
En la anterior temporada lo que si he conseguido es fotografiar las palomas que vienen a posarse, y ello por que se lo merecen por su gesto de seriedad, y por el equilibrio que saben mantener.
Sin embargo, a la vista de los últimos acontecimientos, de muchos sucesos de los que tengo noticia reciente, pudiéramos tener la tentación de llegar al convencimiento de que, entre los seres humanos, hay pocos hijos de Dios, y muchos hijos de su propia madre; y de que si pasan determinadas cosas es porque algunos son malos, otros tontos, y por último, otros más que se han vuelto locos, por no poder soportar ciertos espectáculos.
Pero no, no se debe incurrir en ese error, sino que es imprescindible reconocer que hay un número considerable de seres humanos empeñados en un meritorio esfuerzo de racionalización, y que prosiguen con el sueño humanizador, proyección del sueño de la naturaleza, que se ha manifestado por ejemplo en la izquierda utópica y en el cristianismo auténtico, (y respondiendo a este paradigma recuerdo el magnífico personaje del Calígula de Camús, Escipión, el obligado a comprender,que es el que no puede dejar de amar a Calígula, a pesar del ensañamiento de éste con él).
Y por cierto que se debería distinguir entre laicismo y anticlericalismo, porque el primero está previsto en el mismo Evangelio el cual sabe distinguir muy bien entre el mundo espiritual, el reino de Dios, y el poder temporal.
Pues bien, me corresponde añadir que, ya al final del Otoño, el paisaje no sólo se embellece, sino que además, como ya hemos visto, amplía su horizonte. Yo me declaro crepuscular, como Occidente. Y por cierto que la heterosexualidad en los tiempos actuales va adquiriendo en determinados ambientes las características, para mí deliciosas, de un cierto decadentismo con el aliciente de su sensualidad exacerbada; de una transgresión, de una inclinación mantenida en secreto, esa atracción entre seres tan distintos entre sí, el hombre y la mujer.
Ahora en Otoño puedo ver enfrente el rótulo de una academia de música a la que me gustaría acudir en compañía de mi madre, con la que no vivo en la actualidad, para recibir clases de canto; pues la poesía se abre por un lado irremediablemente al canto, y a la soledad por el otro. Recitar de memoria induce a lo primero, la lectura en la intimidad a lo segundo.
Y dirigiéndome, como siempre, a un posible lector quiero recordar ahora el DE PROFUNDIS de Oscar Wilde, como libro imprescindible, un libro soul de amor reflexivo.
Muy recientemente, este mismo Otoño, he tenido la posibilidad de ir por Merrion Square, lugar estrechamente asociado a la biografía de Wilde, para dirigirme a la atractiva sede del activo Instituto Cervantes de Dublín, cuya directora actual es la poeta Julia Piera, y la gestora cultural Laura Martín, las cuales llevan a cabo con mucha naturalidad un trabajo que no puede ser más exigente.
Mi país desde luego es la comunidad lingüística; y además para mí la metafísica, como posibilidad de representación del mundo, es la traducibilidad de la palabra.
Han empezado a caer las hojas de los árboles, y lo que se nos deja ver no tiene por qué hacernos caer en el pesimismo.
SoyPalabra/EDL/Blog
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