Una historia sencilla
Por: Blanca Suñén | 27 Mar 2009 15:54:30

Miguel dice que cada vez que se acerca esa burda imitación de lo que hasta hace pocos días fueron sus placenteros puros, le entran más ganas aún de volver a fumar uno de ellos. Así que lo lleva en el bolsillo. De vez en cuando lo saca, lo mira entre añorante y despreciativo, y se lo vuelve a guardar sin decir palabra.
No encuentra mi amigo consuelo ni alivio en el terapéutico juguete. Más bien lo contrario.
Lo malo de dejar un vicio es que no tiene sustituto. Cambiar un purazo por un cigarrillo de plástico tiene la enorme ventaja, qué duda cabe, de salvarle a uno la vida, pero también lo encierra en la remembranza de aquel cuerpo que tuvimos, tan señor y tan obsequioso, que nos permitía hacer con él lo que nos viniera en gana. Los años mozos son insustituibles en cuanto a descarríos se refiere. Sin embargo, la vida de Miguel sigue llena de amor. No tiene tabaco pero tiene amor. Rodeado de sus mujeres, es un tipo indudablemente feliz. No hay más que ver cómo le mira Luci, su señora, una vez de regreso a casa tras su hospitalización. Tiene dos hijas y tres nietas, las dos últimas gemelas y, para regocijo y desgobierno de todos, absolutamente iguales. Sus mujeres afirman que Miguel no puede vivir sin ellas ni ellas sin él, y mi amigo asegura que esa es la verdad más grande que jamás se haya escuchado.
Miguel, además de saber de puros y del apuro de no poder fumarlos, es un entendido en historia de la antigua Roma. Ha nacido y vivido toda su vida en Bustarviejo, pero habla con sabiduría sobre los Césares y los Augustos detrás de la barra de su bar o delante de ella -que es el lugar en el que en realidad le gusta estar- con Paco el Lavadoras, otro entendido al que le deleita silbar La Marsellesa entre dientes. Dos tipos listos, que duda cabe, a los que a mi me gusta sobremanera tener bien cerca. Yo no sé tanto sobre el Imperio Romano como ellos y no silbo La Marsellesa con la misma soltura que Paco pero puede que algún día, como a Miguel, el médico me prohíba el tabaco. Así que cuando eso suceda le diré a mi amigo que me deje mirar de vez en cuando su cigarrillo de plástico, ese que lleva escondido en el bolsillo, para que la añoranza me vuelva melancólica. Entonces, bajo las notas de La Marsellesa silabadas por Paco el Lavadoras le diré a Miguel que me hable de Heliogábalo, de Nerón, de Mesalina y de Calígula, simplemente para acariciar las historias de aquellos que jamás dejaron de fumar.
Mi amigo Miguel, rodeado del amor de sus mujeres, vivo y bien vivo aunque no le dejen fumar puros, me contará maravillosamente tan bárbaros e instructivos gatuperios.
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