Así que aunque Gallardón se ha puesto más pesado que una mosca de vendimia los dioses del Olimpo (y sus asociados: miembros, miembras y miembrillos) no le han sido tan propicios como al llorica de Lula. En Madrid andaba aún la gente más indignada que de costumbre, que ya es decir, y casi tan ofendida como si hubiésemos quedado penúltimos en Eurovisión. Pero yo no. Yo he bajado del Alsa en Ponferada decidido a montar en mi Studebaker (¿les había contado que tengo un Studebaker para casos de urgencia?) e intentar encontrar un sitio donde la decepción y la rabia patria no hayan hecho olvidar al personal que (como dice Botinni) el alcalde debería pensar en devolver a los airados capitalinos la factura de sus faraónicas pretensiones y dejar de ocultarnos que nuestros problemas, capitalinos o no, son otros, mejor dicho: son de los ricos, incluido Gallardón; así que ya está devolviendo la pasta o pagándose una excursión a Río.
- Puede hacerlo poco a poco si no le viene bien de una vez, dijo Bottini.
- Debería darte vergüenza, dice Pangur en cuanto me ve entrando por la puerta.
- ¿Por qué?
- Por meterte con ya sabes quién. Al fin y al cabo fuiste "gallardonado" con el premio Villa de Madrid. ¿O no?
Encontrar un lugar en el que sobrevivir a estos días de prensa plañidera, hacer abstracción del hecho de que las ingentes ganancias de los banqueros las pagamos nosotros e intentar asimilar que la izquierda democrática parece haberse quedado de repente sin fuelle (y en el que los gatos caseros no lean la mente de los cristianos) parece empresa más difícil que la de sobrevir a la propia época, pero aún así estoy decidido a intentarlo. Le dejo una nota a Raquel: "Me llevo el Studebaker. Volveré antes de fracasar. Te quiero".
- Suñén.
- ¿Qué quieres ahora gato?
- Tú no sabes conducir.
- Sí que sé.
- No.
Añado en la nota "Pangur se viene conmigo" y nos ponemos en camino sin más demora hacia el fin del mundo que, según la prensa local está en Ransinde, muy cerquita ya de la cima de Piedrafita. Les ahorro la conversación con Pangur, que versó sobre la "Trilogía Millennium", de Stieg Larsson, que le gusta casi más que Ruiz Zafón; aunque sólo va por la primera parte: "Los hombres que no amaban a las mujeres". ¡Qué tontería de título! (pienso y sólo pienso, porque ha empezado a llover y no quiero distraer a Pangur que conduce de una manera ya de por sí distraída y poco discreta).
Una vez en Ransinde nos vemos obligados a entrar en el pueblo pasando por debajo (el Studebaker puede) de un camión alsaciano que se ha quedado literalmente varado en la carretera. El hombre nos explica como puede que lleva allí cuatro días, perdido por culpa de la pésima señalización de las carreteras españolas en general y castellano y leonesas en particular, por suerte ha aprendido algo de gallego y sabe jugar a los chinos, así que pasamos un rato agradable con él.
- Seis con las tuyas.
- Siete.
- Sabes algo de las olimpiadas.
- Que son cuatro años. ¿Por qué?
- Por nada, por nada. ¿Te he dicho que, en cierto modo, yo también soy alsacino?
Tiene razón el alsaciano: una olimpiada son cuatro años. No confundir con los juegos olímpicos. Así que Gallardón lleva tres.
- Tres corazonadas son mucho tute para un adulto, "compañeiro", opina el alsaciano.
- Blancas, dice Pangur, que lleva tres cuartos de hora sin pagar una ronda.
- ¿Y qué piensas hacer si no puedes sacar el camión?
- Alquilarlo como vivienda. Podría ser un buen negocio, bromea.
Pangur me mira como diciendo "hazlo, alquílaselo y le sacamos el alquiler a los chinos", pero yo he cumplido mi sueño de encontrar a alguien que no sepa nada de Gallardón y ni el camionero alsaciano ni los sufridos ransindeños están para perder más el tiempo. Su problema es grave.
- Otro camión.
Cuando nos quisimos dar cuenta ya se habían juntado cuatro camiones en esa especie de bote sifónico de España que, por lo visto, es la carretera de acceso a Ransinde (de acceso y de salida) y su presencia no solicitada y definitivamente no disfrutada me daba un poco de miedo, así que pedí un café doble para Pangur y un orujo doble para conciliar el sueño durante el viaje y nos fuimos para Cacabelos, donde habíamos quedado con Raquel para que Secun nos presentase a su mujer. La historia de Secun y de Diana es muy romántica; aunque de un romanticismo moderno.
Se casaron y siguieron viviendo cada uno en su casa hasta que un buen día Secun, seguro ya de no ser el recaciltrante gamberro que había venido siendo desde sus años mozos hasta más allá de lo prudente la miró a los ojos bajo la pálida pero sensibilísima luna gallega y le dijo:
- Diana, ahora que llevamos un año casados, ¿por qué no nos vamos a vivimos juntos?
- ¿Se puede saber qué haces? ¡Mira a la carretera, coño?
- Busco un pañuelo, es que eso que has dicho es muy bonito, parece de Ruiz Zafón.
- O de Gala, no te... ¡Qué mires a la carretera, maldito gato! Y quita la radio, o cambia de emisora.
Cuando, por fin, llegamos a Cacabelos, después de escuchar la enésima versión de Alina de Arbo Paart (hay que ver el partido que le ha sacado ese cursi a Satie), nos esperaban los Santos y Raquel con una cesta de membrillos. Estaba guapísima con su cesta de membrillos, guapísima. Y como los membrillos eran para los Santos Pangur aprovechó la cesta para quedarse dormido. Por suerte en Cacabelos se ofrecieron a cuidar del Studebaker hasta el día siguiente, que fue Raquel a buscarlo con más membrillos.
Ahora estoy esperando a que vuelva del Instituto. Es lunes (¿o martes?). La lluvia parece una exhudación de la luz y los problemas irresolubles como urgentes se doran al calor de la madera bien barnizada; el olor a libros cede su grandeza a la blandura natural y ácidamente atiplada del membrillo. Madrid queda muy lejos, demasiado lejos para el viejo Studebaker, demasiado lejos, incluso, para un membrillo alsacino como yo, por muy "gallardonado" que esté.