Soledad, tu eres como un licor peligroso que solamente pueden resistir los cuerpos y los espíritus todavía fuertes.
Soledad, tu eres mi varón.
He pasado las fiestas navideñas sin salir apenas de mi casa convertida en algo así como un bunker, en un refugio antiaéreo para protegerse contra las amenazas del contagio de la gripe a la que al final me he rendido, pero entregada, entre escalofríos, a una actividad intensa, en la que no ha faltado desde luego mandar y recibir desde mi torre señales luminosas bajo la forma de felicitación.
El caso es que jugando en el Jardín Botánico de Madrid con un gato negro que se acercó a recibirme, y que se arrimó mucho a mí para que le echara algo de comer, (por lo que le arrojé una tableta de chocolate negro que yo llevaba en el bolso), me resfrié.
Y que belleza después combatir detrás de los muros de mi casa, y bajo sus altos techos, con una naturaleza invisible, con un ser tan ameno, como el rhinovirus.
Quisiera volver en la convalecencia al Jardín Botánico, del que soy por cierto amiga, acompañada de dos amigos, para que éstos bajo a los árboles añosos, y cerca de las efigies de los antiguos botánicos, me den a saltar a la comba que suena como la poesía, cada vez que la cuerda da en el suelo marcando así su compás binario, vestidos los tres de negro como unos extraños deportistas, a los que sólo podrá rejuvenecer la tradición, la hoja y el tronco con su corteza húmeda, y no la flor. Qué hermoso sería que todas las mujeres pudieran llegar a llamarse
María Antigua. Porque ha habido mucho luto esta navidad, contra el bello y resplandeciente cielo azul turquesa de Madrid: A finales de 2008 ha muerto el poeta Luis de Paola, nacido en Argentina y arraigado en España; accesit del premio Adonais, y lo ha hecho en la más estricta intimidad, acompañado por el afecto amistoso de un compañero de ajedrez, casi un muchacho ; es decir que tal vez murió con las piezas negras del ajedrez, aunque no sabemos si las que le tocaron al final en realidad fueron las blancas: la dama blanca.
Hacía tiempo que Luis de Paola se había retirado de la vida literaria, y se había convertido en dandy de Colmenar Viejo.
Un verdadero poeta se pasa la vida desnudando la verdad, y la hora de la muerte, que es la verdad por antonomasia, por lo que Simone Weil salió pronto a su encuentro, fue la última desnudada por Luis que no tuvo por cierto velatorio ni entierro; ya habrán sido recogidas sus cenizas, o quizá estén bajo la nieve de estos últimos días.
Luis sin duda alguna habrá tenido la poesía para él solo durante la misteriosa vida real de sus últimos años, con su horario de funcionario de la Seguridad Social, o del INEM, y sus tardes libres, sin querer mantener ninguna distancia con los otros seres humanos, olvidándose de jerarquías y moldes, y despegándose de los "inhumanos".
Ninguna lástima me inspiran las circunstancias de la muerte de Luis, como no sea el dolor de su pérdida, sino que me provocan profunda admiración, pues su muerte fue su última genialidad.
Luis nunca dejó de ser un niño enamorado del misterio, escondido en los desvanes de la existencia, fuera del dominio de imposiciones y esclavitudes, con una vida ni demasiado corta ni demasiado larga, pero sí suficiente para conocer el cielo y el infierno; y ahora está en la primavera de la muerte, y ha regresado al gozo íntimo, que consiste a la vez en la memoria que deja entre los vivos y en el olvido del dolor de la existencia que se lleva.
Diría tanto a Luis de Paola, como a Juan Manuel Gonzalez y a Leopoldo Alas que le precedieron: Yo veo a la muerte como formando parte de esta vida, pues si nos anunciaran que no nos íbamos a morir nunca, bajo la condición de seguir manteniendo esta vida en las circunstancias actuales, tendríamos una angustia
insoportable. Nacemos para morir, para cumplir nuestro ciclo, pero con la esperanza de que nuestra vida se transforme en otra más intensa, y con la necesidad de tener una muerte digna, a la medida de la belleza del heroísmo humano.