Desde La Zubia (poema)
Por: María Antonia Ortega | 25 Mar 2009 18:32:55
Para Juan Manuel Gonzalez, Leopoldo Alas Y Eduardo Ortega y Gasset
Ya es hora de salir a abrazar la frágil condición humana,
en pie como una columna griega semejante al camino que sube de la playa,
de cuyo fuste entre sus pliegues de arena el tiempo se hace cuanto más antiguo más presente
como las huellas de la humedad en la pila de una fuente junto a los rosales de la pérgola;
Frente a la densidad infinita unas veces se detiene como una prosa melodiosa,
y otras como un patinador corre más deprisa sobre el mar de hielo:
el tiempo sobrepasa al hombre que es su sombra. Sí, ser hombre es ser la sombra del tiempo.
La poesía es el único conocimiento que no llena mi corazón de soberbia, / porque está escrita con el oído del músico. / Pero como si también fuese la longitud de onda de las olas la de la velocidad de la luz, / el tiempo ha cambiado, ha caminado, esta noche se ha movido mucho como el niño de Nietzsche, / descendiente del león que conquistó en el desierto su propia soledad. El pasado es ahora el retorno, / si fuese también posible después de un verano el de un poeta muerto en plena juventud, / el que refundió verdad y belleza como una fina ironía, / como una opera de Verdi en Verano o un ejercicio de Chopin / correctamente interpretado en un local nocturno por músico desconocido . / Sí, Chopin siempre debería ser interpretado como si fuese un músico desconocido / para ejemplo de los poetas. / Cuando desaparecieron por detrás tantos hombres entre poetas y músicos, y jóvenes y viejos, / pues aunque no tuviesen la misma edad si habían alcanzado ya la misma estatura, / ¡ fuese todavía más tierna la corteza del árbol anciano! / quisieron seguir persistiendo en su silencio algunas cosas enigmáticas de la naturaleza, / pero no nos negaron la música, y cambiaron el tiempo: / lo hicieron más suave y más lento como al final del verano. / En este vestuario lleno de albor se alisa su uniforme el camarero del casino de una ciudad pequeña, / en las manos con una servilleta blanca o una noticia atrasada bajo una bandeja llena, / en vilo como un público que se incorpora para aplaudir. / Alta condición humana, o bien terrenal, sobre el suelo en postura oriental para no perder el equilibrio, / atravesando entre todos los hombres los niveles y estados de la conciencia y de la naturaleza, / desde los que los mismos hombres aprenden a convivir entre sí hasta aquellos en que escogen para sí la / soledad:¡ Sólo leo y escribo! / Exclama el viejo abogado republicano que amaba el bien común y entre todos ellos la justicia, / desvelado por su exilio sin poder morirse nunca ni apagar la luz. / Nave de luz interior, jamás se hundirá, como si viniese por el agua, encrespada por una caricia oculta. / Una detonación, un disparo, suena en el bosque, y ya están los caballos sueltos, dueños del color. / Y comienzan a correr sin necesidad de averiguar su origen; / pero saben bien hacia donde se dirigen imparables, hacia el final, / y ese solo conocimiento, conciencia que les colma de intensidad, les basta para ser bellos y libres, / como al hombre que es el único ser que no ignora su fin y lo quiere convertir en principio. / Pero los caballos más bellos son aun que los hombres, porque sin ningún esfuerzo son más fieles a sí mismos. / Verano que reúnes la memoria del viejo republicano y de los jóvenes poetas / en la Quinta del Sordo, en La Casa de la Estación, en Villa Paloma, / y al ladearse en la bandeja, hacia la vida o hacia la muerte, el cristal choca y suena suave; / y cada una de sus piezas valiosas, entre copas y vasos de borde dorado, / entre un hombre y otro, separados ahora sólo por un espacio mínimo como en un vuelo, / pertenece a un juego distinto. / Quién ha abierto las puerta grandes, la principal, / que el sol antiguo ya viene tirado por cuatro caballos, y el primero de ellos se llama Sur, Granada, Alpujarra, / Laurel, con su yegua Zubia; y la naturaleza, y en ella el hombre, se despierta sin dejar de soñar. / Y yo, y en mi la naturaleza, y en ella el hombre, también me he despertado sin dejar de soñar, / y he aprendido a hablar sólo con los ojos, que es la lengua más olvidada, y no llena mi corazón de codicia.
La Zubia, 19 de agosto de 2008.

en pie como una columna griega semejante al camino que sube de la playa,
de cuyo fuste entre sus pliegues de arena el tiempo se hace cuanto más antiguo más presente
como las huellas de la humedad en la pila de una fuente junto a los rosales de la pérgola;
Frente a la densidad infinita unas veces se detiene como una prosa melodiosa,
y otras como un patinador corre más deprisa sobre el mar de hielo:
el tiempo sobrepasa al hombre que es su sombra. Sí, ser hombre es ser la sombra del tiempo.
La poesía es el único conocimiento que no llena mi corazón de soberbia, / porque está escrita con el oído del músico. / Pero como si también fuese la longitud de onda de las olas la de la velocidad de la luz, / el tiempo ha cambiado, ha caminado, esta noche se ha movido mucho como el niño de Nietzsche, / descendiente del león que conquistó en el desierto su propia soledad. El pasado es ahora el retorno, / si fuese también posible después de un verano el de un poeta muerto en plena juventud, / el que refundió verdad y belleza como una fina ironía, / como una opera de Verdi en Verano o un ejercicio de Chopin / correctamente interpretado en un local nocturno por músico desconocido . / Sí, Chopin siempre debería ser interpretado como si fuese un músico desconocido / para ejemplo de los poetas. / Cuando desaparecieron por detrás tantos hombres entre poetas y músicos, y jóvenes y viejos, / pues aunque no tuviesen la misma edad si habían alcanzado ya la misma estatura, / ¡ fuese todavía más tierna la corteza del árbol anciano! / quisieron seguir persistiendo en su silencio algunas cosas enigmáticas de la naturaleza, / pero no nos negaron la música, y cambiaron el tiempo: / lo hicieron más suave y más lento como al final del verano. / En este vestuario lleno de albor se alisa su uniforme el camarero del casino de una ciudad pequeña, / en las manos con una servilleta blanca o una noticia atrasada bajo una bandeja llena, / en vilo como un público que se incorpora para aplaudir. / Alta condición humana, o bien terrenal, sobre el suelo en postura oriental para no perder el equilibrio, / atravesando entre todos los hombres los niveles y estados de la conciencia y de la naturaleza, / desde los que los mismos hombres aprenden a convivir entre sí hasta aquellos en que escogen para sí la / soledad:¡ Sólo leo y escribo! / Exclama el viejo abogado republicano que amaba el bien común y entre todos ellos la justicia, / desvelado por su exilio sin poder morirse nunca ni apagar la luz. / Nave de luz interior, jamás se hundirá, como si viniese por el agua, encrespada por una caricia oculta. / Una detonación, un disparo, suena en el bosque, y ya están los caballos sueltos, dueños del color. / Y comienzan a correr sin necesidad de averiguar su origen; / pero saben bien hacia donde se dirigen imparables, hacia el final, / y ese solo conocimiento, conciencia que les colma de intensidad, les basta para ser bellos y libres, / como al hombre que es el único ser que no ignora su fin y lo quiere convertir en principio. / Pero los caballos más bellos son aun que los hombres, porque sin ningún esfuerzo son más fieles a sí mismos. / Verano que reúnes la memoria del viejo republicano y de los jóvenes poetas / en la Quinta del Sordo, en La Casa de la Estación, en Villa Paloma, / y al ladearse en la bandeja, hacia la vida o hacia la muerte, el cristal choca y suena suave; / y cada una de sus piezas valiosas, entre copas y vasos de borde dorado, / entre un hombre y otro, separados ahora sólo por un espacio mínimo como en un vuelo, / pertenece a un juego distinto. / Quién ha abierto las puerta grandes, la principal, / que el sol antiguo ya viene tirado por cuatro caballos, y el primero de ellos se llama Sur, Granada, Alpujarra, / Laurel, con su yegua Zubia; y la naturaleza, y en ella el hombre, se despierta sin dejar de soñar. / Y yo, y en mi la naturaleza, y en ella el hombre, también me he despertado sin dejar de soñar, / y he aprendido a hablar sólo con los ojos, que es la lengua más olvidada, y no llena mi corazón de codicia.
La Zubia, 19 de agosto de 2008.
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