Llevaba años temiendo la confirmación de una certeza en la que procuraba no pensar. Me gustan poco los cambios y, como a Zapatero, menos aún los estructurales. Por eso he venido hasta aquí, creo. Me sentaría fatal, por ejemplo, que existiesen los marcianos o que Iker Jiménez demostrase la existencia del Más Allá más allá de toda duda. Y es que uno de mis superpoderes consiste en que no sé pensar en lo que no quiero pensar y sí apoltronarme en lo conocido como un lagarto al sol dejando pasar el tiempo. Lo que nos sacará de la crisis es dejar pasar el tiempo (frase célebre), Zapatero lo sabe y un servidor también. Pero la noticia, casi perdida en una esquina de una página cualquiera del periódico confirma mis peores sospechas: el ser humano tiene la misma cantidad de genes que un melón. Es lo que compartimos con los periodistas, según se deduce.
- ¡Lo sabía!
- Y yo.
A uno le dan veinte cerillas y no puede escribir un número mayor que 9990 (¿es esto un teorema?) pero le dan veintiséis mil genes y puede escoger entre hacer un ser humano, un melón o un periodista.
- ¿Francés?, quiere saber Pangur.
- No, por lo visto el melón francés sólo tiene veinticinco mil genes: como tú.
- Lo sabía...
- Y yo.
Nadie se ha molestado nunca en hablar con un melón, y sin embargo comparte con nosotros (el melón, no su inexistente interlocutor) más información genética que la mosca del vinagre, con la que a menudo mantenemos amenas charlas. Breves, pero amenas.
- O los gorilas.
Nadie se ha arriesgado nunca a hablar con un gorila. Entre hablar con un melón o hablar con un gorila el ser humano prefiere a la mosca del vinagre.
- ¿Qué es un gorila?
- ¿Viste el otro día a mi cuñado animando al Real Madrid?
- ¡..oppppé!
No sé cómo pasó, pero Raquel y un servidor estábamos agotados por la mudanza y de pronto apareció a cenar todo el mundo. Rubén nos presentaba desde su gesto descansado y fiable al desilusionista, que sólo tenía ojos y oídos para la pieza que Napoleón interpretaba a la batería intentando seducir sin éxito a la novia de alguien, como si perteneciésemos a galaxias indescifrables. Ajeno, el cuñao tocaba la bocina en plan sinfónico-moderno, los primos cannabicultores buscaban una buena película (ella, y finalmente veremos la sueca "La sustituta", buena elección) o filtraban la realidad como una cámara fotográfica de las de antes (él) fingiendo hablar con una Raquel que inventaba comida a golpe de sonrisas (de las que se resuelven en cecina de la de chivo, redondos panes y más redondos vinos, costillas casi negras y casi blancas lechugas de amor y amor del dulce y espárragos trigueros), Javier colocaba las fichas del ajedrez salivando como una máquina y moviéndose al compás de la improvisada música, la sobrinita Martina escapaba de Pangur y Pangur escapaba de la sobrinita Martina cuya madre servía copas esmeradísimas mientras un servidor pensaba en los periodistas. La realidad se había vuelto tan veloz como la actualidad. Y eso no podía consentirlo. Alguien debía ponerle freno a todo esto. Aunque fuese un melón. No sé que hacen los periodistas con lo real, pero yo he venido a aprender el idioma, y eso lleva tiempo.
- La próxima vez os presentáis de uno en uno.
Ya sé a qué he venido: a reducir la velocidad. No quiero pensarlo.