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EscuelaDeIdeas.com: blog Blanca Suñén

Escuela De Letras

Jugar con fuego
desarrolla en nosotros la habilidad de no quemarnos.
H. G. Wells

Enlace permanente Personas y personajes


Por: edldm
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 20 Feb 2010   23:28:19
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Las gentes de teatro recordamos a los amigos que conocimos trabajando, además de por su nombre y su apellido –a veces doblemente, esto es, por el artístico y por el civil- también por el del personaje que interpretaron en escena. Así que, con tanto dato y tanto trajín, por mucho que pase el tiempo, es difícil que nos olvidemos los unos de los otros.
Olga, la maravillosa mujer reencontrada gracias a este blog, es para mí, además de ella misma, una auténtica princesa tebana. Ismene, end of the saga -que diría el Marqués de Leguineche inventado por Berlanga- la última de su estirpe, hija del pobrecito Edipo, que se cegó a si mismo en un arrebato de sentimental remordimiento.

Yo, personalmente, con Edipo no he trabajado, pero sí con todos sus hijos, al menos los que dice Sófocles que tuvo: Eteócles, Polinice, Antígona y mi añorada Ismene, y también con el tío materno de todos ellos, el absolutamente falto de sentido del humor, Creonte. Es lo que tiene el teatro, que junta al vulgo con la realeza. Puede que Uds. no estén de acuerdo conmigo pero, para mi, Ismene es la más tratable de tan extraña y testaruda familia. No me gustaría a mí encontrarme en la cola del paro con Antígona, por ejemplo, ni a sus belicosos hermanos en un atasco. Y desde luego no se me ocurriría de ninguna de las maneras, decirle a Edipo que una tía mía hizo con él el bachillerato. Vete tú a saber cómo se lo tomaba el angelito. Igual hasta se casaba con ella y al final resultaba que éramos primos. Quita, quita. Es una idea tan tremenda como pensar que Creonte fuera funcionario de Hacienda. Con Ismene, sin embargo, siempre podría tener una conversación, al menos, civilizada. Y con los tiempos que corren ya es mucho.
Menos mal que los que nos dedicamos a este disparate llamado teatro ponemos las caras de nuestros amigos a tan peculiares personajes. Bueno, para que les voy a mentir: a veces, no son los actores tan amigos. Incluso llegan a convertirse en pesadillas ridículas y fuera de todo orden racional. Y Olga seguro que sabe de qué les estoy hablando.

Hay actores que en si mismos merecerían un personaje inmortal en una –eso sí- mala obra de teatro. Y ¿por qué? Pues precisamente por eso, por ser malos compañeros en un oficio en el que el mutuo apoyo es un ochenta por ciento. Nada se es en escena sin el otro, y ningún actor, si es que se siente orgulloso de llamarse así, está contento pensando que él lo hace bien y considerando que los demás no están a su altura. Paparruchas, simplemente paparruchas.
Es como lo que pasa con algunos directores de escena. Cogen a todos estos personajes, a esta siniestra familia tebana, por ejemplo, y hacen con ella lo que les da la gana, que están en su derecho, ya que hay mucho que contar sobre ellos y desde múltiples puntos de vista. Pero ¡ay, amigo espectador! Se comportan como si ellos fueran el mismísimo Oráculo que derribó a Edipo ¡Ay de aquel que no comprenda el laberíntico mundo de tan excelente genio! ¡Tú, y sólo tú, actor, por tu innata borriquez eres el culpable de sus fracasos! ¡Ay, actorucho de tres al cuarto que no eres capaz de adivinar lo que él no te cuenta por que no tiene ni la menor idea de cómo hacerlo! ¡Tú, de nuevo tú, y sólo tú, eres el culpable de las críticas nefasta de los necios! ¡Tú, que cada noche sales a escena a defender lo indefendible, no esperes recompensa por tus siete –según convenio, que de todo hay- cuitas semanales!
Ejemplo: el director de escena que me puso verde y al que ya he aludido en el artículo AMOR PROPIO tenía la idea de que un texto que glorifica una de las grandes victorias griegas, era en realidad un alegato contra la guerra. En mi opinión, es un texto que justifica la guerra, cosa incompatible con el ir en contra de ella. Pero yo soy, ya lo saben, del bando de la borriquez, como muy bien se encargó de hacerme saber. Menos mal que a estas alturas, ya nadie me sorprende y sólo me hacen daño los desamores auténticos y no las pataletas recurrentes. Y además, qué caramba, pues sí, es verdad que soy una borrica.
Y como lo soy, tengo ideas raras con respecto a los genios, así que no me extrañaría que cualquier día de estos, un director de escena se empeñara en desestructurar a Pemán, asegurándonos a los actores que éste tan olvidado autor, era en realidad de izquierdas.

Total, luego a dar la cara salimos nosotros y, como si no tuviéramos un director que firma el montaje, las críticas nos caerán como un alud y sin defensa posible.
Yo, ahora que tengo un montaje en Madrid, dirigido y escrito por mi, les aseguro a Uds. que si hay algún culpable de que no les guste lo que ven, esa persona soy yo. Yo. Lo que hacen los actores sobre el escenario, es mi absoluta responsabilidad. Tanto si hacen lo que yo les he indicado, como si hacen lo que les sale del bolo, en cada bolo. Al menos, mientras mis ojos lo vean o el ayudante de dirección me llame para contármelo.
Bonita profesión la nuestra, Olga, pero ¡manda narices lo mal entendidas que están las responsabilidades, compañera!


Enlace permanente Palabra por palabra


Por: Blanca Suñén
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 29 Jan 2010   05:10:10
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¿Han observado Uds. que a lo que hasta hace pocos días se le llamaba cementerio nuclear, se le llama ahora almacén de residuos nucleares? Incluso almacén de residuos, a secas. Y ha sido un sucedido de la noche a la mañana.
Desde que varios pueblos se han presentado a la candidatura (¿qué clase de papeleo habrá que rellenar para acceder a tal posibilidad?) para recibir en sus términos territoriales el tan traído y llevado cementerio nuclear, ha dejado de llamarse así. Bueno, los cojos tampoco son cojos, sino discapacitados, lo cual me parece realmente ultrajante. Yo que soy una coja –poco notoria, también es verdad, pero coja- jamás se me ocurriría referirme a mi misma, y menos aún como señal de respeto, bajo semejante epíteto. Por ser coja, ni soy difícil, ni soy anormal, que es lo que quiere decir ese "dis" puesto antes de la "capacidad".

Pero por tontería pura y simple, elegimos las peores palabras o frases, en lugar de las exactas. Como sucede con el cementerio nuclear, cuya denominación es clara, contundente, rotunda y real. Ahí se van a quedar los residuos contaminantes como se quedarán los nuestros en sus tumbas por los siglos de los siglos, amén.
El verdadero asunto estriba en que los pueblos de España se mueren bajo la galopada del nuevo jinete apocalíptico: el paro. Y, antes muerto que parado, porque ser parado es un morir lento y humillado, así que puestos a palmarla, mejor hacerlo cual despreciado e incomprendido –y lejanísimo hasta ahora- país tercermundista. Estos pueblos españoles prefieren trabajar con material de deshecho, estropear su entorno paisajístico, y apechugar con las posibles nefastas consecuencias, antes que verse resignados a quedarse sin vecinos y sin un euro en las arcas municipales.

Seré yo la última persona sobre la tierra que quiera ver como se cargan un árbol por hacer un chalé, pero no seré de las que califican de imbéciles a los indios del Brasil por quitar terreno a la Amazonia para poner una huerta. Este problema tercermundista es ahora también problema español. Ni los indios son imbéciles, ni el alcalde del pueblo que reclama el cementerio para sí es un desaprensivo. Es, señoras y señores, una mera cuestión de hambre. ¿Suena salvaje? Pues habrá que ir acostumbrándose.
La mala gestión de los que dicen gobernar para el bien común tiene la culpa en ambos hemisferios. La humana necesidad de hacer disparates para sobrevivir, lleva cada uno de sus famosos nombres.

Cambiando las palabras no se cambia la realidad, simplemente se disimula. Y si no fuéramos unos paletos snobs, nos negaríamos a hablar con sus términos, que no son los adecuados.
Este miedo a llamar a las cosas por su nombre no es más que una negación a la dureza de una realidad que no estamos dispuestos a creer: contaminados, sí, pero vivos y con dinero en el bolsillo. Como los pobres de solemnidad, los que rebuscan entre las basuras del supermercado, para encontrar la comida caducada.
El cambio de cementerio nuclear por almacén de residuos (radioactivos) no pretende otra cosa que dulcificar la amargura. Era cementerio nuclear cuando se les imponía a las personas, pero ahora que hay personas que lo eligen, se le llama almacén de residuos.
El poder de las palabras, ¿acaso es tan grande que puede cambiar una realidad? Sí y no, todo es cuestión de hambre. Y de hipocresía, según el bando que a uno le toque.

La aldea global es pobre, y necesita comer, aunque sea a un precio tan alto.
¿Darán la cara alguna vez los que la han arrastrado hasta aquí, o seguirán cambiando las palabras?
Miedo me da pensar cómo acabarán por llamarme a mí que, además de coja, soy fumadora y tengo más de cincuenta años.

Y cuando muera, ¿qué será de mis residuos?...
¿Me enterrarán en un cementerio o en un almacén?
Las quejas, al maestro armero.


Enlace permanente Nieve y conspiración


Por: Blanca Suñén
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 10 Jan 2010   05:18:38
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Desde el Día de Reyes no ha dejado de nevar, ni de noche ni de día. Ahora mismo lo hace con rabia, desplegando un poderío que impresiona. Son las dos de la tarde y estamos a seis grados bajo cero. Hay niños jugando con sus trineos, hundiéndose hasta las orejas, pues las máquinas quita nieve hace un par de días que no salen de sus garajes. Esto me hace llegar a una conclusión: los niños son más fuertes que las máquinas. Los niños pasan a través de las circunstancias, y no sólo sobre ellas. Acabarán por limpiar mi calle, que prácticamente forma parte de la montaña, de tanto deslizarse cuesta abajo. Su entusiasmo concluirá por poner en ridículo al ayuntamiento, empeñado –no sé la razón- en que a los vecinos de este pueblo nos sepulte una sempiterna nevada.
A los críos, ni que decirlo hay, les viene de perlas la ausencia de las máquinas, ya que cuanta más nieve se acumula, más felices son sus juegos. Una pena, porque se podría llegar a un acuerdo perfecto: los niños como un servicio público bajo el nombre de Niños Quitanieves. A ellos no les da pereza dejar limpia la calle, trineo arriba y trineo abajo, riendo sin parar y perdiendo los gorros en los tramos más veloces. Pero claro, si finalmente son ellos los encargados de las labores que deberían estar haciendo las máquinas quita nieve, estarían tirando piedras sobre su propio tejado, ya que sin nieve, se terminó la juerga...
Esto me lleva a una segunda conclusión: el ayuntamiento no corre el peligro de quedar en ridículo, porque él y los niños están compinchados. Han tenido reuniones secretas y han llegado a un acuerdo –como los de la patronal y los sindicatos- en el que sólo ellos saldrán ganado. El uno ahorra fondos, y los otros adquieren supremacía. Y creo que los padres sospechan ya algo. Tienen una cara de estupor que un observador, menos avezado que yo, podría achacar al frío gélido de este medio día, o a la sorpresa de mirar los chapetones colorados que sus niños lucen en el rostro a seis grados bajo cero, o a que están deseando cogerlos por el cuello y llevárselos a rastras a sus casas, y ponerlos a secar –a ellos y a sí mismos- junto a una reconfortante chimenea. Pero no, no son estás las razones de su pánico. Es el miedo a lo desconocido, a la inversión de la lógica. Hace cuatro días que no para de nevar, y va a seguir haciéndolo. Los autobuses que nos acercan a Madrid hace mucho que no ponen sus ruedas en funcionamiento. Las máquinas quita nieve han desaparecido del mapa. Los camiones que reponen el género en el supermercado no logran llegar hasta nosotros. Pero los niños son felices. Inmensamente felices, además, porque de seguir así el asunto no podrán ir el lunes al colegio.
No, definitivamente el pacto no pasa por los Niños Quitanieves. Creo que en el ayuntamiento de Bustarviejo han comprendido una gran verdad: el cambio climático supone, por encima de todo, un cambio psicológico para el que los adultos no estamos preparados, pero sí los niños. Son los únicos que podrán ser felices como esquimales de Walt Disney cuando mi pueblo se convierta en un glacial aislado. Los únicos que seguirán trabajando con entusiasmo, trineo arriba y trineo abajo, mientras el resto tiritamos de frío y de soledad. Y la consecución exitosa de este complot es cuestión de días. De horas, a juzgar por cómo cae la nieve sobre esta sierra. Lo hace con rabia, con un poderío que impresiona, aunque no lo hace tanto como el ver la fuerza que despliegan los pequeños desafiando sus copos. Rostros colorados que brillan de grandeza en mitad de la blanca nieve.
La pirámide del poder está a punto de derrumbarse, bajo la fuerza de una gélida e interminable borrasca.
¿Ciencia-ficción? Ya les contaré, ya...
Si es que me lo permiten los niños.


Enlace permanente El cometa y el petardo


Por: Blanca Suñén
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 25 Dec 2009   03:46:02
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Encaro estas fiestas navideñas con un catarrazo de órdago. Yo, para esto de las tradiciones, soy persona muy seria. No hay Navidad sin tos, como no la hay sin personas que se queden colgadas en los aeropuertos. Prefiero lo mío, la verdad. Es mejor costumbre cantar villancicos entre estornudos, que tocar la zambomba en la zona de embarque de un frío aeropuerto. Pero claro, para mí es fácil decirlo, ya que tengo a todos mis amigos y familiares muy cerca, y no tengo que coger más transporte que el coche de mi hermano David.

Las aerolíneas Air Comet, se han quedado en petardo, que es lo que a una servidora le ha parecido el señor Díaz Ferrán, a quien acabo de escuchar por la radio. Ha dejado a siete mil personas sin poder ir a casa por Navidad, pero él dice que la gestión de la empresa ha sido la correcta. Debe ocho meses de sueldo a sus empleados, pero él dice que la sentencia de cierre ha sido precipitada. La empresa es suya, pero él no viaja con Air Comet...

Se ha declarado insolvente, y quiere que sea el Ministerio de Trabajo el que solucione el tema a través del Fondo de Garantía Salarial. Fomento le ha abierto un expediente a su línea aérea -por el abandono de sus obligaciones contractuales con los pasajeros- que puede alcanzar, tan ricamente, los 4 millones y medio de euros.

Teniendo en cuenta esto de la insolvencia, no sé yo cómo va a acabar la cosa. Sacará la pasta de alguna otra empresa, ya que se le llena la boca una y otra vez, durante la entrevista, con el número de personas a las que da empleo: diecinueve mil personas, dice. Y yo digo, ¿no será al revés? ¿No será gracias a esos diecinueve mil empleados que el señor Díaz Ferrán puede comer todos los días? Y, sospecho, comer lo que le plazca, sin mirar los precios del menú.

Y es que este hombre entiende mucho de economía doméstica; es una auténtica madre para sus diecinueve mil hijos, y para que su empresa siga siendo una gran familia (¿acaso no esa la frase favorita de nuestros entrañables empresarios?) lo mejor es que los chicos estén ocho meses sin cobrar, porque si pretenden hacerlo, mamá tendrá que sacarlo de alguna otra de sus empresas, y entonces serán algunos de sus diecinueve mil hermanitos que pertenezcan a la empresa elegida, los que se queden sin cobrar. Díaz Ferrán anda muy justo de dinero, y hay que saber sacrificarse por la familia, que siempre es lo primero, faltaría más.

¡Pobre hombre, jolines! Mira tú, yo quejándome del resfriado; los viajeros lloriqueando por pasar la Nochebuena en el aeropuerto; los empleados chillando como cochinillos por ocho miserables meses de atraso en sus libretas de ahorro; y ninguno de nosotros somos capaces de darnos cuenta de las fiestas tan malas que va a pasar el señor Díaz Ferrán. Va a tener que decidir, entre turrón, pavo y mariscos, a quienes de entre todos sus hijos va a dejar sin cobrar en el próximo año. El capitalismo liberal es una carga muy pesada que sólo pueden soportar las espaldas de los grandes hombres.

Llaman a la puerta: sólo le pido a Dios que no sea el dueño de Air Comet pidiéndome el aguinaldo...

Porque, de ser así, no respondo de mis actos. Espero que pegar una paliza a un gilipollas no esté penado por la Ley.

Bueno, no, mejor me aguanto... Ya saben Uds. donde está el que zurró a Berlusconi.


Enlace permanente Amor propio


Por: Blanca Suñén
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 11 Nov 2009   02:21:21
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Hay muchas clases de amor, tantas como cuerpos habitados y como las mentes que coronan esos cuerpos. Ni a nada ni a nadie se lo ama de la misma manera, no se repiten antiguas glorias que lo fueron, tal vez, gracias a nuestra falta de experiencia. Ningún amor pasado fue mejor. Simplemente lo fue, en su momento, en nuestros años aún no trascurridos. La huella que deja un buen amor sirve para abrir la puerta a otros diferentes, insospechados, no buscados y sí recibidos con asombro.

No comprendo los amores que se afanan en destruir, los amores que juzgan y exigen, los que no buscan la felicidad, signifique lo que signifique la dichosa palabreja. Y de entre este tipo de amores que maltratan, el peor de todos los que conozco es el bien llamado amor propio. El egoísmo humano me produce una insuperable pereza, un desinterés que raya en la ceguera. No me interesa en absoluto tratar con personas de este jaez. Jamás me enamoraré de un egoísta. No otra vez, quiero decir. Porque lo malo de encariñarse con un egoísta es que te das cuenta a toro pasado, con el convivir de un día tras otro. Sólo se le descubre una vez que has decidido compartir tu vida con él. Y llegado el momento de la verdad, cuando la realidad más real se te posa en la punta de las narices, ya no hay más salida que el papirotazo nasal. Tratar de cambiar a un egoísta es una empresa digna de mejor causa. Señoras y señores, que se cambie él, si ese es su gusto, que lo más probable es que no lo sea. Amor propio, decía, y bien llamado, reafirmo.

El amor propio excluye el aprendizaje del amor ajeno. El amor propio se mueve en un mundo tan estrecho como un spaguetti del calibre nº 2, el amor propio –por este tan suyo defecto de la estrechez- necesita buscar enemigos dónde no los hay, creárselos para tener la vana esperanza de que alguien se ocupa de sus mezquindades.

En nuestro tan sufrido y gozoso mundo del arte, los amantes de si mismos se cuentan por millares. Siempre hay culpables que les roban el botín, la gloria secretísima con la sueñan, los honores que desprecian en los otros porque creen merecerlos ellos, aunque esto último es una gran verdad que jamás estarán dispuestos a confesarse.

En este mundo nuestro del arte se cuentan a millares los artistas que no están dispuestos a aprender de otros, o dicho en su idioma, a que otros tengan el atrevimiento de enseñarles lo que saben. Las orejas se cierran para que la lengua se dispare. No te escucho, cartucho, que decíamos de pequeños.
Si en el arte, como en la vida, no estamos dispuestos a entender que hay muchas clases de amor y que de ellos sólo conocemos una mínima parte, si pretendemos crear con nuestro pacato y mal informado ego una obra de arte, mal nos van a ir las cosas.

Detrás de muchos de los que se consideran a si mismos grandes artistas, no hay más que criaturas acomplejadas, asustadas y cobardes. La vida y el conocimiento de los demás se les hacen un bocado amargo de tragar.

Considerarse un genio es una auténtica estupidez. Simplemente porque los genios no existen. Pero vete tú a decirles a estos tipos que ellos no lo son. Sin embargo necesitan oírte decir que sí, que lo son, y eso es lo más cansado de todo, lo que más me aburre, lo que me causa ceguera permanente respecto a sus personas y sus obras.

Hace unos días recibí un e-mail lleno de insultos y descalificaciones de un director de escena. La causa fue que no acepté el trabajo que me ofrecía. Lo que subyace tras sus improperios es que no le aseguré entusiasmada que su propuesta era genial. Y no lo era, verdaderamente, pero no se lo dije. Se lo ha dicho todo él solito. Y este hombre, precisamente, era uno de mis amores más antiguos. En su tiempo, de los más profundos.
Pero dicho queda: no me vuelvo a enamorar de un egoísta. Su amor propio sobrepasa cualquier tipo de amor que yo pueda ofrecerle.

Los genios sólo existen –equivocadamente- en la cabeza de los que creen serlo. Me parece bien. Que nos dejen a los demás, a los insultados, a los despreciados, la capacidad de creer ilimitadamente en que existen extrañas y maravillosas formas de amar que no son las nuestras, pero que nos ensanchan lo suficiente como para crear una obra de arte más allá de nosotros mismos. Una verdadera obra de arte que hermane su calor en el calor de otros cuerpos ajenos, y de los que aún nos queden por descubrir.

Hay muchas clases de amor, pero el amor propio no está entre ellas.


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