Un salmo que continúa
Por: Blanca Suñén | Categoría: Diario |
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Frío, lluvia y viento.
La gente se ríe de mí cuando les aseguro que me lleva el viento. Es la pura verdad. No sé a qué se debe. Quizá mis pies nunca han llegado a echar raíces. Y es raro, porque creo que si hay un lugar en el mundo en el que hundo mi cuerpo hasta la cintura, ese es Bustarviejo. De todos modos, no me preocupa. Mis plantas son más sabias que yo y han sucumbido, tal vez por eso mismo, por empeñarse en mantener las raíces en un mismo lugar. Yo, en cambio, soy una inconsciente.
Soy una criatura ignorante y tengo raíces volanderas. Vuelan, realmente, porque saben que su lugar es inamovible, saben que a pesar de pertenecer a una loca criatura, propician vida a un ser afortunado. A una chiflada con suerte.
Porque vaya a dónde vaya, llegaré a tiempo para acompañar a mamá a operarse de cataratas; porque vaya a dónde vaya, regresaré para tener el inmenso placer de presumir de ser la madrina de Susana y regalarle el reloj de su primera comunión; porque volveré para ayudar a David y a Gracia a restaurar su casa de San Juan de Beleño; porque esté donde esté siempre amaré a Pedro; porque nunca mi corazón dejará de enternecerse con Marta; porque jamás faltaré a una cita con los actores de mi compañía; porque siempre, aún desde el lugar más lejano, abrazaré a Mane, mi hermanita del alma...
Frío, viento y lluvia. Y mi corazón, a salvo. Mis raíces, a salvo.
Hace ya muchos, muchos años, más de treinta, leí los Salmos, de Patrice de la Tour du Pin, poeta francés, de aristocrático linaje irlandés (dice en uno de sus primeros poemas: Todos los países que no tienen leyenda, serán condenados a morir de frío...) y cristiano para más señas. Esto último lo digo, tan sólo, para señalar que la cerrazón de cualquier pelaje suele impedir a los necios leer obras maravillosas como por ejemplo, Juana de Arco en la Hoguera, de Paul Claudel.
Pero volviendo a Patrice, me refiero a él porque, al cabo de tantos años, uno de los Salmos que más me impresionó sigue siendo muy parecido a mí y a toda esta charla que hoy me ocupa con ustedes. Es el Salmo XXVI y que no les voy a citar completo, sino únicamente su principio y su final.
Comienza así:
Me acusan de ser un emigrante
y de ir de corazón en corazón sin descanso.
¿Qué puedo hacer? Uno posee movedizas praderas
otro lagunas de asolados fondos.
Uno esconde olas danzantes,
otro olas dormidas.
Y así termina:
Mi amistad no se mide por el tiempo que paso en cada uno de ellos,
pues hay en algunos soledades hermosas
que me he prohibido penetrar.
Soledades hermosas, si señor, efectivamente. Soledades que en mitad del frío, del viento, del interminable invierno y de los grados bajo cero, sobreviven al invierno. Soledades tan hermosas como la mía, a la que jamás faltará una tierra en la que crezcan sus raíces de emigrante en busca de quién sabe qué. Porque ellos, los que antes he nombrado y a los que gracias aun me sé nombrar a mi misma, jamás dejarán que me pierda ni que renuncie a la locura. Con todo el respeto del mundo.
Ellos son mi Salmo.
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