Poesía y algo menos
Por: María Antonia Ortega | 01 Jun 2009 03:36:19

Ah, la tentación del mundo es la más peligrosa para el poeta, y en general para todo hombre espiritual, pues lo mundano es lo más ajeno a él, y lo que le saca de quicio; lo que le deforma ; y de ser condecorado con sus honores deja de ser un ejemplar de raza que, siempre en estado de desnudez, no soporta ningún peso material, pues lo arroja lejos de sí impaciente y lleno de nerviosismo, para convertirse en un burro de feria. ¡Vuelva el genio fuerte!
Resulta desagradable soportar algunas opiniones sobre la poesía que no son sino un intento de simplificación de la misma, utilizando la expresión siguiente: panorama de la poesía actual , en el que después no se puede ver otra cosa que una cierta confusión, una visión borrosa detrás de la que se adivina una mirada vidriosa, y unas explicaciones que nos suenan a recetas de especialistas en enfermedades del aparato digestivo: como cuando se decide la destrucción del texto o de los universales, o la necesidad de un recambio generacional, o la refutación del talento; y así en vez de ser despertados por la gran poesía, por su aldabonazo, por su gong, que hace caer a las estrellas del cielo, dormitamos cuando acudimos con una cierta resignación a algunos actos literarios.
Quizá los suplementos de libros deberían ser un espacio semanal en blanco en todos los periódicos, que declararían así su inocencia ante un tema absolutamente inabarcable, ante el que hay que declararse siempre ignorante más que entendido.
Pero la poesía es como la muerte con su justicia, pues es la que a todos iguala recordando la condición humana. La muerte venga al poeta en su lucha frente al Mundo, ya que la poesía nace de la empatía que acierta a expresar el poeta, que ha de ser el que representa a todos los hombres, en el sustrato de su naturaleza común; y por eso la poesía es como la muerte, y por ser igual a ella de algún modo la vence, pues la humaniza. Convierte a la muerte en humana. La muerte y la poesía recuerdan la igualdad entre todos los seres humanos.
Yo no soy una entendida en poesía, lo único que puedo aportar y proponerme es contar mis impresiones, narrar mis recuerdos de casi tres décadas en un estilo resumido, y confesar algunas de mis demandas, como por ejemplo la ya enunciada de que los suplementos literarios sean espacios en blanco.
Comienzo mi exposición desde la conciencia de la pérdida de algunos poetas que nos acaban de abandonar, aunque nos dejen en compañía de su obra: Juan Manuel González, Leopoldo Alas, Luis de Paola, Ramiro Fonte, Angel Campos Pámpano, Ana María Navales, y José Miguel Ullan. Todos ellos amigos.
A principios de los 80 trabe yo relación con los ambientes literarios y publiqué mis primeros poemas, inaugurando la Colección Torremozas, en compañía de otras tres escritoras, en su Primera Selección de Nuevas Voces; entonces estaban en boga los recitales de la FUNDACIÓN UNIVERSITARIA y los de la TERTULIA DE MONTESINOS, y reinaba el ambiente ciertamente viscontiano de mediados de siglo todavía.
En el Café Gijón presidían sus mesas Gerardo Diego, José García Nieto, (aunque se levantaba mucho de ellas por ir a saludar con amabilidad a unos y a otros), y Manuel Alvarez Ortega, cuya presencia siempre estaba anunciada por su coche aparcado en el Paseo de Recoletos, un modelo muy antiguo de la marca Mercedes que me provocaba una honda emoción estética. Aún se celebraban algunas sesiones de poesía en las cuevas de SÉSAMO en la calle del Príncipe.
Cerca de los ventanales del Café, abiertos, levantados hasta la mitad cuando se suavizaban las temperaturas, pasaba Blanca Andreu, la niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, ensimismada caminando por el Paseo de Recoletos, joven y soñadora como una figura de Sorolla; y abríamos con un abrecartas las páginas plegadas misteriosamente, cerradas como una sombrilla, otra vez, de la pintura de Sorolla, los ejemplares de las últimas ediciones de los Premios Adonais que en aquella época, cuando eran fallados, se convertían en una noticia que alcanzaba mucho eco en los medios. A mi me sedujeron mucho LAS BERLINAS DEL SUEÑO de Miguel Velasco, poeta que nunca ha querido salir de su intimidad, de su mundo, lo que le hace más pálido y atrayente.
En aquella época eran sometidos a una crítica en exceso incisiva los poetas novísimos, a los que a mi juicio no se ha entendido bién, pues no es que opusiesen la poesía y la cultura a la vida, sino que subrayaban la vitalidad que posee una emoción estética, como Virginia Woolf y su grupo de Bloombsbury lo hicieron, o el mismo Borges, para el que no existía experiencia vital más enriquecedora que la lectura.
Sin embargo vinieron a darles la réplica otros poetas: los sensistas, pero sobre todo los sentimentales que se consideraban emparentados con los poetas de los 50, y que defendían una poesía para ser entendida por el "hombre corriente", creado por las condiciones de la vida actual ¿Pero qué es "el hombre corriente"? ¿Existe en realidad? ¿Acaso no es una ilusión? En realidad se trataba de normalizar la poesía, para lo que se escogieron dos caminos: uno de ellos para elaborar un concepto de qué sea la realidad y haciendo un inventario, como en el cuaderno particiónal de una herencia, de lo que quedaba dentro y fuera de ella lo cual resultaba muy peligroso, pues podía derivar en una simplificación, como sucedió en parte. La simplificación es el peor enemigo del Arte, pues la raíz de este ha de estar en lo complejo. El segundo camino empleado por esta tendencia fue el de la refutación del talento y de la idea de la originalidad, y se quería equiparar la poesía con la métrica y el Arte de la composición. Se empleo la denominación de Poesía de la Experiencia para denominar a dicha tendencia.
El concepto de "experiencia", empleado por las "sabidurías orientales de la antigüedad", posee allí el hondo sentido de que así como que, por mucho que se domine una partitura, la música sólo puede conocerse cuando es interpretada, así debe también suceder con el conocimiento, que ha de ser además liberador. Entendemos, a la vista de los resultados obtenidos, que no fue precisamente esa honda meta la que alcanzó la autodenominada, "poesía de la experiencia".
Contra esa tendencia hegemónica se alzó la acción de la "galdosiana" Diferencia, desde los suplementos literarios de algunos de los periódicos de las provincias andaluzas, como las Juntas durante la Guerra de la Independencia, defendiendo la pluralidad y la libertad en la poesía; y frente a aquella se mostraron reticentes otros poetas agrupados con Valente o Gamoneda, muchos de ellos castellanos, muy austeros, encaminados a decir más con menos, y a reflejar otra misteriosa vida, también cotidiana, pero que sólo se puede ver al microscopio proyectado sobre las ideas, el tejido social, el tejido biológico, la tela de los afectos.
También había otros poetas convencidos de que la vida cotidiana no reside solamente en supermercados y discotecas, sino además en los astros, en la ciencia, en la religiosidad.
Pues también es vida cotidiana la que se puede observar a través del microscopio o del telescopio.
En definitiva que frente al empeño de normalizar la poesía, muchos poetas no querían renunciar a seguir profundizando en los misterios, o a problematizar. Porque lo cierto es que ha habido, a partir de mediados de los años 90, una crítica muy sesgada, y que ha acaecido una fracción, una ruptura entre la literatura oficial y la real; y que ya va siendo hora de que se restañe.
Es preciso recuperar aquellas lecturas libres e independientes efectuadas por algunos críticos como Florencio Martinez Ruiz, Miguel Casado y Juan Carlos Suñén, o José María Bermejo, o Miguel Galanes, o Eugenio Cobo, pues gracias a ellas se rescataron figuras como la de Antonio Gamoneda, y se perfilaron las plurales trayectorias de los poetas de los 80, como la estrella de la cultura democrática que también es plural.
Lo cierto es que, como ya he dicho en otras ocasiones, se ha escrito durante los últimos años en nuestro país con más pasión sobre poesía que poesía. Este ha sido un fenómeno ciertamente curioso; en todo caso, si se concibe el Arte como creación de estados de conciencia, deben ser bien recibidas las poéticas como reflexiones sobre la poesía, hasta el punto de que bien podrían sentarse hoy las bases de una Filosofía de la Poesía.
Hoy, en los últimos tiempos, mucha de la poesía que se publica me parece ilegible, no por su calidad, sino por su cantidad casi inabarcable. Echo de menos una cierta contención, autocrítica.
Sea como sea la poesía sigue inabatible, y resistente afortunadamente a las imposiciones del mercado, sin tiradas comerciales; y éste es su gran mérito que la honra, cosa que no ha pasado con la narrativa, de la que ya no queda género de culto.
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POESIA Y ALGO MENOS


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