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El Hombre del Salto


Por Julio Álvarez Pineda
“El Hombre del Salto”, Don DeLillo. Seix Barral, 2007. 289 pp. Traducción de Ramón Buenaventura.

Para muchos la Gran Novela Americana ya se encuentra escrita, para otros nunca llegó a escribirse. Desde la caída de las Torres Gemelas, uno de los debates literarios se ha centrado en discernir cuál es la Gran Novela Post 11-S, en una carrera posiblemente artificial, pero que cuanto menos refleja una realidad innegable, esta es, que gran parte de los autores han acogido los sucesos del 11-S en sus novelas, cuando no han sido directamente inspiradas por estos. Nos referimos a las últimas novelas de autores como Ian McEwan, Martin Amis, Paul Auster, John Updike, Safran Foer… Hasta hace un tiempo, podría decirse que la novela ‘Windows On The World’, de Frédéric Beigbeder, quizás por ser la más descriptiva (relata minuto a minuto el intento de escape de un padre y su hijo de una de las Torres Gemelas) parecía llevar la delantera. Hasta que en mayo de 2007, Don DeLillo publicó este “Falling Man” que en España han decidido publicar bajo el título de ‘El Hombre del Salto’.

‘El Hombre del Salto’ se centra en la vida de un hombre, cubierto de ceniza y con un maletín ajeno en la mano, que sale con vida del atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001. En las primeras páginas, seguimos a Keith Neudecker con su misma perplejidad, y descubrimos su mundo con la misma sorpresa, pues “nada es lo próximo. No hay próximo. Esto era lo próximo.” Keith vuelve a casa de su ex-mujer y su hijo porque apareció un hombre con un camión y fue el primer lugar que le vino a la cabeza. Es el comienzo de la novela y DeLillo, como Carver, ya ha compuesto una realidad sencilla en la superficie y cuya complejidad el lector deberá buscar en lo más profundo de cada personaje. El telón de fondo esta vez es nuevo (el 11-S), pero la disección de la paranoia es la misma, y se nos avisa desde la primera frase: “ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche”.

El “hombre cayendo” (falling man) que da título a la novela, se debe a una famosa foto del periodista Richard Drew, en la que un ejecutivo se lanzaba desde una de las Torres Gemelas atacadas. El personaje que aparece en la obra de DeLillo es un artista callejero que reproduce ese salto una y otra vez en los días posteriores al atentado, sujeto sólo mediante un arnés. Aunque efectivamente existió tal artista en Chicago, en una entrevista sobre su novela, DeLillo reconoce haber creído inventar este personaje; sólo posteriormente descubrió que su creación ya existía previamente. Esta anécdota debería servir para considerar la relevancia de la obra de DeLillo, pues sus novelas sobre el miedo latente en la sociedad norteamericana pueden considerarse reflexiones de gran profundidad, muy por encima de su tiempo, llegando a ser incluso proféticas si se quiere (su obra sobre terrorismo, ‘Jugadores’, respecto a los ataques del 11-S).

De entre los aciertos de la novela cabe destacar la capacidad de DeLillo para contar mucho con muy poco. Con los personajes que giran en torno a Keith, su ex-mujer Lianne, y su hijo, DeLillo conforma una serie de puntos de vista esenciales para cubrir gran parte de los discursos más importantes, a fin de describir esa desazón permanente: “Éstos son los días de después. Todo ahora se mide por después”. Se trata de ese después inmediato con visos de permanencia, en el que lo cotidiano debe hacer un hueco al miedo y la inquietud. Así, Lianne se verá sumida en el desconcierto ante su incapacidad para comprender la nueva realidad junto a su ex-marido, mientras dirige un grupo de autoayuda en un centro comunitario, en el que todos parecen compartir más que ella. A través de la madre de Lianne y de su amante, Martin, vemos cómo la enfermedad del alzhéimer se cruza con la visión europea del conflicto terrorista. Martin, marchante de arte misterioso y elegante, es el estereotipo de esa visión crítica y humanista hacia Estados Unidos, y en uno de los pasajes centrales de la novela se produce una discusión política sincera y realista con su amante y Lianne. El hijo de Keith y Lianne vive la inminencia de un segundo ataque junto con sus dos amigos, colgados de unos prismáticos oteando el cielo, confundiendo a Bin Laden con Bill Lawton, negando que las torres cayeran… De algún modo esta metáfora está patente a lo largo de toda la novela, especialmente en la segunda parte: las Torres Gemelas caen arrastrando con ellas las vidas de los personajes.

Los niños viven en esa ignorancia feliz, en su ficción indolora, hasta que sus padres les obligan a madurar mucho antes de tiempo, obligándoles a caer con ellos: “A lo mejor sólo a lo mejor ya es hora de que dejéis de vigilar el cielo, de hablar del hombre a quien me refiero. ¿Qué os parece? ¿Sí o no?”. El último de los puntos de vista guarda perfecta relación con esta metáfora: el maletín con el que Keith sale con vida del ataque, aquel con el que deambula por Manhattan sin rumbo, no le pertenece. Cuando decide buscar a su dueña, descubre que su relación con ella se fortalece día tras día, que siente deseos de verla y ella a él. Se trata de una conexión basada exclusivamente en la vivencia de la misma situación traumática, y es en estos capítulos en los que Keith se nos muestra como un personaje, sino con rumbo definido, con ciertos sentimientos. En la tercera parte, que describe las distintas formas de asumir que aquella vivencia puntual posee la magnitud para convivir con ellos de forma permanente, Keith pasa a ser un personaje que parece aceptar su destino, extraño a sí mismo (como lo ha sido durante prácticamente toda la novela), como el extranjero de Camus; finalmente abraza el póker como maniobra de escapismo (su anonimato, su automatismo) para no recordar.

Hay en “El Hombre del Salto” un intento fallido por parte de DeLillo. Consiste en incluir, al final de cada una de las tres partes en que se encuentra estructurada la novela, la historia de Hammad, un joven terrorista que prepara el atentado suicida. Las páginas dedicadas al relato de su preparación mantienen la calidad literaria, pero no encuentran puntos de conexión con la novela, quedando como un resumen de algo que podría haber sido desarrollado en otra novela (o en el cine, pues recuerda enormemente a “Paradise Now”). Considero además que DeLillo deja constancia de su indecisión cuando decide abandonar este personaje, al final de la tercera de las partes de su novela (la que siempre le dedica) para centrarse finalmente en la figura de Keith, que sí es desarrollado en su totalidad y de forma muy acertada a lo largo de todo el relato. La novela ya posee gran parte de reflexiones políticas y religiosas que sirven perfectamente para crear una lucha de puntos de vista interesante.

Se ha dicho de ‘El Hombre del Salto’ que es la Gran Novela Post 11-S y que es la mejor novela de DeLillo. Dejando al margen los grandes titulares, de esta novela podremos sacar una lectura de una inmensa calidad literaria. La escritura de DeLillo permite que el desconcierto y la inquietud se normalicen en situaciones cotidianas. La descripción de objetos, de detalles, contribuyen a la creación de esa atmósfera de miedo latente, esa sensación de que, mientras nada pasa, todo está pasando en realidad. La forma que posee de interpretar los comportamientos cifrados de la sociedad norteamericana, con un lenguaje moderno y una mirada casi adelantada a lo que sucede, son los canales para explicar la confusión, ese sentimiento que no sabe de dónde viene, alterando el comportamiento de toda una sociedad que no sabe hacia dónde apuntar para librarse de él, o cómo convivir con éste. DeLillo (“el poeta de la paranoia”), escoge a un hombre cualquiera y a su familia para explicarnos de qué va todo esto. Qué enfermedad de los sentidos sufre esa sociedad que todos creemos conocer. Y por el camino consigue hacernos sentir todo aquello, hasta parecernos propio. “Le habían hablado de él, un artista callejero al que llamaban el Hombre del Salto (…) había quienes le gritaban, ofendidos ante el espectáculo de la desesperación humana encarnada en una marioneta, el último suspiro de un cuerpo y lo que contenía. Contenía la mirada del mundo, pensó ella.” No sé si Don DeLillo contiene la mirada del mundo, pero sí parece tener las claves para hacernos sentir lo que en él ocurre.
27-03-08, 17:33 | Autor: Julio Álvarez Pineda

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