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Antonio Ortega, El Crítico promueve una crítica cultural y
desvinculada de intereses económicos. Edita: Ernesto Bottini.
El lobo, más allá de la fábula
Por Julio Álvarez Pineda
El lobo. Joseph Smith.
Editorial Mondadori, 2009. 121 páginas.
La primera novela del británico Joseph Smith causó gran revuelo en la Feria del Libro de Fráncfort de 2007. Se trataba de una historia breve, de escasas cien páginas, y de un autor novel de apenas veintisiete años. En este caso, las razones para el interés resultaban fundadas.
Antes de enfrentarse al Lobo de Joseph Smith cabe realizar una puntualización. La novela, que se ha querido enmarcar dentro del género de la fábula, no es tal. Es difícil no sucumbir a esa tentación partiendo de un relato en el que, con el telón de fondo de la naturaleza, aparecen un lobo, un zorro o un cisne. El propio autor se desmarca de esa intención, y salvo por la brevedad de la historia y los personajes que lo pueblan (achacable en mayor medida al subconsciente e imaginario de un buen lector, que al intento deliberado de escribir una fábula), lo que se extrae de El Lobo es una narración sin grandes pretensiones iniciales, que comienza por describir el instinto animal, para acabar ahondando en una reflexión sobre la condición humana.
El principal acierto de El Lobo reside en la voz del narrador. El autor estuvo dando vueltas sobre cómo contar una historia basada en la supervivencia de un lobo ante el más crudo de sus inviernos; y, mientras éste vagaba por el bosque, su autor lo hacía buscando el tono adecuado. No dio con la clave hasta que eligió la primera persona en la piel del lobo, utilizando el presente para contar la historia (lo que normalmente debería ser considerado un suicidio narrativo en toda regla). Por el contrario, con su elección la novela cubre su cuota de originalidad, a la vez que gana en fuerza: “Y me pregunto qué sentirá la bestia al mirarme a los ojos, porque yo sé de dónde vengo y lo que soy, porque soy un lobo, el que quita vidas: el predador”. La intensidad narrativa es la adecuada, el relato no tiene fisuras en el aspecto formal, y todo ello hace que la historia sea leída con avidez: despierta ese instinto animal del lector frente a algo que le angustia, le retuerce por dentro o le plantea un reto. La lectura de seguido es casi obligada, y en apenas unas horas, la novela se devora, movida por la inmediatez que plantean unas pocas páginas escritas bajo un pulso narrativo bien conseguido.
El argumento posee la sencillez que lo hace ser confundido con las fábulas: un lobo (astuto, feroz, solitario… redundancias varias en torno a la palabra ‘lobo’) se enfrenta al peor de los inviernos (“¡Sólo un invierno como éste podría hacer realidad cosas así! Mi intento fracasado de mendigarle una oveja al hombre; cuervos que se unen para matar a un zorro…”). Su búsqueda de comida posee una lógica natural, pasando del exceso a la carencia, planteándose su existencia en base a la caza, de la forma obsesiva que sólo el instinto animal puede producir. Por desgracia para él, el invierno está empeñado en alargar la carencia, y el lobo tendrá que tomar decisiones contradictorias con su naturaleza: desde el intento de asaltar una granja, hasta embarcarse en una aventura en la que sigue a un zorro al que necesita y del que desconfía a partes iguales, a cambio del premio de un jugoso cisne blanco.
El lenguaje del Lobo sostiene la novela de forma sobresaliente; las primeras páginas están llenas de orgullo y agresividad: autoafirmación de su condición, a fin de cuentas. Su desprecio hacia el resto de especies (principalmente hacia los pájaros, cuya lógica le es ajena) se acentúa al toparse con el hombre. Entre la crudeza del invierno y el episodio que lo hace enfrentarse al ser humano, el Lobo comienza su proceso de desnaturalización, la pérdida paulatina de su condición. “He tenido miedo, la fuerza que he notado no era la mía, sino algo infundido por el hombre. Incluso mientras sigo aquí dudando, vivo y capaz de vivir para tener otra ocasión de matar, lo hago por primera vez como el perseguido, como la cosa que siente la vida en lugar de arrebatársela a otro”.
También es un acierto la forma en que los animales se comunican entre sí, a través de la mirada. Según el propio autor, la idea fue tomada de lo que escribiera Barry López en ‘Wolves and Men’: “la mirada del lobo lee en tu alma”. La mirada sustituye a un diálogo que podría llevar a lo inverosímil, simbolizando el espejo de cada animal, allí donde residen sus pensamientos más ocultos, sus temores o intenciones. Gracias a este recurso la narración no cae en la monotonía. Al encontrarse con el zorro, se produce una lucha por adivinar las intenciones del otro y esconder las propias, en una de las partes más significativas del relato, allí donde el Lobo tendrá que renunciar a su condición de predador para embarcarse en una aventura con final incierto.
Como último aspecto formal destacado, el Lobo utiliza en ocasiones metáforas nada impostadas, siempre inspiradas por la naturaleza, lo que refuerza la credibilidad de su discurso.
Quizás en la base de dicha credibilidad que refuerza el relato de Joseph Smith, se encuentre la innegable humanización del lobo, siguiendo una lógica hobbesiana. Sus primeros razonamientos podrán parecer agresivos, despiadados; en parte el lector los rechazará, pero en ningún modo le serán desconocidos. Es especialmente curioso cómo el Lobo enfrenta su visión a la del hombre, mucho más despiadado que él, cuyas armas y métodos le resultan antinaturales, y cómo dicha crítica lleva a tomar partido por el Lobo, comprendiendo sus motivos y rechazando los humanos. Según el relato avanza describiendo la debilidad la debilidad del animal, en su penosa búsqueda de alimento, herido bajo el frío y abocado a confiar en un igual, un zorro depredador como él, sus razonamientos se irán humanizando. Será entonces cuando el Lobo asuma un discurso existencialista (que recuerda a aquél de El Extranjero de Camus), ante la inminencia de la muerte: “… una tristeza no por morir sino por el instante de la muerte, el momento en que concluye la lucha siempre inútil, en que todo esfuerzo y sufrimiento se revelan insignificantes”. En el último tramo del relato, sin duda el mejor, emergen sensaciones de culpa, así como la asunción del destino fatal o la añoranza de los orígenes (“porque si he de morir tiene que ser allí: tiene que ser en el bosque, no en este lugar duro y extraño”). Su evolución se hace patente al asumir la belleza sobre la violencia, al observar de esta forma a un cisne que ya no es presa: “… y aunque me avergüenza también me alivia: por un momento dejo de ser yo mismo, ya no tengo ninguno de los poderes, ansias ni deseos propios de mí. No soy nada y siento los huesos huecos como un pájaro”. Narradas con enorme sensibilidad, emergen en el Lobo la asunción de su decadencia, la compasión o la culpa, encarnada en la búsqueda de redención por las víctimas de sus cacerías…
No debe inscribirse a Joseph Smith en la tradición de autores británicos como Kipling; su prosa se encuentra más cercana al existencialismo, en ocasiones, o a la frialdad de Joseph Conrad, en otras. No se debe extraer una moraleja, pues no existe ni es tal la intención de la novela. Cabría destacar por el contrario la dureza del relato en todas sus partes: primero al mostrar la agresividad del Lobo, mediante la descripción de su comportamiento, movido por una absoluta irracionalidad, para terminar por alcanzar un tono existencial, reflexivo y de enorme pesimismo. Y, frente a las interpretaciones románticas que suelen acompañar algunos relatos sobre animales, cualquier atisbo de poesía se debe buscar en la elección de la naturaleza, que actúa también como protagonista del relato, en su expresión más cruda y desangelada: la de un invierno que parece alargarse hasta lo interminable.
Son novelas redondas aquellas en las que no existe la sensación de faltar o sobrar nada. El narrador escogido, la intensidad de su tono y su concisión, hacen de El Lobo una de ellas.
30-04-09, 15:15 | Autor: Julio Álvarez Pineda