El ser joven no garantiza existir por muchos años. Nadie tiene toda una vida por delante. Lo único que tenemos son los pasos que vamos andando, o mejor dicho, lo único que nos pertenece son las huellas de esos pasos que acabamos de dejar atrás apenas hace unos segundos. Somos lo que acabamos de ser, no lo que seremos.
Vivir es vivir, a secas, a trancas y barrancas, a golpes de amor jubiloso y jaranero, a saetazos de barbarie cruel y desesperada.
Pienso en los veinteañeros que mueren en las pateras, cruzando el mar, con sus enormes ojos ahogados de par en par entre el terror asombroso del agua, y me da vergüenza la vida.
Me da vergüenza porque vivo alimentada por mis propios pasos y nunca he pretendido, en realidad, llegar a ningún consolador destino; porque nunca miro atrás si es para pensar que aquello fue mejor, ni lo hago hacía delante con la idea de que todo será corregido en lo venidero. Tengo el privilegio de los años. Tengo la suerte de alentar sobre mis días. Tengo el cinismo de los europeos bien educados.
El terror del agua felizmente encauzado entre las dos orillas.
El chaval de la patera nunca podrá hacer este recuento. No hay un tiempo por llegar ni las huellas ocurridas de unos pies sobre el agua. El cuerpo hinchado de aquel que hace unas horas tiritaba de miedo y de esperanza ya no puede girar la cabeza para dirigir su mirada a ningún lado. Para él no existen las orillas. Lleva todo el cauce del agua en sus entrañas.
Me da vergüenza la vida porque ese chico sí buscaba un consuelo, una costa que ni siquiera llegó a vislumbrar.
La otra noche, en un programa de televisión, un hombre joven contaba entre llantos una experiencia que para él fue aterradora. Rescataba el cadáver de un inmigrante entre las rocas de una costa. Era muy joven. Cuando por fin lo tenía sujeto por los brazos, llegado de otra dimensión sonó el móvil del ahogado. Soltó el cuerpo de golpe, con una angustia irracional. En un instante feroz, comprendió que ese cadáver era el de un veinteañero con historia. Jamás supo quien le había llamado, ni quien era el muerto, pero desde ese día, no ha podido quitarse de la cabeza el sonido del teléfono. "Fue su madre quien le llamaba. Lo sé. Estoy seguro. Era ella. Quiero que sea ella. Quiero que le llamara su madre", decía entre lágrimas.
Lo terrible no es morir joven. Lo terrible es morir sólo, lejos de todo aquello que habla tu idioma. Morir sin comprender, en un lugar ancho y ajeno. Morir con una mano detrás y otra delante. Morir por algo que jamás será alcanzado, aunque se tenga una y mil veces el derecho a poseerlo. Morir, y que alguien imagine para ti la llamada de una madre.
Morir, sin que lo sepan en casa, sin tener la seguridad de que alguien, al menos una vez, va a decir en voz alta tu nombre. Tu precioso nombre de angelito negro. De muchacho desaparecido en el frío mar de la esperanza, en la insidia de lo bueno por llegar.
En nuestro país, hace unos días ha muerto Antonio Puerta, futbolista internacional de veintidós años, perteneciente a la plantilla del Sevilla. Ha sido llorado por millones de personas. Sé que es una tragedia. Una tragedia que jamás se va a olvidar. Lo sé y lo siento, pero...
¿Jugaría el angelito negro del Estrecho al fútbol? ¿Formaría parte de un equipo que ahora y para siempre le echará en falta? ¿Corearán su nombre los aficionados?
Casi seguro que no, así que para él no existen millones de lágrimas.
Yo también quiero creer que fue su madre quien le llamó por teléfono.