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La sociedad de la decepción
Por Diego S. Garrocho Salcedo
”La sociedad de la decepción”, Gilles Lipovetsky. Anagrama, Colección Argumentos, 2008.

La idea, desde luego, no parece nueva. Desde Rousseau a Nietzsche, pasando por Schopenhauer, el pesimismo literario de finales del XIX y, de manera más explícita, Adorno y Horkheimer, la esperanza desarrollista que desde el sapere aude kantiano inspiró el gran proyecto ilustrado ha sido puesta en cuestión. La dimensión instrumental de razón, el desarrollo y cumplimiento del capitalismo, el asentamiento de la democracia y el acontecimiento pleno de las sociedades del bienestar han generado nuevos (y anunciados) obstáculos a la felicidad individual. El postestructuralismo francés y la filosofía de la sospecha, marco intelectual frente al cual se inicia la obra de Lipovetsky, dirigieron su crítica a la Modernidad al poner de manifiesto que su propuesta liberadora, emancipadora y progresista no hacía sino reproducir, a partir de estrategias algo más sofisticadas, los mismos mecanismos coactivos y represores que trataba de combatir.

Textos como “La era del vacío” (1983) o, más concretamente, “El crepúsculo del deber” (1992) sirvieron a Lipovetsky para desmarcarse de esos argumentos críticos con la Modernidad al significarse como analista de un tiempo presente en el que la denuncia posmoderna coincidía con el cumplimiento de su vindicación. El valor del individuo, la atomización de los intereses, la proliferación masiva de alternativas de consumo y la legitimación del hedonismo narcisista resultantes serían factores mucho más determinantes para la frustración cotidiana y el pesimismo social que la esperanzada cosmovisión moderna. Así pues, la crítica de Lipovetsky más que apuntar al origen de la Modernidad parecía remitirse a la deconstrucción alternativa que tanto éxito cosechaba en el panorama intelectual contemporáneo de su Francia natal.

Doble es el riesgo de una postura semejante. De una parte, no faltaron quienes consideraron excesivamente pesimistas las tesis de Lipovetzsky puesto que, a fin de cuentas, ninguna ideología del pasado parecía haber garantizado unas cotas de bienestar, garantismo y libertad comparables con las que actualmente reconocemos en el mundo desarrollado. Al mismo tiempo, ciertos sectores alineados con la posmodernidad crítica tildaron de reaccionario su discurso al entrever una cierta nostalgia o añoranza por un gran relato ideológico triunfante. Independientemente de lo certeras o atinadas que pudiéramos considerar dichas consideraciones, parece claro que Gilles Lipovetsky asume en su recién publicado “La sociedad de la decepción” la necesidad de aclarar o matizar algunas de las tesis defendidas en libros anteriores. El marco ideológico inicial, desde el título, sigue siendo el mismo. Retomando la vieja vocación filosófica que inauguraran Platón y Aristóteles, este profesor de filosofía emprende un diagnóstico del tiempo presente en busca de las condiciones de una buena vida en la que la felicidad pueda plantearse como legítimo horizonte de sentido para cada individuo. El libro, sin embargo, no será tanto un recetario de preceptos que el lector deba asumir para procurarse un ideal de vida sino que, desde una crítica más o menos esperanzada, trata de evaluar y significar las causas del generalizado desencanto que impera en nuestra sociedad.

“La sociedad de la decepción” inaugura un nuevo formato en la obra de Lipovetzsky ya que, lejos de componerse en forma de ensayo, este nuevo título adquiere forma de conversación o entrevista. En algo más de cien páginas, Bertrand Richard realiza una nutrida entrevista ordenada en tres bloques: "La espiral de la decepción", "Consagración y desencanto democráticos" y "La esperanza recuperada" para abordar cuestiones ya habituales en la filosofía de Gilles Lipovetsky. La sociedad de consumo, el fracaso de la educación contemporánea, el descrédito de las ideologías son analizadas como áreas sintomáticas de la atmósfera de decepción característica del mundo desarrollado. La estrategia argumental seguida en este libro no resulta especialmente original con respecto a las anteriores publicaciones. Occidente ha materializado las prometedoras condiciones de bienestar, democracia y hedonismo que en otro tiempo sirvieron como inspiración para la revolución y el progreso. Sin embargo, una vez acontecida la promesa, el fin de la historia que anunciara Fukuyama parece no haber sido un final feliz. Los índices de depresión crecen, el descontento de la ciudadanía con la clase política lejos de incentivar nuestra conciencia crítica ha generado una atmósfera tan apática como desesperanzada y la ausencia de referentes ideológicos estables ha provocado una desorientación generalizada a la hora de regir nuestras vidas.

El diagnóstico, según vemos, parece clásico en la obra de Lipovetsky. Asumiendo la propuesta del título, la sociedad desvelaría su decepción a partir de su ilimitada capacidad de optar y, por tanto, de desear. El marco capitalista de producción favorece y garantiza una inmensa demanda que, al tiempo que sirve de incentivo para nuestra libertad de opción, imposibilita toda posibilidad de satisfacción. El paradigma de la producción ha cedido el testigo a un nuevo modelo, el de la seducción, mecanismo omniabarcante que rige las leyes del mercado no sólo de bienes y servicios sino también de relaciones, afectos, compromisos, esperanzas y proyectos personales. La libertad y la igualdad de los ciudadanos, conquistas hoy incuestionables, han inaugurado nuevas formas de decepción íntimas y subjetivas que nos responsabilizan del éxito o fracaso de nuestra vida. Los procesos de personalización, diferencia e individuación han propiciado que las experiencias de frustración adquieran todo su sentido en la esfera estrictamente personal. El deseo, lejos de conducirnos a la anunciada felicidad de la satisfacción, corre siempre el riesgo de convertirse en decepción a partir de un mecanismo doble: o bien no podemos conseguir aquello que deseamos, o bien aquello que deseábamos no resulta ser tan satisfactorio como imaginamos en un principio. Ambas condiciones encuentran en el mundo contemporáneo un privilegiado acomodo. La principal estrategia de la sociedad del hiperconsumo consistiría, precisamente, en generar necesidades indefinidamente por lo que la aspiración del deseo siempre quedará irresuelta. Al mismo tiempo, por optimistas que seamos, parece claro que a pesar del desarrollo y del garantismo político, ni siquiera en ámbitos estrictamente locales encontramos una igualdad de recursos que favorezca una competencia perfecta entre individuos.

Pocos son los argumentos novedosos que Lipovetzsky presenta en este libro. Sin embargo, al tratarse de una entrevista efectuada en base a sus publicaciones anteriores, el lector podrá encontrar matices o aclaraciones útiles para comprender la propuesta global de este autor. Sí cabría señalar que, justamente, por la estructura conversacional del texto, en ocasiones sería deseable una mayor exigencia argumental. El formato de entrevista puede servir de excusa para justificar la superficialidad y la brevedad con la que se resuelven ciertos temas (especialmente las razonables críticas que, al hilo de lo expuesto, va realizando Bertrand Richard) pero, por momentos, la propuesta de Lipovezsky parece un tanto insuficiente. Leída aisladamente, “La sociedad de la decepción” puede satisfacer a lectores curiosos y no habituales de este autor que quieran acercarse a la comprensión y diagnóstico de uno de los filósofos más mediáticos de la Francia contemporánea. Comparando, sin embargo, este libro con el resto de la producción de Lipovetsky, parece probable que aquellos lectores que aspiren a una teorización más sistemática y específica no colmarán plenamente con “La sociedad de la decepción” sus expectativas.
11-07-08, 18:10 | Autor: Diego S. Garrocho Salcedo | Volver a página principal 

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