Hay muy poca diferencia entre una compañía teatral de grandes y otra de pequeños. Grandes o pequeños en edad, me refiero. Quizá la más notable es que los pequeños no huyen de sus errores, y los aceptan con la naturalidad que el momento exige. Si se han quedado en blanco, o han olvidado una frase, o se les ha caído de las manos un elemento del atrezzo, harán algún comentario al margen que consiga -sin pretenderlo- la sonrisa del espectador, y seguirán adelante con una sencillez que, de ser adultos, podríamos considerar como sangre fría. Para conseguir esto hace falta mucha técnica que, por supuesto, los pequeños no poseen. Pero es que lo que no han perdido estos menudos artistas es el sentimiento de la solidaridad escénica, de la justicia interpretativa, del saber que todos estamos expuestos a los errores y que esos errores, en escena, son una cuestión que hay que resolver de manera colectiva. Nadie es ni más, ni menos que nadie.
Tampoco hay grandes diferencias entre estrenar un espectáculo con una compañía de adultos y otra de niños. Yo, que compagino ambas actividades, y ambas además ahora no ya como actriz sino como autora y directora, sigo procesos muy semejantes en los dos casos: durante los tres días previos al debút, no hay quien me haga pensar en otra cosa; me doy cuenta de la cantidad de asuntos escénicos que he dejado en el aire y que debería haber resuelto; me muero de miedo cada diez minutos y cada cinco me pregunto el motivo que me ha llevado a dedicarme a este desasosegante negocio, habiendo tantas cosas tranquilas que hacer en la vida. Mis pequeños me miran con los ojos como platos cuando nos encontramos fuera de los ensayos, por la calle, y yo sé que tanto ellos como yo compartimos el mismo pánico durante esos tres largos días.
Llega el día del estreno y las dos horas anteriores a subir el telón no se las merece nadie, y menos aún unas criaturas de ocho años... pero así es el espectáculo, así es el teatro. Tras conseguir que no huyan despavoridos montaña arriba al ver llegar a sus abuelos al salón del teatro, y confesarme -con estas palabras- que se cagan vivos, hacemos unos ejercicios rituales de hermandad, lanzamos gritos desafiantes, nos abrazamos, nos decimos una y mil veces que somos los mejores y... y yo también estoy entonces que me cago viva. Disimulo, claro está, y los preparo para salir a escena; se sitúan en sus señales de salida y ¡cinco y... acción!, mis pequeños empiezan la obra.
Veo sin necesidad de verlo que las últimas instrucciones -alzar la voz, miraros entre vosotros, no os tapéis en escena los unos a los otros, hablar despacito- pasan por sus cabezas todas a la vez y de forma confusa. Me miran como pidiendo socorro. Comienzan a hablar. Se les olvida una frase, se embarullan con el texto, dicen algo diferente a lo que estaba ensayado. Fallos que solo notamos nosotros- ellos y yo- pero no el público que no conoce la obra tan bien como nosotros. Seguimos adelante.
La obra va fluyendo, los chicos van sintiéndose a gusto en escena y el público se ríe con ellos. La cosa marcha, como no podría ser de otra manera. Hay momentos en los que están espléndidos y otros, los menos, en los que se hacen un lío del que salen de maravilla con su naturalidad de niños.
El salón de actos está a rebosar, ha venido todo el pueblo, y ellos notan ese calor de la gente, de su gente: amigos, familiares, vecinos... El pánico sigue ahí, pero ahora también lo acompaña el placer de interpretar. Les tiemblan las manos, pero se sonríen los unos a los otros como sólo lo pueden hacer las personas que comparten íntimamente un momento milagroso. Este día les pertenece, es su día y lo viven con todo lo que significa: el miedo y el gozo.
Es imposible hacer teatro sin ese punto de sufrimiento, aunque sólo tengas ocho años. Pero ya ha quedado atrás el miedo, lo han olvidado llevados por la fuerza de sus personajes, que tienen mucho que hacer hasta llevar a buen término su aventura. Y así, ya con todo bajo control, llegan al final de la obra.
El aplauso es grande, largo, sentido. Ellos saludan al público, inclinándose con gratitud, riendo, relajados por fin y con unas ganas de pegar saltos que reprimen con profesionalidad. Yo sigo como en blanco, aliviada y también agradecida. Feliz. Me felicitan, pero yo no soy la protagonista, no es a mí a quien deben felicitar. Yo ya sé de qué va todo esto. Sé del miedo, de los nervios paralizantes, de la responsabilidad y de la felicidad que se conquista subida a un escenario. Ellos lo saben ahora por primera vez y necesitan de esas atenciones, de ese calor que te abraza tras recorrer un largo camino. Un camino de luz bellísima y deslumbradora, pero también de sombras tenebrosas y amenazantes. Es inevitable, así es el teatro. Se sea grande o se sea pequeño.
Mis pequeños, que son unos valientes, están deseando empezar con la próxima obra. Ahora ya saben lo que es un estreno así que, aunque dentro de tres meses vuelvan a pasar por el mismo pasillo del pánico previo al escenario, también saben que una vez sobre las tablas, la felicidad es más fuerte que el miedo. Y volverán a recibir los merecidos aplausos del público. Por que, como decimos en nuestro ritual de hermandad, antes de salir al escenario:
PASE LO QUE PASE
SI SUBES A LA ESCENA,
SE TE VA LA PENA.
¡ALE, ALE Y ALE!...
¡SI DE NIÑO HACES TEATRO
DE MAYOR SERÁS MÁS MAJO!