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Revista de literatura crítica ~ Escuela De Letras
El Crítico: revista de literatura crítica de laESCUELA DE LETRASEl Crítico es la base de datos de la Revista de literatura crítica de EDL. Dirigida por Juan Soto Ivars y Julio Álvarez Pineda, El Crítico promueve una crítica cultural rigurosa y desvinculada de intereses económicos. Edita: Ernesto Bottini.
In illo tempore
Por Ernesto Bottini “Las fuentes del Pacífico”, Jesús Ferrero. Editorial Siruela, Colección Nuevos Tiempos. Madrid, 2008. ¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche! Aquella eterna fonte está escondida, qué bien sé yo dó tiene su manida, aunque es de noche. Su origen no lo sé, pues no lo tiene, más sé que todo origen della viene, aunque es de noche. San Juan de la Cruz Si “la mitología es un acuerdo con el mundo –según escribiera Roland Barthes en Mitologías-, pero no con el mundo tal como es, sino tal como quiere hacerse”, la función del mitólogo reside en desvelar la naturaleza de este acuerdo y brindar las coordenadas de inteligibilidad del mito. El mitólogo trabaja con la hipótesis de que el mito es una deformación, un alfabeto de significados que se entretejen para formar un discurso de largo recorrido. Significado y significante son dos caras de un mismo objeto cuya activación depende de un acuerdo tabulado y que pertenece a la historia. El mito no es eterno sino que se inscribe en una genealogía que posibilita su capacidad significante. Sirva esta perífrasis como prólogo necesario para el trabajo hermenéutico que propongo sobre “Las fuentes del Pacífico” (Siruela, 2008), el más reciente libro de Jesús Ferrero, el escritor español que con mayor dedicación y elocuencia teje la materia mítica en sus obras. “Las fuentes del Pacífico” es una narración en muchos sentidos clásica: tiene los elementos que se ajustan a la convención del relato de aventuras, distribuye las tensiones de la acción según prescribe la ortodoxia del género y participa de las sugerentes intrigas y tribulaciones del viaje iniciático. Ferrero sabe, según queda plasmado en sus obras desde “Bélver Yin”, que toda novela es la narración de un descubrimiento, un aprendizaje y una iniciación. Así, en esta novela, la peripecia está definida por una búsqueda necesaria de unos orígenes remotos que encierran, como cualquier mito genésico, un tesoro de ambiguo valor. “Las historias míticas –afirma Roberto Calasso en Las bodas de Cadmo y Harmonía- siempre son fundadoras. Pero pueden fundar tanto el orden como el desorden”. La duplicidad y basculación de los contrarios será una constante en esta obra de meditada factura filosófica. Siguiendo el consejo de Raymond Chandler de que la crítica, para ser buena, debe “percibir y evaluar” el tema de la obra, para desentrañar el significado de la fábula narrada en esta novela me serviré de la interpretación que Heinrich Zimmer hiciera de una antigua leyenda jasídica, que no es otra que una versión de “Historia de dos que se soñaron”, una muy extendida narración que ya se encuentra en “Las mil y una noches” y que también fue elaborada por J.L. Borges. Zimmer comenta que “el verdadero tesoro, el que pone fin a nuestra miseria y a nuestra desgracia, nunca está muy lejos, no es preciso buscarlo en un lejano país, yace envuelto en los lugares más íntimos de nuestra propia casa, es decir, de nuestro propio ser […] Pero ocurre el hecho singular y constante que es sólo después de un piadoso viaje en una región lejana, en un país extraño, sobre una tierra nueva, que el significado de esa voz interior que guía nuestra búsqueda podrá revelarse a nosotros”. Esta revelación, en el caso de Benito Caval, el personaje sobre el que se apoya el narrador de “Las fuentes del Pacífico”, se dará tras un arduo itinerario de nostalgia y obstáculos que lo pondrán a prueba hasta el final, hasta salir transformado tras la orgía de destrucción en la que se convierte el viaje a las fuentes originarias del océano. Benito Caval hereda, junto a su hermano y antagonista Leónidas, un mapa y una serie de objetos que guiarán el camino hacia las fuentes. Pero el mapa no es el territorio, y en el territorio de Kaolai, la misteriosa y embrionaria isla en el Océano Pacífico, sus habitantes reciben a los enviados de los dioses (Jean y John, descubridores del tesoro, fabuladores del mito originario) como una continuidad en el cuidado de la creación. Ferrero diseña esta tribu con la minuciosidad del etnógrafo, desplegando una compleja red de creencias, ritos y parentescos, sin olvidar la punzante pregunta que se formulara Levi-Strauss en “Tristes trópicos”: “¿Puede el etnógrafo escribir otra cosa que confesiones?” (Desde Clifford Geertz, la antropología estudia con transparencia la figura del autor en el texto y la resonancia testificante del “estar allí”). Cualquier relato literario, en este sentido, puede pensarse como la confesión de una imaginación particular, y en esta obra lo confesado adopta la forma de un prototipo comunitario coherente y verosímil. “Estas cosas jamás sucedieron”, podría decir Ferrero siguiendo a Salustio, “pero existen siempre”. Como toda sociedad arcaica, la de Kaolai repite periódicamente la cosmogonía y sus actos fundacionales, y vive literalmente con la única referencia del presente del indicativo, un grado cero frente al subjuntivo o al imperativo. La “caída en el Tiempo” se dará, de acuerdo con la guía de Mircea Eliade, con la des-sacralización del trabajo, que en el caso de “Las fuentes del Pacífico” se producirá a partir de la conciencia de la esclavitud a la que son sometidos los indígenas para extraer y transportar el oro que el vientre de Kaolai expone con inédita pureza y accesibilidad. En el jardín de las Hespérides El tesoro que aguarda en las fuentes es el oro, el producto de la maduración íntima que transmuta el mercurio en metal noble, la conjunción del alma y el cuerpo en existencia virtuosa. Pero esta es sólo su cara visible, la primera aproximación y la primera tentación de los viajeros no iniciados. La transmutación verdadera (las Bodas Químicas), sin embargo, se produce entre las fuerzas de la luz y la oscuridad, entre el caos y el orden, ya que la auténtica esencia de la alquimia, en definitiva, consiste en la búsqueda del ser y de la felicidad, dos elementos claves y recurrentes en la novela. Jean y John (la prehistoria del relato) representan la encarnación del Gran Arquitecto, y tienen mucho de masones: “¿Acaso mienten los que definen la masonería como la unión íntima entre hombres que, sirviéndose de los símbolos de la albañilería y la arquitectura, aspiran a crear un mundo sin antagonismos de nacionalidad, odios raciales e intolerancias religiosas?”. Y es justamente la conciliación entre los contrarios la que preña esta obra, pero también una preocupación general en la novelística de Jesús Ferrero: “Podemos decir que hemos cruzado el umbral del mito –sigue Calasso- sólo cuando advertimos una repentina coherencia entre incompatibles”. En “Las fuentes del Pacífico” leemos: “Las sombras de las nubes opalescentes se confundían ahora con la laguna, y parecía que la isla centelleaba y se elevaba hasta el cielo formando una misma masa con ellas. Era como habitar la más perfecta plenitud y el más perfecto vacío. Estaban ausentes y a la vez en el centro de ellos mismos…”. Sirvámonos de Eliade para ubicar esta imagen en el lenguaje mítico: “Describiendo la situación primordial, los mitos revelan su carácter paradisíaco, por el hecho mismo de que el Cielo estaba in illo tempore muy cerca de la Tierra, de modo que se podía tener acceso fácilmente entonces al Cielo trepándose a un árbol, por una liana o una escalera o bien escalando una montaña. Cuando el Cielo fue brutalmente separado de la Tierra, esto es, cuando se volvió lejano, como en nuestros días, cuando el árbol o la liana que juntaban la Tierra con el Cielo fueron abatidos, o cuando la montaña que tocaba el Cielo fue aplanada, la etapa paradisíaca tocó a su fin y la humanidad adquirió su condición actual”. La caída en el tiempo es tan irreversible como incuestionable, y sus efectos alcanzan las zonas más tenues de la existencia. Georges Dumézil, estudiando el simbolismo del oro en la cultura germánica, concluye que para ese imaginario es una sustancia ambivalente, de doble polaridad, donde representa a la vez riqueza y causa de desgracias. Ateniéndonos a que el discurso de los invasores de Kaolai responde a la imagen de los hiperbóreos, y que éstos representan la imagen mítica de los invasores indoeuropeos (y para los griegos, según Giorgio Colli, “un pueblo fabuloso del extremo norte”), podemos interpretar el hallazgo del tesoro de las “manzanas de oro” como el agente del rito de iniciación, ambiguo, de doble faz. Gilbert Durand señala, en “Las estructuras antropológicas de lo imaginario”, que el oro “es a la vez color celeste y solar, pero también quintaesencia oculta, tesoro de la intimidad”. Rito de iniciación, entonces, con doble valor simbólico: “El oro estaba influyendo en todos poderosamente. La conciencia del pasado, el presente y el futuro se modificaba. Lo que parecía oscuro se llenaba de una luz azafranada. Nada de lo que antes resultaba prohibido lo era necesariamente ahora”. Cada uno de los personajes se verá enfrentado a las imágenes que proyecta sobre el metal y a la representación que hace de su valor (el oro es el simulacro: es una mercancía más, pero capaz de poder representar a todas las mercancías). Cada cual se asomará a su propia imagen reflejada en el espejo áureo. En esa pátina de la fuente se ve, como en la visión del mar y como nos cuenta Melville de Narciso, el “inasible fantasma de la vida”. El agua que mana de las fuentes es la matriz del mundo. En palabras de Paracelso, “cuando el mundo aún no era nada más que agua, y el espíritu del Señor flotaba sobre el agua, el agua se hizo el mundo; fue la Matrix del mundo y de todas sus criaturas. Y todo esto se convirtió en Matrix del hombre; en ella creó Dios al hombre, para que su espíritu se hiciera un albergue de carne”. Son muchos los mitos genésicos que tienen al agua por matriz y elemento incubador. El aquaster, o madre Lousine, es un motivo repetido dentro de la tradición alquímica y encuentra en “Las fuentes del Pacífico” un amplio repertorio de imágenes y representaciones. Junto a las fuentes de las que brotan los elementos primordiales están las cuevas embrionarias, y allí se desencadenará la tempestad destructora tras la unión entre Leónidas y Ethel/Atalanta. La mitología griega registra una larga serie de uniones consumadas en las cavernas: Peleas y Tétis, Jasón y Medea, Eneas y Dido… y todas ellas representan la gota nefasta que conjura la tormenta. Además de presentarse como una novela de aventuras de raigambre mítica, “Las fuentes del Pacífico” propone claves cabalísticas y una estructura basada en el relato alegórico. La iniciación a la que son sometidos los personajes, por la mediación mistagógica de los nativos y los poderes naturales, resultará fructífera para aquellos capaces de salir del vientre del monstruo transformados, aquellos dispuestos a mirar en el interior de sí mismos sin temor a la perspectiva de abismo que procura la compleja y ambigua naturaleza humana, atravesada y domesticada por la cultura y eternamente magnetizada por la animalidad: “Hay una risa, hijo, que casi no tiene fondo. El que la encuentra, ha encontrado la senda de la verdad, porque esa risa es el único y verdadero oro de los alquimistas. No hay más oro que encontrar ni más ciencia que aprender para elevarse por encima de las dimensiones de la muerte y de la vida”. Búsqueda y aprendizaje que “Las fuentes del Pacífico” propone a partir de un relato lúcido y honesto, una indagación reflexiva sobre las capacidades creativas y destructivas del hombre. 27-08-08, 12:31 | Autor: Ernesto Bottini | Volver a página principal ![]() Recursos para escritores Informes de lectura | Seguimiento | Guía legislativa | Publicar un libro | Biblioteca técnica
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