Hay una cantidad ingente de asuntos que desconocemos absolutamente. Pertenecemos a un círculo de la vida humana que puede pasar necesidades, pero jamás miseria. Podemos llegar a no alcanzar a pagar la calefacción que nos proporcionan dos bombonas de propano, pero siempre encontraremos un lugar caliente en el que esperar mejor tiempos. Sólo nos tenemos a nosotros mismos -pensamos- pero ese nosotros mismos encierra una cantidad de recursos ilimitados que para otros seres humanos, seguramente mejores que nosotros, son sencillamente inalcanzables. Somos superiores en un mundo que lo que menos necesita es de seres superiores que se crean con derecho a estar por encima de él.
Despreciamos a los otros porque no saben tanto como sabemos. Despreciamos a los otros porque no han sabido labrarse un porvenir de niños europeos aseados y con acceso a Internet.
La inteligencia no nos hace más cultos. Es el privilegio de alcanzar una cultura lo que nos permite ser inteligentes. Y la inteligencia ha de ser una cuestión espiritual que obligue a los que han podido desarrollarla a no desperdiciarla en vanas vacuidades. A compartirla sin estúpidos y puritanos prejuicios de niños bien.
Estoy hasta el moño de listos que se han creído el camelo sectario de la torre de cristal. Estoy hasta el mismísimo de todos aquellos que nunca se mojan porque prefieren quedar por encima y andar sobre las aguas en las que otros llevan ahogándose desde hace generaciones. De los que escriben columnas de opinión mordiéndose la uñas sin consentir que las yemas de sus dedos queden en carne viva.
No existe ninguna ficción de la que hablar que no nazca de la vida. No existe ninguna palabra de hombre que no surja de un vientre salvaje.
¿Quién eres tú, chulo letrado, para creerte más que aquel que no pudo aprender a escribir y a leer?
Pido perdón por esta crónica abrupta pero es que a veces me avergüenzo de un oficio del que me siento incapaz de formar parte. De una responsabilidad que me pesa de tal forma que convierte mi lengua en lengua muerta. De los que únicamente se dignan a compartir mesa si consideran que el comensal de al lado sabrá de ciertos nombres y apellidos.
Yo sé de esos nombres y de esos apellidos, pero jamás dedicaré mi mucho o poco arte a la posteridad de la chulería ilustrada. Quede tal intención para los orgullosos. Escribiré mis palabras en el aire y moriré con ellas en la boca para que otros puedan comerse unas palabras que nunca les fueron permitidas aprender. Mi vida es de los ignorantes. No quiero ningún reino que no pueda compartir. No quiero mirar al mundo como si el mundo debiera estarme agradecido por formar partede él.
Conozco a demasiada gente que lo hace.