Vivimos en el mundo de lo parasitario, que sólo se ocupa de lo que puede mostrar, de lo que es domesticable. “Buscamos la inmunidad de lo secundario”, la distancia que nos preserva de la “presencia real”, que nos des-responsabiliza frente al texto (incluso frente a nuestro propio texto, a nuestra propia lectura como texto en acción). Queremos “secularizar el misterio y las llamadas de la creación”. El lenguaje moderno se niega a ese encuentro con el Logos que tiene lugar en el infinito, garantizando su finalidad, su posibilidad de comprensión cabal. Es interminable (no hay punto final posible, no hay finalidad en su horizonte): infinitamente inacabado, sufre la esclavitud de la inmediatez. Tolerar su vacuidad es el derecho inalienable de los alienados, la libertad indiscutible de los no libres a perder su responsabilidad. La libertad de no saber, de confundir teoría con hipótesis.
Roto el contrato entre palabra y realidad (con Rimbaud, con Mallarmé, con Wittgenstein), la conmoción es del mismo calibre que si en ciencia el contrato entre teoría y hecho se rompiese. El significado ya no significa nada. Llamar a eso la muerte de Dios “es una articulación original, pero sólo parcial”. No obstante, sirve para entendernos. Sin Dios (presente o ausente) no se puede enunciar el significado pues “no posee residencia demostrable en el interior del discurso”. Buen pretexto, pero pretexto al fin. Y el pretexto, ya se sabe, sólo tiene valor si va seguido de un texto significante. Se puede enunciar la vida desde la perplejidad como desde la duda, dios era un atajo que resultó una trampa. La ética es un producto del ser humano. No nos liemos.
Capacidad de respuesta
El lector se acerca al poema y pregunta: “¿Por qué eres?” Y en su pregunta hay otra pregunta implícita: “¿Por qué soy?” Cualquier respuesta a esta pregunta lo es por cortesía de la trascendencia.
¿Tiene sentido ser? Steiner no dice que sí, dice que el sentido es la pregunta. En la medida en que dejemos de planteárnosla, dejaremos de ser hombres. (Quizás esté yendo más lejos, quizás esté aventurando la posibilidad de que el lenguaje –el lenguaje de las artes- exista sólo para que nos podamos hacer esta pregunta).
Comprender es pues un acto profundamente moral, el escepticismo (moral, ético) ha puesto en duda la confianza semántica. Resultado: hemos perdido la capacidad de respuesta. Lo nuestro son ya, sólo, postpalabras. No son una respuesta al abismo de la vida (con Dios o sin él). Lo que se le escapa a Steiner, tal vez, es que también la última posibilidad de plantearse esta pregunta desde la negación ha caído. Lo ha hecho con el descrédito del marxismo (el discurso marxista aún mantenía una finalidad, una trascendencia histórica y, por tanto, su confianza en el lenguaje). Volveré a declararme hilorealista; no dialéctico: valiente, es decir: defensor del valor, avergonzado por su precio.
Penetrar en la espesura
Leo a Ibn Al’Arabí. Lo leo “como si” o no lo leo.
Leo a Marx, lo leo “como si” o no lo leo.
Leo a Steiner. Lo leo “como si” o no lo leo. Acepto la presencia o la ausencia reales que están implícitas en mi lectura. Puedo imprimir a mi fruición del texto un carácter narrativo, poético, mitológico o musical. Puedo disfrutar de los detalles sin atender a la totalidad o atender a la totalidad prescindiendo de los detalles.
Todo, menos leer sin más. Leer su pura “forma externa”, la belleza de su estilo. No puedo olvidar (sería descortesía y falta de responsabilidad) que su forma es el producto de una pregunta sobre el ser. Una pregunta que ha engendrado el texto y en cuyo planteamiento late el abismo de su comprensión. Steiner teme las consecuencias del divorcio entre el Logos y el Cosmos, la palabra y la vida. Pero sospecho que sabe muy bien que eso no hace sino obligarnos a “penetrar más adentro en la espesura”.
El significado de la palabra
Porque Steiner no reclama a Dios, lo que reclama es el punto final que garantizaba la capacidad de la obra de arte para ser paráfrasis de una respuesta cuya dignidad siente debilitarse por ausencia de pregunta pero, sobre todo, porque pregunta y respuesta se han desencontrado en el infinito, no confían ya en una inteligencia totalizadora que pueda “dar fe” de su mutua pertinencia. Esa capacidad comienza allí donde somos conscientes de nuestra muerte. Lo que preocupa a Steiner, en definitiva, no es que en este final previsto para mi artículo
Las palabras no hacen sino hablar del silencio de Dios. Los hombres hablan porque Dios no lo hace. Y se escuchan unos a otros por la misma razón
la palabra Dios no sea menos desconstruible que cualquier otra, sino que no haya implícita supervivencia alguna del significado de la palabra hombre. Esperemos que siga siendo así. Pero también que siga siendo una preocupación. Cuando deje de serlo, la cultura ya no sabrá decirnos de qué están hablando la poesía, la música, la pintura, en el momento exacto en que las palabras fracasan, pues no hallará en nosotros nada que pueda ser sin nosotros.
Había una verdad, no se me olvide.