CríticaElCrítico/EDL/02-11-2003Separar para unir | Esther Ramón

El Crítico: revista de literatura crítica

ESCUELA DE LETRAS

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 Separar para unir


Por: Esther Ramón
Canteli, Marcos: Reunión
Icaria. Barcelona 1999

Decía John Berger que "la poesía no puede reparar ninguna pérdida, pero desafía al espacio que separa". Y no se me ocurre mejor ejemplo para ilustrar dicha aseveración que el primer libro de Marcos Canteli (Bimenes, Asturias, 1974: "Reunión".

Terrible en su reiterada dulzura, complejo en su sencillez y mucho más sencillo de lo que su atípica estructura parece indicar, "Reunión" juega continuamente con los extremos: el sonido y el silencio, el mineral y el agua, la vida y la muerte, separándolos, alternándolos bajo vasos invertidos ante los ojos del lector. Que descubre que no hay moneda en ninguno de ellos. Y que no le importa.

Su estructura también disgrega, pulveriza la unidad: pedazos de pedazos, el libro se compone de cinco partes, que en realidad pueden reducirse a dos: "Naturaleza Interior" (la que ostenta el mismo nombre y "Los faros") y "Reunión" ("Desván" y las dos "Reunión").

La "naturaleza interior" del protagonista del libro es el agua. Dentro fluye, se desliza una corriente subterránea que es la expresión sosegada del grito que nadie puede escuchar. Aprovechando un homenaje a Baudelaire y a su famoso poema "Los faros" -donde a través de pintores como Rubens, Miguel Ángel o Rembrandt se aprecia "un clamor que escuchamos a otros mil centinelas, (...) la señal del que caza extraviado en los bosques"- el agua desborda los límites del arte de Malevich, Tàpies, o Kandinsky, pero sobre todo de Rothko y sus "cuadros-espejo" ("cielo/de Rothko, cielo/nuestro").

"Reunión" es el hilo argumental que vertebra la desoladora reflexión del libro: en una casa bipolar la vida pugna por salir de la muerte, la muerte por crecer entre los vivos. Un padre con los pulmones agotados nos hace seguir los pasos del protagonista.

El sigilo con el que pasa ante el enfermo, para que la muerte (¿o quizá el recuerdo?) no despierte. La huida -necesaria, insuficiente- que le lleva a deshacer sus pasos, enfrentar, aprender a "desentumecer la mirada". Aunque el resorte tarde en ponerse en marcha, apretado el botón.

El deseo de evasión es fuerte, insoportable el siseo de lo forzoso que el protagonista escucha detrás de cada gesto, de cada arreglo de cama, de cada golpe de tos, pero la voluntad se mantiene firme, aún hay que mirar a los ojos -"(detenerse: /importan estos cauces, importan las palabras)"- porque aunque se apague la luz las formas, las personas conservarán su sitio en el aire viciado de ese cuarto.

Un cuarto a dos voces: la residual, la que se apaga: la del padre, y la que nunca se escuchó sino entre otras, la del silencio, la de la madre. Manteniendo el último de los pulsos, apoyándose la una en la otra a la espera del fundido final en el mutismo. Tan distintos y sin embargo, en el instante mismo de la separación, tan cercanos.

El padre, en el camino intermedio por el que transita, adquiere una dimensión mágica, casi mítica ("las hojas no son hojas/en su dedos"), apuntalada en falso por el recuerdo: el protagonista vuelve a ser un niño incapaz de seguir sus pasos agigantados. La madre "aguantaba el peso durante horas/en cuclillas, mucho carbón en los ojos,/en las preguntas que no decía".

Entre ellos la voz que nos cuenta, atrapada, encerrada voluntariamente en los límites de la casa ("tuve miedo en el desván, me ahogué/entre sus frutos") y anhelando al mismo tiempo emular al padre infiel para descubrir en el mismo centro del rechazo su propio deseo ("llegar alguna vez/hasta mis manos, arañar su presencia").

Cuanto más se acerca la muerte, más se aferra el protagonista a la vida, a su parte más sólida ("cuatro paredes bien recias,/tú,/una mesa con vino/donde reír"). Cuanto más inminente la desaparición del padre, más se aclara el camino, más cerca la puerta de salida, de acceso ("no suena/la fuente pero hacen ruido/las llaves"). Las señales, entre nubes de tormenta, le son propicias ("había pétalos,/al volver/sobre el capó del coche")

El amor va imponiendo su ritmo y con los "crespones" de la ausencia se hace, aún etérea, presencia. Todo va fluyendo fácil hacia el agua, que contiene la luz ("siempre en corriente, nunca/en lo estancado"). Pero el sueño dura lo que un espejismo ("la noche pesa en la ventana"). Lo que un poema.

Artículo nº: 54 | 02-11-2003


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