Hay muchas clases de amor, tantas como cuerpos habitados y como las mentes que coronan esos cuerpos. Ni a nada ni a nadie se lo ama de la misma manera, no se repiten antiguas glorias que lo fueron, tal vez, gracias a nuestra falta de experiencia. Ningún amor pasado fue mejor. Simplemente lo fue, en su momento, en nuestros años aún no trascurridos. La huella que deja un buen amor sirve para abrir la puerta a otros diferentes, insospechados, no buscados y sí recibidos con asombro.
No comprendo los amores que se afanan en destruir, los amores que juzgan y exigen, los que no buscan la felicidad, signifique lo que signifique la dichosa palabreja. Y de entre este tipo de amores que maltratan, el peor de todos los que conozco es el bien llamado amor propio. El egoísmo humano me produce una insuperable pereza, un desinterés que raya en la ceguera. No me interesa en absoluto tratar con personas de este jaez. Jamás me enamoraré de un egoísta. No otra vez, quiero decir. Porque lo malo de encariñarse con un egoísta es que te das cuenta a toro pasado, con el convivir de un día tras otro. Sólo se le descubre una vez que has decidido compartir tu vida con él. Y llegado el momento de la verdad, cuando la realidad más real se te posa en la punta de las narices, ya no hay más salida que el papirotazo nasal. Tratar de cambiar a un egoísta es una empresa digna de mejor causa. Señoras y señores, que se cambie él, si ese es su gusto, que lo más probable es que no lo sea. Amor propio, decía, y bien llamado, reafirmo.
El amor propio excluye el aprendizaje del amor ajeno. El amor propio se mueve en un mundo tan estrecho como un spaguetti del calibre nº 2, el amor propio –por este tan suyo defecto de la estrechez- necesita buscar enemigos dónde no los hay, creárselos para tener la vana esperanza de que alguien se ocupa de sus mezquindades.
En nuestro tan sufrido y gozoso mundo del arte, los amantes de si mismos se cuentan por millares. Siempre hay culpables que les roban el botín, la gloria secretísima con la sueñan, los honores que desprecian en los otros porque creen merecerlos ellos, aunque esto último es una gran verdad que jamás estarán dispuestos a confesarse.
En este mundo nuestro del arte se cuentan a millares los artistas que no están dispuestos a aprender de otros, o dicho en su idioma, a que otros tengan el atrevimiento de enseñarles lo que saben. Las orejas se cierran para que la lengua se dispare. No te escucho, cartucho, que decíamos de pequeños.
Si en el arte, como en la vida, no estamos dispuestos a entender que hay muchas clases de amor y que de ellos sólo conocemos una mínima parte, si pretendemos crear con nuestro pacato y mal informado ego una obra de arte, mal nos van a ir las cosas.
Detrás de muchos de los que se consideran a si mismos grandes artistas, no hay más que criaturas acomplejadas, asustadas y cobardes. La vida y el conocimiento de los demás se les hacen un bocado amargo de tragar.
Considerarse un genio es una auténtica estupidez. Simplemente porque los genios no existen. Pero vete tú a decirles a estos tipos que ellos no lo son. Sin embargo necesitan oírte decir que sí, que lo son, y eso es lo más cansado de todo, lo que más me aburre, lo que me causa ceguera permanente respecto a sus personas y sus obras.
Hace unos días recibí un e-mail lleno de insultos y descalificaciones de un director de escena. La causa fue que no acepté el trabajo que me ofrecía. Lo que subyace tras sus improperios es que no le aseguré entusiasmada que su propuesta era genial. Y no lo era, verdaderamente, pero no se lo dije. Se lo ha dicho todo él solito. Y este hombre, precisamente, era uno de mis amores más antiguos. En su tiempo, de los más profundos.
Pero dicho queda: no me vuelvo a enamorar de un egoísta. Su amor propio sobrepasa cualquier tipo de amor que yo pueda ofrecerle.
Los genios sólo existen –equivocadamente- en la cabeza de los que creen serlo. Me parece bien. Que nos dejen a los demás, a los insultados, a los despreciados, la capacidad de creer ilimitadamente en que existen extrañas y maravillosas formas de amar que no son las nuestras, pero que nos ensanchan lo suficiente como para crear una obra de arte más allá de nosotros mismos. Una verdadera obra de arte que hermane su calor en el calor de otros cuerpos ajenos, y de los que aún nos queden por descubrir.
Hay muchas clases de amor, pero el amor propio no está entre ellas.