
Personajes debajo del disfraz
Por: Juan Soto Ivars
Para enfrentarse a "La soledad de los ventrílocuos", un libro de relatos cortos, hace falta tener claras un par de cosas: primero: el autor, Matías Candeira, nació en 1984. Esto no pretende ser una disculpa sino una señal del tiempo en el que se ha criado y ha aprendido. Segundo: merece la pena advertir las referencias soterradas en los relatos, pertenecientes a una corriente que podríamos llamar posmoderna. Eso sí, Candeira no tiene el menor rastro de nocilla en sus páginas. Su originalidad como autor está tan entroncada en corrientes dispares, que encontramos este concepto adecuado tras la matización.
Por Juan Soto Ivars
En los relatos de "La soledad de los ventrílocuos" se mezclan las literaturas rusas, como Bulgákov, la corriente norteamericana cinematográfica de "originalistas", los inefables Kaufman(especialmente en el ideario de recursos, pero también en la importancia del detalle visual), y la solidez narrativa vetusta y algo oxidada de españoles como Pàmies.
Candeira no se complica con narrativas difíciles y da a luz una colección coherente de textos en los que los personajes sufren extrañas complicaciones transidas por una línea común de surrealismo: muerte de una nevera, un vecino que vive en un barreño lleno de agua, cabezas reducidas y ombligos que cantan. La narrativa de Candeira tiene una sólida diferencia con otros cuentistas que en un principio podrían parecer simplemente imaginativos: un halo de intimidad cerca a sus personajes, que viven en la incomprensión. Hacia sí mismos y respecto a los otros. Es decir: prohibido cegarse con la parafernalia. Obligado levantar la máscara y estudiar el rostro que hay debajo.
La incomunicación late en todos los relatos. Una marabunta de secretos para los que la mente de los personajes no encuentra palabras se desgranan en las páginas con la languidez de un carnaval trasnochado. El joven autor nos habla de ideas complejas en relatos de una aparente sencillez. Salta a la vista que algo está pasando cuando "afuera se oía el resonar de las nubes y dentro todo era de color amarillo." La melancolía, la derrota son elementos comunes en los conflictos de que hablan estos cuentos.
Existen algunos problemas para desentrañar los misterios de la voz impostada de estos ventrílocuos: un exceso de oficio, o una necesidad del autor de demostrarse como un creador sólido pese a su edad. Candeira no lo necesita, y en algunos relatos resulta demasiado evidente el lucimiento. La idea original no llega a arrastrar el sentido fuera de la página, pero sí queda bastante aplastado por una serie de expresiones un tanto relamidas.
De cualquier forma, el lanzamiento de esta colección, en un autor que hasta el momento había aparecido más entre los ganadores y finalistas de diversos premios (algunos de ellos de prestigio), significa la reválida y el inicio de una andadura muy atractiva como escritor. Las letras españolas necesitan cuentistas que aporten su valor a este injustificado hermano pequeño de la narrativa, que en países como Francia o Estados Unidos encuentra un respaldo mucho mayor. Valga este libro como lectura placentera de la complejidad y como aldabonazo a las puertas de este género necesitado de buenos escritores.
Artículo nº: 218 | 31-08-2009
Por Juan Soto Ivars
En los relatos de "La soledad de los ventrílocuos" se mezclan las literaturas rusas, como Bulgákov, la corriente norteamericana cinematográfica de "originalistas", los inefables Kaufman(especialmente en el ideario de recursos, pero también en la importancia del detalle visual), y la solidez narrativa vetusta y algo oxidada de españoles como Pàmies.
Candeira no se complica con narrativas difíciles y da a luz una colección coherente de textos en los que los personajes sufren extrañas complicaciones transidas por una línea común de surrealismo: muerte de una nevera, un vecino que vive en un barreño lleno de agua, cabezas reducidas y ombligos que cantan. La narrativa de Candeira tiene una sólida diferencia con otros cuentistas que en un principio podrían parecer simplemente imaginativos: un halo de intimidad cerca a sus personajes, que viven en la incomprensión. Hacia sí mismos y respecto a los otros. Es decir: prohibido cegarse con la parafernalia. Obligado levantar la máscara y estudiar el rostro que hay debajo.
La incomunicación late en todos los relatos. Una marabunta de secretos para los que la mente de los personajes no encuentra palabras se desgranan en las páginas con la languidez de un carnaval trasnochado. El joven autor nos habla de ideas complejas en relatos de una aparente sencillez. Salta a la vista que algo está pasando cuando "afuera se oía el resonar de las nubes y dentro todo era de color amarillo." La melancolía, la derrota son elementos comunes en los conflictos de que hablan estos cuentos.
Existen algunos problemas para desentrañar los misterios de la voz impostada de estos ventrílocuos: un exceso de oficio, o una necesidad del autor de demostrarse como un creador sólido pese a su edad. Candeira no lo necesita, y en algunos relatos resulta demasiado evidente el lucimiento. La idea original no llega a arrastrar el sentido fuera de la página, pero sí queda bastante aplastado por una serie de expresiones un tanto relamidas.
De cualquier forma, el lanzamiento de esta colección, en un autor que hasta el momento había aparecido más entre los ganadores y finalistas de diversos premios (algunos de ellos de prestigio), significa la reválida y el inicio de una andadura muy atractiva como escritor. Las letras españolas necesitan cuentistas que aporten su valor a este injustificado hermano pequeño de la narrativa, que en países como Francia o Estados Unidos encuentra un respaldo mucho mayor. Valga este libro como lectura placentera de la complejidad y como aldabonazo a las puertas de este género necesitado de buenos escritores.
Artículo nº: 218 | 31-08-2009
ElCrítico/EDL/31-08-2009


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