Las gentes de teatro recordamos a los amigos que conocimos trabajando, además de por su nombre y su apellido –a veces doblemente, esto es, por el artístico y por el civil- también por el del personaje que interpretaron en escena. Así que, con tanto dato y tanto trajín, por mucho que pase el tiempo, es difícil que nos olvidemos los unos de los otros.
Olga, la maravillosa mujer reencontrada gracias a este blog, es para mí, además de ella misma, una auténtica princesa tebana. Ismene,
end of the saga -que diría el
Marqués de Leguineche inventado por
Berlanga- la última de su estirpe, hija del pobrecito
Edipo, que se cegó a si mismo en un arrebato de sentimental remordimiento.
Yo, personalmente, con
Edipo no he trabajado, pero sí con todos sus hijos, al menos los que dice
Sófocles que tuvo:
Eteócles,
Polinice,
Antígona y mi añorada
Ismene, y también con el tío materno de todos ellos, el absolutamente falto de sentido del humor,
Creonte. Es lo que tiene el teatro, que junta al vulgo con la realeza. Puede que Uds. no estén de acuerdo conmigo pero, para mi,
Ismene es la más tratable de tan extraña y testaruda familia. No me gustaría a mí encontrarme en la cola del paro con
Antígona, por ejemplo, ni a sus belicosos hermanos en un atasco. Y desde luego no se me ocurriría de ninguna de las maneras, decirle a
Edipo que una tía mía hizo con él el bachillerato. Vete tú a saber cómo se lo tomaba el angelito. Igual hasta se casaba con ella y al final resultaba que éramos primos. Quita, quita. Es una idea tan tremenda como pensar que Creonte fuera funcionario de Hacienda. Con
Ismene, sin embargo, siempre podría tener una conversación, al menos, civilizada. Y con los tiempos que corren ya es mucho.
Menos mal que los que nos dedicamos a este disparate llamado teatro ponemos las caras de nuestros amigos a tan peculiares personajes. Bueno, para que les voy a mentir: a veces, no son los actores tan amigos. Incluso llegan a convertirse en pesadillas ridículas y fuera de todo orden racional. Y Olga seguro que sabe de qué les estoy hablando.
Hay actores que en si mismos merecerían un personaje inmortal en una –eso sí- mala obra de teatro. Y ¿por qué? Pues precisamente por eso, por ser malos compañeros en un oficio en el que el mutuo apoyo es un ochenta por ciento. Nada se es en escena sin el otro, y ningún actor, si es que se siente orgulloso de llamarse así, está contento pensando que él lo hace bien y considerando que los demás no están a su altura. Paparruchas, simplemente paparruchas.
Es como lo que pasa con algunos directores de escena. Cogen a todos estos personajes, a esta siniestra familia tebana, por ejemplo, y hacen con ella lo que les da la gana, que están en su derecho, ya que hay mucho que contar sobre ellos y desde múltiples puntos de vista. Pero ¡ay, amigo espectador! Se comportan como si ellos fueran el mismísimo
Oráculo que derribó a
Edipo ¡Ay de aquel que no comprenda el laberíntico mundo de tan excelente genio! ¡Tú, y sólo tú, actor, por tu innata borriquez eres el culpable de sus fracasos! ¡Ay, actorucho de tres al cuarto que no eres capaz de adivinar lo que él no te cuenta por que no tiene ni la menor idea de cómo hacerlo! ¡Tú, de nuevo tú, y sólo tú, eres el culpable de las críticas nefasta de los necios! ¡Tú, que cada noche sales a escena a defender lo indefendible, no esperes recompensa por tus siete –según convenio, que de todo hay- cuitas semanales!
Ejemplo: el director de escena que me puso verde y al que ya he aludido en el artículo
AMOR PROPIO tenía la idea de que un texto que glorifica una de las grandes victorias griegas, era en realidad un alegato contra la guerra. En mi opinión, es un texto que justifica la guerra, cosa incompatible con el ir en contra de ella. Pero yo soy, ya lo saben, del bando de la borriquez, como muy bien se encargó de hacerme saber. Menos mal que a estas alturas, ya nadie me sorprende y sólo me hacen daño los desamores auténticos y no las pataletas recurrentes. Y además, qué caramba, pues sí, es verdad que soy una borrica.
Y como lo soy, tengo ideas raras con respecto a los genios, así que no me extrañaría que cualquier día de estos, un director de escena se empeñara en desestructurar a
Pemán, asegurándonos a los actores que éste tan olvidado autor, era en realidad de izquierdas.
Total, luego a dar la cara salimos nosotros y, como si no tuviéramos un director que firma el montaje, las críticas nos caerán como un alud y sin defensa posible.
Yo, ahora que tengo un montaje en Madrid, dirigido y escrito por mi, les aseguro a Uds. que si hay algún culpable de que no les guste lo que ven, esa persona soy yo. Yo. Lo que hacen los actores sobre el escenario, es mi absoluta responsabilidad. Tanto si hacen lo que yo les he indicado, como si hacen lo que les sale del bolo, en cada bolo. Al menos, mientras mis ojos lo vean o el ayudante de dirección me llame para contármelo.
Bonita profesión la nuestra, Olga, pero ¡manda narices lo mal entendidas que están las responsabilidades, compañera!