Relato ganador "Escrito en la nieve"
El jurado de la Escuela De Letras, reunido para fallar el Premio de microcuentos "Escrito en la nieve", ha decidido que el relato ganador es el siguiente:
Una cita en blanco
Por Maribí Muñoz Álvarez
Nos hemos conocido hace poco tiempo. Has querido que pasáramos un fin de semana tranquilo, en un lugar apartado donde tener la oportunidad de conversar, de disfrutar. Eso me dijiste. Yo hice la maleta con ilusión y con pocas cosas, pensé en lo imprescindible.
Cuando llegamos a esta casa rodeada de árboles y tan próxima al riachuelo, me pareció un lugar idílico. Supe que también me gustabas porque sabes elegir con cuidado.
Ya por la tarde empezaron a caer los primeros copos, era una sensación agradable oler los leños que ardían, cubrirnos con la manta y jugar debajo de ella.
Han pasado cuatro días desde entonces. Estamos aquí a la espera de que el temporal cese. No queda casi nada en la cocina. El paisaje que se ve desde la ventana es tan blanco como aburrido, uniforme y constante. Echo de menos mi pijama rojo, mis zapatillas calentitas. Quiero volver a mi cama, sola.
Levanto la vista del libro y me molesta cruzar la mirada contigo. Quiero que esto acabe. Y ¿por qué entre tantas lecturas para traerme tuve que escoger Doctor Zhivago? Ahora sé que nunca serás Yuri.
Una cita en blanco
Por Maribí Muñoz Álvarez
Nos hemos conocido hace poco tiempo. Has querido que pasáramos un fin de semana tranquilo, en un lugar apartado donde tener la oportunidad de conversar, de disfrutar. Eso me dijiste. Yo hice la maleta con ilusión y con pocas cosas, pensé en lo imprescindible.
Cuando llegamos a esta casa rodeada de árboles y tan próxima al riachuelo, me pareció un lugar idílico. Supe que también me gustabas porque sabes elegir con cuidado.
Ya por la tarde empezaron a caer los primeros copos, era una sensación agradable oler los leños que ardían, cubrirnos con la manta y jugar debajo de ella.
Han pasado cuatro días desde entonces. Estamos aquí a la espera de que el temporal cese. No queda casi nada en la cocina. El paisaje que se ve desde la ventana es tan blanco como aburrido, uniforme y constante. Echo de menos mi pijama rojo, mis zapatillas calentitas. Quiero volver a mi cama, sola.
Levanto la vista del libro y me molesta cruzar la mirada contigo. Quiero que esto acabe. Y ¿por qué entre tantas lecturas para traerme tuve que escoger Doctor Zhivago? Ahora sé que nunca serás Yuri.
Caídas constantes
Por María Jesús Jerez
Me di la vuelta y la vi… Vi su fuerza de voluntad escrita en la nieve. La voluntad de querer levantarse después de cada caída. Cayó la nieve, cayó el día y con ellos cayó también Lucía.
Esa tarde, durante el paseo rutinario, fueron las piernas las que le fallaron y acabó tendida sobre el gran manto de nieve blanca. Ambos sabíamos que ese momento podía llegar. La pérdida de los controles musculares entraba dentro del pronóstico mortal de su enfermedad. Pero, contra todo pronóstico fue su risa, mientras caía, la que envolvió el incómodo silencio que flotaba en el ambiente.
Me extendió la mano para que le ayudara a incorporarse y una vez en pie, me la soltó. Dio dos pasos más antes de volver a yacer sobre el mismo manto blanco y esta vez, al caer, fue la nieve la que envolvió su risa.
Tumbada en el suelo, con el pelo mojado por los copos que caían, la vi más guapa que nunca. Me extendió la mano de nuevo y se incorporó por segunda vez. Hubo una tercera y una carta y hasta una quinta antes llegar al final del camino. Atrás dejamos su silueta, tantas veces dibujada como intentos de ponerse en pie.
Ahora que ella ya no está, me queda el recuerdo de los actos cotidianos envueltos en papel de regalo. Donde otros hubieran visto una derrota, Lucía fue capaz de recomponer su vida rota. Unió uno a uno todos los pedazos afianzando con fuerza todos sus lazos, negándose a ser una víctima del dolor y la compasión.
Ahora que ella ya no está, camino con mi hija de la mano durante nuestro paseo rutinario. De pronto se suelta y se tumba en el suelo cubierto de nieve “¡Mira papá! ¡Mira como dibujo un ángel!”- exclama mientras abre y cierra brazos y piernas.
Me doy la vuelta y la veo… Veo el ángel de mi hija junto a su fuerza de voluntad dibujados en la nieve. La voluntad de querer levantarse después de cada caída.
Mientras, la nieve sigue cayendo y con ella también el día.
Me di la vuelta y la vi… Vi su fuerza de voluntad escrita en la nieve. La voluntad de querer levantarse después de cada caída. Cayó la nieve, cayó el día y con ellos cayó también Lucía.
Esa tarde, durante el paseo rutinario, fueron las piernas las que le fallaron y acabó tendida sobre el gran manto de nieve blanca. Ambos sabíamos que ese momento podía llegar. La pérdida de los controles musculares entraba dentro del pronóstico mortal de su enfermedad. Pero, contra todo pronóstico fue su risa, mientras caía, la que envolvió el incómodo silencio que flotaba en el ambiente.
Me extendió la mano para que le ayudara a incorporarse y una vez en pie, me la soltó. Dio dos pasos más antes de volver a yacer sobre el mismo manto blanco y esta vez, al caer, fue la nieve la que envolvió su risa.
Tumbada en el suelo, con el pelo mojado por los copos que caían, la vi más guapa que nunca. Me extendió la mano de nuevo y se incorporó por segunda vez. Hubo una tercera y una carta y hasta una quinta antes llegar al final del camino. Atrás dejamos su silueta, tantas veces dibujada como intentos de ponerse en pie.
Ahora que ella ya no está, me queda el recuerdo de los actos cotidianos envueltos en papel de regalo. Donde otros hubieran visto una derrota, Lucía fue capaz de recomponer su vida rota. Unió uno a uno todos los pedazos afianzando con fuerza todos sus lazos, negándose a ser una víctima del dolor y la compasión.
Ahora que ella ya no está, camino con mi hija de la mano durante nuestro paseo rutinario. De pronto se suelta y se tumba en el suelo cubierto de nieve “¡Mira papá! ¡Mira como dibujo un ángel!”- exclama mientras abre y cierra brazos y piernas.
Me doy la vuelta y la veo… Veo el ángel de mi hija junto a su fuerza de voluntad dibujados en la nieve. La voluntad de querer levantarse después de cada caída.
Mientras, la nieve sigue cayendo y con ella también el día.
La carta
Por Kalton Bruhl
Cuando regresé a mi aldea aquel invierno, traía solamente dos cosas: una herida en la pierna y una carta oficial para la viuda Fournier. Me dirigí a su casa, caminando despacio, pensando que cualquiera podría leer la ansiedad y la tristeza que me abrumaban, por el trazo de mis huellas sobre la nieve.
Llamé a su puerta, pero mucho antes de que atendiera supe que no podría entregársela. Era extraño, no tuve miedo en ninguna de las batallas, ni siquiera en el momento en que aquella bala casi me destroza la pierna; sin embargo no tuve el valor para comunicarle a la viuda, que su único hijo, había muerto en la Gran Guerra. Nadie más en la aldea lo sabía, así que inventé su traslado a una unidad lejana.
Desde entonces cada mes escribí una carta, agregando algunos francos en el sobre. La viuda no sabía leer, por lo que yo me encargaba de hacerlo. A veces reía con mis historias y a veces se limitaba a suspirar llena de orgullo; pero siempre, al despedirme, las lágrimas terminaban deslizándose por sus mejillas.
Cuando enfermó gravemente, me llamó a su lado y me alargó una caja con el dinero y las cartas que le había entregado.
-No tienes que escribir más-dijo, haciendo un esfuerzo.
Yo quise hablar, pero me detuvo con un gesto.
-Lo he sabido desde el principio -continuó con un hilo de voz-, ahora, que voy a encontrarme con Phillipe, le contaré lo bueno que has sido conmigo.
Me sonrió con dulzura y luego cerró sus ojos para siempre.
Cuando regresé a mi aldea aquel invierno, traía solamente dos cosas: una herida en la pierna y una carta oficial para la viuda Fournier. Me dirigí a su casa, caminando despacio, pensando que cualquiera podría leer la ansiedad y la tristeza que me abrumaban, por el trazo de mis huellas sobre la nieve.
Llamé a su puerta, pero mucho antes de que atendiera supe que no podría entregársela. Era extraño, no tuve miedo en ninguna de las batallas, ni siquiera en el momento en que aquella bala casi me destroza la pierna; sin embargo no tuve el valor para comunicarle a la viuda, que su único hijo, había muerto en la Gran Guerra. Nadie más en la aldea lo sabía, así que inventé su traslado a una unidad lejana.
Desde entonces cada mes escribí una carta, agregando algunos francos en el sobre. La viuda no sabía leer, por lo que yo me encargaba de hacerlo. A veces reía con mis historias y a veces se limitaba a suspirar llena de orgullo; pero siempre, al despedirme, las lágrimas terminaban deslizándose por sus mejillas.
Cuando enfermó gravemente, me llamó a su lado y me alargó una caja con el dinero y las cartas que le había entregado.
-No tienes que escribir más-dijo, haciendo un esfuerzo.
Yo quise hablar, pero me detuvo con un gesto.
-Lo he sabido desde el principio -continuó con un hilo de voz-, ahora, que voy a encontrarme con Phillipe, le contaré lo bueno que has sido conmigo.
Me sonrió con dulzura y luego cerró sus ojos para siempre.
Una cita en blanco
Por Maribí Muñoz Álvarez
Nos hemos conocido hace poco tiempo. Has querido que pasáramos un fin de semana tranquilo, en un lugar apartado donde tener la oportunidad de conversar, de disfrutar. Eso me dijiste. Yo hice la maleta con ilusión y con pocas cosas, pensé en lo imprescindible.
Cuando llegamos a esta casa rodeada de árboles y tan próxima al riachuelo, me pareció un lugar idílico. Supe que también me gustabas porque sabes elegir con cuidado.
Ya por la tarde empezaron a caer los primeros copos, era una sensación agradable oler los leños que ardían, cubrirnos con la manta y jugar debajo de ella.
Han pasado cuatro días desde entonces. Estamos aquí a la espera de que el temporal cese. No queda casi nada en la cocina. El paisaje que se ve desde la ventana es tan blanco como aburrido, uniforme y constante. Echo de menos mi pijama rojo, mis zapatillas calentitas. Quiero volver a mi cama, sola.
Levanto la vista del libro y me molesta cruzar la mirada contigo. Quiero que esto acabe. Y ¿por qué entre tantas lecturas para traerme tuve que escoger Doctor Zhivago? Ahora sé que nunca serás Yuri.
Nos hemos conocido hace poco tiempo. Has querido que pasáramos un fin de semana tranquilo, en un lugar apartado donde tener la oportunidad de conversar, de disfrutar. Eso me dijiste. Yo hice la maleta con ilusión y con pocas cosas, pensé en lo imprescindible.
Cuando llegamos a esta casa rodeada de árboles y tan próxima al riachuelo, me pareció un lugar idílico. Supe que también me gustabas porque sabes elegir con cuidado.
Ya por la tarde empezaron a caer los primeros copos, era una sensación agradable oler los leños que ardían, cubrirnos con la manta y jugar debajo de ella.
Han pasado cuatro días desde entonces. Estamos aquí a la espera de que el temporal cese. No queda casi nada en la cocina. El paisaje que se ve desde la ventana es tan blanco como aburrido, uniforme y constante. Echo de menos mi pijama rojo, mis zapatillas calentitas. Quiero volver a mi cama, sola.
Levanto la vista del libro y me molesta cruzar la mirada contigo. Quiero que esto acabe. Y ¿por qué entre tantas lecturas para traerme tuve que escoger Doctor Zhivago? Ahora sé que nunca serás Yuri.
En el mar de irlanda
Por Luis Miguel Rubio Domingo
No sé por qué no me he ido todavía si esta casa glacial me parece cada día más inhóspita. Tú ni siquiera me miras ya, tan diligente con las caricias y atenciones de tu nueva pareja. Se os adivina tan compenetrados, tan felices, que en absoluto me atrevería a criticar que tu nuevo novio se ponga mis trajes o utilice mi deportivo y mis palos de golf. No me importa compartirte. En la cómoda nuestras fotografías testimonian tiempos mejores. Te ocupaste de poner las que nos hicimos en la Isla de Man junto a aquellos recuerdos que adquirimos: la estatua de un gato manés sin cola, como corresponde a su raza; aquel símbolo de origen celta que parecían las tres piernas de un gnomo verde y algunos billetes que atestiguaban la peculiaridad de la relación de este lugar con su metrópoli. Fantaseábamos con ser detenidos y condenados a muerte por nuestro crimen nefando y luego llevados ante la reina Isabel II que nos indultaría porque en el resto del Reino Unido las relaciones entre dos hombres no son un delito. Yo te agradecía esas bromas con una sonrisa que cuando me quedaba solo se tornaba en llanto. Sabía que ya no me querías, que había otro.
No había mucho que hacer, la isla era como un parque temático de las aves marinas y tú, tan andariego, te empeñabas en ir cada día a visitar los acantilados para fotografiar los nidos de gaviota. Era febrero; los hermosos primeros días se volvieron grises y lluviosos. Después el viento se detuvo y comenzó a nevar, una nevada insólita para aquel clima cambiante y marítimo. Quisiste visitar aquellos nidos lejanos. Ibas delante de mí por caminos que ahora eran irreconocibles en medio de un silencio helado y blanco. Nos acercamos a los acantilados. Me quisiste mostrar algo que llamaba tu atención en los peñascos nevados. Te aproximaste lentamente. El frío de tu mano sobre mi espalda es lo último que recuerdo de la Isla de Man.
No sé por qué no me he ido todavía si esta casa glacial me parece cada día más inhóspita. Tú ni siquiera me miras ya, tan diligente con las caricias y atenciones de tu nueva pareja. Se os adivina tan compenetrados, tan felices, que en absoluto me atrevería a criticar que tu nuevo novio se ponga mis trajes o utilice mi deportivo y mis palos de golf. No me importa compartirte. En la cómoda nuestras fotografías testimonian tiempos mejores. Te ocupaste de poner las que nos hicimos en la Isla de Man junto a aquellos recuerdos que adquirimos: la estatua de un gato manés sin cola, como corresponde a su raza; aquel símbolo de origen celta que parecían las tres piernas de un gnomo verde y algunos billetes que atestiguaban la peculiaridad de la relación de este lugar con su metrópoli. Fantaseábamos con ser detenidos y condenados a muerte por nuestro crimen nefando y luego llevados ante la reina Isabel II que nos indultaría porque en el resto del Reino Unido las relaciones entre dos hombres no son un delito. Yo te agradecía esas bromas con una sonrisa que cuando me quedaba solo se tornaba en llanto. Sabía que ya no me querías, que había otro.
No había mucho que hacer, la isla era como un parque temático de las aves marinas y tú, tan andariego, te empeñabas en ir cada día a visitar los acantilados para fotografiar los nidos de gaviota. Era febrero; los hermosos primeros días se volvieron grises y lluviosos. Después el viento se detuvo y comenzó a nevar, una nevada insólita para aquel clima cambiante y marítimo. Quisiste visitar aquellos nidos lejanos. Ibas delante de mí por caminos que ahora eran irreconocibles en medio de un silencio helado y blanco. Nos acercamos a los acantilados. Me quisiste mostrar algo que llamaba tu atención en los peñascos nevados. Te aproximaste lentamente. El frío de tu mano sobre mi espalda es lo último que recuerdo de la Isla de Man.
Las botas rusas
Por Paloma Hidalgo Díez
El fiscal dirigió sus ojos hacia ella, con su impecable traje de chaqueta, el sugerente escote de la blusa de seda rosa y su ondulado cabello color chocolate, parecía pertenecer al bufete que la representaba en lugar de ser la acusada. Estaba serena, relajada y sonriente, absolutamente convencida de que saldría absuelta. Era una mujer bella, pero había algo siniestro en su semblante, quizás fueran sus ojos grises, de acero y fríos como el hielo los causantes del escalofrío que recorrió todo su cuerpo, ese aire altivo y arrogante en sus movimientos le hacía desear que el juicio acabara pronto.
Vania, supuesta agente doble, habría entregado a su contacto en París los documentos que sustrajo de la embajada de Corea en el país galo. Aquella información era de vital importancia en el negocio de las armas nucleares. Las pruebas que obraban en poder de la fiscalía la situaban en Neully sur Seine el día de autos. Ella, por supuesto, lo negaba rotundamente.
Entonces entró en la sala el ayudante del fiscal y le dijo algo al oído, al tiempo que le enseñaba algo escrito.
Ella percibió el sutil cambio que produjo aquella información en él. Buscó qué se le pudo pasar por alto, rememoró aquella tarde de diciembre y lo que hizo. Entonces recordó que nevaba, que necesitó el paraguas para entrar y que a la salida ya había una capa de varios centímetros cubriendo las escaleras de acceso. Su rostro cambió, eso era, las huellas sobre la nieve de sus botas, aquellas preciosas botas rusas con estrellas en las suelas. Dejó escrita su propia declaración sobre la nieve y ahora sabía que alguien la había leído.
Su arrogancia no se vio menoscabada, eso sí, ahora lucía un rubor en las mejillas y su mano nerviosa jugaba con un mechón de su cabello. Decidió cambiar su testimonio, rebajaría la pena.
Nunca supo que el ayudante sólo le dijo al fiscal que ya tenía hecha la reserva para comer con su ex mujer (y firmar los papeles del divorcio) y que en el papel estaba la dirección del restaurante…
El fiscal dirigió sus ojos hacia ella, con su impecable traje de chaqueta, el sugerente escote de la blusa de seda rosa y su ondulado cabello color chocolate, parecía pertenecer al bufete que la representaba en lugar de ser la acusada. Estaba serena, relajada y sonriente, absolutamente convencida de que saldría absuelta. Era una mujer bella, pero había algo siniestro en su semblante, quizás fueran sus ojos grises, de acero y fríos como el hielo los causantes del escalofrío que recorrió todo su cuerpo, ese aire altivo y arrogante en sus movimientos le hacía desear que el juicio acabara pronto.
Vania, supuesta agente doble, habría entregado a su contacto en París los documentos que sustrajo de la embajada de Corea en el país galo. Aquella información era de vital importancia en el negocio de las armas nucleares. Las pruebas que obraban en poder de la fiscalía la situaban en Neully sur Seine el día de autos. Ella, por supuesto, lo negaba rotundamente.
Entonces entró en la sala el ayudante del fiscal y le dijo algo al oído, al tiempo que le enseñaba algo escrito.
Ella percibió el sutil cambio que produjo aquella información en él. Buscó qué se le pudo pasar por alto, rememoró aquella tarde de diciembre y lo que hizo. Entonces recordó que nevaba, que necesitó el paraguas para entrar y que a la salida ya había una capa de varios centímetros cubriendo las escaleras de acceso. Su rostro cambió, eso era, las huellas sobre la nieve de sus botas, aquellas preciosas botas rusas con estrellas en las suelas. Dejó escrita su propia declaración sobre la nieve y ahora sabía que alguien la había leído.
Su arrogancia no se vio menoscabada, eso sí, ahora lucía un rubor en las mejillas y su mano nerviosa jugaba con un mechón de su cabello. Decidió cambiar su testimonio, rebajaría la pena.
Nunca supo que el ayudante sólo le dijo al fiscal que ya tenía hecha la reserva para comer con su ex mujer (y firmar los papeles del divorcio) y que en el papel estaba la dirección del restaurante…
Agua
Por Macu
Una pareja paseaba cogida por las manos enguantadas en una de las explanadas cubiertas de nieve del parque del Retiro. Bien arropados con bufandas y gorros, su paso era demorado a pesar del frío. Un niño jugaba con su padre a tirarse bolas. El enamorado sacó lo que parecía ser una navaja del bolsillo y se acercó a un pino, con intención de arañar el tronco. Ella, coqueta y vehemente, detuvo su mano y le dijo algo que hizo que él guardase de nuevo el pincho en su chaqueta. El joven acercó su bufanda a la de ella y se dieron un beso, lana contra lana. El padre apremiaba al niño para irse a casa. El niño no quería.
La muchacha cogió un palo y bajo el pino, dibujó en la nieve un corazón atravesado por una flecha; en los extremos puso dos iniciales. Él, guiando su mano y el palo dibujó bajo el corazón unas gotas. El corazón se derramaba. Ella le abrazó riendo y luego se alejaron. El le pasó el brazo por el hombro y ella se arrugó para pegarse más a su cuerpo.
El niño intentaba hacer una bola de nieve muy grande. Arrasó, sin detenerse a mirarlo, el corazón helado que habían dibujado los enamorados unos minutos antes. “Papá ¿puedo llevar esta bola a casa?”
Cuando llegaron al hogar, el niño corrió a enseñar a la madre su chorreante trofeo: “¡Pero cómo se os ocurre! Mira como estás poniendo el suelo. Tírala al váter”. El niño arrojó a al retrete los restos de la bola mirando embelesado como se deshacían en contacto con el agua. Pero su madre le llamaba para que se pusiese ropa seca, así que fue corriendo para no molestarla más. Mientras el padre recogía con la fregona las manchas de pisadas húmedas que habían dejado en el parquet.
Una pareja paseaba cogida por las manos enguantadas en una de las explanadas cubiertas de nieve del parque del Retiro. Bien arropados con bufandas y gorros, su paso era demorado a pesar del frío. Un niño jugaba con su padre a tirarse bolas. El enamorado sacó lo que parecía ser una navaja del bolsillo y se acercó a un pino, con intención de arañar el tronco. Ella, coqueta y vehemente, detuvo su mano y le dijo algo que hizo que él guardase de nuevo el pincho en su chaqueta. El joven acercó su bufanda a la de ella y se dieron un beso, lana contra lana. El padre apremiaba al niño para irse a casa. El niño no quería.
La muchacha cogió un palo y bajo el pino, dibujó en la nieve un corazón atravesado por una flecha; en los extremos puso dos iniciales. Él, guiando su mano y el palo dibujó bajo el corazón unas gotas. El corazón se derramaba. Ella le abrazó riendo y luego se alejaron. El le pasó el brazo por el hombro y ella se arrugó para pegarse más a su cuerpo.
El niño intentaba hacer una bola de nieve muy grande. Arrasó, sin detenerse a mirarlo, el corazón helado que habían dibujado los enamorados unos minutos antes. “Papá ¿puedo llevar esta bola a casa?”
Cuando llegaron al hogar, el niño corrió a enseñar a la madre su chorreante trofeo: “¡Pero cómo se os ocurre! Mira como estás poniendo el suelo. Tírala al váter”. El niño arrojó a al retrete los restos de la bola mirando embelesado como se deshacían en contacto con el agua. Pero su madre le llamaba para que se pusiese ropa seca, así que fue corriendo para no molestarla más. Mientras el padre recogía con la fregona las manchas de pisadas húmedas que habían dejado en el parquet.
Relato ganador del concurso de "Literatura e hipocondría"
El jurado de la Escuela De Letras, reunido para fallar el Premio de microcuentos "Literatura e hipocondría", ha decidido que el relato ganador es el siguiente:
La aguja
Por Joaquín Valls Arnau
Miguel, quien fuera durante muchos años mi compañero de pupitre y mi mejor amigo, me contó una mañana, camino de la escuela, que cuando su padre era todavía un bebé, un día que andaba gateando por el pasillo de casa se clavó una aguja de coser en el muslo, a escasos centímetros de la rodilla. Puesto que lloraba desconsolado y se frotaba insistentemente en aquella zona con un gesto de dolor, su madre se le acercó y descubrió una minúscula incisión de la que ni siquiera brotaba sangre. Aunque no se alarmaron, le llevaron sin demora al hospital, por si acaso. En la radiografía que le hicieron, podía apreciarse con nitidez la diminuta pieza de acero aproximándose a la ingle. Los médicos, que descartaron de inmediato una intervención por el riesgo que comportaba, expresaron su confianza de que la aguja no llegaría a introducirse en alguna de las venas que conducen al corazón, o a algún otro órgano vital. Desde aquel día vagó a su antojo.
Siempre que me invitaban a ir a jugar a casa de Miguel, no dejaba de observar a su padre por el rabillo del ojo. Aquel hombre de rostro atormentado que iba siempre en pijama, jamás reía y se pasaba todo el tiempo sentado en su butaca, absorto y haciendo como que leía. Cada cierto tiempo se palpaba minuciosamente el cuerpo, siguiendo un orden estricto. Empezaba el recorrido por los tobillos y luego iba ascendiendo hasta que de tanto en tanto se detenía, presionaba sobre la piel con el dedo pulgar y después proseguía hasta finalizar el recorrido en la garganta. Sólo entonces parecía esbozar una sonrisa, que al poco rato se desvanecía.
La aguja
Por Joaquín Valls Arnau
Miguel, quien fuera durante muchos años mi compañero de pupitre y mi mejor amigo, me contó una mañana, camino de la escuela, que cuando su padre era todavía un bebé, un día que andaba gateando por el pasillo de casa se clavó una aguja de coser en el muslo, a escasos centímetros de la rodilla. Puesto que lloraba desconsolado y se frotaba insistentemente en aquella zona con un gesto de dolor, su madre se le acercó y descubrió una minúscula incisión de la que ni siquiera brotaba sangre. Aunque no se alarmaron, le llevaron sin demora al hospital, por si acaso. En la radiografía que le hicieron, podía apreciarse con nitidez la diminuta pieza de acero aproximándose a la ingle. Los médicos, que descartaron de inmediato una intervención por el riesgo que comportaba, expresaron su confianza de que la aguja no llegaría a introducirse en alguna de las venas que conducen al corazón, o a algún otro órgano vital. Desde aquel día vagó a su antojo.
Siempre que me invitaban a ir a jugar a casa de Miguel, no dejaba de observar a su padre por el rabillo del ojo. Aquel hombre de rostro atormentado que iba siempre en pijama, jamás reía y se pasaba todo el tiempo sentado en su butaca, absorto y haciendo como que leía. Cada cierto tiempo se palpaba minuciosamente el cuerpo, siguiendo un orden estricto. Empezaba el recorrido por los tobillos y luego iba ascendiendo hasta que de tanto en tanto se detenía, presionaba sobre la piel con el dedo pulgar y después proseguía hasta finalizar el recorrido en la garganta. Sólo entonces parecía esbozar una sonrisa, que al poco rato se desvanecía.
IDEAS MORTALES
Por Félix Musre
Desde hace un par de meses me dedico a cuidar ancianos en el Hospital Geriátrico. En realidad sólo los entretengo leyéndoles cuentos un par de horas por las tardes. Todo bien de no ser por algo extraño que sucedió con un paciente.
El primer día que asistí a mi trabajo, la enfermera jefa me asigno un anciano que yacía en coma desde hace una semana. Cuando entré en la habitación, las pantallas, instrumentos y pitidos me parecieron propios de un módulo lunar y no de la habitación de un moribundo.
Aquel día me limité a leer la literatura médica acumulada en una pequeña repisa junto a la cama: Manejo de la hipertensión. Depresión del adulto mayor. Diabetes, Verrugas plantares, etc. Todo amenizado con espantosas y explícitas fotografías.
Al día siguiente, la enfermera me señaló enérgica que, por ningún motivo, tocara al paciente pues estaba afectado de unas contagiosas y agudas verrugas plantares.
Fue inevitable pensar que no podía ser coincidencia el que yo le leyera de las verrugas plantares y al día siguiente estuviese muy infectado cuando ni siquiera había salido de la habitación.
Movido por la curiosidad, leí pasajes de “La biblia envenenada” en que se aludía a parásitos africanos.
Como lo supuse, al día siguiente el anciano amaneció infectado con larvas de Anisakis, Tenias y otros gusanos.
Reducido a un despojo agonizante, el anciano estaba desahuciado. Por mi parte no tenía dudas que el origen de sus males era su propia y poderosa imaginación.
Decidido a revertir la situación, me propuse buscar literatura que solo hablara de vida y salud.
Leí Poesía; Literatura de viajes; Aventuras de conquistas; Historias de superación personal y supervivencia
El anciano comenzó a salir adelante lentamente. Tres semanas después mostraba un semblante saludable y, para sorpresa y asombro de los médicos, sería dado de alta unos días después.
No me detenía en mi lectura. Durante dos horas diarias, leía incansablemente hasta que sucedió lo impensable. Leyendo la poesía “El Monje”, al llegar al momento en que el protagonista enloquece por la pérdida del amor, el anciano cayó al suelo con la razón perdida.
Desde hace un par de meses me dedico a cuidar ancianos en el Hospital Geriátrico. En realidad sólo los entretengo leyéndoles cuentos un par de horas por las tardes. Todo bien de no ser por algo extraño que sucedió con un paciente.
El primer día que asistí a mi trabajo, la enfermera jefa me asigno un anciano que yacía en coma desde hace una semana. Cuando entré en la habitación, las pantallas, instrumentos y pitidos me parecieron propios de un módulo lunar y no de la habitación de un moribundo.
Aquel día me limité a leer la literatura médica acumulada en una pequeña repisa junto a la cama: Manejo de la hipertensión. Depresión del adulto mayor. Diabetes, Verrugas plantares, etc. Todo amenizado con espantosas y explícitas fotografías.
Al día siguiente, la enfermera me señaló enérgica que, por ningún motivo, tocara al paciente pues estaba afectado de unas contagiosas y agudas verrugas plantares.
Fue inevitable pensar que no podía ser coincidencia el que yo le leyera de las verrugas plantares y al día siguiente estuviese muy infectado cuando ni siquiera había salido de la habitación.
Movido por la curiosidad, leí pasajes de “La biblia envenenada” en que se aludía a parásitos africanos.
Como lo supuse, al día siguiente el anciano amaneció infectado con larvas de Anisakis, Tenias y otros gusanos.
Reducido a un despojo agonizante, el anciano estaba desahuciado. Por mi parte no tenía dudas que el origen de sus males era su propia y poderosa imaginación.
Decidido a revertir la situación, me propuse buscar literatura que solo hablara de vida y salud.
Leí Poesía; Literatura de viajes; Aventuras de conquistas; Historias de superación personal y supervivencia
El anciano comenzó a salir adelante lentamente. Tres semanas después mostraba un semblante saludable y, para sorpresa y asombro de los médicos, sería dado de alta unos días después.
No me detenía en mi lectura. Durante dos horas diarias, leía incansablemente hasta que sucedió lo impensable. Leyendo la poesía “El Monje”, al llegar al momento en que el protagonista enloquece por la pérdida del amor, el anciano cayó al suelo con la razón perdida.
A LAS DOCE EN PUNTO: CADÁVER
Por Juan Miguel Sedeño Martínez
Obstinadamente, compruebo la exactitud de mi reloj de pulsera. Se ha convertido en una manía obsesiva, resultado de una deformación profesional que afecta a los médicos forenses.
Sí, está exacto. Marca las doce de la noche. Sigue funcionando, he comprobado que el minutero persiste en su recorrido.
-¡Se ha encontrado un cadáver en la calle Real, en un solar, junto al número siete! –publicó la emisora de la policía.
Voy hacia allí, como de costumbre, con mi viejo maletín y mi gabardina salteada con diminutas manchas de aceite que el tiempo no ha conseguido borrar.
La teniente Rodríguez ha llegado antes que yo. Le miro y la saludo. Parece que no me ha visto. Debe ser muy horrible porque tiene el rostro desencajado y la mirada perdida. Oigo mi nombre:
- ¡García! ¡García, por Dios bendito!
Me agacho para examinar mejor al pobre difunto. Hay gran cantidad de sangre bajo el cuerpo. Un policía le da vuelta. Y entonces, descubro con sorpresa que el cadáver soy yo. No entiendo nada. Miro hacia un lado y hacia el contrario, nervioso, agitado, busco una explicación racional, ¿qué está ocurriendo?... ¡qué está pasando!
Ha pasado una eternidad. Vuelvo a mirar mi reloj, son las doce. El minutero ya no se mueve, pero, ahora, en este momento, ya ha dejado de importarme...
Obstinadamente, compruebo la exactitud de mi reloj de pulsera. Se ha convertido en una manía obsesiva, resultado de una deformación profesional que afecta a los médicos forenses.
Sí, está exacto. Marca las doce de la noche. Sigue funcionando, he comprobado que el minutero persiste en su recorrido.
-¡Se ha encontrado un cadáver en la calle Real, en un solar, junto al número siete! –publicó la emisora de la policía.
Voy hacia allí, como de costumbre, con mi viejo maletín y mi gabardina salteada con diminutas manchas de aceite que el tiempo no ha conseguido borrar.
La teniente Rodríguez ha llegado antes que yo. Le miro y la saludo. Parece que no me ha visto. Debe ser muy horrible porque tiene el rostro desencajado y la mirada perdida. Oigo mi nombre:
- ¡García! ¡García, por Dios bendito!
Me agacho para examinar mejor al pobre difunto. Hay gran cantidad de sangre bajo el cuerpo. Un policía le da vuelta. Y entonces, descubro con sorpresa que el cadáver soy yo. No entiendo nada. Miro hacia un lado y hacia el contrario, nervioso, agitado, busco una explicación racional, ¿qué está ocurriendo?... ¡qué está pasando!
Ha pasado una eternidad. Vuelvo a mirar mi reloj, son las doce. El minutero ya no se mueve, pero, ahora, en este momento, ya ha dejado de importarme...
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