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Blog de Juan Carlos Suñén

Escuela De Letras

Sobre las rosas se puede poetizar,
tratándose de patatas hay que comer.
Johann W. Goethe

Enlace permanente El orden de las cosas


Por: Juan Carlos Suñén
Categoría: Ficción | Comentarios Comentarios [] | 30 Nov 2008   05:51:08
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Entre las amapolas, semioculto por la alta hierba, el conejito blanco vigilaba la carretera. Se había levantado un poco de viento, pero no tenía frío. Sólo de vez en cuando pasaba algún automóvil, y el conejito lo seguía con sus grandes ojos negros hasta que se perdía tras la curva de la loma vecina. Llevaba horas sin dejar de pensar, pero cuando apareció el Audi color turquesa tuvo de pronto esa sensación de vacío, como si el mundo se hubiese disuelto a su alrededor. En realidad no lo vio hasta que estuvo en medio de la larga recta, casi debajo de él, pero lo siguió hacia la curva y tuvo tiempo de echar hacia atrás las orejas. Un gesto preciso, en el momento preciso. El Audi no tomó la curva, sino que se empotró literalmente contra uno de los grandes olmos que flanqueaban la tira de asfalto. Tras el estruendo no escuchaba más que un chirrido lejano: el eco, tal vez, o la resistencia de alguna pieza mecánica a detenerse del todo, o el quejido de un perro. Al conejito le daba igual: ya sabía lo que ocurriría después. No transcurrieron más de un par de minutos antes de que otro coche pasase y se detuviera. Pronto, muy pronto, aparecerían los hombres uniformados.
Miró a su alrededor y advirtió que la noche venía con prisas. Chascó la lengua y se dio media vuelta. Debería haber cruzado a la carrera el largo tramo de césped que separaba el terraplén del pequeño soto donde tenía su madriguera, pero lo hizo muy despacio, incluso deteniéndose -pensativo, casi confuso- aquí y allá, como si no encontrase el camino; algo que no era aconsejable en un paraje como ese, en el que medraban los perros asilvestrados y las grandes aves de presa.
Cuando llegó a la puerta de su casa se quedó quieto, ensimismado. Sus ojos parecían melancólicos. No enfocaban nada real o irreal. Finalmente se dirigió hacia el muro de piedras del sembrado, donde crecía el cornezuelo. Otros conejos estaban allí, charlando animadamente, riendo por nada y masticando despacio los diminutos hongos. El sol, cayendo tras ellos, hacía resplandecer sus orejas con una luz rosada, crepuscular. No reconoció a ninguno de ellos hasta que se encontró muy cerca, protegido por la sombra de las espigas.

- No deberías estar aquí, ya lo sabes. Te sienta mal.
- Eso no es cosa tuya.

Los que habían hablado eran dos conejos muy parecidos, aunque uno notablemente mayor que el otro. El blanco no respondió, tomó algunos hongos y se alejó mordisqueando sin ganas.

- ¿Cómo que no es cosa mía? ¡Es un conejo!, pensó el pequeño en voz alta.
- Mira hijo, hay cosas que un conejo debe resolver solo.
- ¿Por ejemplo? Preguntó una coneja joven que hasta ese momento había permanecido callada masticando entre ellos y otro grupo que parecía aburrirle, y que se había ido internando en el centeno, entre risas, más allá de los límites de la prudencia.

El conejo más viejo la miró con reprobación y volvió el hocico hacia otro lado diciendo algo que sonó como “husmeamadrigueras”; no así el otro, que parecía comérsela con los ojos.

- ¿No conoces la historia del Conejito blanco?
- No, pero estoy harta de oír “pobre Conejito blanco, pobre Conejito blanco” a mis padres, que se callan cuando pregunto.
- ¿Y tus amigos…?
- Mis amigos son unos pasotas.
- Pues… Ocurrió que…

El viejo conejo fulminó a su hijo con la mirada, dio media vuelta y se fue diciendo algo que, ahogado por los primeros cantos de las chicharras, sonó como “nolleguestardezapínotedoyparaelpelo”.

- …ocurrió que un día salió al campo con su hijo, muy pequeñito aún, el vigésimo sexto, creo, y le animó a corretear por el prado. Lo estaba pasando tan bien que debió olvidarse de lo peligrosos que es acercarse a la carretera, ya sabes, por los autos de presa, y de repente pasó lo peor. Cuentan que cuando el auto se llevaba a su hijo entre los dientes él lo llamó intentando que abandonase a su trofeo por otra más grande. Pero la máquina se limitó a sonreír antes de mostrarle el trasero y lanzarle arena a los ojos con las patas de atrás.
- Pero, eso… es horrible.
- Lo horrible es que desde entonces no levanta cabeza. Y cuentan que se venga de lo ocurrido, a su manera…
- ¡Qué!
- Como te lo cuento, por lo visto ha desarrollado una especie de poder mental y... ¿Oye? ¿Quieres que volvamos juntos? Seguro que tienes frío.
Ella le miró con cierta picardía, pero sin afirmar ni negar. Y era cierto: la brisa nocturna recordaba ya la proximidad del otoño.
- Cuéntame eso de los poderes.
- Consigue que los coches se estrellen. Pero en serio, hay un agujero cerca de aquí en el que tengo escondido algo de comida, y agua. ¿Nos acercamos y te cuento la historia con pelos y señales? Venga, si será un momento. ¿O no te fías de mí?

Ella sonrió con todos sus dientes. Bonita.

- ¿Y tu padre?
- Se fía de mí, y no muerde. Y, además, ya te he dicho que sólo será un momento.
- Bueno, pero sólo un momento.
- Y te leo un poema...

* * *

El conejito blanco decidió apostarse un rato más bajo las torrenteras, cerca del pequeño riachuelo, protegido por la quebrada y por las matas de romero. Pensó que uno podría sentirse bien allí, y enseguida agitó con rabia la cabeza creyendo escuchar unas risas casi infantiles.
Los automóviles, desde esa posición, parecían más pequeños, y el trozo de carretera que podía controlar era también menor, pero eso daba igual. Y la oscuridad tampoco era un problema. Sólo tenía, quizás, que ser más rápido.
Vio pasar una mancha con el rabillo del ojo derecho y echó hacia atrás las orejas, pero antes de completar el gesto oyó una voz tras de sí.

- Conejito, amor mío.

El automóvil siguió su camino sin sufrir percance alguno y el conejito levantó las orejas. Sin volverse.

- Mi amor, no te hagas más daño.
- ¿Qué haces aquí?
- He perdido un hijo, no quiero perder también un marido. He venido a suplicarte que vuelvas.
- No sabes nada.
- Sé que el dolor no se va nunca solo, que se lleva consigo demasiadas cosas, y que te necesito para... que no se marche...
Hasta ese momento el conejito no se había movido, permaneciendo de espaldas a su mujer. Ahora la miraba de frente.
- ¿Qué te han contado?
- Que matas.
- No.

Su mujer le pareció a un tiempo envejecida y esplendorosamente hermosa. Y sintió ganas de envejecer para ella.

- Pareces muy cansado, dijo ella. Y él sonrió con tristeza.
- Yo no he matado a nadie. Los muertos no matan. Pero ocurre algo extraño, algo que tiene que ver con el orden de las cosas.
- No me asustes. No quiero saber, sólo que vuelvas.
- Desde hace meses vigilo la carretera. Imagino que me lanzo a cruzarla bajo uno de esos automóviles. Deseando que me atropelle. Espero a uno grande, rápido, echo hacia atrás las orejas e imagino que salto bajo sus ruedas…
- No digas eso.
- No he sido capaz, pero al pensarlo…

El conejito dijo esto y rompió a llorar como un niño.

- Me siento tan culpable, tan…
- También yo…
- No. No es que lo eche de menos, eso es muy poco. Es que me siento él. ¿Recuerdas su sonrisa? ¿Su carita de pícaro? ¿Y lo listo que era, cómo las cazaba al vuelo? Y al mismo tiempo tan tierno. ¿Sabes lo que me dijo una vez?
- ¿…?
- Que su papá era muy bueno para él, que le enseñaba a jugar y a decir poemas, y a reconocer los olores. Y lo maté.
- No mi amor, no. Tú no tuviste la culpa. Por favor, tú sólo intentabas que disfrutase de la belleza de estar vivo. Y lo lograste.
- Me siento él, repitió el conejito, como si no hubiese escuchado nada entre medias.
- Era domingo. Dijo ella.
- ¿Qué?
- Que era domingo. Los coches no suelen viajar los domingos, no por la mañana. No podías saber…
- Me distraje.
- Conejito, mi amor, no puedes seguir así. Podías haber sido tú, o los dos. No quiero ni imaginármelo. Y además, tienes otros hijos, y te necesitan. ¿Sabes que la pequeña ya se hace la cama?

Ahora era ella la que lloraba.

- Deja esta venganza inútil, por favor. Deja esos poderes.
- Pero si no tengo ningún poder, ninguno.
- Dicen que estrellas automóviles.
- Ya te he dicho que no. Sólo imagino que me lanzo bajo las ruedas.
- Quizás ellos lo presientan e intenten esquivarte… Eso no importa, lo que importa ahora es que te quiero, y que un conejo no es un animal cualquiera, necesita a los suyos…

Terminó la frase bajando la voz, casi muda:

- …aunque no estén.

El conejito se le acercó muy despacio, sin dejar de mirarla a los ojos, y la abrazó con fuerza, deseando sentirla parte de su propio cuerpo.

- No está.
- No quiero olvidarle.
- No.

El conejito miró de nuevo a su mujer. A los ojos. En su interior se desataba algo que había permanecido atado durante meses. De nuevo comenzó a llorar, dobló las rodillas y golpeó la frente contra la arena. Dijo:

- Podía haber sido yo.

Su mujer le ayudó a levantarse.

- No era ese el orden de las cosas. Por desgracia.

Cogidos de la mano, se dirigieron hacia la madriguera, bajo la luna opaca, y cruzaron el prado despacio, muy despacio. Sin hablar. A su espalda, se iban apagando, ganados por los jadeos de algún viento lejano, y también por los grillos, tan puntuales, y por la algarabía de los pequeñines que jugaban en el jardín, el zumbido de las luces y el murmullo, constante e incomprensible, de la corriente de la carretera.


Enlace permanente La doncella y el matapollos


Por: Juan Carlos Suñén
Categoría: Ficción | Comentarios Comentarios [] | 06 Jan 2006   07:01:33
Mi amigo ha decidido cambiar de vida. Como si se pudiese. Lo he calculado y me sale que un hombre, para cambiar de vida, necesita cincuenta años bisiestos, y eso siendo acérrimo defensor del entrenamiento diario. Se puede estar "grave pero estable" y, de ahí, pasar a estar "muerto pero estable", como Sharon o el griego Efemérides. Pero no se puede, de la noche a la mañana, "cambiar de vida" (bueno, el caso de Sharon es distinto, porque él cambia su vida por la de Arafat: un trato es un trato). Pero hay cosas que una vida no arregla: la ley de aguas, que requiere esfuerzos faraónicos es un ejemplo. Ese problema, el del agua, lo solucionan a medias dos colectivos que se necesitan mutuamente: los políticos (que saben lo que quieren pero no cómo conseguirlo), y los empresarios (que ignoran lo que quieren pero saben cómo obtenerlo): simbiosis a corto plazo. La sociedad ha aprendido a pensar a corto plazo, y es lógico que acepte la viabilidad como argumento para no afrontar soluciones reales, ¿pero un ser humano? No es el caso. Ningún ser humano requiere o pide o desea competir por o ganar de suyo un pacto multipartito. Un ser humano es cambio, duda y lealtad. Mi amigo quiere cambiar de vida para castigarse y para poder perdonar a ese que ya no es él y que ya nunca serán él nunca más y nunca jamás de los jamases por los siglos de los siglos amén para por fín sentirse injustamete tratado como no se merece. ¿Por qué? Pues porque se cree mejor que todos y cuando se ha sentido vivo, es decir ha hecho el tonto y se ha divertido, no se ha dado cuenta de que al hacerlo estaba también haciendo daño a otros que no le necesitaban especialmente ni para eso ni en ese momento, y que sin pestañear se lo han de merendar sin siquiera tener la tentación de victimizarle (ya se ocupa él) en menos que tardo yo en beberme un litro largo de aguardiente berciano (ilegal). La ocasión la pintan calva. Es la muerta enamorada de su asesino: poder.
No le veían la vida, a mi amigo, y ahora cree que no le quieren con razón (a él, que es adorable, cínico, embaucador y buen chico). No advierte que al autocastigarse no desea castigarse a sí mismo, sino a los otros que no advierten su valía.
Yo también cambié de vida, pero lo mío fue sin querer. Yo estaba felizmente comprando matapollos en Cacabelos, localidad del todo libre de sospecha, para regalárselos a mis hermanos en la comida de Reyes de hace treinta y tres años y ella (la vida) me miró de esa manera. Se preguntarán ustedes (ignorantes) qué coño es un matapollos. Pues un matapollos es un eufemismo niquelado, que lo mismo vale para matar un pollo que para colgar un tiesto: vale sin servir, por pura gracia, pero si tuviese cerebro pensaría como un reloj y no se confundiría con una cafetera o con un peine, su utilidad es de orden superior.
Mi amigo ha decidido castigarse personalmente y como carece de un útil matapollos se va a hacer daño, se va a hacer mucho daño, pues precisa que el autocastigo sea infinítamente superior a la simple penitencia que ese tribunal cuyo juicio desprecia marcaría para su caso. Además de tonto superhombre. No y no. Mi amigo se equivoca primero por soberbia, ya que el castigo es cosa divina (quizás, quizás), pero no mental (que no, que no), y desde luego no suya ni nuestra, ni de cristiano viejo o nuevo, ni de curaca o juez; segundo, por imprudencia, ya que podía haberse ahorrado toda esta historia si simplemente hubiese olvidado lo que hizo (o le hicieron, que en materia de cuestiones ingobernables sentido y dirección son conceptos peligrosamente lábiles). Es lo que usamos todos cuando no recordamos cómo hemos conseguido no morir en el intento de regresar ahí, a nuestro sitio renuestro: ese que nos salva de la homologación. Tercero por cristiano, cosa que le impide aplacarse a sí mismo sacrificando un pollo pero no autoinmolarse (que es ahora el castigo que se prepara como si todo cambio no implicase una muerte); y cuarto por tonto, que es atributo imperdonable por imponderable, hereditario y en consecuencia inválido de solemnidad. Sale mi amigo, así, confeso y contrecho de una situación de la que debería haber salido revalidado y resabio, y le ocurre tal cosa porque ha sido vencido por la conciencia de nadie, esa que le convence desde el seminario de que lo que hizo no se lava sin más como se lava el campo. Amigo, amigo, así que primero te empujamos y cuando caes hablamos de tu torpeza. Demonios. Y en ausencia de magistrado te embargas, mi torpe y bien intencionado amigo (lila como una malva), en tu propio proceso de anulación. Pues me parece que eres un patán con prisas por extenuarte en un infierno que pasa de tí como del hombre del butano. Delatas el hecho de la ficción que te espera en tu propia cabeza de mártir, y lo haces mudando tu pecado de humanidad por otro más manejable y más grave. Enfermo de egolatría prefieres ser mentira de león a ser humano hasta la libertad de ariesgarte a que te coma el tigre. Siempre quisiste esperar, superar ese miedo que te ha vencido. Lo comprendo: eres el único al que puedes engañar sin ofender, a mí me ofendes sin engañarme, allá tú. Pero en una cosa te entiendo: pasaste muchos años sintiéndote culpable sin saber de qué. Ya tienes un motivo.


Enlace permanente Otro té


Por: Juan Carlos Suñén
Categoría: Ficción | Comentarios Comentarios [] | 01 Dec 2005   06:42:07
Me gusta andar hasta el trabajo. Pero hoy he tenido la sensación de que el camino se me iba a hacer un poco largo, como si todo el habitual bullicio de furgonetas chinas, furgonetas gitanas, furgonetas payas, coches de policía, taxis, terrazas, viandantes atolondrados, apresurados ejecutivos, atareadas marujas, mirones de esquina y vendedores ambulantes de todos los colores, se hubiese confabulado para hacerme larguísimo un trayecto habitualmente cómodo. Una sensación como de ir al colegio sin más compañía que el miedo y la falsa vergüenza que delatan siempre a un carácter esquivo. De hecho pensé todo esto entre la puerta de mi casa y la primera esquina, apenas diez pasos. Y eso que casi nueve los empleé en llamar por el móvil para decir que estaría allí, en la oficina, en quince minutos. Pero frente a la iglesia de San Cayetano ocurrió algo. Una figura joven, pequeña, delgada y de formas orientales me adelantó por la izquierda. Caminaba a pasos cortos y rápidos, salpicados de vez en vez por una carrerita no por poco eficaz menos graciosa. Lo hacía con la sencillez de una niña hambrienta y gozosa que llega tarde, pero no mucho, al aperitivo de la vida. Llevaba unos zapatos negros, bajos, a juego con un ancho cinturón que no apretaba nada, sino que simplemente era sostenido con holgura por una caderas justas, redondas y afrutadas que prometían entre ellas y unos vaqueros que dejaban ver los tobillos finos y nacarados, la misma magia que el espejo promete entre el cristal y el azogue. Una discreta coleta, desarreglada con acierto, resaltaba un cuello esbelto y frágil, que hacía girar a ratos, de forma imperceptible, sobre una espalda larga y cubierta por una blusa de gasa blanca, para mirarse en los mismos escaparates en los que yo adivinaba más que veía la forma clara, discreta y firme de una piedad ceñida por la mañana. Tras de sí dejaba un aroma que mezclaba jazmines y narcisos con notas de limón, un rastro acuático, casi de primer día, que asombrosamente sólo yo parecía percibir. Quería ver su rostro, de modo que aceleré un poco el paso. Intentaba cazarlo en el reflejo de los cristales de los coches aparcados en… ¡la calle Santiago!
Así es, había llegado hasta la plaza de Santiago sin darme cuenta, sin atravesar el espacio ni el tiempo, persiguiendo a una visión que parecía dirigirse a algún destino feliz e indeterminado para celebrar, con un buen vermut de grifo, la verdadera hora del ángelus...
Allí nos separamos. Yo continué hacia Noblejas y la visión hacia Ópera. Imaginé que quizás, era ordenanza en el Teatro Real, o pianista, o ¿porqué no? Las dos cosas. Entré en la oficina. ¿Dónde se ha metido usted? Me dijo la secretaria. ¿Cómo que dónde me he metido? Si he venido volando, protesté. Entonces miré el reloj. Había tardado más de una hora y media, ¡una hora y media larga! ¿Dónde me había metido? Recordaba vagamente un trayecto distinto al habitual, y un olor a divinidad disfrazada, y el rostro fugitivo de una, de un...

- ¿Le pongo un café, señora? Dijo mi secretaria.
- No, por favor, -respondí con una voz extraña, que me costó reconocer como mía- mejor un té, pero muy cargado. Y póngame con el endocrino.


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