Desde el Día de Reyes no ha dejado de nevar, ni de noche ni de día. Ahora mismo lo hace con rabia, desplegando un poderío que impresiona. Son las dos de la tarde y estamos a seis grados bajo cero. Hay niños jugando con sus trineos, hundiéndose hasta las orejas, pues las máquinas quita nieve hace un par de días que no salen de sus garajes. Esto me hace llegar a una conclusión: los niños son más fuertes que las máquinas. Los niños pasan a través de las circunstancias, y no sólo sobre ellas. Acabarán por limpiar mi calle, que prácticamente forma parte de la montaña, de tanto deslizarse cuesta abajo. Su entusiasmo concluirá por poner en ridículo al ayuntamiento, empeñado –no sé la razón- en que a los vecinos de este pueblo nos sepulte una sempiterna nevada.
A los críos, ni que decirlo hay, les viene de perlas la ausencia de las máquinas, ya que cuanta más nieve se acumula, más felices son sus juegos. Una pena, porque se podría llegar a un acuerdo perfecto: los niños como un servicio público bajo el nombre de
Niños Quitanieves. A ellos no les da pereza dejar limpia la calle, trineo arriba y trineo abajo, riendo sin parar y perdiendo los gorros en los tramos más veloces. Pero claro, si finalmente son ellos los encargados de las labores que deberían estar haciendo las máquinas quita nieve, estarían tirando piedras sobre su propio tejado, ya que sin nieve, se terminó la juerga...
Esto me lleva a una segunda conclusión: el ayuntamiento no corre el peligro de quedar en ridículo, porque él y los niños están compinchados. Han tenido reuniones secretas y han llegado a un acuerdo –como los de la patronal y los sindicatos- en el que sólo ellos saldrán ganado. El uno ahorra fondos, y los otros adquieren supremacía. Y creo que los padres sospechan ya algo. Tienen una cara de estupor que un observador, menos avezado que yo, podría achacar al frío gélido de este medio día, o a la sorpresa de mirar los chapetones colorados que sus niños lucen en el rostro a seis grados bajo cero, o a que están deseando cogerlos por el cuello y llevárselos a rastras a sus casas, y ponerlos a secar –a ellos y a sí mismos- junto a una reconfortante chimenea. Pero no, no son estás las razones de su pánico. Es el miedo a lo desconocido, a la inversión de la lógica. Hace cuatro días que no para de nevar, y va a seguir haciéndolo. Los autobuses que nos acercan a Madrid hace mucho que no ponen sus ruedas en funcionamiento. Las máquinas quita nieve han desaparecido del mapa. Los camiones que reponen el género en el supermercado no logran llegar hasta nosotros. Pero los niños son felices. Inmensamente felices, además, porque de seguir así el asunto no podrán ir el lunes al colegio.
No, definitivamente el pacto no pasa por los
Niños Quitanieves. Creo que en el ayuntamiento de
Bustarviejo han comprendido una gran verdad: el cambio climático supone, por encima de todo, un cambio psicológico para el que los adultos no estamos preparados, pero sí los niños. Son los únicos que podrán ser felices como esquimales de
Walt Disney cuando mi pueblo se convierta en un glacial aislado. Los únicos que seguirán trabajando con entusiasmo, trineo arriba y trineo abajo, mientras el resto tiritamos de frío y de soledad. Y la consecución exitosa de este complot es cuestión de días. De horas, a juzgar por cómo cae la nieve sobre esta sierra. Lo hace con rabia, con un poderío que impresiona, aunque no lo hace tanto como el ver la fuerza que despliegan los pequeños desafiando sus copos. Rostros colorados que brillan de grandeza en mitad de la blanca nieve.
La pirámide del poder está a punto de derrumbarse, bajo la fuerza de una gélida e interminable borrasca.
¿Ciencia-ficción? Ya les contaré, ya...
Si es que me lo permiten los niños.