
Entro en la librería Siena, de Ponferrada y me encuentro con Juan Carlos Mestre. Tan afectuoso como siempre; aunque más con Raquel que conmigo (que todo hay que decirlo), me pregunta en qué ando antes siquiera de dejarme felicitarlo por su reciente Nacional aún fresquito. Me muero de hambre, así que prácticamente lo empujo al "Anaquel", que está al lado, a tomar un vino con su consiguiente tapa (lo que aquí es de obligado cumplimiento, y espero que lo siga siendo por muchos años, amén). Hoy toca paté de cecina (lo que hay que ver), que con el tinto Losada limpia, fija y da esplendor. Mestre, que apenas ha humedecido los labios en su copa, le dedica, apoyado en la barra ,uno de sus libros a Raquel con gran aparato de dibujo coloreado (les parecerá que me lo invento, pero este hombre lleva encima una pitillera de las de antes que, a modo de paleta portátil, ha rellenado con acuarelas, un pincel con capuchón y la pluma de Rafael Pérez Estrada) y mientras lo hace (con una parsimonia que empieza a poner nerviosa a Raquel, que quiere su regalo ya, y a un servidor, que a punto está de prenguntarle si firma muchos libros) vuelve a la carga.
- En qué andas.
Le cuento que he acabado mi libro, que estoy corrigiendo y que no sé aún si titularlo "Maire" o "Las hablillas del agua". Me mira como si fuese tonto.
- ¿Maire?, ¿maire? ¡"Las hablillas del agua" es perfecto!
- Pues no se hable más señor Mestre.
Decía Montaigne que siempre hay que hacer caso de las sugerencias de nuestros lectores, si no porque (posiblemente) tengan razón, por elemental cortesía; algo que en el caso de los poetas que, cómo recuerda mi hermano Luis de vez en cuando, conocemos a nuestros lectores con nombre y apellidos, resulta además práctica interesada y hasta beneficiosa para la perdurabilidad del oficio.
Lo digo en serio, uno está escribiendo y de pronto se encuentra preguntándose si tal o cual verso, este adjetivo o aquella paráfrasis serán del agrado de Antonio Ortega, o de Paco, o de Guelbenzu, o de Miguel Ángel... o de Mamá. No está la cosa para contrariar a nadie.
Charlamos aún un poco más, de esto y de lo otro, pero servidor sigue dándole vueltas en la cabeza al asunto del título. No me pregunto si es bueno, sino si es realmente el título de todo el libro (ahora lo es de la primera de cinco partes). Y cuando aparece una agradable señorita y se lleva a Mestre lo tengo casi decidido.
- Nos vemos pronto.
- Seguro.
El caso es que vuelvo a casa alegre por el encuentro, y con la duda, como digo, casi resuelta hasta que Raquel, sin apartar la vista de la carretera, a la altura de Cuatro Vientos, dice:
- A mí me gusta "Maire".
- A ver Raquel, ¿a ti te han dado un Premio Nacional de Literatura?
- No, pero tú tampoco te has casado con Mestre.
La verdad es que, cuando quiere, sabe escoger imágenes de lo más convincentes. En resumen: que sigo hecho un mar de dudas.
- Yo prefiero "La suerte echada", tercia ya en Magaz Pangur (al que nadie ha preguntado), sacando a relucir otro posible título que había descartado hace meses.
- Pues no se hable más. Lo que diga el gato. No te fastidia.
Además, Pangur no es precisamente uno de mis lectores, que le busque los títulos a Ruiz Zafón que servidor, de momento y mientras se lo sigue pensando, va a hacer una encuesta. Voten ustedes si quieren:
Maire
Las hablillas del agua
La suerte echada
El árbol y la piedra
La nadadora celeste
La habitación amarilla
A quien adivine el título final y definitivo con el que me presentaré al Certamen de Poesía de la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios de Córdoba (excluidos Raquel, Pangur y Mestre, que no pueden participar en el concurso por distintas causas) le envío un botillo.