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Ni siquiera habla de amor


Por Julio Álvarez Pineda
Ya sólo habla de amor. Ray Loriga.
Alfaguara, 2008. 176 páginas


Uno ya no sabe si el recuerdo que guarda de Ray Loriga es fruto de una autoimpuesta amnesia respecto a la etapa adolescente. Tal es la confusión que uno siente tras leer ‘Ya sólo habla de amor’. Posiblemente, esta sea la peor novela de Ray Loriga que he leído.

Recuerdo las novelas de Ray Loriga, sobre todo las primeras, con cierta nostalgia de adolescente desubicado. Mientras leía ‘Héroes’ buscaba su foto en la solapa y me preguntaba si ese tipo realmente era un autor español. Su literatura estaba llena de influencias anglosajonas, y sus referencias me parecían tan cercanas que subrayaba sus frases con avidez. Este tipo me está contando muchas cosas que a mí me pasan, este tío es un escritor “auténtico”. EL ejercicio de relectura de las novelas que nos conquistaron con dieciséis años siempre es arriesgado; muchas veces preferimos no llevarlo a cabo, pues algo nos dice que remover restos de etapas tan convulsas tiene altas posibilidades de defraudarnos. Por eso el boom literario de Ray Loriga quedó como un recuerdo; bueno, sí, pero lejano, también.

No creo que Ray Loriga se quedara estancado tras ‘Lo Peor de Todo’ o ‘Héroes’ como lo hicieran otros muchos de su generación. ‘Trífero’ es el mejor ejemplo de ello. Loriga se aleja de sus personajes arquetípicos y ensimismados, y crea una historia en torno a un impostor que posee mil identidades y ninguna a la vez. Trífero es una novela que coge del Ray Loriga joven su tono literario, pero lo lleva un paso más allá, siendo mero hilo conductor (y no protagonista, su mala costumbre) de una trama más o menos original, bastante entretenida e innegablemente ingeniosa.

Puestos ya en antecedentes, hace apenas un mes se publicaba ‘Ya sólo habla de amor’. Es inevitable preguntarse por el camino que habrá tomado Loriga en su evolución narrativa. No obstante, hacía mucho que Loriga no escribía una novela (no siéndolo ‘El Hombre que inventó Manhattan’ o ‘Días aún más extraños’) puesto que se encontraba más ocupado en su labor cinematográfica. Bastará haber leído las tres primeras páginas para comprender que ‘Ya sólo habla de amor’ no supone un paso adelante, sino una parada en seco, por no decir una involución. Y así, el crédito que todo libro merece se agota al pasar las veinte primeras páginas.

Sebastián es un tipo divorciado y con dos hijos que traduce poemas de Blake y va a una fiesta de la Embajada Suiza con la excusa de participar días después en una conferencia sobre la obra de Robert Walser (conferencia que no ha preparado), con la verdadera intención de reunirse con la mujer de la que dice estar enamorado. La novela arranca diciéndonos que su portera le ve siempre solo, pero que “sin embargo, a veces se le ve estúpidamente contento, y además, ya sólo habla de amor”.

Aquí, en el primer párrafo, arranca el problema fundamental de la obra de Loriga, en general (ya he hablado de alguna excepción), y de esta novela, en particular (muy acusadamente): la incapacidad para acoplar estética y tema, o al menos, una mínima trama. La prosa de Loriga se basa puramente en la estética, y adolece de una absoluta falta de profundidad, de contenido en definitiva. El ejemplo de la primera frase del primer personaje del primer párrafo de su novela es clamoroso: la portera dice de Sebastián, el tipo del que vamos a descubrir sus idas y venidas mentales, que sólo habla de amor, y acto seguido aprendemos que Sebastián ni siquiera saluda a su portera. Lo cierto es que la frase de la portera parece perfecta, pura estética, demasiada, porque la portera poco debe saber de lo que habla si ni siquiera la saluda.

La superficialidad de contenido es directamente proporcional a la del protagonista: describe a las personas según parámetros puramente estéticos (trajes, una y otra vez, aviones en primera clase, champán… como la mente enfermiza de Patrick Bateman). Pero Sebastián tiene ocultos hobbies que le dan ese toque culto que acaba con su credibilidad de un plumazo: le gusta traducir los poemas de Blake, siempre mal traducidos, nunca bien interpretados. Y finalmente nos habla de la mujer del baile en la Embajada , ofreciendo una de las metáforas recurrentes y repetidas una y otra vez en la novela (los soldados y los ejércitos, el mar y los barcos). Apenas hemos avanzado dos páginas. No va a pasar nada más a partir de ese momento, y todo lo que se nos cuenta después no supone ningún aporte literario respecto a esas dos primeras páginas. La obra como novela queda en entredicho, la acción de la misma no avanza en ningún sentido.

A este respecto cabría decir que Ray Loriga, como en ‘El Hombre que inventó Manhattan’, podría concentrar su carrera en series de libros de relatos o novelas cortas, y que ‘Ya sólo habla de amor’ habría funcionado mucho mejor como un relato de unas veinte páginas. La intensidad dramática a la que somete a sus personajes, casi siempre solos, casi siempre vagando por sus cerebros, funciona mejor en el espacio del relato corto o la novela corta. ‘Ya sólo habla de amor’ se queda en un relato corto que se quiere convertir en novela, y la constante inacción no hace sino refutar esta idea.

Porque nos encontramos ante una novela de inacción. A decir verdad, esto no debería ser un defecto; para Thomas Bernhard, en ‘Tala’, era la mejor fórmula para despotricar contra la falsedad de la alta sociedad. Curiosas similitudes, no obstante: la escasa acción, si es que la hay, transcurre en un salón de baile de una fiesta de la Embajada Suiza. La ‘nada’ externa de la novela, no obstante en este caso, no se ve compensada por un magnífico monólogo interior del protagonista: esta vez Loriga ha decidido que la historia sea contada en tercera persona. Son demasiadas trabas, pero sigamos.

Quizás el más clamoroso de los defectos que posee esta novela corta sea la construcción de su personaje. Sebastián nos es descrito hasta la saciedad y en mil formas distintas. Se nos presenta como un hombre frívolo a la vez que intelectual (porque traduce a Blake y habla de Walser; y, curiosamente, es escritor). Atractivo pero insignificante, de aquellos que pasan desapercibidos (pese a haber coleccionado montones de mujeres). Deprimido, con tendencia al suicidio (al menos en su mente) pero lleno de vitalidad porque sólo habla y piensa en el amor (portera dixit). Con un pésimo gusto para la moda, posee cuatro trajes mediocres, pese a mostrar un interés por la misma, y por lo material en general, y pese a que uno de sus trajes sea un nada humilde Paul Smith. Las contradicciones son interminables y, lo que es peor, indisimuladas.

No obstante, la novela sólo gira en torno a la descripción de Sebastián: un personaje desconcertante porque todo lo que hemos aprendido o imaginado sobre él nos es descrito en la página siguiente según los atributos opuestos. Todo ello viene apoyado en símiles y símiles que no son sino un llano en el que Loriga despliega su colección de frases geniales. Parece pensar uno que cuando completa una libreta tamaño cuartilla de frases geniales, decide emprender una nueva novela en la que intercalarlas. Porque las hay, pero en contadas ocasiones sirven de apoyo a la narración. Muy al contrario, el lector asiste impasible a cómo, cuando se estaba desarrollando algún tipo de reflexión, ésta nos es interrumpida por un símil o frase genial que tan pronto podrían servir para epitafios o cabeceras del Messenger de jóvenes sensibles.

Algunas rozan lo ridículo: “Sebastián soñaba con desmayarse como otros sueñan con un deportivo descapotable o una maleta llena de billetes”;

Finalmente, debe hacerse mención a otra de las críticas que más ha recibido Ray Loriga: el carácter autobiográfico de sus obras. No entraré a valorar si Loriga ha pasado de joven-que-quiere-ser-estrella-del-rock a escritor que viste de Paul Smith y se enamora de mujeres que van a bailes de Embajadas. Bastante se ha querido mezclar a Loriga con su obra. Lo que sí debe ser digno de mención es que se ve al autor detrás de cada página. El autor está sin querer asumirlo, y el narrador en tercera persona es una herramienta inservible para distanciarse de Sebastián. Resulta curioso ver cómo su personaje dice en uno de los pocos diálogos de la novela: “Una novela es una novela. No tiene nada que ver con la vida.” Menos mal…

‘Ya sólo habla de amor’ es una novela fallida. Una novela corta fallida. Con descripciones inverosímiles, con frases que, sin una segunda lectura (no la hay, no se busque), parecen absurdas… ‘Trífero’ era esa novela en la que Loriga juntaba sus frases geniales, su prosa personal, con una historia de cierto recorrido, con tintes de misterio, algo cinematográfica, divertida, ingeniosa. Daba un paso interesante, construyendo sobre la mera estética. ‘Ya sólo habla de amor’ es una novela que sólo me ha hecho acordarme de sus primeras novelas.

Pienso en el sabor de boca que me dejaron ‘Lo Peor de Todo’ o ‘Héroes’, y en que la forma es tan parecida a lo que recuerdo que me veo tentado a releerlas. Pero a veces con la literatura es mejor dejar vivas las sensaciones. Si ‘Héroes’ dejó ese gusto con la misma estructura que esta novela, contando muy poco o nada más allá de dar vueltas en la habitación de un chico en punto de ebullición, quizás deba permanecer así en el recuerdo. Ahora Loriga tiene cuarenta años y ha decidido volver a un personaje ensimismado, pero que esta vez sólo habla de trajes y viajes en primera clase, de cómo visten las mujeres altas y guapas, mientras intercala citas de Pavese, Blake o Walser. No sé qué homenaje a Walser constituye escribir una novela sin contenido como negación de la escritura, ni hablar del suicidio de forma tan vaga…

Quizás antes Loriga hablara de algo, o así me gustaría recordarlo. Lo cierto es que ahora ni siquiera habla de amor.
13-11-08, 00:23 | Autor: Julio Álvarez Pineda

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