"El constructor de ruinas", Herbert Rosendorfer. Traducción de Roberto Bravo de la Vega. Acantilado, 2007. 484 páginas.
Con "El constructor de ruinas", de Herbert Rosendorfer, Acantilado ha añadido a su catá¡logo una novela entretenida. Tan entretenida, que hacia la pá¡gina cien (de quinientas) se ha vuelto insulsa; hacia la pá¡gina doscientos, irritante; entre la trescientos y la cuatrocientos, uno está ya pensando en otra cosa, y al final, precisamente por la ausencia de un cierre que justifique tanta dispersión (más implorado que esperado a esas alturas), mediocre. Sorprendentemente, en una editorial caracterizada por su buen criterio a la hora de elegir sus publicaciones, encontramos en "El constructor de ruinas" un libro que no es malísimo ni bueno, un libro bastante flojo, sin má¡s.
La novela no es más que un juego de cajas chinas en las que, sin que haya otra razón que insertar una historia tras otra en la débil línea narrativa, los personajes sueltan largas parrafadas al protagonista. Lo hacen, dicho sea de paso, con el mismo lenguaje exactamente que el narrador principal, destruyendo por completo cualquier tentativa de buena voluntad por parte de este crítico. Además, van entrando a la historia de forma muy artificiosa, diciendo cosas enigmáticas que no significan nada, y conociendo, por ciencia infusa, los pensamientos y la vida del atónito e ingenuamente dibujado personaje central.
Las historias van desde el absurdo divertido a lo cursi, pasando, frecuentemente, por la acumulación de anécdotas. Si un lector está buscando un libro lleno de historias, un libro en que constantemente se encuentran detalles sarcásticos y donde, de paso, se habla mucho de absolutamente todo, desde la música clásica, a la política veneciana diechiochesca, no estaría mal regalarle éste. Pero si uno cree que Rosendorfer es, como he llegado a leer en algún momento, un discípulo aventajado de la línea literaria de E.T.A. Hoffman, yo, por lo menos, intentaría convencerlo de lo contrario. No quiero tampoco aberrar y nada más de una novela que me ha divertido. Si uno se abstiene de mencionar la longitud del manuscrito, y saca una radiografía, puede incluso encontrarse cierta semejanza entre la estructura del libro y la de las composiciones musicales clásicas. La fabulación está ejercitada al extremo, y no me cabe duda de que charlar con Rosendorfer, que será cultísimo e imaginativo, debe ser una experiencia muy aconsejable. Pero repito, su novela son quinientas páginas de espuma.
El personaje central tiene la mala fortuna de ir por un mundo onírico encontrándose con personas y autómatas salidos de un cuento, que deciden hacerle partícipe de sus historias personales. Muchas de ellas, se remontan a siglos pasados, y aportan a la novela un aura que poco a poco se define con una palabra inesperada: modernismo. Lea si no algo como esto, e intente soportarlo sin echarse a reír: "En los puntos donde un claro todavía iluminado por el sol se abrÃa a la vista con su césped brillante y sus bancos de piedra, no me habría sorprendido ver llorar a un pastor por su Filis perdida, o a un grupo de pastoras bailar al son de un rigodón que un taimado, aunque inofensivo fauno, tocara con su flauta de caña." No puedo precisar si es el mismo escritor quien gasta la broma y se ríe de sí mismo, dada la prolijidad de este tipo de descripciones.
En "El constructor de ruinas" (por cierto, apelativo de uno de los personajes más irritantemente divertidos) todo sucede a través de las narraciones yuxtapuestas, en palacios y jardines abandonados donde la figura de la paloma y el cisne es frecuente, y donde, vacíos de simbolismo, los signos resultan molestos y un poco kitch. Se conjuga mal el binomio "estilo poético-humor absurdo", diría yo, y por ahí se desangra el estilo. La originalidad, que Rosendorfer se esfuerza en dejar patente a cada instante, no lleva a ninguna parte. No hay una superestructura que articule las historias, ni una línea definida. Y si la hay, no es lo importante, dada la dispersión de los elementos unificadores, y la profusión en disgresiones. El viaje en un tren en que seiscientas monjas van a Lourdes, con el que prometedoramente se abre la novela, es un paréntesis que abre y cierra este juego de cajas chinas. Lo que hubiera podido ser un libro de relatos al estilo de fábula cursi de Rubén Darío, fragmentado y relativizado, eso sí, por su sentido del humor un poco posmoderno, se convierte en una intentona de novela con referencias a Thomas Pynchon (que en 1969, cuando se publicó la que nos ocupa, había publicado ya sus dos primeras novelas) en detalles como la elección de los nombres y la invención de aparatos surrealistas, pero sin ningún tipo de fuerza ni de unidad nuclear. "Lo diseñó como un enano, porque, como demuestra la experiencia, los robots de grandes dimensiones no tienen reparos en volverse contra su amo". Algo así le ocurre a Rosendorfer con su novela. Curioso.
Se habla de que Rosendorfer es un gran humorista de la literatura. Esto, me obliga a ponerlo al lado del inmenso Lawrence Sterne, o de John Kennedy Toole por ir más cerca, o, por dejar la cosa en "humorista", junto a Tom Sharpe. Pero ni aun así salen las cuentas. Un humorista lo es hasta que empieza a explicar sus propios chistes. Y Rosendorfer lo hace frecuentemente, como si recelase del factor sorpresa, o de las luces de su lector. Su narradores se disculpan. Hablando de un mendigo, por ejemplo, el protagonista dice: "Aquello hizo que me volviera bruscamente. Me quedé contemplándolo desconcertado, preguntándome qué habrá querido decir con esa observación. En lugar de una respuesta, me dio una tarjeta de visita" hasta aquí, uno se ríe. Pero luego, el narrador añade: "(imagínese, un mendigo que dispone de tarjeta de visita)".
Para escribir una novela cuyos elementos centrales sean la sorpresa, la imaginación, y la originalidad temática, hay que ser un genio. Sólo el talento indiscutible puede cohesionar una colección de inventos, que por otra parte, si no están escritos con verdadera gracia, resultarán aburridos al lector.
"El constructor de ruinas" es hacer un viaje muy largo en un tren repleto de excéntricos que amenizan el trayecto hablando al pasajero de ciudades antiguas y de sus antiguos esplendores, cuyas voces, acumuladas, dejan al final una imagen dulce e irónica de la historia de Europa. Dicho así, puede sonar bonito. Incluso, quién sabe, si uno cae en el transiberiano con este libro únicamente en la maleta, el viaje puede resultar mucho más entretenido. Pero la vida no es un viaje en tren. Las librerías y las editoriales se han consagrado últimamente a publicar obras maestras sin dejar un respiro, y hay veces que tomarse un respiro, sin más, es desaconsejable.
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