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Al final del viaje: Plop
Por Celia Gutiérrez Vázquez
Plop. Rafael Pinedo. Salto de página, 2007. 150 páginas.

“Sólo el mal afirma la presencia del hombre sobre la tierra” escribía Roberto Arlt en Los siete locos, abriendo así las puertas, ya a principios del siglo XX, a un tema que rondaría para siempre la narrativa argentina y en general toda la narrativa hispanoamericana. Casi medio siglo más tarde, Sábato, el gran analista del maniqueísmo intrínseco a la condición humana, afirmaba en una entrevista que “la gran tarea de la novelística de hoy es la indagación del mal”. Corría entonces el año 1977, y, como en la novela Plop, de Rafael Pinedo, donde siempre llueve y el mundo ha quedado reducido a un gran lodazal, ha llovido mucho desde entonces. Por eso no entiendo por qué se ha dicho, corroborado por el propio autor en una entrevista concedida a la Fundación on-line Isaac Asimov, que esta novela se aleja tanto de la narrativa hispanoamericana y los críticos abren sus ojos como platos ante el hecho de que ganara, inexplicablemente, el Premio de Novela Casa de las Américas en 2002.

Es cierto que Plop, debido a la trayectoria de su autor, ha pasado, antes que nada, por una novela de ciencia ficción que cuenta un mundo post-apocalíptico. Un mundo de barro, cuajado de cristales, plástico y hierros oxidados, donde grupos nómadas de seres humanos luchan por la supervivencia bajo la bandera de la extrema crueldad. Sin embargo, que la novela tenga el nombre de su protagonista no debería ser pasado por alto, y antes que cualquier otra cosa, es esa historia la que debe ser leída, la del personaje de Plop. Una historia que se encuentra, seguramente, entre las más antiguas del mundo, por mucho que, paradójicamente, se desarrolle en el futuro. César o Napoleón, por citar algunos, son dos de los más excelsos ejemplos que sufrieron mucho antes que Plop este clásico “problema” humano que Pinedo remueve de nuevo: el ansia profunda de poder sobre sus semejantes. Un problema que ha dado lugar siempre a argumentos parecidos, la ascensión vertiginosa del héroe y su inevitable y posterior caída, y a personajes similares: ambiciosos, a veces sádicos, con un evidente sentimiento de superioridad y una tendencia al vacío existencial y a la obsesión una vez han alcanzado sus propósitos. Es este, además, un problema que encarna el mal para muchos pero que también ha dado lugar a grandes mitos, y del que saben tanto, precisamente, toda la América Latina y su literatura, que se ha detenido durante años en el análisis del caciquismo e incluso, los casos más flagrantes, se han servido en género propio: las novelas de dictador.

Podría resultar solamente una semejanza azarosa y, sin embargo, en el mundo de Plop, hecho de residuos de todo cuanto simboliza la civilización occidental y de tabúes que remiten una y otra vez a nuestro mundo, juegan un papel fundamental la desesperación, la soledad, la violencia, el sometimiento, la inmoralidad, el sexo, la soledad y la incomunicación profunda que existe entre los personajes (con la excepción del Urso y la Tini), un cóctel temático sobre el que han desarrollado en profundidad su narrativa no sólo Sábato, sino tantos otros, desde Vargas Llosa a Rulfo o Cortázar, por citar extremos. Demasiadascoincidencias, me parece a mí, para que esta breve e intensa novela de Rafael Pinedo no se merezca, al menos, el intento de una lectura con mayor amplitud de miras.

¿Qué es, sin embargo, lo que hace que tantos hayan visto una distancia abismal entre Pinedo y sus elevadísimos compatriotas (y otros no tan elevados pero contemporáneos suyos)? ¿Es sólo un contexto inusual en la novela hispanoamericana?

No se puede negar que los elementos fantásticos introducidos en la narrativa por los autores del boom se alejan infinito del mundo creado por Pinedo y hunden sus raíces en tradiciones y circunstancias que nada tienen que ver con la lavada y devastada tierra de Plop, donde ríos de agua contaminada sugieren un desastre nuclear a gran escala. La lluvia es lo único que se puede beber; algunas latas de comida misteriosamente enterradas y una fauna sospechosamente urbana (ratas, gatos, perros, cerdos y los propios hombres) es todo lo que se puede comer, en un lugar donde la flora ha quedado reducida a un enjambre de espinas y un único árbol. Plop nace en este mundo extraño, gobernado por la ley del más fuerte, donde los instintos más bajos y degradantes del ser humano rigen la vida de los hombres y sus tribus.

En sí mismo “El nacimiento”, que constituye el primer capítulo y nuestra primera toma de contacto con el universo creado por Pinedo, ya es extraño, despiadado y violento, igual que el mundo al que Plop es alumbrado. Por otro lado, es el inicio de su historia, y lo acompaña como una sombra desde el mismo momento en que cae al barro, como un saco, como un despojo, expulsado por una madre alienada y misteriosa, que ni siquiera es consciente del bulto que ha dejado en el barro. A partir de ese momento, la vieja Goro será quien lo recoja, lo críe y le dé un nombre tan onomatopéyico y particular, una especie de bruja que aún guarda el recuerdo de la civilización extinguida y posee conocimientos ancestrales que llegarán al niño de una u otra forma. Gracias a su extravagante educación, Plop será capaz de ir medrando de manera implacable desde el lodo hasta el más alto cargo, Comisario General. A través de brevísmos episodios, casi escenas de la vida cotidiana, observamos nacer y crecer “el mal” en el interior del personaje, niño prodigio de su entorno, de mano de un narrador que lo observa todo desde un plano distante, enigmático e inquietante.

Dos incógnitas flotan desde el principio entre la historia de Plop y el lector: su pensamiento, cuidadosamente vedado por la distancia entre narrador y personaje, y la enigmática causa de la destrucción que ha convertido nuestro mundo en el suyo. Poco a poco se va haciendo inevitable buscar un paralelismo entre ambas, ¿no será el germen del mal que crece en el protagonista el mismo que ha llevado a la absoluta destrucción de la civilización? Y sin embargo, Pinedo insiste en que no pretende ningún tipo de crítica, simplemente, dice, el escritor, él mismo, es hijo de su tiempo, lo cual se transforma inevitablemente en respuesta y nos lleva a otra pregunta. ¿Qué es este tiempo? ¿Cuál es su esencia? ¿Qué es, por lo tanto, ese mal que crece en Plop? ¿La ambición y el poder desmedidos?, ¿la destrucción?, ¿el sadismo?, ¿todos ellos?

Resulta evidente que el autor ha transgredido voluntariamente el concepto de literatura que buscaba una reivindicación de lo hispanoamericano a través de lo fantástico, cambiando precisamente el contexto en el que se desarrolla esa fantasía. Debemos suponer que no lo ha hecho simplemente por razones estéticas, ya que no lo ha cambiado por cualquier otro contexto, sino por uno que implica necesariamente que lo anterior ha sido aniquilado y que el hombre, tal como era, ya no existe. No puedo evitar encontrar en esta novela cierta dosis de nihilismo si el hombre moderno, al que la incomunicación de las nuevas sociedades urbanas ha confundido dando lugar a protagonistas literarios de la complejidad de Castel, Larsen, Juan Preciado u Oliveira, termina definitivamente su arduo y perpetuo viaje en el mundo de Plop, o peor aún, encarnado en Plop. Un mundo donde, desgraciadamente (o tal vez justamente) lo diabólico ha triunfado, tal como se venía intuyendo a lo largo de tantos años de literatura pesimista empeñada en ahogar a sus personajes. La violencia, la degradación absoluta y, como consecuencia, la tétrica reducción del ser humano a una sola cosa: el mal, encarnan sin más la respuesta de Pinedo a las preguntas anteriores.

Y Plop va aún más allá, pues arrastra también al propio escritor-creador, quien ahora parece mutilado y decidido a hacer un ejercicio de mutilación literaria, a simplificar el propio hecho literario a través de un proceso consciente de reducción del ambiente, del espacio, de los personajes e incluso del tiempo, que la lluvia eterna va borrando como una huella en el barro, a unas pocas palabras: sordidez, ansiedad, violencia. El distanciamiento de la voz narrativa no es sino otra forma de mutilación, en este caso del protagonista, un narrador casi objetivo muy alejado de los narradores en primera persona, del monólogo interior o de los narradores que contaban los conflictos desde la propia subjetividad del personaje. ¿Es esto un accidente artístico? ¿El autor se ha dejado arrastrar y es su tiempo que habla a través de él? ¿O es una novela pensada para responder de manera ambiciosa a las preguntas iniciadas en Europa ante las grandes guerras del siglo XX, y que tan bien asimilaron al otro lado del océano Atlántico?

La civilización occidental se ha autodestruido y el mal ha triunfado. Pero el resultado no es sólo la simplificación del hombre y, por tanto, del héroe, sino la de la propia literatura. La regresión a los instintos como impulso vital viene acompañada de una regresión de estilo por parte del autor que es sin duda el mayor logro de esta novela. Las frases breves y a veces torpes, las exageraciones que se regodean en lo soez, lo repugnante y lo infame, se acumulan en algunos párrafos hasta agotar al lector, y en ese agotamiento vemos crecer al grupo de Plop, como un coro alrededor del protagonista y sin categoría siquiera de personaje colectivo: “El despellejamiento, dada la gravedad del delito, fue sin aguja previa. A él le tocó el honor de arrancar las primeras tiras. Empezó por la tetas”, “Cortó los pulmones y los llevó al fuego. El estómago tenía quistes del tamaño de un puño […] Terminó de sacar la mandíbula, la cara de la Vieja Goro era una masa de flecos rojos que mostraba la garganta como un agujero hacia la tierra”.

Los hombres y mujeres que habitan allí han sido reducidos a una realidad única y extrema, donde ni siquiera hay lugar el Mesías que promete una tierra mejor, porque lo mejor es una realidad cerrada y nada es posible fuera de lo que conocen. No poseen la complejidad dual del mundo contemporáneo que es su pasado, han perdido la capacidad de imaginar y su simplicidad raya en el absurdo. Pero tampoco son ya portadores de la inocencia del buen salvaje reivindicado por los autores iberoamericanos de los años 40, puesto llevan sobre ellos todo el peso de una civilización inmoral anterior.

El mismo protagonista, de quien el narrador hábilmente se aleja, no es sino el producto de un determinismo agresivo por lo matemático y casi parece el resultado de una ecuación con una única solución posible: la suma de su entorno, la educación recibida, y las circunstancias de su nacimiento, dan lugar necesariamente a un individuo distinto, en un grupo donde nadie se cuestiona nada, y los pocos inadaptados lo son únicamente a través de impulsos. Sus propios amigos se dan cuenta antes que él: “Vos querés otra cosa, vos querés más que nosotros”, le dice la Tini hacia la mitad del relato. El acceso al conocimiento, en un mundo donde la ignorancia ha devorado al individuo, configura el último factor del enigma para que el argumento se trace por sí solo.

Tampoco es coincidencia la estructura narrativa en escalera, ni la brevedad de cada capítulo, que representa un peldaño en la ascensión de Plop hacia sus aspiraciones, y la facilidad y eficacia con que usa las únicas armas que conoce, y que se retroalimentan al avanzar el relato: el sometimiento, la crueldad y la traición. El punto clave de la gráfica es fácilmente identificado por el lector, y cuando Plop deja a Rarita hundirse en el barro, personaje por el que parecía haber desarrollado cierto afecto, sabemos que definitivamente ha dejado de sentir nada, salvo admiración por aquellos que tienen lo que él anhela, y le reconocemos capaz de cualquier cosa.

Igual que tantos héroes antes que él, Plop ya no puede volver atrás, de ahora en adelante será un personaje que se enfrente al vacío existencial que le ha dejado su propia deshumanización, y cuando alcanza el escalón más alto en su ascensión al poder comienza su sufrimiento, pues ha agotado la fuerza del deseo que le ha mantenido vivo hasta ese momento. Un sufrimiento y un vacío esquematizados al máximo por el autor a través de la distancia con la que el narrador va trazando el comportamiento del personaje, como un boceto cuyas líneas no sólo no se salen del estereotipo sino que lo subrayan. Un conflicto necesariamente emparentado con el vacío existencial que atacaba al hombre moderno que ha perdido la fe, como el Larsen de Onetti, pero ahora mutilado, carente de toda complejidad, cuyas actitudes y respuestas son siempre esperadas. Por eso sabemos de antemano que la única salida de Plop será buscar una nueva meta imposible, que le permita llenar ese vacío aunque sea a cambio de su vida. “Los tabúes son estúpidos”, dice Plop en un momento de la novela, sabiéndose superior por llegar a esa conclusión que todos los demás ignoran. Pero son los tabúes, precisamente, las costumbres heredadas que carecen de sentido en el presente y que toda sociedad, inexplicablemente, conserva, aquello que bajo ningún concepto se puede transgredir. Plop sabe que ni siquiera a él se le permitirá trastocar los pilares que sostienen la identidad del grupo. Y es aquí donde, una vez más, discrepo con las declaraciones del propio autor, que, fallecido en diciembre de 2006, ya no podrá realizar otras nuevas, pues creo que la crítica social es evidente. ¿Cómo es posible que la supervivencia de una sociedad se apoye en tradiciones obsoletas, heredadas de un pasado remotísimo y en el presente absurdas? ¿Cómo es posible que quien las vulnera sea una amenaza y, sin embargo, otras tantas amenazas reales sean pasadas por alto? Tal vez deberíamos tener esto en cuenta si queremos sobrevivir a un desastre que amenaza no sólo con la exterminación física de los seres humanos y su entorno, sino también, según leemos en Plop, con la regresión más trágica del individuo y, por lo tanto, del arte como expresión de su conciencia.

Creo que esta novela no sólo encierra una crítica social de cierta profundidad, sino que supone la continuación de una tradición literaria anterior a la que pretende sacar del estancamiento de los últimos años, dando una respuesta implacable a los conflictos planteados hacia el medio siglo y que no deja indiferente a nadie. O eso, o estamos ante una novela de ciencia ficción con un protagonista estereotipado, que se regodea en lo más sórdido de los instintos humanos hasta agotarnos, y que no aporta absolutamente nada nuevo a la literatura ni a la ciencia ficción. A partir de aquí, que decida el lector.
04-07-08, 23:53 | Autor: Celia Gutiérrez Vázquez | Volver a página principal 

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