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 Viejo sarcasmo inglés

Leche materna. Edward St Aubyn.
Traducción de Fernando González Corugedo.
Anagrama, 2008. 284 páginas.


Lo primero que uno aprende sobre Edward St Aubyn puede resultar desalentador: su primera trilogía, basada en Patrick Melrose (drogadicto vejado sexualmente por su padre), tiene enormes similitudes con su vida real, pero no ha sido publicada en España. Añadir a esto que Leche Materna es más conocida por haber recibido el Premio Fémina francés no ayuda mucho a la causa. Por suerte el autor es capaz de defenderse de las comparaciones con su vida privada y de los gustos de la mujer francesa con armas literarias.

Se ha querido inscribir a St Aubyn, no sin acierto, entre la tradición inglesa de autores como Evelyn Waugh o Forster, que produjeron incisivas crónicas sobre la aristocracia británica. St Aubyn utiliza las artes del cinismo y el sarcasmo para ridiculizar a unos personajes que, sin poseer siempre la elegancia de su narrador, se desacreditan con sus disparatados actos.

Leche Materna trata, en la superficie, acerca de la decadencia de una aristocrática familia inglesa, la de los Melrose. La vieja casa familiar de la Provenza francesa, propiedad de Eleanor y en la que siempre han disfrutado de sus vacaciones en Agosto su hijo Patrick y familia, está a punto de ser donada a otra persona. Para Patrick, el hecho de ser desheredado resulta tanto más trágico (a nosotros cómico) por cuanto Eleanor, madre irresponsable a lo largo de toda su banal existencia, pretende ganarse el cielo a toda prisa cediendo la última de las grandes propiedades de su familia a un enfermero irlandés, Seamus, reconvertido en chamán o guía espiritual, quien se gana el corazón de la decrépita mujer en las narices de su propia familia. Su único fin: reconvertir la casa de Saint-Nazaire en lugar de peregrinaje new-age.

En esta novela St Aubyn se desmarca de su anterior trilogía (‘Some Hope’, en su edición británica), pese a haber decidido mantener a su protagonista. Continuidad que responde más a razones de comodidad, como reconoció en una entrevista, pues el Patrick Melrose de ‘Some Hope’ poco o nada tiene que ver con el Patrick Melrose de Leche Materna. Las razones se refieren casi únicamente a su salubridad: apartado de su adicción a la heroína y muerto el padre que abusaba de él, ahora es padre de dos hijos de una inteligencia portentosa, amante circunstancial (ante la inactividad de su mujer tras el nacimiento del segundo, Thomas) y consumidor de somníferos en cantidades industriales, así como alcohólico a tiempo completo.

Cada mes de agosto, desde el año 2000 al 2003, St Aubyn asume el punto de vista de uno de los componentes de la familia para narrar el verano familiar. La estructura en varios veranos funciona a la perfección para mostrar el paso del tiempo respecto al tema central de la herencia. Así, el primer verano arranca desde Robert, primero de los hijos de Patrick, que con apenas cinco años, comienza una mimetización asombrosamente perfecta de los discursos, gestos y fobias de su padre. Todo ello se debe a la culpable forma en que Patrick le ha ido aleccionando sobre sus luchas por mantener la propiedad de la casa de Saint-Nazaire. El extensísimo vocabulario de Robert le iguala, de partida, a cualquier adulto, especialmente a su padre. Pero sus ojos de niño de apenas cinco años sirven para que el lector y él descubran a la vez todo lo que rodea los veranos en aquella casa invadida por el absurdo. Así, ante nuestros cuatro ojos, desfilan la moribunda y empecinada Eleanor; Julia, el amor de juventud de Patrick y ahora amante; o la otra abuela, Kettle, egocéntrica y rácana, perfecto contrapunto de la generosidad apresurada de Eleanor.

Puestos en antecedentes, tenemos a una serie de personajes que divagan en discursos en ocasiones ingeniosos, rara vez profundos, pero siempre reflejo de una existencia anodina, de un hastío que el calor estival parece extender de forma agónica. Su vida es la de aquél que ha de convivir con pesadas cargas, escondiendo a los demás su verdadero yo, o expresándolo en forma de engaños casi obscenos o frases groseras en las que se culpa a la mezcla de alcohol y medicaciones varias. La aproximación de Robert es la de todo aquél a quien la aristocracia le queda lejana, y sirve como perfecta puerta de entrada durante las primeras páginas de la novela. Aunque Robert tarde un par de veranos en descubrirlo, en Saint-Nazaire no queda rastro de elegancia, las formas y la erudición nunca están puestas al servicio de la educación, y las conversaciones se basan demasiadas veces en las miradas rencorosas, constantes, al pasado.

La novela tiene una estupenda capacidad para, a partir de un tema de escaso interés (el absurdo de los ricos, los nuevos ricos y los venidos a menos), mantener un interés constante, gracias a la capacidad para intercalar sucesos cómicos (la insufrible niñera del primer verano, la familia ultrabronceada del compañero de colegio de Robert o la monumental y absolutamente inglesa, crítica a Estados Unidos a raíz del viaje a Nueva York entre moteles diminutos e inmensas casas de campo...). La fórmula se basa en un enorme sarcasmo, hiriente cuando proviene de Robert, muy hiriente cuando lo hace de Patrick, que ha servido al autor comparaciones con Oscar Wilde. Lo cierto es que, si bien el lenguaje de los protagonistas de St Aubyn es ingenioso, mordaz y erudito, la ausencia de elegancia en sus vidas, no hace sino crear un contrapunto capaz de dejarnos una mueca que no sabe si es media sonrisa o es rechazo.

De entre los aciertos, además del lenguaje y los sucesos intercalados frente a la ausencia de un tema más profundo o interesante, cabe citar el personaje de Patrick. El autor realiza la radiografía perfecta de un perdedor moderno, que "veía que aquella obsesión por no tener dinero suficiente era sólo la forma material de sus carencias emocionales". Un abogado vago, repleto de somníferos, whisky y ganas de fornicar, que alecciona a su hijo en el odio a su abuela por dejar de parecer ricos, desarrolla una actitud infantil y celosa respecto a su segundo hijo, y decide por ello no aleccionarle como al primero para que pueda salvarse de la infelicidad. El segundo verano, dedicado al punto de vista de Patrick, hubiera merecido una novela por sí solo.

Si bien la disección de las mentes adultas está muy bien construida, los discursos de los hijos adolecen de una absoluta falta de credibilidad. Resulta contradictorio reconocer que las mejores frases, las más divertidas, con permiso del peculiar humor perturbado de Patrick, salgan de boca de los niños; por muy dotados que éstos fueran, los diálogos que mantienen con los padres, el lenguaje que utilizan o las situaciones que resuelven alejan a la novela de la mínima credibilidad exigida. Son la denuncia del ridículo de los adultos, la incomprensión que comparte el lector respecto a ese mundo de formas sin fondo, pero no son defendibles en las voces de dos niños de cinco y tres años.

Pese a ello, Leche Materna es una novela que se lee con facilidad porque posee el don del ingenio, contrarrestando el que su tema apenas despierte interés. El comienzo de la novela es prometedor: "¿Por qué pretendían matarlo al nacer?" nos dice Robert, quien es capaz de recordar el momento de su nacimiento, cómo es expulsado al exterior, arrancado del cordón que le une a Mary, y cómo la leche materna será el único vínculo que le siga uniendo a su madre después. Hundida por las lecciones de vida de Patrick hacia su hijo mayor, de Mary parece brotar la necesidad de mantener esos vínculos con el pequeño Thomas, separarle de la derrota, la desheredación, el ridículo de los adultos. El capítulo dedicado a Mary parece enlazar con el arranque del relato, la idea casi existencial de Robert, pero termina por diluirse en un desenlace que retoma los acontecimientos y pensamientos más vacíos, aunque indudablemente más divertidos.

Artículo nº: 213 | 16-02-2009




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