Me han contado que Bustarviejo va a ser uno de los primeros pueblos en los que van a llevar a cabo el apagón analógico. Me parece bien, porque aquí, cada dos por tres, se deja de ver la televisión digital, así que teniendo en cuenta que somos de las poblaciones que más han crecido en los últimos tiempos, creceremos aún más, ya que las parejitas –al no tener tele- se irán a la cama a divertirse. De aquí a veinte años, dueños del mundo.
Y digo más. Han convertido el vino en píldoras. Una copita al día, dicen, es buenísima para la salud. Yo creo que más de una, pero no soy experta en medicina. El caso es que han potenciado por mil tan benéficos efectos y los han concentrado en una sola toma. Me falta por saber si la tal píldora me hará el igual que mil vasitos de buen vino tomado en la taberna –lo que significaría mi muerte fulminante- o si es que con las últimas técnicas descubiertas han aislado lo que de la uva nos hace bien y anulado aquello que al día siguiente da dolor de cabeza y remordimiento de conciencia. Que en los pueblos se bebe no seré yo quien lo niegue, pero si encima lo ponen fácil y saludable –Vinox se llama la píldora, en un alarde de imaginación- el poder es nuestro.
Miles y saludablemente colocados, los paletos llegaremos a la cima. Estaremos en lo más alto de la cadena evolutiva. Sin tele y con píldoras.
Total, este mundo nuestro no merece nada mejor. Lo hablaba yo el otro día con Margarita, la vaca que pasta en el prado de enfrente a casa. Con toda razón se quejaba ella de tener que estar las veinticuatro horas del día escuchando problemas que ni la van ni la vienen y rumiando en soledad los suyos propios.
- No soy nada más que un producto de consumo de origen orgánico, decía Margarita, - y mi vida pende del hilo del que tiran unos burócratas del Mercado Común Europeo. ¿Y cuál es su motivo? Que soy vaca. ¿La vaca no tiene ojos? ¿La vaca no tiene patas, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No tiene calor en verano y frío en invierno, como el cristiano? ¿Si la pinchan, no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos?... añadió mi amiga, demostrando que ha leído a Shakespeare.
Yo, que me siento como Margarita, carne de cañón en un mundo frío, tonto y burocratizado, pasto en silencio junto a ella.
- No te preocupes, amiga, que tendrás un lugar en el futuro rústico y global que estamos pergeñando en nuestro pueblo. Sin televisión, con píldoras de Vinox y con una alcaldesa lechera, llamada Margarita, que comprende como pocos a los héroes shakesperianos.
- No sé, no sé, contesta ella a mi propuesta. - Lo acabas de decir tú misma. Este mundo no merece algo tan bueno.
Tiene razón la vaca lectora. Habrá que pensar en otra cosa. Silenciosas, nos miramos con mutua simpatía y volvemos a pastar, rumiando juntas sobre qué hacer para que este mundo se convierta en un buen mundo. O, al menos, en un lugar en el que no nos vuelvan locas ni a las vacas ni a las personas.