Fuerzas de la OTAN han matado a 33 civiles en Afganistán, dentro de la provincia de Daikundi. Según la versión oficial, brindada por el general estadounidense
Stanley McChrystal, comandante de la OTAN en Afganistán, los militares creyeron que se trataba de combatientes talibanes que se dirigían a la base holandesa Kamp Holland en Tarin Kowt. Pero las autoridades holandesas han
negado haber participado del bombardeo de los vehículos en los que viajaban civiles. Estos homicidios, eufemísticamente llamados "efectos colaterales", se suman a una situación si cabe más grave: El ejército de los Estados Unidos, al mando del Premio Nobel de la Paz
Barack Obama, lleva meses atacando con misiles supuestos campos de entrenamiento de talibanes en Pakistán, en un cuentagotas casi invisible. Las actuaciones en Pakistán no forman parte del mandato de la OTAN ni de las licencias que los parlamentos de los distintos países miembros de la
ISAF han dado a sus tropas para el conflicto en Afganistán, principalmente porque Pakistán supone un enclave determinante en la (des)estabilización de la zona. Su situación geográfica con respecto a Oriente, la disputa histórica y los conflictos abiertos con la India, combinados con el armamento nuclear del que dispone, lo convierten en un
polvorín. Desde comienzos de año, las cifras (declaradas) de bajas por bombardeos en Pakistán son:
20 muertos (17/01/2010),
9 muertos (15/02/2010),
4 muertos (09/01/2010),
5 muertos (08/01/2010),
17 muertos (06/01/2010),
2 muertos (03/01/2010),
3 muertos (01/01/2010)... y desde que comenzaron las incursiones la cifra total supera el
millar de muertos. De todo esto se desprende que ni la influencia talibán se circunscribe a Afganistán, ni la solución del problema puede ser enfocada exclusivamente en términos militares.