra de Miguel de Unamuno en “Contra esto y aquello”: “Y me acuerdo de nuestro Don Quijote, de aquel glorioso Caballero de la Fe, honrosísimo blanco de todas las burlas, ludibrio de las gentes todas y a quien un niño podía engañar; de aquel prodigio de valor que supo arrostrar impávido el ridículo.
Cuando el temor de hacer el ridículo se apodera de un individuo o de un pueblo, están perdidos para toda acción heroica”.
Esto último me lleva a coger una bifurcación en defensa de las legítimas vanguardias, se que muchos apelan a ese nombre en medio de la confusión que reina y el merchandaising, pero ellas sólo responden a una cuestión interna, a una búsqueda de nuevos valores una vez tocado fondo.
Algunos las detestan sólo porque no son útiles y eso es lo que más me aferra a ellas, también se suele decir que no han aportado nada que son polvo de museo cuando cínicos usan sus fórmulas diluidas, a veces casi imperceptibles a los que las desconozcan para hacer pasar su obra por original, reconozco que me saca de quicio.
No vengo a decir que defienda más a unos que a otros aunque si reconozco su capacidad visionaria, para ellos en realidad no es un mérito, he llegado a la conclusión de que es una cuestión de carácter o de pulsión indisociable a su fuerza, asociaciones..., algunos muestran una evolución, unos pasos abismales que resultan molestos no faltos de aversión o repugnancia a unos sentidos no ajustados, ninguno es mejor que otro repito, si todos ellos nos llevan al mismo lugar; unos a empujones, atropellados, ensimismados, otros mecidos por una corriente interna apenas perceptible a un naufragio.
Me conmueve ver a Oteiza en su taller pensando sus maquetas de tizas, escribiendo un poema y a Miró en su jardín revisando sus telas quemadas, lúcidos ancianos, verdadera juventud, ninguna etiqueta o movimiento puede cuestionarles ni al género documental que Vertov y seguro que muchos más que desconozco elevaron a la categoría de arte.
He concluido que en todos a los que adoro: sabios, encantadores, tramposos, eruditos, hipersensibles..., se da un margen de error que es lo que nos define como hombres y lo muestro trágico y hermoso: el desatino.


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