¿Han observado Uds. que a lo que hasta hace pocos días se le llamaba
cementerio nuclear, se le llama ahora
almacén de residuos nucleares? Incluso
almacén de residuos, a secas. Y ha sido un sucedido de la noche a la mañana.
Desde que varios pueblos se han presentado a la candidatura (¿qué clase de papeleo habrá que rellenar para acceder a tal posibilidad?) para recibir en sus términos territoriales el tan traído y llevado cementerio nuclear, ha dejado de llamarse así. Bueno, los cojos tampoco son cojos, sino discapacitados, lo cual me parece realmente ultrajante. Yo que soy una coja –poco notoria, también es verdad, pero coja- jamás se me ocurriría referirme a mi misma, y menos aún como señal de respeto, bajo semejante epíteto. Por ser coja, ni soy difícil, ni soy anormal, que es lo que quiere decir ese "dis" puesto antes de la "capacidad".
Pero por tontería pura y simple, elegimos las peores palabras o frases, en lugar de las exactas. Como sucede con el cementerio nuclear, cuya denominación es clara, contundente, rotunda y real. Ahí se van a quedar los residuos contaminantes como se quedarán los nuestros en sus tumbas por los siglos de los siglos, amén.
El verdadero asunto estriba en que los pueblos de España se mueren bajo la galopada del nuevo jinete apocalíptico: el paro. Y, antes muerto que parado, porque ser parado es un morir lento y humillado, así que puestos a palmarla, mejor hacerlo cual despreciado e incomprendido –y lejanísimo hasta ahora- país tercermundista. Estos pueblos españoles prefieren trabajar con material de deshecho, estropear su entorno paisajístico, y apechugar con las posibles nefastas consecuencias, antes que verse resignados a quedarse sin vecinos y sin un euro en las arcas municipales.
Seré yo la última persona sobre la tierra que quiera ver como se cargan un árbol por hacer un chalé, pero no seré de las que califican de imbéciles a los indios del Brasil por quitar terreno a la Amazonia para poner una huerta. Este problema tercermundista es ahora también problema español. Ni los indios son imbéciles, ni el alcalde del pueblo que reclama el cementerio para sí es un desaprensivo. Es, señoras y señores, una mera cuestión de hambre. ¿Suena salvaje? Pues habrá que ir acostumbrándose.
La mala gestión de los que dicen gobernar para el bien común tiene la culpa en ambos hemisferios. La humana necesidad de hacer disparates para sobrevivir, lleva cada uno de sus famosos nombres.
Cambiando las palabras no se cambia la realidad, simplemente se disimula. Y si no fuéramos unos paletos snobs, nos negaríamos a hablar con sus términos, que no son los adecuados.
Este miedo a llamar a las cosas por su nombre no es más que una negación a la dureza de una realidad que no estamos dispuestos a creer: contaminados, sí, pero vivos y con dinero en el bolsillo. Como los pobres de solemnidad, los que rebuscan entre las basuras del supermercado, para encontrar la comida caducada.
El cambio de
cementerio nuclear por
almacén de residuos (radioactivos) no pretende otra cosa que dulcificar la amargura. Era cementerio nuclear cuando se les imponía a las personas, pero ahora que hay personas que lo eligen, se le llama almacén de residuos.
El poder de las palabras, ¿acaso es tan grande que puede cambiar una realidad? Sí y no, todo es cuestión de hambre. Y de hipocresía, según el bando que a uno le toque.
La aldea global es pobre, y necesita comer, aunque sea a un precio tan alto.
¿Darán la cara alguna vez los que la han arrastrado hasta aquí, o seguirán cambiando las palabras?
Miedo me da pensar cómo acabarán por llamarme a mí que, además de coja, soy fumadora y tengo más de cincuenta años.
Y cuando muera, ¿qué será de mis residuos?...
¿Me enterrarán en un
cementerio o en un
almacén?
Las quejas, al maestro armero.