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Escuela De Letras: revista de literatura crítica

El Crítico

Amis mordiendo a Rusia
El Crítico
La casa de los encuentros, Martin Amis. Anagrama, 2007. 255 páginas. Traducción de Jesús Zulaika.

Leer a Martin Amis requiere una prudente puesta a cubierto, pues nada de lo que vendrá después será gratuito, dicho a media voz o de fácil digestión. La Casa de Los Encuentros no supone una excepción a esta norma. Quizás, como novedad, podrá afirmarse esta vez que Amis se atreve con todo, pues el blanco de su nueva novela es la Rusia totalitaria del siglo XX. Un ex-combatiente del ejército ruso en la segunda guerra mundial relata a su hijastra, Venus, su vida, marcada en gran parte por su estancia en un Gulag ruso junto con su hermano Lev. El lector es también Venus, esa joven occidental que desconoce las entrañas del entramado ruso, que todo lo más ha estudiado la Rusia de las cifras, de las fechas y los nombres en mayúsculas. Amis es despiadado con el lector, a sabiendas: elige a un narrador despreciable que inspira ternura apenas por uno de sus cuatro costados; hace que se desnude ante su hija en un ejercicio sólo comprensible desde la más absoluta vejez, desde un estado moribundo y culpable.

Han pasado casi veinte años desde 1989, y para Amis ya es hora de que Rusia sea desnudada sin pudor alguno: frente a las cifras y estadísticas, frente a las fechas históricas, Martin Amis decide contar un drama a cincuenta años vista, que lo diferencia de las grandes novelas rusas en su capacidad para condensar la historia en doscientas páginas escasas. Y para contar tanto en tan poco espacio, la claridad de su prosa se asemeja a una sucesión de puñetazos en un combate de boxeo de gran intensidad.

La historia que relata el narrador es una historia de amor: la de dos hermanos por la misma mujer, Zoya. Lev es el hermano bajito y torpe, inteligente y analítico, cuya subsistencia en el Gulag resulta casi milagrosa. Su hermano, nuestro narrador, es un ex-combatiente violento, un violador de gran corpulencia. Sólo comparten la misma madre, y el amor hacia la misma mujer; y, acaso, el mismo destino demasiado común en aquella época (los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado), la esclavitud por crímenes de origen casi ficticio frente al aparato estatal ruso. La historia que se nos cuenta tiene un eje en torno al cual el narrador va y viene (en una narración cuyos saltos e inclusión de interesantes detalles, que son retomados en los momentos más inesperados, mantienen un elevado interés por la trama), se trata de la fecha que todo lo cambia: el 31 de julio de 1956, en la Casa de los Encuentros.

Martin Amis posee una capacidad admirable para crear narradores excepcionales por atípicos; tras un primer momento de perplejidad, el lector termina por aceptar relatos de maníacos, fóbicos, violadores, narcisistas… Desde “El Libro de Rachel”, Amis no ha hecho más que tensar la cuerda; al escándalo de “Niños Muertos” siguió un personaje tan despreciable y aplaudido como el John Self de “Dinero”. Una vez pasada la barrera de la estupefacción, el lector comienza a convivir con ese narrador al que sus hechos y actitudes llevarían a la reprobación más absoluta, pero que por cómo nos son narrados no hace sino que queramos convivir con él hasta saber qué demonios ocurre con este tipo y su historia fuera de lo común (porque la originalidad de los planteamientos argumentales es otro de sus rasgos, de la que casi siempre sale con éxito).

Con La Casa de los Encuentros ocurre exactamente lo dicho: el personaje que sostiene la novela posee tanta fuerza, su relato es tan ágil, feroz y directo, que uno no puede sino pegarse a él casi con sigilo de espía. Y el narrador de Amis, si bien centra su relato en una historia familiar, amorosa, una tragedia rusa de corte moderno, tiene un enemigo que deja entrever al autor detrás, poniendo en boca de su personaje todo aquello que la ficción permite; ese enemigo no es otro que Rusia, quizás el personaje central de la novela; pues si los personajes viven condicionados por una fecha y un lugar, como ha sido dicho, no es menos cierto que sus vidas, así como la razón de la novela, se encuentran condicionadas por la denuncia contra el Gigante Ruso. Así, se habla de la torpeza de Rusia (“¿Por qué tenemos las manos tan torpes y pesadas? ¿Qué es lo que las lastra?”), de la inminencia de la muerte en Rusia (“Mi hermano empezó a fumar muy pronto. Empezó a beber también muy pronto, lo mismo que a tener novias. La gente cada vez va haciendo las cosas antes en Rusia. Porque no queda mucho tiempo”); se compara el régimen soviético con el nazi en más de una ocasión (“Algo extraño estaba teniendo lugar en la Unión Soviética después de la lucha contra el fascismo: el fascismo”), se denuncia la persecución judía, y se profieren las mayores lindezas sobre el Gulag en el que son esclavizados los dos hermanos protagonistas.

El autor describe la deshumanización en el Gulag con una originalidad admirable; todo tiene un nombre de pila, todo es objeto de una metáfora mejor que la simple descripción. Así describe el hambre: “Ahora se oía a mi alrededor el débil pero unánime sonido como de unas bocas que salivaban y sorbían. Incluso podría haberme resultado alentadoramente lúbrico si no hubiera sabido lo que era. Pero lo sabía. Era el sonido de tres centenares de hombres comiendo en sueños”. La novela cobra verdadero valor al separarse de lo real, lo ya conocido y mil veces leído, creando un mundo de ficción que no pierde un ápice de la denuncia que persigue el autor; al contrario, el campo de la ficción sirve a Amis para poder hacer que su personaje se explaye con un lenguaje excesivo que contrasta con las reflexiones que Lev hace a su hermano, las que otorgan una visión más profunda sobre los campos de trabajos forzados: “han atacado mi voluntad, y eso es lo único que tengo”, dice Lev a su hermano.

Amis no ha querido hacer una novela que reivindique la libertad frente a la opresión del Estado total. Ni siquiera el personaje de Lev sabe lo que ha perdido al decir que le han arrebatado su voluntad. Tiempo después descubrirá que el sistema le ha robado la capacidad de amar, y no parece posible realizar mayor ataque a un sistema político que este. Por eso no es casual que su historia sea la de un triángulo amoroso. La Casa de los Encuentros es la metáfora de la deshumanización, del despojo de todo sentimiento y sensibilidad humanos. Se trata de una novela en la que hay frases que merecen doble subrayado, que estremecen y hacen retirar la vista de la novela por un momento. “Estar tan sucio te hacía llorar más a menudo que tener tanto frío o pasar tanta hambre”. El narrador y el autor (en las notas de agradecimiento finales) muestran su admiración por Dostoievski, y es que los personajes de Amis son deudores en gran medida de personajes como el narrador de “Apuntes del Subsuelo”.

La posición de Martin Amis frente a la dictadura rusa es radical y arriesgada. La historia elegida para plantarle cara adolece quizás de una exageración dramática muy propia del autor y deudora de la gran novela rusa decimonónica, aunque puede salvarse este defecto al servir perfectamente al fin de denuncia desnuda que persigue. No considero que sea la mejor novela de Amis, ni la más interesante; quizás sea deliberadamente breve para acrecentar la intensidad, pero el lector parece encontrarse, al final, ante un relato importante que podría haber llegado a ser una novela importante.

Lo que no puede negarse a Amis, una vez más, es su capacidad para moverse en los estratos más bajos, miserables y necesitados de denuncia con envidiable facilidad, así como su capacidad inagotable para crear narradores en primera persona con personalidades atractivas/repulsivas a la vez que magnéticas. Si añadimos a esto su habitual prosa agresiva y mordaz, La Casa de los Encuentros es una novela cuya lectura puede quedar en nuestra memoria reciente de forma absolutamente merecida.

14-04-08, 20:31 - Autor: Julio Álvarez Pineda -  Enviar página por correo

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