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Blog de Juan Carlos Suñén

Escuela De Letras

Sobre las rosas se puede poetizar,
tratándose de patatas hay que comer.
Johann W. Goethe

02 Sep 2010

Enlace permanente Fotones en almíbar


Por: Juan Carlos Suñén | Categoría: Diario | Comentarios Comentarios []
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Hay cualidades esenciales y cualidades emergentes. Por ejemplo la carga eléctrica, o la masa, son cualidades esenciales (incluso si su valor es cero), pero la dureza, o la ductilidad son cualidades emergentes que depende de ciertas configuraciones atómicas o moleculares. Esto lo aclaro para que se me entienda cuando digo que el tiempo es una cualidad emergente, ajena a la física subatómica. A algunos podría parecerles raro, como la idea (un suponer) de llegar a observar un día al fotón en reposo. Pero pregúntenle al fotón a dónde va tan rápido y les responderá sorprendido que los acelerados son ustedes que además de precipitarse sobre él sin previo aviso se permiten el lujo de responsabilizarlo de cualquiera sabe qué disparatados efectos cuánticos.

Todo esto viene a cuento de que últimamente he estado pensando en lo mal planteadas que están las grandes preguntas, cuyo horizonte resulta siempre demasiado estrecho. Pensaba en las cualidades emergentes mientras oía llover y he llegado a la poco original deducción (en realidad "inferencia") de que la vida y la muerte lo son. Ustedes podrían pensar que esto es algo autoevidente como la escasa salud mental de los participantes de Fama Revolution. Pero las cosas de la ciencia dejan de estar claras cuando se mezclan con la filosofía o la religión. Y conceptos como vida y muerte implican a todas estas disciplinas además de al resto de las conocidas. Un solo experimento mental puede dar al traste con paradigmas largamente aceptados. Recuerden si no como Schrödinger se cepilló de un plumazo los viejos principios de contradicción e identidad.

- Fue su gato.
- No, Pangur, fue él. El gato sólo hacía de conejillo de indias.
- Nunca he visto a un conejillo de indias, ¿puedes ser más preciso?
- Metió a su gato en una trampa mortífera para demostrar la posibilidad de estados intermedios o, mejor dicho, indeterminados.
- ¿Y por qué no metió a su novia?
- Es lo que sugirieron sus detractores.

Pangur, aunque no lo sabe, tiene razón. Hay cierta arrogancia en ese empeño científico por ceñirse a lo suyo, por usar siempre gatos de científico o conejillos de laboratorio para probar sus tesis. Les pongo un ejemplo: los agujeros negros.

A estas alturas no hay quien no sepa lo que es un agujero negro. A estas alturas es incluso probable que el más inculto de los seres humanos (incluso un aspirante a concursar en Fama Revolution) se dejase matar antes de negar una "evidencia" que, paradójicamente, ningún científico ha demostrado nunca realmente. No importa: la ciencia es ahora nuestra creencia, la ciencia es ahora nuestro paradigma. Por eso en lugar de ver hadas en los bosques vemos ovnis en los cielos.
Y sin embargo, curiosamente, aún nadie se ha preguntado por cuestiones fundamentales llegados a este punto. Sabemos lo que le ocurriría a un astronauta (que vale como decir un gato o un conejillo) que intentase acercarse a un agujero negro: su información, hasta entonces felizmente organizada en tres dimensiones se reduciría a las dos que la membrana del horizonte de sucesos permite y ahí se quedaría para siempre como un mosquito en un naipe de taberna. Ahí el tiempo se detendría para él (para siempre) a pesar de que el observador externo lo viese morir triturado por las poderosísimas ondas gravitatorias y tal y eternamente caer y caer en su infinita vorágine de vómito. No les he dicho nada que no supiesen.
Pero ¿qué ocurriría si el mismo astronauta tuviese una hipoteca a veinte años? Para él el plazo de pago no habría cumplido, de hecho nunca cumpliría, de modo que el banco jamás podría reclamarle nada (¿alcanzaría un requerimiento de pago a un astronauta moroso en las cercanías de un agujero negro?). Es lo que pasa cuando mezclas cualidades de categorías no afines: aparecen los verdaderos problemas, los problemas reales. La pregunta puede complicarse más: ¿Qué pasaría si un cristiano se aproximase a un agujero negro?, ¿podría su alma inmortal abandonar la insalvable influencia de su masa y elevarse (¿elevarse?) hacia Dios? Porque si los celiacos no pueden comulgar ¿por qué los astronautas víctimas de un agujero negro pueden ir al cielo? ¿Eh?

- Los celiacos pueden comulgar desde 1995
- Bajo la única forma del vino, lo cual les traumatiza. Es como si te invitan a una fiesta y no te dejan picar almendras con el cubata.
- Eso sí.
- Pero déjame seguir, gato del demonio.

Me preguntaba: ¿No quedaría atrapada como cualquier otra cosa en la obcecada incomprensión de la piedra ciega y negra y misteriosísima que alimenta al agujero el alma inmortal del pío astronauta? ¿Y si el Papa le envía su bendición?, ¿alcanzaría ésta al astronauta en las cercanías de un agujero negro? ¿Debemos enviar al agujero negro sólo a astronautas ateos, gatos o conejillos sin obligaciones económicas vinculantes?
¿Y si el que cae en el agujero negro es un judío? Hay quien dice que en el entorno de semejante singularidad el tiempo podría llegar a invertirse y devolverle a un estado anterior a su Berit Milá.
¿Y si el que cae bajo su irresistible influencia es un musulmán? ¿Hallará el musulmán a sus setenta y dos vírgenes (una de las cuales, en opinión de ciertos teóricos, podría ser la novia de Schrödinger) compactadas como granitos de azúcar en su nanomicromillonésimomilimetrito cuadrado de gloria? ¿Se puede disfrutar a distancias tan cortas? Ni lo demasiado grande ni lo demasiado pequeño genera cualidades emergentes, nada demasiado grande o demasiado pequeño puede ser cuadrado o saber a jamón. Y el amor es una cualidad emergente, como la vida y la muerte, la realidad o la escritura. Emergentes y demasiado grandes pero conteniendo sin fisura probada todas las cualidades esenciales (qué paradoja).

- O el sueño.
- ¿Tienes sueño?
- O el hambre.
- Hay fotones en almíbar en la nevera. ¿Quieres unos poquitos?
- Y luego a dormir.
- Luego a dormir.
19 Aug 2010

Enlace permanente Gumer y Jhonny


Por: Juan Carlos Suñén | Categoría: Diario | Comentarios Comentarios []
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La parte triste es que Barjas ha estado ardiendo una semana, la graciosa (es un decir) es que según parece el propio alcalde podría ser el culpable. Lo pillaron en plena faena, así que no lo tiene fácil (como otras veces). ¿Estarán cambiando las cosas?, ¿llegará la justicia, por fin, a la España rural? Ustedes viven en grandes ciudades y mis cuitas les parecen queja viciosa de privilegiado, pero les aseguro que la democracia es como la primavera: no llega simultáneamente a todos los rincones de un país. Vale, vale... A lo que vamos: han sorprendido al alcalde prendiéndole fuego al monte. Antes le habían denunciado por vender monte a las constructoras, pero el juez sobreseyó el caso. Hay delitos que no se ve, hay delitos que se perdonan, como cuando el vecino, que es amigo del secretario, hace de su capa un sayo y levanta la casa donde la ley no deja ni atar un perro. Los españoles no somos todos iguales. Y en Barja el alcalde, pequeño Nerón de aldea, hace y deshace sin que nadie le chiste. ¿Se habrá terminado eso? Lo dudo tanto.

Claro que esta desgracia de los alcaldes apandadores no es la única que nos aprieta. Se mueren los ciervos y no sabemos por qué. Se están muriendo. Si hace un par de años sufrimos la plaga de los topillos ahora nos toca esta enfermedad (o lo que sea) que amenaza con dejarnos desciervados (que no descerebrados). A lo mejor deberíamos condenar a los alcaldes que queman bosques (o simplemente prevarican impunemente) a hacer el ciervo unos cuantos años en los chamuscados altozanos del lugar.

- Por descalificar terreno en beneficio propio, diez años haciendo el ciervo.

No es ninguna tontería: ustedes creen vivir en un sistema democrático, pero aquí nos las tragamos dobladas. Créanme, no se trata sólo de que los políticos (como algunos particulares) tengan la discutible virtud de hacer aflorar lo peor de mí mismo. No se me escapa que tienen de qué quejarse, sus propios problemas, ustedes los habitantes de las grandes urbes, pero aquí es peor. Aquí se defienden antes de lamentarse y si arde el bosque declararán que eso no es responsabilidad suya antes de echarse las manos a la cabeza. Que a los defectos de su ejercicio le sumen un mal gusto natural y la chulería provinciana que tanto divierte en Madrid no arregla nada, al contrario. Más de una vez he oído a abogados o jueces de ciudad referirse a estos abusos de poder, a estas ilegalidades pueblerinas en tono condescendiente y jocoso. Pues a estas cosas conduce el exceso de confianza en la ciega comadre justicia: un alcalde quemando el monte sin molestarse siquiera en pasar desapercibido.

- Por lo menos tiene los arrestos de hacerlo personalmente.
- Todo lo hacen personalmente.

Entre tanto, he descubierto que tenemos en la finca una familia de erizos. De momento hubo que salvar a un par de ellos de morir ahogados en la piscina. Los he llamado Gumer y Johnny. Son nocturnos e insectívoros. De hecho beneficiosos. Y si te reconocen (y no son nada tontos) hasta aceptan comida de tu mano, se dejan acariciar y tesiguen como cachorritos. O sea que ni molestan ni hacen daño, y además pueden resultar buenos compañeros. Aparecieron de pronto tras años de suponerse semi extinguidos. No se defienden. Frente a cualquier amenaza se hacen una bola y esperan, así que la gente los atropellaba en las carreteras. Es lo malo de no tener miedo. Lo cierto es que me encanta saber que andan por aquí. Incluso me identifico con ellos: también yo salgo de noche y a lomos de mi escritorio me dedico a la caza de ideas cuyo caparazón disimula a otros ojos su contenido energético. Servidor, los erizos y la clandestinidad son ideas demasiado próximas como para no sospechar en ellas una voluntad epifánica. Me pregunto si los alcaldes nos ven así: como a erizos sin más defensa que cerrar los ojos.

Pangur, que se está volviendo demasiado listo desde que la presencia de Yogur no le deja leer a Ruiz Zafón en paz, está encantado con ellos, dice que podríamos criarlos para animal de compañía. "Aquí podría haber pasta", dice.

Resumiendo. Si piensan que Obama tiene poder son ustedes unos ingenuos. Mi alcalde tiene poder. Poder, ya saben: eso que se disfruta ayudando a los amigos, pero se demuestra haciendo daño y que excluye a quien lo ejerce de toda responsabilidad. Somos así de simples los de pueblo; por lo menos los más. Pero háganme un favor y entiendan este comunicado como lo que es: una petición de socorro rural dirigida a capitalinos. Peleé por la democracia cuando era joven y ahora que me dispongo a pasar el último tramo de mi existencia sin más sobresaltos que los derivados del salvamento de erizos me encuentro con que en según qué sitios no rigen ciertas leyes. No hemos terminado el trabajo, lo hemos dejado a medias para regocijo de alcaldes pirómanos y pizarreros envenenadores.

Arde Barja, mueren los ciervos sin confesión y alguien contamina el río o maltrata a un perro atándolo junto a tu ventana sólo para que sepas quién manda. Es así porque los políticos tienen cosas más importantes de las que ocuparse. Cosas importantísimas como tomarse un vino gratis, ser popular o quemar un bosquecito de nada para ganarse unas pesetitas mientras los ciervos mueren de lo que sea que no les interesará hasta que no puedan convertirlo en desgracia subvencionable.

Es tarde. Gumer y Johnny deben estar a punto de salir de sus madrigueras. La noche ha vuelto invisible la columna de humo que ha estado manchando el horizonte desde por la mañana, pero aún hay luz para jugar un ratito con ellos, si quieren. Voy a decírselo a Raquel.
31 Jul 2010

Enlace permanente 72 vírgenes


Por: Juan Carlos Suñén | Categoría: Diario | Comentarios Comentarios []
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Servidor es demasiado listo para tener la conciencia tranquila y demasiado tonto para disimularlo. En consecuencia, la vida de servidor, forjada en el judeo-cristianismo más sutil, el de izquierdas, está repleta de errores. No porque servidor actuase mal en esta o aquella circunstancias, que sí, sino porque, pasado el tiempo, repasa las cuentas de su existencia e intentando un balance acorde a sus muchos años no consigue evitar el sentimiento de culpa que acompaña a una gran mayoría de los apuntes de las dos (sí: de las dos) columnas del libro. A veces sin más motivo que el que se deriva de no haber hecho un buen papel, de haber hecho mal lo correcto. Es así y así debe decirse, pero ello no exime a un servidor de su fantasma nocturno, de la mancha ligera pero sin sueño que se llevará a la tumba a pesar de no haber torcido su ética ni a cambio de 72 vírgenes.

Resumiendo: que no hago méritos. Ya sé que en muchos aspectos he fracasado y lo acepto. Puedo vivir el resto de mis días sabiendo que nunca perdoné una afrenta, que a menudo fui injusto y que he demostrado más paciencia esperando al enemigo (aunque su único delito hubiese sido no quererme donde y cuando yo quise que no lo hiciera) que recibiendo al amigo. Y sin embargo "esto", esto que está pasándome ahora mismo, esto que es casi como una prueba a la que podría responder con la frialdad de quien se sabe condenado, es más fuerte que yo.

Raquel se ha ido unos días con su madre, su hermana y la sobrinita Martina a disfrutar de la playa y a un servidor (que no se hubiese sumado a la excursión ni a cambio de 72 vírgenes) le ha dejado el encargo implícito de solucionar el problema de los cinco gatitos supernumerarios que tenemos en nómina. De momento he decidido no darles de comer. Cuatro días llevan sin comer. Abro la puerta y se pegan a mis pies y se enredan entre mis pasos entre maullidos minúsculos. Y si sale Pangur corren tras él como tras el único ser fiable en un momento de verdadera crisis. Pero yo no les doy de comer y Pangur no tiene recursos: es un gato sedentario, culto hasta donde puede serlo un gato en edad adulta que lee a Ruiz Zafón (aunque últimamente le gusta también oir la música de un videojuego que se dejó aquí Rubén, "La edad del dragón", que no está tan mal, ya ven) y acomodaticio hasta la molicie. Los quiere, pero no puede ayudarles. Yo quiero ayudarles, pero no los quiero (no en mi jardín, como suele decirse). Si permito que se queden, dentro de unos meses serán treinta y dentro de poco más sesenta, y dentro de un año... Los gatos son exponenciales, como la felicidad, los políticos corruptos o los malos poetas...

Pero lo que me desespera es esa cara que ponen. Ya sé que es sólo una estrategia de la naturaleza para obtener el favor de quien puede proporcionárselo, pero parece que hubiesen estudiado técnicas (¿o debería decir tácticas?) de interpretación en el Actors Studio. Ni Marlon Brando consiguió nunca esa expresión de infinito desvalimiento. Y sé que el último día de mi vida no veré el rostro de aquella mujer a la que ofendí por venganza o el de aquel joven al que negué con esfuerzo un favor que hubiese podido comodamente hacerle. No veré las lágrimas de la madre o la ira del padre, no veré en un instante pasar toda mi vida ni veré, desde luego, una luz blanca e hipnótica. Ni siquiera veré el gesto de reproche del hombre que hubiese podido ser de no haber dilapidado todo mi ingenio en chistes de dudosa comprensión y de difícil gusto. No: veré las cinco caras de estos cinco gatitos supernumerarios que se mueren de hambre entre mis pies. Porque irse no van a irse por las buenas.

Dirán ustedes que si lo hubiese pensado antes tendría ahora menos escrúpulos, que si hubiese escuchado a mis mayores y me hubiese sumado a ese grupo de privilegiados que descuelgan sus fotos familiares del recibidor para poner una estampa de Botero y a los que no conviene afrentar y sí reir hasta las torpezas, ahora, sencillamente, metería a los gatitos en un saco y los tiraría al río antes de regresar a casa con mis 72 vírgenes prácticamente aseguradas. Eso es lo que hace la gente feliz: la que no incordia. Eso es lo que haría cualquiera que tuviese la conciencia tranquila y el pemio internacional de algo que no tenga nada que ver con deshacerse de gatitos en algún rincón aparentementemente accidental de su coqueto despacho. Ya. Pero no es el caso.

Lo que he decidido es lo siguiente: dejarlos sin comer un día más. Luego prepararé un par de cestas que llenaré de comida y las sacaré al jardín. Cuando entren en ellas (y entrarán) las cierro y me los llevo lejos, lejísimos. ¿No es eso lo que se hace con los problemas? Si en el camino alguien quisiera un gato se lo regalaría sin negociar. Pero nadie quiere un gato en estos caminos bercianos que sólo llevan al fin del mundo.

Los observo y voy conociendo su carácter: Espiguilla es el más osado: tiene madera de líder. Seguramente entrará el primero seguido de Fraymolas (Fraymolas es una nueva adquisición de Pangur, que apareció con él un día sin dar más explicación que "este es Fraymolas"), Popota y Donjaime. Por ese orden. Preveo a Espiguilla y a Donjaime (muy "segundo de a bordo") en una cesta y a Fraymolas y Popota en la otra. El pobre Fidel, el más pequeño por tímido, el más acobardado, se quedará para otra intentona y, como ocurre tantas veces, será, por débil, el que peor deba pasarlo peor, el que aguante más hambre. Tampoco me importaría, llegado el caso, quedármelo. Intentaremos evitarlo. Intentaremos no pensarlo siquiera.

Todo eso fue anteayer y ayer servidor, que no pasó buena noche, se levantó preguntándose porqué tan pronto amanece se despejan los miedos hace un instante sólidos como robles y si no será "táctica" y no "técnica" lo que utilizan los actores para hacer lo que sea que hacen los actores. Se levantó, servidor, con ganas de reflexionar, en suma, pero tenía una obligación que cumplir así que salió al jardín armado de dos cestas repletas de comida de gato (la mejor, como correspodía), un café y un paquete de Partagás.

Servidor pudo notar la mirada perpleja del vecino malo (en realidad no es malo, sólo es llorica) como la atenta de las cornejas o la despreocupada de los leones en la lejana África, y también que el calor iba a seguir apretando, lo cual, en principio, le pareció bueno para todos.

Abrió las cestas y los gatitos se fueron acercando entre sorprendidos, desconfiados e incrédulos. En contra de cualquier previsión el primero en entrar fue Fidel, seguido de cerca por Fraymolas (en la primera), luego (en la otra) Popota y Donjaime, que no se decidieron hasta escuchar la masticación de sus hermanos. Espiguilla, con cara de acabar de desayunar en el Ritz, se quedó sentado a una prudente distancia y no cayó en la trampa.

Servidor llamó a un taxi y liberó una cesta en los altos de Cacabelos y la otra en los páramos de Camponaraya (no sé por qué decidió, servidor, separarlos, para que si alguno encontraba el camino de vuelta no se trajese consigo a los otros tres o para no pensar en todos a la vez; porque imaginarlos juntos podría reportarle a servidor evocaciones más negras, mayor arrepentimiento, quién sabe.)

Eso fue ayer. Hoy ha caído Espiguilla y ni siquiera he tenido que salir al jardín. Ha entrado en cuanto he abierto la puerta y se ha metido en la primera cesta que ha visto. Se acabó la "táctica". Ni le había puesto comida dentro. Se lo ha llevado Don Jesús, el jardinero, a su pueblo adoptivo, que es un pueblo con clase aunque lleno de enigmas.

He abierto una botella de Biga, un Rioja de Luberri, crianza (2006) que no desmerecería entre vinos de mucho mayor predicamento, pero que me está sabiendo a amante desatendida, a música de videojuego. Hay que pensar en otra cosa. Hay que creer en la jardinería. Hay que pensar en Yogur y en Pangur. Y he de empezar con la corrección definitiva del libro que saldrá a primeros de año...

No se me olvida que tengo pendiente una segunda parte de una anterior comunicación ("voy a abrir una sección Internet", pienso). Ya vendrá. De momento me voy a llorar a la cama.

- Voy contigo.
- Y yo.
- Y nosotras.
- ¡De eso nada!

Casi pierdo el alma echando a cinco gatitos. Imagínate tener que echar a 72 vírgenes, me digo a mí mismo entre las primeras brumas del amodorramiento.

- Pues en Cacabelos lo agradeceríamos.
- Y en Camponaraya. Y más teniendo en cuenta que, al ser usted de izquierdas, no serán producto de su imaginación.
- Por lo menos, no todas.
- La mayoría no, ¿eh?
- Eso creemos.
- Y aquí.
- Ya.
- Mire, mire: ¡un pato!
07 Jun 2010

Enlace permanente Hablando del gobierno


Por: Juan Carlos Suñén | Categoría: Diario | Comentarios Comentarios []
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Una vez que el gobierno se ha decidido a actuar como si esta crisis no fuese una crisis de decencia. Y una vez que la oposición ha actuado como si la oposición fuese una cuestión de fe antes que de decencia, cabe preguntarse qué será, en estas circunstancias, de la cultura y de de sus pocos viajes (a la conciencia, al mundo). Cabría presumir que unos, muy pocos, se esconderán como empresarios en la fragilidad de la industria siguiendo argucias que les han rendido ya otras veces con desenvoltura casi servil. Sin embargo el dinero (agazapado tras la crisis como el buitre extinguido tras algún hidrometeoro de verano en Júpiter) no se lo va a permitir pues, si bien es cierto que devora con gula y con fruición lo que le ofrecen, no tolerará en su caro pero estrictamente contabilizado y justificado plato la raspa del pescado del surrealismo por muy bañada en oro que se la presenten.

¿Entonces?

Me gustaría decir que he pensado en el asunto, pero no lo he hecho. Pensé que las medidas contra la crisis se debían haber tomado antes y haber consistido en gastar dinero (preferiblemente encautado a sus predadores antes que a sus víctimas), no ahorrarlo ni regalarlo ni encarecerlo ni empanarlo, pero me dio igual. Hoy pienso que el PP se equivoca cuando pretende imponer techos de gasto afines a la necesidad presente a gobiernos que a veces, deben pensar en obras a largo plazo que no pagará una sino varias generaciones de españoles (autopistas, Aves, familias reales, Eurovisiónes, sueldos de altos directivos de Telefónica, hospitales, escuelas públicas, guerras, embalses, bancos...), pero me dará igual. Así que con respecto a la suerte de la cultura en este lance no he pensado nada. Siento decepcionarles.

- Tú te estás entrenando para el futuro.
- El futuro es no pensar, mi querido gato.
- Por eso leo a Ruiz Zafón desde hace años...

¿Les he contado que al final nos hemos quedado con uno de los seis gatitos que adoptó Pangur? Es blanco por los cuatro costados y se llama Yogur.

- ¡Yogur, ahijado de Pangur! Suena bien.

Descontando el ataque de importancia que le ha provocado andar todo el día con un pelotilla blanco y pequeño a su alrededor (porque Yogur lo adora) al que finge no hacer el menor caso, a Pangur la paternidad no parece haberle sorprendido demasiado. Está más cariñoso, eso sí (con todos menos con Yogur) y duerme mucho. En cuanto a Yogur: está convencido de ser el más pequeño de dos leones raptados por los marcianos y no sabe si ser feliz o morir de un ataque cardiaco. Le durará poco.

- Te lo aseguro. Yo me encargo de eso. ¿Pero tú no estabas hablando del gobierno, como siempre?

Esto último lo ha dicho Pangur sin el acompañamiento de viento que desde hace unos días pone el bajo contínuo a nuestros quehaceres. Sin darnos cuenta, la brisa ha cerrado el pico y la luz ha empezado a enfocar con precisión una naturaleza que se despereza tendida, sonriente, voluptuosa en su decisión de morir con las botas puestas. Unas botas lujosísimas, creo percibir.

- El gobierno está cada vez más lejos, amigo Pangur, así que seamos todo lo libres que podamos serlo legítimamente, antes de que no podamos. ¿Una faria?
- ¿Valenciana?
- Tú dirás...
02 Jun 2010

Enlace permanente Atardecer primaveral


Por: Juan Carlos Suñén | Categoría: Diario | Comentarios Comentarios []
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Raquel apuraba la última novela de Louise Erdrich, "Plaga de palomas". La cerró un momento y miró a un servidor como esperando la devolución del gesto. Servidor, sin embargo de percibir en toda su fisicidad la ciencia de esos ojos de ron y pasas, no levantó la vista de la página sino que recitó en voz alta: "Atardecer primaveral. ¿Qué lee el hombre que no tiene mujer?"

- ¿A Homero?
- Es posible... es posible.

"Atardecer primaveral. ¿Qué lee el hombre que no tiene mujer?" Así dice un haiku del poeta, periodista y crítico literario Shiki Masaoka, nacido Masaoka Tsunenori en el Japón del predemocrático periodo Meiji (hace nada, como quien dice). ¿Qué lee el hombre que no tiene mujer? Es una pregunta culturalmente devastadora y sólo levemente dulcificada por el dolor de ese "atardecer primaveral" tan doméstico como envenenado, pues tan sólo distrae (subrayándolo) del misterio que lo que le sigue contiene. Un misterio muy difícil de precisar, por cierto. Estoy seguro de haberla encontrado (la pregunta) en más de una ocasión; pero no había reparado en ella hasta ahora, quizás porque ahora la leo bien citada, o quizás porque sé (ya iba siendo hora) que el matrimonio no es más que una larga y apacible conversación y porque ahora (también) el atardecer se ha instalado en mi corazón como la música del día que mejor y más de cerca acompasa el murmullo de mi cabeza, subrayándolo sin verdadera intención, desde fuera, casi como un personaje distinto que creyese que el atardecer soy yo y él el paisano a esa hora perezosa en que ser y estar coinciden en la provocación inmóvil. Una hora en la que la conversación con Raquel tiene lugar, no es frecuente ni raro, en soledad (puedo vivir sin ella, pero nunca podré vivir lejos de ella), o en conjunción tramada por el profundo silencio de la lectura.

¿Qué lee el hombre que no tiene mujer? Sería fácil intentar una respuesta irónica, pero la pregunta es definitivamente caritativa y no la permitiría. No es un hombre que no sepa disfrutar lo que lee, no es un hombre que carece de gusto ni es un hombre que busque en la lectura una sustitución. Es un hombre que no puede compartir su experiencia sino con su lectura. Es un hombre que establece con su lectura una relación reflexiva y biunívoca dentro de la cual, ¿a su pesar?, ¿al nuestro?, es paradójicamente más libre. De modo que quizás pudiésemos respondernos que no hay forma de saber qué lee el hombre que no tiene mujer. Sin embargo bastaría con preguntárselo...

Bastaría con preguntárselo pero el atardecer primaveral nos separa tanto de él que es posible que no entendiese bien nuestra pregunta y se limitase a darnos el nombre de un autor y el título de una obra. Por ejemplo, el hombre que no tiene mujer podría decirnos que está leyendo a Wallece Stevens o a Karl von Clausewitz, que está leyendo "Adagia" o "El arte de la guerra". No importa. Se levantaría de esa piedra en la que estaba sentado contemplando un horizonte que nosotros, situados tras él y algo más abajo del pequeño promontorio sobre el que su figura se maniffestó de repente como algo vivo, no alcanzamos a ver.

Pero yo sé, ahora que Raquel me ha puesto como tantas veces sobre la pista y que el hombre ha desparecido ya de nuestro campo de visión, lo que leía, lo que seguramente sigue leyendo en su alcoba solitaria. El poema, que me cuesta un poco encontrar entre las muchas colecciones de versos que del autor se han ido juntando en nuestra biblioteca, se titula o podría titularse "Insomnio" y es de Osip Mandelstam:


"Insomnio. Homero. Izad las velas.
Leí hasta la mitad el catálogo de las naves:
alargadas larvas, el vuelo de las grullas,
que un día se elevaron sobre la Hélade.

Como promesa de grulla en tierra extraña
sobre la cabeza de los reyes se esparce la espuma divina.
¿Hacia dónde navegáis? ¿Y quién, sino Helena
a Troya os llama, guerreros aqueos?

El mar y Homero, todo se mueve por amor.
¿A quién he de escuchar? Homero calla,
el negro mar, elocuente, susurra
y con grave fragor se aproxima a mi cama."



Aunque ahora que lo pienso quizás no me hayan ustedes leído bien -el poema no es lo que lee el hombre que no tiene mujer, sino la forma en que Mandelstam y Masaoka hablan de la misma nostalgia- y se hayan precipitado, sin quererlo, a un jardín figurado. Lean de nuevo el comienzo de este blog y verán que servidor ha ordenado y dispuesto su relato desde el principio para evitarlo y, también, que no hay respuesta que desvele verdaderamente un enigma poético que es libre sólo entre sus diecisiete sílabas, por muy brillante que sea. Pero aún así me quedo pensando que ese hombre cuya figura (y cúlpesa de esta útima visión a Raquel, y a Mandestam, pero nunca a Masaoka) se alejó a contra luz hacia alguna penumbra sólo nominalmente distita de la intemperie, ese hombre que nunca sabrá lo que yo leo, estaba leyendo el mar.
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