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Blog de Juan Carlos Suñén

Escuela De Letras

Sobre las rosas se puede poetizar,
tratándose de patatas hay que comer.
Johann W. Goethe

06 Jul 2010

Enlace permanente Un pecio


Por: Juan Carlos Suñén | Categoría: Lecturas | Comentarios Comentarios []
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Lo más fácil sería aludir al enigma. Traven era uno de esos autores ocultos que ya comienzan a ser legión en la historia de la literatura. No un autor desconocido o un pseudónimo empleado a falta de mejor marca. B. Traven no es un autor cuya identidad desconocemos, sino que (como Pynchon o Salinger) es un conocido escritor cuya identidad se nos niega, lo que lo hace interesante. Pero no es interesante –así– durante mucho tiempo: el testimonio de un par de viudas y un puñado de fotos bastarían para desenmascarar al personaje e iluminar su secreto; aunque eso sería (¡oh, realidad de las máscaras!) traicionar al hombre.

Decir, tras pasar lo apuntado, que "La nave de los muertos" (Acantilado, Barcelona 2009) es, probablemente, la novela de B. Traven que más se acerca a la experiencia vital, a la verdadera historia del propietario del pseudónimo es una afirmación necesaria sin la cual la lectura no sería lo mismo. Estas líneas no valdrían ni lo poco que ocupan si no recomendasen al lector no perder de vista al autor durante la lectura de una historia que muy bien podría conjurar cierta muerte simbólica...

Y una vez señalado que no se puede eliminar de la obra lo que tiene de mapa personal, de rastro consciente, queda añadir circunstancia y oportunidad; dos elementos que rara vez van juntos en literatura. Circunstancia: final de la Primera Guerra mundial en una Europa ensimismada en el nacionalismo hedonista, el capitalismo ingenuo y la frustración burguesa. Oportunidad: ninguna.

¿Por qué escribir una novela trágica y desenfadada, anarquista y benigna, optimista y desoladora?
No voy a responder, porque son preguntas que enmascaran una pregunta de mayor fuste y calado. ¿Por qué este crítico (humilde en su madurez) ha disfrutado tanto con una novela escrita "a la antigua usanza", sin un esquema visiblemente premeditado y (por añadidura) narrada por un muerto naturalmente no demasiado fiable?

Pues pudiera ser, para empezar, porque lo que deseaba B. Traven (1890-1969) al escribirla era ("pudieras ser", digo) comunicarnos de la manera más amable posible que estamos vivos sólo nominalmente. Algo que quizás hoy no nos parecería especialmente ingenioso (ya hemos leído "El miedo del portero al penalty", de Handke, por citar una sola entre tantas metáforas sobre la disolución de la privado en lo individual, de lo público en lo ajeno), pero que en el momento de su publicación (1926) constituía una transgresión total y absoluta de las mínimas normas del decoro narrativo. Normas que B. Traven se salta como si se tratase del mismísimo Chesterton. ¡Chapó!

Eso me gusta: esa forma de narrar disfrutando. B. disfruta de la voz narrativa: el marinero poseedor de una ironía innata, pero a su vez reforzada por el cúmulo de motivos que su supervivencia, fracasada, aporta a una existencia que podría no haber tenido lugar. Porque, de hecho, lo primero que percibimos al adentrarnos en la novela es que todo lo que va a contarnos el personaje podría no importarnos nada. ¿Qué importa un muerto más sobre la tierra a estas alturas de la civilización? Podría no importarnos nada, pero nos importa mucho.
Ahí se pone de manifiesto la inteligencia de B. Traven, capaz de relajarse en cuanto a la elaboración de una urdimbre, pero incapaz de dejar escapar al lector una vez que ha captado su atención. Sabe contar las cosas. Virtud que lo salva como autor porque lo salva como personaje y que, consecuentemente, hace saltar a la historia desde lo real a lo literario mientras el lector navega entre lo inverosímil y lo fascinante. Todo ello descaradamente, salvándose como se salva una frase: no por su magisterio esclarecedor, sino por su enunciación necesaria. También me gusta porque, pudiendo haber sido más larga, deja al lector suplir, en reposo, lo que la acción prefiere obviar (dicho de otro modo: un buen lector no hará grandes distingos entre elipsis y descuidos).

Sumemos a lo dicho que el narrador, claramente, no es lo que ni quien dice ser ni cuenta "exactamente" lo que pasó (a veces se desdobla o se auto parodia; no es difícil que a un lector precipitado se le escapen estas cosas, pero estar, están). Podría ser una forma de decirnos que esta historia, este viaje, es la historia, es el viaje de todos. Nietzsche debió leerlo con interés, pero no pudo ser. Sin embargo ambos debieron leer con hermosa fruición a Max Stiner. Ya lo sé: este último comentario parece algo críptico, pero el medio no me concede espacio para más, así que hagan ustedes el esfuerzo.

Resumiendo: Un hombre que desea no ser reconocido escribe su particular versión de "La nave de los locos" de Sebastian Brand desde el punto de vista de un perdedor que sabe lo más importante: sólo el perdedor puede estar seguro de que dice su verdad y no otra. Y esa seguridad es también la única dignidad que la épica contiene (porque hablamos de una novela épica, sí).

Sinopsis: un hombre capaz de hacernos creer cualquier historia, porque sabe que es más importante un guionista que uno que se enrola de marinero, abandona el barco durante un breve permiso, conoce a una chica con una historia (triste) que contar y (lógicamente) pierde el barco y, con él, sus "papeles". A partir de ese momento (página tres; no crean que destripo la novela) deberá cruzar Europa intentando demostrar que existe. A veces será desesperante, otras: garantía de inmunidad, pero nunca suficiente para adquirir carta de existencia. Buscando la libertad hemos acabado asfixiándola bajo una montaña de burocracia tan timorata como injusta (y perdón por el pleonasmo). De eso muere este personaje: de democracia (ni “en” ni “por”). Lo hermoso es que se trata de una voz que litiga contra un texto.

- Pero al final el personaje no muere, dirán ustedes.
- No, no lo hace. ¿Cómo va a morir alguien cuya vida no ha sido previamente certificada?
- Querrá usted decir "posteriormente".
- No sé, quizá sí, quizás quise decir "posteriormente", pero ¿cómo puede morir alguien antes de haber vivido oficialmente? La cuestión es que en el diseño de nuestros hermosos estados igualitarios nos olvidamos de algunas libertades que embellecían los viejos usos.

Pues eso cuenta la novela: la vida de los muertos. Todo acontecimiento traumático, revolucionario o no, termina arrojando su cifra de muertos, algunos oficiales, otros no tanto, otros sencillamente son descartados, ignorados o culpabilizados porque sus perfiles no encajan en el nuevo molde. Esa muerte es la que, desde un anarquismo lúcido e inclemente nos narra el personaje del personaje, la máscara de la máscara de un autor que quizás nunco desveló su verdadera identidad por pura delicadeza (hacia Méjico, su tierra de adopción). Y si hubiese contado la muerte de los otros, de los vivos, no les estaría recomendando su lectura, no hoy.

De modo que ha sido, sobre otras virtudes, esa manera de narrar sin complejos, disfrutando y sabiendo que toda raíz narrativa es oral, lo que me ha movido a decidir que esta podría ser la gran novela redescubierta del año en curso.

Aunque este crítico ya tenía leídas del autor “Puente en la selva” y “El tesoro de Sierra Madre” (¿recuerdan a Bogart en aquella película?) y lo guardaba mentalmente situado en el lugar cómodo de los buenos autores, necesarios aunque, quizás, sin verdadero genio, este libro le ha hecho reflexionar sobre el arte de la novela y su utilidad siempre en solfa si la tuviera; lo ha hecho: eso y entretenerle y, por añadidura, replantearse el escalafón o, al menos, prometerse pensar en ello. No es cosa fácil lograr, aunque a ratos casi descuidamente, podría decirse (y no olvidemos que se trata presumiblemente de su primera novela), sacar a flote una pesadilla entrenidísima, un divertido (en ocasiones hasta la carjada) drama tan serio como moderno. Traven lo hace.

Ya saben lo que se dice: para saber de lo que sea hay que pagar un pecio.
29 Dec 2009

Enlace permanente Había una verdad


Por: Juan Carlos Suñén | Categoría: Lecturas | Comentarios Comentarios []
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Vivimos en el mundo de lo parasitario, que sólo se ocupa de lo que puede mostrar, de lo que es domesticable. “Buscamos la inmunidad de lo secundario”, la distancia que nos preserva de la “presencia real”, que nos des-responsabiliza frente al texto (incluso frente a nuestro propio texto, a nuestra propia lectura como texto en acción). Queremos “secularizar el misterio y las llamadas de la creación”. El lenguaje moderno se niega a ese encuentro con el Logos que tiene lugar en el infinito, garantizando su finalidad, su posibilidad de comprensión cabal. Es interminable (no hay punto final posible, no hay finalidad en su horizonte): infinitamente inacabado, sufre la esclavitud de la inmediatez. Tolerar su vacuidad es el derecho inalienable de los alienados, la libertad indiscutible de los no libres a perder su responsabilidad. La libertad de no saber, de confundir teoría con hipótesis.

Roto el contrato entre palabra y realidad (con Rimbaud, con Mallarmé, con Wittgenstein), la conmoción es del mismo calibre que si en ciencia el contrato entre teoría y hecho se rompiese. El significado ya no significa nada. Llamar a eso la muerte de Dios “es una articulación original, pero sólo parcial”. No obstante, sirve para entendernos. Sin Dios (presente o ausente) no se puede enunciar el significado pues “no posee residencia demostrable en el interior del discurso”. Buen pretexto, pero pretexto al fin. Y el pretexto, ya se sabe, sólo tiene valor si va seguido de un texto significante. Se puede enunciar la vida desde la perplejidad como desde la duda, dios era un atajo que resultó una trampa. La ética es un producto del ser humano. No nos liemos.

Capacidad de respuesta

El lector se acerca al poema y pregunta: “¿Por qué eres?” Y en su pregunta hay otra pregunta implícita: “¿Por qué soy?” Cualquier respuesta a esta pregunta lo es por cortesía de la trascendencia.

¿Tiene sentido ser? Steiner no dice que sí, dice que el sentido es la pregunta. En la medida en que dejemos de planteárnosla, dejaremos de ser hombres. (Quizás esté yendo más lejos, quizás esté aventurando la posibilidad de que el lenguaje –el lenguaje de las artes- exista sólo para que nos podamos hacer esta pregunta).

Comprender es pues un acto profundamente moral, el escepticismo (moral, ético) ha puesto en duda la confianza semántica. Resultado: hemos perdido la capacidad de respuesta. Lo nuestro son ya, sólo, postpalabras. No son una respuesta al abismo de la vida (con Dios o sin él). Lo que se le escapa a Steiner, tal vez, es que también la última posibilidad de plantearse esta pregunta desde la negación ha caído. Lo ha hecho con el descrédito del marxismo (el discurso marxista aún mantenía una finalidad, una trascendencia histórica y, por tanto, su confianza en el lenguaje). Volveré a declararme hilorealista; no dialéctico: valiente, es decir: defensor del valor, avergonzado por su precio.

Penetrar en la espesura
Leo a Ibn Al’Arabí. Lo leo “como si” o no lo leo.
Leo a Marx, lo leo “como si” o no lo leo.

Leo a Steiner. Lo leo “como si” o no lo leo. Acepto la presencia o la ausencia reales que están implícitas en mi lectura. Puedo imprimir a mi fruición del texto un carácter narrativo, poético, mitológico o musical. Puedo disfrutar de los detalles sin atender a la totalidad o atender a la totalidad prescindiendo de los detalles.

Todo, menos leer sin más. Leer su pura “forma externa”, la belleza de su estilo. No puedo olvidar (sería descortesía y falta de responsabilidad) que su forma es el producto de una pregunta sobre el ser. Una pregunta que ha engendrado el texto y en cuyo planteamiento late el abismo de su comprensión. Steiner teme las consecuencias del divorcio entre el Logos y el Cosmos, la palabra y la vida. Pero sospecho que sabe muy bien que eso no hace sino obligarnos a “penetrar más adentro en la espesura”.

El significado de la palabra

Porque Steiner no reclama a Dios, lo que reclama es el punto final que garantizaba la capacidad de la obra de arte para ser paráfrasis de una respuesta cuya dignidad siente debilitarse por ausencia de pregunta pero, sobre todo, porque pregunta y respuesta se han desencontrado en el infinito, no confían ya en una inteligencia totalizadora que pueda “dar fe” de su mutua pertinencia. Esa capacidad comienza allí donde somos conscientes de nuestra muerte. Lo que preocupa a Steiner, en definitiva, no es que en este final previsto para mi artículo

Las palabras no hacen sino hablar del silencio de Dios. Los hombres hablan porque Dios no lo hace. Y se escuchan unos a otros por la misma razón

la palabra Dios no sea menos desconstruible que cualquier otra, sino que no haya implícita supervivencia alguna del significado de la palabra hombre. Esperemos que siga siendo así. Pero también que siga siendo una preocupación. Cuando deje de serlo, la cultura ya no sabrá decirnos de qué están hablando la poesía, la música, la pintura, en el momento exacto en que las palabras fracasan, pues no hallará en nosotros nada que pueda ser sin nosotros.

Había una verdad, no se me olvide.
27 Apr 2009

Enlace permanente Días del libro


Por: Juan Carlos Suñén | Categoría: Lecturas | Comentarios Comentarios []
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La niña lee el rostro de su madre y las palabras de su madre hasta que reconoce muecas y sonidos como expresión de un significado. Ya sabe leer eso, luego aprenderá a hablar y tomará el cuento entre sus manitas y, guiándose por las ilustraciones, repetirá las frases memorizadas mientras pasa las páginas como si leyera para su madre. Más tarde aprenderá a identificar las letras y a formar con ellas las palabras viejas y a descubrir las nuevas. Pero la lectura será ya siempre, para ella, una actividad íntimamente ligada a la relación afectiva. Malo si no es así.

Los cuentos se irán volviendo más complejos, más maduros, y la muchacha compartirá lecturas con sus amigas y amigos a espaldas, o no, de lo que sus profesores le imponen. Lee en los libros y también lee el mundo. Leerá su propio crecimiento como sus viajes, leerá el mar como lo hacen los buenos barcos y leerá la tierra como lo hizo Virgilio y leerá la música dejándose leer, sin miedo, por su acariciadora voluntad.

Tal vez termine la carrera de Medicina y un día lea la enfermedad y escriba la salud de pacientes que verán en ella una madre solícita y protectora. Y quizá escriba una historia.

Hay muchas lecturas y hay muchos lectores.

Hay lectores estáticos, alejados del día bajo el asombro de las bibliotecas, ávidos de hallar una revelación precisa o de reunir la información suficiente para su propia pesquisa.

Hay lectores oportunistas, curiosos o no, que no abrirán un libro sin un motivo concreto y -aunque ello no importe aquí- egoísta. No se confunden, éstos, con los lectores ocasionales, cuyo esfuerzo es pequeño y justificado y rara vez de cierto productivo; pero se mezclan y se parecen y pueden incluso reconocerse iguales en la conversación ambulatoria o la charla de media mañana.

Hay lectores impostados que, guiados por el ejercicio de una crítica obligatoria o simplemente profesional, rara vez buscarán fuera de sus trabajos páginas más cuajadas o historias mejor vestidas, pero cuya experiencia, justa, los hace necesarios para una industria hace tiempo alejada, a la fuerza, de la misma intimidad que distribuye y defiende.

Hay lectores viajeros que son lectura del día y de los días, cuya biblioteca es la maleta o la mochila y cuyo gabinete es un vagón de metro o una butaca de avión o una piedra desnuda bajo la sombra de un verdor benéfico...

Hay lectores porfiados, interminables librófagos, casi obsesivos y definitivamente adictos a un placer intelectual de imposible definición. Su curación es su mal y por ello, también, a menudo ellos mismos escriben el mundo para desentrañar su constante sorpresa, quizá entenderlo. Y de éstos los mejores y generosos son como brújulas que nos guían a través de la intrincada madeja simbólica de lo literario, procurándonos ese placer delicado y precioso del gusto, expresión de la tribu pequeña como de la grande y hoy tan cacareado como esgrimido en falso; pero tan codiciado a la postre.

Y hay (entre otros muchos) lectores por amor, como el hombre que tumbado en la cama junto a su mujer querida lee en voz alta a Darío (y ella, de nuevo, se siente niña y feliz). Como esa anciana que, en el parque próximo, con el día a hombros, que dueña de una realidad que ya casi ha aprendido se la cuenta a su nieta con voz dulce y palabras pequeñas, muy pequeñas y justas, muy pequeñas y sabias, mientras le da a comer un yogurt.

(Texto que debería haber sido leído en el Liceo Europeo, el pasado día del libro)
10 Dec 2008

Enlace permanente Salvat-Papasseit


Por: Antonio Ortega (invitado) | Categoría: Lecturas | Comentarios Comentarios []
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Aunque pocos hayan leído los libros y antologías publicadas de la obra de Joan Salvat-Papasseit (Barcelona, 1894-1924), muchos habrán recitado y cantado sus textos junto a Nuria Espert o Montserrat Caballé y, sin la menor duda, con casi todos los intérpretes de la nova cançó catalana que han puesto música y voz a sus poemas, desde Lluís Llach y María del Mar Bonet a Guillermina Mota y Joan Manuel Serrat. Referente indiscutible de la cultura catalana y de la poesía de vanguardia, había sido antologado y traducido parcialmente al castellano, siendo esta, por tanto, la primera vez que se edita y traduce, en la editorial “La Poesía, señor hidalgo” (Barcelona, 2008), su Poesía completa (1894-1924), con traducción, prólogo y notas de Jordi Virallonga, cuyas exactas y literales versiones hacen “sonar” rítmicamente en castellano, tanto en la forma como en el fondo, la esencia poética del catalán. Como en ese poema de "Osa menor", su último libro póstumo, titulado “El oficio que más me gusta”, el suyo fue el oficio de poeta, a medio camino entre el revolucionario furor vanguardista por lo nuevo y lo moderno, y el peso aéreo de la tradición más lírica, de la mano de la canción y el romance, elementos que le sirven para reafirman su vocación nacionalista. Cuartetas y madrigales conviven con caligramas y yuxtaposiciones; el discurso urbano con el amor más puro; la reivindicación y la lucha política con la intimidad más honda: “Somos el pelotón de los soldados de la vanguardia:/ el primer beso ha de ser para los primeros”. En sus poemas está la alegría de la vida, la intimidad más cotidiana, el amor, el erotismo y la plasticidad del cuerpo como elementos de creación, la historia y la vindicación política: toda la humanidad posible de la vanguardia. Por eso, la suya es una poesía que aspira a una totalidad en la que “Nada es mezquino/ porque la canción canta en cualquier cosa”. Gracias, sobre todo, a la virtud de su entusiasmo.
25 Oct 2005

Enlace permanente Hoy que no he escuchado nada


Por: Miguel Ángel Serrano (invitado) | Categoría: Lecturas | Comentarios Comentarios []
Me obligaban a oírles, inmersos en una cháchara inevitable que llenaba todo porque sus palabras eran huecas: pensaban que al gritar fabricarían viento y era sólo esa atmósfera pesada y rancia de las disputas que no se ventilan. Miento: el aire se iba hacia el interior y les aventaba, les daba un simún con el que justificar su furia y repetían el mismo discurso variando, subiendo, el tono. Tiraban cada uno de un brazo de mi tranquilidad. El trofeo parecía ser mi connivencia. Les enseñé una ventana pero miraron los postigos y volvieron a discutir sobre el color de los marcos, la calidad transparente del cristal, su suciedad. Entonces suspiré y fabriqué mi propia brisa. Miré el paisaje desde la ventana, la abrí y me acodé en el alfeizar. Un viejo chopo se acercaba a acariciar con un susurro. Dos pájaros, frente a frente, parecían hablar con su trino y señalar con el ala la pintura descascarillada de la madera que me enmarcaba. El trino se hacía graznido por momentos y se les erizaban las plumas del cuello. Puse unas pocas migas en la habitación y los pájaros entraron. Allí los he dejado, en plena discusión con los otros dos.
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