Apuntes sobre poesía reciente de los Estados Unidos y nuevas traducciones en EspañaA pesar de que en Estados Unidos se dudaba, en las últimas décadas del siglo XX, de la legitimidad de una poesía acusada de oscuridad e irrelevancia, de ser demasiado exclusivista e institucionalizada (tan sólo hay que leer la gran cantidad de artículos que por esos años se publicaron advirtiendo de la muerte de la poesía, y de paso dando pistas para buscar y encontrar a los responsables de tan funesto acontecimiento), sin embargo, su importancia es cada vez mayor: el interés lector es creciente, proliferan las lecturas poéticas en todo el territorio americano, se editan más libros y ejemplares que nunca, las antologías son múltiples e inabarcables, y aumentan los asistentes a programas y talleres de escritura creativa. El mapa poético es amplio y diverso, marcado por una multiculturalidad y un dinamismo difíciles de definir en trazos generales.
Tanto para quienes proclaman la muerte de la poesía, como para quienes la ven más viva que antes, existen argumentos en defensa de sus posiciones. Muchos citan a Walt Whitman cuando dijo que “para tener grandes poetas, es necesario tener también un gran público”; pero son menos los que recuerdan a Delmore Schwartz afirmando que “para tener una gran poesía es necesario contar con grandes poetas”. La poesía norteamericana puede presumir de amplio público y de grandes y buenos poetas. Quizás Billy Collins (Nueva York, 1941), del que se han editado recientemente dos libros (Navegando a solas por mi habitación, DVD, 2007, traducción de Eduardo Moga; y Lo malo de la poesía y otros poemas, Bartleby, 2007, traducción de Juan José Almagro Iglesias) sea el mejor ejemplo, pues su obra es muestra fehaciente de esa unión de contrarios: calidad y popularidad, inteligencia y descaro, claridad y exigencia, seriedad e ironía, lo que le hace ser admirado tanto por la crítica académica como por un lector implicado en sus vivos poemas.
La poesía de los años 50 puede explicarse a través de movimientos ya canonizados, basta con recordar las cinco escuelas que Donald Allen establece en su antología
The New American Poetry, 1945-60, a saber: “La escuela de Black Mountain”; “La escuela de San Francisco”; “Los poetas Beat”; “La escuela de Nueva York”; y aquellos poetas adscritos al surrealismo y al existencialismo. Corrientes y tendencias a las que habrían que ir sumando las nacidas a finales del siglo, y que incluirían, además de aquellos poetas inclasificables y de una personalidad propia, a los que podríamos englobar dentro de amplios grupos y denominaciones: los tradicionalistas; la poesía de mujeres y el feminismo; los poetas étnicos (chicanos, latinos, afroamericanos, asiáticos, nativos americanos); la escuela del lenguaje; los experimentalistas y el nuevo formalismo, entre otras muchas tendencias de escritura. Sin embargo, la poesía actual no encuentra retrato definido, pues declara una imagen descentralizada en múltiples modos y facetas, menos polarizada y más independiente. Un potente caleidoscopio de formas y dibujos, que es muestra de radicalidad democrática. Coexisten lo tradicional y lo experimental; la métrica y el verso libre; el poema lírico y el narrativo; la identidad subjetiva y la experiencia personal conviven con fórmulas objetivas y posmodernas, o la simple narración de historias.
Repasando los últimos galardonados con el mediático Premio Pulitzer, o los antologados entre otras, en las sucesivas y repetidas ediciones de
The Best American Poetry o
The Oxford Book of American Poetry, el abierto panorama se confirma. Pero si preguntamos al lector español sobre poesía norteamericana, su conocimiento quizás no llegue más allá de la Generación Beat, de Charles Bukowski y Raymond Carver, o la presencia abrumadora, y con razón, de esos grandes budas que son John Ashbery (Rochester, Nueva York, 1927) y Wallace Stevens (Reading, Pennsylvania, 1879-1955) de quien acaba de aparecer
La roca (Lumen, 2008, traducción de Daniel Aguirre), una exhibición de conocimiento y capacidad de reflexión poética, una palabra desnuda pero intensamente hermosa, compendio y suma de una obra tan abrumadora como influyente. Pero como decíamos, y a pesar de las figuras de renombre, tras ellos sin embargo, hay mucha más vida poética, amplios deseos de rebelarse contra la naturaleza misma de la lengua y contra su referencialidad.
En los últimos años, gracias a destacados traductores y al esfuerzo editorial, el panorama ha empezado a cambiar. De los nacidos en la década de los años treinta, varios han sido los poetas importantes traducidos, entre ellos Robert Creeley (Arlington, Massachussets, 1926-Odessa, Texas, 2005); Charles Wright (Pickwick Dam, Tennessee, 1935), del que aparecerá este año
Breve historia de la sombra (DVD, versión de Jeannette Lozano Clariond); Charles Simic (Belgrado, Yugoslavia, 1938), del que Jordi Doce ya tradujo una antología en 2004 (
Desmontando el silencio, 4 Estaciones, Ayuntamiento de Lucena, Córdoba) y del que se anuncia una nueva recopilación antológica de sus últimos libros,
La voz a las tres de la madrugada (traducido por Martín López-Vega para DVD), sin duda uno de los poetas mayor de la actualidad, y equiparable en altura, influencia e importancia a John Ashbery, pues Simic posee una voz dramática e irónica a la vez, una escritura en la que los espacios y las palabras comunes dan cuenta de las luces y las sombras, entre la amenaza y la dulzura, de un mundo cercano, poblado de calles y escenarios casi de cine negro, extraño y celebrado; Peter Redgrove, o Mark Strand (Summerside, Prince Edward Island, Canada, 1934) del que Pre-Textos publicó la antología
Sólo una canción (2004, selección y traducción de Eduardo Chirinos), uno de los poetas de mayor influencia europea, tan irracional y mítico como inteligente y cotidiano, cercano a los citados Simic o Wright y a la humana subjetividad de los cuadros de Hopper, pero con una intensa preocupación por la naturaleza de la identidad propia.
Mención aparte merece la obra de C. K. Williams (Newark, New Jersey, 1936) con dos libros recientes:
Reparación y
El canto (Bartleby, 2007 y 2008, en versiones excelentes de Jaime Priede), quizás el más original de su generación, con poemas y versos extensos, casi como prosa en continuo desarrollo y profundamente dramáticos, fruto de un estilo documental e introspectivo, y de escritura descriptiva que revela estados de enajenación y engaño, la relación entre lo público y lo privado en el mundo urbano de la América moderna: reparación, consuelo, confesión y canto, pura luz de la existencia. De la legendaria y audaz Sylvia Plath (1932), Bartleby acaba de publicar, por primera vez en castellano, la edición de su
Poesía completa, a cargo de Xoán Abeleira, que nos ofrece una versión envidiable y una edición casi magistral, si no definitiva. Igual que Sylvia Plath, de Anne Sexton (Newton, Massachussets, 1928-Boston, 1974), que fue también apasionada, turbulenta y suicida, acaba de aparecer
Vive o muere (Vitrubio, 2008, en inmejorable edición de Julio Mas Alcaraz), y que es uno de sus libros más famosos y celebrados, pues en él se recogen muchos de sus poemas más conocidos y mejor valorados por la crítica; premio Pulitzer en 1967, sigue manteniendo la misma fuerza y desgarro consecuencia de esa lucha destructiva entre la vida y la muerte, entre la razón y la enfermedad mental, entre el sueño y la realidad. Sexton rompió casi todas las reglas del juego poético, abordando con gran habilidad y novedosas técnicas, temas tan provocadores como la masturbación, el aborto, la infidelidad, las drogas, la menstruación, los problemas mentales y la muerte.
De los más actuales dan cuenta dos antologías:
Líneas conectadas: nueva poesía en los Estados Unidos (editada por April Lindner, Sarabande Books, 2006) y
La diferencia entre Pepsi y Coca Cola: antología de poesía norteamericana contemporánea (selección y traducción de Julio Mas Alcaraz, Vitruvio, 2007), cuyo título procede de uno de los poemas seleccionados de David Lehman (Nueva York, 1948), sin duda uno de los poetas más interesantes y clarividentes de la actual poesía norteamericana, y que esperamos pronto sea traducido. De los diez seleccionados por Julio Mas, dos ya habían sido traducidas: Sharon Olds y Louise Glück (Nueva York, 1943), de quien ha aparecido
Ararat (Pre-Textos, 2008, traducción de Abraham Gragera), un retrato familiar despiadado que transforma materiales domésticos en actos de confrontación desnuda, con poemas hermosos e inflexibles, de una lúcida serenidad. Junto al ya citado Billy Collins, una de las poetas más importantes es Jorie Graham (
La errancia, DVD, 2007, traducción de Julián Jiménez Heffernan), con una escritura en los límites de la lengua y el significado, donde el error se muestra como forma de aprendizaje en un mundo desprovisto de valores: su materialidad y su aliento trágico surgen de mecanismos narrativos, de una conciencia expresiva que da cuenta de una identidad percibida en el discurso poético. Del resto de antologados, acaba de aparecer
Afortunada de mí de Denise Duhamel (Bartleby, 2008, prólogo de Thomas Fink, traducción de Dagmar Buchholz y David González), libro todavía inédito en su país de origen, y que en el agudo ingenio de la exploración personal, social y cultural de sus poemas, comunica con intensidad, humor e ironía feministas, la naturaleza existencial de la Norteamérica de hoy.
Y otros más que han visto la luz recientemente, como Robert Hass (
Tiempo y materiales, Bartleby, traducción de Jaime Priede), el primer libro traducido en España de este poeta estadounidense, un poemario galardonado con el National Book Award y con el Premio Pulitzer de Poesía en 2008; poemas que descansan en la energía física y la deslumbrante confusión del mundo actual, y donde a la historia privada se suman la historia social y política de su país; un libro emotivo y realista a la vez, ejemplo y medida de la mejor poesía norteamericana del momento. Y otros poetas más, y que aparecerán en breve, tal es el caso de Alice Notley (
El descenso de Alette, Bartleby, traducción de Martín Rodríguez Gaona), la personal y sensible independencia de una madre y esposa que huye de significados metafísicos; o Tony Hoagland del que en breve tendremos también libro.
Este recuento acaba con
De otra manera de Jane Kenyon (Pre-Textos, 2007, traducción de Hilario Barrero), antología de la que es considerada, tras su muerte en 1995, una de las más populares poetas contemporáneas: versos conmovedores, de una sugerente sencillez que, desde lo cotidiano, nos sumergen en el universo agudamente fiel y humano de los misterios de la vida, con una intensa calma frente a decepciones y tragedias rutinarias. Para este mismo año, Bartleby anuncia otra novedad: la traducción por Marta López-Luaces de los
Selected Poems de Robert Duncan (1918-1988), uno de los más influyentes poetas homosexuales de posguerra, cuyas innovaciones técnicas hacen del poema un ejemplo de proceso orgánico consistente e imaginativo. Y quizás desviándonos un tanto de la actualidad de la poesía norteamericana contemporánea, no podemos dejar de dar cuenta de la publicación, imprescindible, de las
Poesías completas de William Faulkner (Bartleby, 2008), reunidas por primera vez en castellano por Eduardo Moga y Daniel C. Richardson. De lo que no tenemos dudas es de que, en la suma final de voces e identidades representadas en la poesía norteamericana, el lector podrá encontrar y descubrir, en variadas atmósferas y registros, inmejorables y luminosos ejemplos de una palabra esperada.
24-11-08, 19:53 | Autor: Antonio Ortega