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El desirismo literario de Beigbeder


Por Julio Álvarez Pineda
”Socorro, perdón”. Frédéric Beigbeder. Editorial Anagrama. Traducción de Jaime Zulaika. 256 páginas.

Cada novela de Frédéric Beigbeder se espera con una rara expectación. No obstante, se trata del publicista que tuvo que hacer las maletas de la agencia de publicidad donde trabajaba, tras publicar “13,99 euros” (“99 francs”, en la edición francesa): su disección del mundo de la publicidad era demasiado osada… Y sospechosamente parecida a la realidad. Su última novela llega a España un año después de su publicación en Francia. Frente a esa expectación que se produce con cada novela de Beigbeder, éste sabe aportar siempre una dosis de su lenguaje cínico e irreverente, que suele colmar a sus seguidores, al margen de la mayor o menor calidad de la obra.

Poco importa, en la mayoría de sus novelas, el hilo argumental. Excepción hecha de “Windows on The World”, donde la elección del contexto premeditadamente condicionaba la novela: era un intento (exitoso) de tratar el 11-S bajo el sello Beigbeder. En “Socorro, perdón”, el argumento podría resumirse en un par de líneas: Octave Parano, el personaje de “13’99 euros”, trabaja ahora, a sus cuarenta años, como cazatalentos para una agencia de modelos. Su misión consiste en encontrar a la próxima top-model de Rusia, entre montones de pre-adolescentes…

A Beigbeder le basta con abonar un poco el terreno, para acto seguido dar rienda suelta a lo que más parece gustarle: el relato discursivo. Octave es un tipo divorciado por partida doble que acaba de entrar en la cuarentena (coincidiendo sospechosamente con la biografía de Beigbeder, como ya ocurriera quince años atrás con “13,99 euros”, con “El amor dura tres años”…). Lo primero que cabe plantearse es el porqué de la elección de su personaje más famoso; la solución parece responder a un simple acto de comodidad del autor. Octave arranca su relato desde la Rusia del siglo XXI; mientras en ese país las cosas han cambiado de forma casi grotesca, su trabajo, allí o en Francia, sigue pareciendo el mismo: el mundo de la imagen, la publicidad, el capitalismo… El discurso de Octave, basado en su confesión a un cura ortodoxo, sirve para que diserte sin pausa sobre la Rusia capitalista y los valores superficiales del siglo XXI. Octave vive en el mundo de la contradicción, partiendo de la visión que de sí mismo tiene: tan pronto admite el privilegio de ser quien es, como deambula con el cargo de conciencia de su vacío moral.

El estilo de Beigbeder se encuentra entre la transgresión y la excentricidad (partiendo de la primera página, en la que el autor se dedica a sí mismo la novela). Literatura de lo actual, de lo absolutamente cool (poblada de anglicismos, referencias a series americanas, cocaína y drogas de diseño, todo lo que rodea a internet), “Socorro, perdón” aspira a tratar temas universales. Estructurada en las cuatro estaciones del año (comenzando por el invierno terminando en el otoño), Octave alcanza un punto muerto en su existencia, que le hace plantearse temas que poco o nada tienen que ver con su vida diaria. Beigbeder utiliza citas de varios autores rusos al comienzo de cada estación del año; pero su personaje, al margen de dichas citas, menta a Dostoievski sobre los demás. La transgresión, el bien y el mal, lo irreverente, están presentes en “Socorro, perdón”. Incluso, el mejor piropo que se podría profesar a esta novela es el de encontrarnos ante un intento de crear a un Dostoievski moderno. El estilo de Beigbeder, no obstante, se enmarcaría mejor en una especie de “dandismo literario”, siempre dentro de un esquema poco ambicioso, difícilmente comparable con el ruso.

Es cierto, por el contrario, que la lectura de sus novelas, y esta no es excepción, resulta vertiginosa y adictiva; todo es tan cercano, tan peligrosamente actual, que la confesión de Octave despierta un interés morboso, convirtiéndose casi en un relato de pornografía moral para libertinos irredentos. Difícilmente puede afirmarse que “Socorro, perdón” vaya a sobrevivir a su época; pero Beigbeder ha planteado la mayoría de sus novelas sobre la base de un prototipo de hombre actual: aquél al borde del abismo, desprovisto de ideales y de referentes, que afronta su crisis mediante actos heroicos o patéticos, en su desesperación por comprender y su enorme miedo a hacerlo. Salvo “Windows on The World”, y pese a que “Socorro, perdón” sobrepase las doscientas páginas, sus obras literarias no dejan de ser pequeñas novelas llenas de verborrea desmedida, eso sí, con el ingenio desbordante que se le puede suponer a un gran publicista pasado de vueltas.

El personaje de Octave es un nuevo romántico. Se trata de una víctima de todo aquello que conforma su realidad: “víctima de la belleza femenina, del deseo mundializado, de la sociedad sexual…” Es un tipo desorientado por su generación, hijo del modernismo y al que nunca le negaron nada material, mientras sus valores se construían sobre la publicidad, los divorcios paternos, la crueldad de una infancia solitaria… Plantea su existencia en torno a valores equivocados, (los únicos que se le han ofrecido) y se encuentra en un cruce de caminos en el que su adicción a la tiranía de la imagen, al consumismo o a la cocaína le permiten criticar, pero le impiden actuar. Ante ello, sólo queda la lamentación, la confesión ante el párroco… O el absurdo, al final.

Lo que sin duda resulta más interesante en “Socorro, Perdón”, es la crítica sociopolítica. Sobre una fina capa de superficialidad, se esconden una serie de reflexiones que hacen de la novela una lectura absolutamente catártica, de media sonrisa perversa. La Rusia que admira Beigbeder (la de los autores a los que se refiere repetidamente) no tiene nada que ver con la que vive su personaje: en el siglo XXI, la única Rusia que existe es la de los nuevos ricos, las orgías y las modelos de los países satélite. Del alcoholismo ruso dice Octave que “el sufrimiento físico sirve para olvidar el sufrimiento moral”. Rusia es la metáfora absoluta del siglo XXI: caído el comunismo, cayeron los ideales, y el capitalismo se ha radicalizado hasta el punto de llevarnos a la sociedad del deseo: “Rusia es el país de los crímenes impunes y de la amnesia voluntaria”. ¿Y acaso cuando dice Rusia no está queriendo decir también el Primer Mundo?

La temática de Beigbeder, - sus teorías románticas sobre la pérdida de valores en occidente, el pesimismo encarnado en la figura del individuo masculino - es compartida por su coetáneo Michel Houellebecq. Vivimos una época en que, muertos Dios, el amor y el comunismo, se nos plantea el fin de los ideales profundos. Octave expone su propia teoría, que es la de Beigbeder, que es la de Houellebecq a la postre: vivimos en “la sociedad del desirismo”; toda una industria del hedonismo nos propone una felicidad alejada de la fidelidad, centrada en la belleza y en la insatisfacción eterna en busca de la riqueza material y física (Octave le espeta a las aspirantes a modelo: “Besa mi reloj, es lo más caro que hay en mí”). En el mundo que tortura y engancha al protagonista, Lena es el deseo porque le rechaza, encarnando a su vez los valores que él tanto admira: juventud (apenas quince años), belleza, perfección efímera… Desear lo prohibido, lo que no puede conseguir, le lleva a la desesperación del desirista romántico. Y, para Octave, esto se traduce en amor desesperado hacia Lena. Así, el héroe patético encuentra un ideal en su gran cementerio vital. Los personajes de Beigbeder, uno tras otro, se han refugiado en el amor ante el vacío de sus ideales. Si en la náusea, el personaje de Sartre es salvado de sus dudas existenciales por la belleza espontánea de la música, proveniente de un disco en un café, los personajes de Beigbeder están obsesionados con su salvación, y no dudan en agarrarse a las mujeres que mejor encarnan su propio vacío, avanzando imprudentemente hacia una nueva decepción. Todos sus personajes desprenden esa adicción al consumo, esa adoración a la belleza, al presente más inmediato; carecen de la capacidad casi ascética de no desear, de ser capaz de comprometerse, rehabilitarse, dejar de esnifar. El compromiso, los ideales o las creencias dan paso al nihilismo, el victimismo y la superficialidad como pose vital. Para Beigbeder parece dar igual si es Rusia o el hombre: el deseo es la crisis del siglo XXI.

La historia de “Socorro, perdón” avanza de la mano del amor desesperado que Octave cree sentir hacia Lena. Mientras Octave se confiesa ante su párroco, Beigbeder intercala extractos de interrogatorios policiales a distintas personas, fragmentos del blog de Lena, etc. Todo nos conduce a un final absurdo, romántico, ingenioso… Poco importa el calificativo, pues el final posee los mismos rasgos de incoherencia que la novela, y, al fin y al cabo, es en esa propuesta en la que reside toda la fuerza del relato.

Es imposible, incluso sin conocer mínimamente la biografía de Beigbeder, obviar la voz del autor detrás de su personaje. Habrá lectores que encuentren, si no una guía moral, una excusa para su conducta, una identificación de peligroso alivio respecto al personaje. Al igual que miles de yuppies encontraron en Bret Easton Ellis a la voz de su generación, obviando el mensaje del autor, que claramente renegaba de ellos y de su propia condición social, Beigbeder puede producir toda una generación dispuesta a identificarse con sus personajes. Si bien “Socorro, perdón” es una novela crítica hacia los valores que prácticamente nos son impuestos, la actitud de su autor y la ambigüedad de su literatura, que coquetea con la realidad y la ficción, deja en un lugar muy difuso el mensaje, desvirtuándolo. Porque, si bien “Socorro, perdón” puede servir como guía frente a la inmoralidad, una segunda lectura bien podría concluir que no es más que un ejercicio de frivolidad hilarante, una comedia irreverente capaz de ofender a los más recatados. No se sabe si Beigbeder posee el ingenio tal de comparar el sistema estalinista con el hedonismo actual, o si se trata simplemente de un autor con una verborrea incendiaria que, como su figura pública, no consigue despojarse de la superficialidad que lo rodea.
10-06-08, 20:37 | Autor: Julio Álvarez Pineda

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