RecursosRelatosRadiofónicos/RNE/EDL/SeleccionadosEscuela De Letras ~ Premio de relato radiofónico

Radio Nacional de España - Escuela De Letras

Premio de relato

Yo creo que se equivocaron,
esto ya me lo habían dado.
China Zorrilla

Bases  II PREMIO DE RELATO RADIOFÓNICO (EDL-RNE): seleccionados


Aquí os iremos mostrando los relatos seleccionados para participar en el concurso de RNE. Si deseas participar recuerda que debes primero leer atentamente las bases.

RELATO GANADOR

El relato ganador del II Concurso de ralato radiofónico (RNE-EDL) ha sido el titulado "LA PIEDRA", de Eiju Okada. ¡Felicitaciones! 

UN DÍA EN LA VIDA

Por Luis Enrique Maciel.
Ganador del mes de junio.

Abrió los ojos y se despertó con la resaca más grande de su vida. Su ropa blanca y sus barbas estaban llenas de hojas húmedas. Las bocinas de los coches parecía que le explotaban en la cabeza. Era ocho de octubre y nacía de nuevo. Aparecía tirado como un borracho en el paso peatonal de Abey Road Street. Lo recogieron del suelo y quitaron de la calle para que evitara embotellamientos. No había fotógrafos, ni entrevistas. Su cuerpo huesudo era empujado de un lado para el otro. Nadie quería escucharle. Decían “otro loco”. Incluso un policía lo invitó a retirarse con la amenaza de llevarlo preso.

Así resucitaba John Lennon, como lo había hecho Jesucristo dos mil años antes, andrajoso y traicionado por el mundo. Cada día que pasaba, Londres era más dura con él y apenas podía sobrevivir. No tenía dinero ni abrigo y el frío le corroía hasta los huesos. Encontró algunos refugios donde le daban bed and breakfast, pero cuando les decía que era John Lennon, todos se reían. Le contestaban: “¿Ah sí? Y yo soy Elvis ¡Haz la cola como todo el mundo!”

Era obvio que no podía explicar lo sucedido. Necesitaba trazar un plan para recuperar lo que le habían robado. Quizás la CIA o Scotlandyard le habían dado alguna droga para quitarlo del medio por su papel de activista de los derechos humanos. Si no era eso, era Paul. Tenía que ser un plan para quedarse con los derechos de las canciones los Beatles. Fuese lo que fuese, tenía que luchar. Para empezar, debía juntar el dinero para comprar una guitarra. No importaba que nadie le creyera y dijeran que era esquizofrénico. Cuando lo escucharan tocar, todos se darían cuenta que era el verdadero John Lennon. Después iría a la radio y la televisión para pedir que lo dejasen declarar. Entonces, habría una investigación y detendrían a Paul. No importaba cuanto dinero tuviese, McCartney no podría escaparse de la ley.

 Pero lograrlo no sería tan fácil. Resignado a un reconocimiento inexistente, empezó a mendigar. Caminaba por las calles con un cartel al cuello que decía: “Soy John Lennon: ¿Quieres ayudarme” A todos les parecía una broma simpática y le daban alguna moneda. Así se compró una guitarra y empezó a practicar.  Con el tiempo consiguió un permiso para tocar en el metro. Ese fue un gran cambio. Muchos se asombraban del parecido físico y del timbre de su voz. Se quedaban hipnotizados escuchándolo y le daban dinero. Eso le permitió alquilar una habitación más o menos decente y tocar en algunos bares. Estaba empezando desde cero para convertirse de nuevo en John Lennon. Creía que Dios lo había castigado y le estaba haciendo pasar por algún tipo de prueba. Quizás era porque había dicho que los Beatles eran más populares que Jesucristo. A ciencia cierta no lo sabía, pero cuanto más decía que era John Lennon, más se reían y más dinero le daban. Esa era la clave para salir adelante.

Tres años después viajaba a Las Vegas –paradójicamente- como el mejor imitador de John Lennon. Tenían planeado hacer un concierto homenaje con los otros integrantes de los Beatles y lo invitaban a tocar tres canciones. El 8 de diciembre, día en que supuestamente había muerto, la BBC transmitiría por radio el evento, realizando entrevistas y programas especiales. Al fin, el día había llegado. Aprovecharía para contar su verdad al mundo y “Judas” McCartney sería desenmascarado. Y por Dios que así sería.

Cuando llegó al teatro del Caeser´s Palace de las Vegas, lo invitaron a pasar al camerino. Casualmente ahí estaba antiguo amigo y ahora su más acérrimo enemigo.  Parecía algo cambiado, pero aún podía reconocerlo. John lo miró directo a lo ojos y sintió de nuevo aquella entrañable amistad que el tiempo había trastornado:
— ¡Paul, soy yo, ¿no me reconoces?
Paul quedó sorprendido. Luego empezó a reír:
— Oh, por supuesto jo,jo, jo...nunca tuve la menor duda.
John estaba congelado. Se dio cuenta que lo había reconocido. Sabía que no era un imitador. Que era el verdadero Lennon ¿O le estaba tomando el pelo? Tuvo un dolor tremendo en el pecho. No podía respirar. Muy profundamente quería pensar que Paul no podía ser tan malvado. Que existía otra explicación. Podía ser incluso la reina intentando acallarlo. Pero no, la realidad le mostraba que era el mismísimo Paul McCartney. Y era seguramente el que le había robado todo, su dinero, sus canciones y su vida. Si esto era así, tenía que matarlo o moriría. John metió la mano en la chaqueta, pero Paul fue más rápido y extendió su mano diciendo:

—Y yo soy “Paul McCartney”. Mucho gusto.

Sintió su mano firme. Forcejearon. John logró sacar el arma. Paul abrió los ojos sorprendido. John le dijo que se vengaría por todo lo que le había hecho. Paul balbuceaba. Empezó a  suplicar que no lo matara. Que él no era Paul McCartney. Que era Bill Campbell. Que el verdadero Paul había muerto el 9 de noviembre de 1966  luego de estrellar su coche contra un camión. Que recordara la canción “Un día en la vida”  Ahí daban pistas sobre la historia. Que no lo matara. Que todos aquellos rumores sobre la tapa del disco Abbey Road eran ciertos.

John estaba confundido. Lo que estaba escuchando era tan sorprendente que fue como si le dieran con un mazo en la cabeza. El recuerdo de una noche de absenta asaltó su memoria en forma imprecisa. Una pequeña luz de cordura parecía atravesar el intrincado laberinto de paranoias.  A esta altura, ni siquiera él mismo estaba tan seguro de ser John Lennon. En diez minutos entrarían en el estudio de radio para conceder la entrevista a la BBC ¿Qué debía hacer? ¿Decirle al mundo que el mejor imitador de John Lennon era John Lennon y que el verdadero Paul McCartney era en realidad un imitador?

 De ninguna manera. Era loco pero no idiota. El show debía continuar y continuaría por mucho tiempo.

Una intromisión en el pasado

Ana Maqueda de la Peña
(relato ganador de mayo)


- ¡Ave caesar!
- Ave.
- ¿Es usted Augusto el emperador?
- Por supuesto, ¿acaso no llevo la corona de laurel? ¿Quién osa dirigirse a mi persona? ¡por Júpiter!
- Disculpe, caesar, no se altere, por favor, todo tiene una explicación…
- Pues explícate rápido porque mi paciencia es nula, y como me canse, eres carne de fieras en menos que canta un bardo.
- Se lo ruego, escuche lo que tengo que decirle. Vengo de otro tiempo, futuro por cierto, concretamente del año MMX, (para que me entienda), bueno, qué tontería, si es d.C…
- ¿Me estás tomando el pelo?
- No, no, de verdad que vengo del futuro.
- Pues por la pinta… te hacía íbero. Bueno, ¡basta! ya he oído suficientes tonterías. ¡A mí la guardia!
- ¡No! ¡Piedad!
- Oye, antes de que te arrojen a las fieras, dime, ¿qué es eso que tienes en la mano?
- Pues precisamente de esto he venido a hablarle. Es un aparato de radio, el poder de las ondas, escuche. Voy a encenderlo.
- ¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿De dónde salen esas voces, y esa música disparatada?
- De aquí. Os presento un arma más poderosa que cualquier espada, un instrumento más eficaz que la mejor falange romana, las posibilidades de la radio son prodigiosas, arengas a la multitud no presenciales, oratoria en directo… Mire, la conquista de la Galia, no ha sido nada comparada con la radio. Si tiene un minuto le explico el funcionamiento y las posibilidades. Es sencillo, además usted, siendo emperador, lo entenderá rápidamente.

El césar escucha con atención al extranjero y reúne al senado para mostrar la capacidad del invento. Consternados ante semejante prodigio, los senadores proponen al emperador, acudir a los augures.

- Ave Cayo.
- Ave. Escucha sacerdote, ha llegado hasta mis manos este extraño artilugio que como puedes comprobar, habla por boca humana, aun siendo artificio. Pregunta a los dioses si son ellos quienes lo envían o si es obra diabólica de bárbaros enemigos.

No ha terminado el emperador de pronunciar la última palabra, cuando un relámpago seguido de un certero rayo aterroriza a su comitiva y a él mismo refugiado en el recinto sagrado de los augures.

- Buen presagio, Júpiter ha enviado esta señal.- Concluye el augur.

El emperador da orden de regresar al palacio donde aguarda con grilletes el infeliz extranjero.

- ¡Liberadle! Los dioses aprueban tu máquina. Te nombro pues “asesor de la radio imperial”. Así que ya puedes ir preparando la estrategia promocional de mi imperio. Y no olvides incluir mi ascendencia divina.
- A sus órdenes caesar, y resaltaré su clemencia, porque ya me veía en el matadero…
- Ni se te ocurra insinuar que soy clemente ¿Pretendes que el pueblo dude de mi poder?
- Disculpe mis torpeza, aún no sé manejarme en este mundo tan remoto del mío.
- Pues mira, te voy a cambiar el grado de “asesor”, por el de “esclavo”, porque no eres ni ciudadano romano, ni patricio, ni siquiera plebeyo, eres un simple extranjero y como tal, te trataremos.
- Pero, ¿podría llegar a conseguir la ciudadanía romana?
- Dependerá de si son ciertos los méritos que atribuyes a tu “radio”.

Desde aquel día, el esclavo extranjero llevó a cabo una colosal campaña de radio imperial. La tecnología se difundió por todas las provincias del imperio hasta el limes romano. Surgieron programas, algunos de máxima audiencia, como los de adivinadores, o las retrasmisiones de los combates de gladiadores. Desde la radio, el emperador arengaba a sus tropas y se dirigía a sus ciudadanos de los confines del imperio sin necesidad de correos ni desplazamientos. La música tomó un desarrollo inusitado en la antigüedad, los jóvenes romanos escuchaban sus éxitos favoritos y músicos de lira y cítara llegaron a ser superventas. Las mujeres tuvieron su programa, al que podían acudir para reclamar sus escasos derechos, y los plebeyos compartieron espacio con los esclavos en una tertulia llamada “Espartaca”.

Tal y como predijo el misterioso extranjero, la radio supuso una revolución en el antiguo imperio. No había morada de patricio sin transistor y hasta en las escuelas se escuchaba a los filósofos por radio. Incluso se retransmitían cursos de latín para bárbaros.

Pero, ¿estaba la sociedad romana, preparada para ello? Parece que sí, el problema surgió en las altas esferas. El emperador comprobaba día a día, como su arma más poderosa, se volvía contra su propio estatus. La opinión pública tomó un protagonismo inusitado. Se manifestaron las primeras críticas al poder. Las ceremonias públicas de ofrendas a los dioses, se retransmitían por la emisora “Capitolina” y la plebe prefería quedarse en casa escuchando la descripción de los actos, que asistir a ellos.

De este modo, la imagen imperial, se devaluaba.

Para impedirlo, Augusto ordenó desmantelar todas las emisoras del imperio, prohibió la posesión de aparatos de radio o su escucha, y condenó al desgraciado extranjero a enfrentarse con las fieras en el coliseo.

Por suerte para el esclavo, aún conservaba un transistor oculto, que pudo sintonizar con una emisora musical futura. La máxima de “la música amansa a las fieras”, se cumplió felizmente, y ante la mirada incrédula del airado emperador, los animales no atacaron. El clamor del público fue tal, que se logró el indulto.

El extranjero, consiguió su estatus de ciudadano romano y llegó a ser el más celebrado augur del siglo I. Además conservó su transistor, que funcionó, hasta que se agotó la batería.

Aunque la Historia siguió su curso natural, (sin más incorporaciones anacrónicas), el recuerdo de la radio perduró en la tradición oral.

Uno de estos relatos, convertidos ya en leyendas, llegó a oídos de Guiglielmo Marconi, un niño nacido más de mil ochocientos años después de estos acontecimientos, en Italia, cuna del antiguo imperio. Pero esta es otra historia.

La Piedra

Eiju Okada
(relato ganador de abril)


“Riiiing”-corría por los pasillos del colegio el grito agudo del timbre descargando la impaciencia de todos.

-“Entonces, vais a escribir vuestros cuentos durante este fin de semana” - dijo la profesora rezumando placer en sus mejillas.

-“¡Puf! ¿De dónde viene esa idea de mandar un deber tan pesado como este de escribir un cuento para un fin de semana? ¡Ésto no me dejará jugar ni fuera ni dentro de mi cuarto!

Isidro iba por el camino del bosque, dando patadas a las piedrecillas para reclamar su queja. El sol alto de la tarde de primavera entretejía su agradable y somnolienta luz sobre el camino.

-“Ummeee... Ummeee...”

-“¿Qué es eso? ¿Una cabra o alguien que la imita? -Isidro se extrañó de oír un balido de animal por ahí. La curiosidad improvisada le obligó a averiguar quién era el dueño de ese balido. Al dar unos pasos, se le vino a la cabeza una escena de terror, cogió la piedra que justo estaba pisando y avanzó silenciosamente. Cuando hubo dado unos cincuenta pasos, vio una cabra blanca en la sombra de una hermosa encina. El animal, con una larga barbilla de chivo, tenía los pelos levantados entre sus dos pequeños cuernos; y la mancha negra circular alrededor de los ojos como un mapache.

 

Además de ser una barrigona, sus patas eran muy cortas deja ndo casi tocar y arrastrar sus mamas sobre el suelo. Masticaba hierbas entre sus dientes blancos dibujando con la mandíbula un óvalo geométrico, dando la impresión de sonreírse.

-“Ummeee... –balaba tras tragar la comida.

-“Aja jajá.., Aja jajá... -. A Isidro le dio un ataque de risa hasta que chocó con la mirada de la cabra.

El animal, importunado en su manjar exquisito, bajó la cabeza para enseñar sus cuernecitos al intruso y con sus patas cortas empezó a levantar la tierra y lanzó su balido de avance hacia el cielo: -“Beheeexx...”

Isidro se dio cuenta de que al animal no le gustaban sus carcajadas, y se sintió amenazado por la cabra. No se pensó dos veces tirarle la piedra y echar a correr.

-“¡Toma..., cabra-cerdo!. ¡Toma ya...! -. Isidro intentaba lanzar la piedra una y otra vez, pero no se desprendía de su mano. Le parecía que estaba pegado a ella. Al fin la cabra empezó a correr hacia Isidro.

-“¡Qué fallo!”-. Isidro entendió bien que el animal podía correr mucho más rápido de lo que él imaginaba. Dejó de intentar soltar la dichosa piedra y empezó a correr hacia atrás a más no poder.

-“Beheeex...”

-“Waaa...”

El grito del niño y el balido de la cabra resonaban alternativamente en la profundidad del silencioso bosque. Cuando quedaba ya poca distancia entre la espalda de Isidro y el morro de la cabra, le surgió una idea espontánea, bueno, mejor dicho, se acordó de lo que decía un compañero de clase, que los animales gordos no pueden girar repentinamente mientras corren a toda velocidad. Esperando que es o fuese verdad,

Isidro saltó entre las ramas del arbusto más cercano.

-“¡Puf!.. ¡Que cabra más loca! ¡Quería agujerear mi espalda! Menos mal que ha servido la teoría del glotón.”

 
Isidro se secaba el sudor de susto de su frente con la manga de su camisa cuando le pareció oír un murmullo.

-“Ahora ¿qué...? Pero, ¿de dónde viene ese ruido?

Cada vez que acercaba su manga a la frente, oía un ruido como al sintonizar la emisora de radio. Claro, el ruido salía de su mano. Isidro abrió su mano poco a poco, entonces la piedra se deslizó de su mano y rodó sobre el fresco y verde césped. Isidro la cogió de nuevo pero con mucha curiosidad y se la puso junto al oído cuidadosamente.

-“¡Que bárbaro! ¡Esto es una radio! Es la emisora que escucha mi yaya bajo la manta. Oyó el grito de una mujer:-“¡Más vale morir de pie que vivir de rodillas!”

El corazón del muchacho palpitaba de emoción y de alegría por haber encontrado una radio.

-“Se la voy a regalar a mi yaya. Con ésta podrá escuchar su emisora preferida, sentándose cómodamente en el sofá, y así no se asfixiará entre las mantas.”

Entonces oyó la voz de un hombre.

-“¡Ale, ale!”

Serpenteando entre las columnas de árboles, apareció un hombre enano cabalgando sobre una cabra. “¡Baah!”; gritó para interrumpir los pasos de s u cabra y preguntó a Isidro educadamente:

-“Buenas tardes, caballero. Soy sargento de caballería. Quisiera preguntarle, por casualidad, ¿ha visto pasar una cabra por aquí?”

Isidro, sintiendo un peso en su brazo, le contestó indicando vagamente con su dedo hacia el fondo del camino por el cual había desaparecido aquella cabra loca, mientras echaba un vistazo al soldado: Llevaba un bigote en forma de cuarto creciente cuyas puntas casi llegaban a los rabillos de los ojos; en su cabeza grande un gorro de cuero negro que servía también de protección ante una caída; un bastón largo y una armadura de bambú bajo su capa verde que podría cubrir casi todo su cuerpo.

-“Gracias, caballero... Ah, si la ve por casualidad, nunca intente tirarle una piedra.”

Isidro pensaba en la cabra y lo que intentaba hacer con ella, mientras caminaba y tocaba la piedra en el bolsillo del pantalón. Después de andar algún rato Isidro se dio cuenta de que no iba por su camino habitual.

-“¡Huy! Me he metido por otro camino, pero... ¡Ahh...!-”Por descuido Isidro cayó en un pozo chocando contra el fondo. Todo volvió a quedar en silencio hasta que se oyó el balido de la cabra seguida por el hombre.

“Beheeexx”

“¡Al fin hemos encontrado la mascota de mi capitán! ¡Ale, cabrito! -. El soldado se acercó a la cabra que estaba asomada al pozo.

-“Pero, ¿qué hay en ese pozo seco? ... ¡Oh! Pero, es el caballero de antes. Vamos a sacarle...”

-“¿Te has caído de la cama? ¡Vamos, despierta, chico! Tu madre ha preparado leche caliente.”

Cuando Isidro fue a merendar leche de cabra, su abuela estaba escuchando la radio de piedra sentada cómodamente en su sofá.

Tu voz

Laura Moreira Álvarez
(relato ganador de marzo)

Radio Canela era la emisora preferida de Minerva. Mientras se colocaba a la izquierda del flexo, máquina de escribir delante y trabajaba en lo que más le apasionaba, acariciando con sus finos dedos todas las letras del abecedario, su radio permanecía en el 69.2. Lo que más adoraba en ese momento no era la música, aunque sin duda alguna, las canciones que sonaban eran a cual más bella, y es que rythm and blues tiene una fuerza… Su atención, aquellas noches, la tenía ganada su voz. Aquella preciosa voz anónima le suponía una irresistible fuerza de inspiración. Procuraba conectar con el programa ya empezado para seguir desconociendo, durante mucho tiempo, la identidad de aquel hombre que le hablaba.

No penséis que la imagen que pudiera hacerse de él estaba cargada de erotismo o sensualidad; o que su picardía y admiración residía en una atracción sexual hacia el sujeto desconocido (nada más lejos de la realidad). Ella amaba su voz, su timbre, su ritmo, sus pausas, su silencio, a tal extremo, que su respiración consiguió acompasar a la suya. Ella atendía, con la mayor curiosidad, la construcción de sus frases, la presentación de sus puntos y la delicadeza de sus palabras. Ella admiraba cuando él improvisaba y recitaba versos que le surgían al escuchar algunos singles; cuando recordaba anécdotas de otros tiempos, en clubs de fiestas; o cuando describía al detalle lo que significaba, para alguien de otras épocas, presenciar alguna jazz session bajo las escaleras de algún local, entre la humareda de algunos cigarrillos y el calor de un buen licor.

Viajar en el tiempo a través de la música y las curiosidades que narraba él, le revolvían a Minerva el interior trasladándola al pasado, tanto que desde hacía ya tiempo se ponía tacones, vestidos e incluso preciosos sombreros para escribir. Se pintaba los labios de frambuesa o de rojo carmesí, se imaginaba en otras décadas, donde sonaba swing.

Durante que duró ese señor a cargo del micrófono, en su habitación, al lado del flexo y con la máquina de escribir delante, nació cada noche un cuento. Efectivamente para escribir un cuento no necesitaba conocer el nombre de aquel locutor. Ese dato era irrelevante. ¿A caso el protagonista de uno de esos cuentos podría llamarse como él? Sí, quizás, ya vería más adelante. Así que siguió aprovechando las palabras de aquel desconocido para inventar nuevas historias. Coger el programa empezado formaba parte de su rutina; interesarse por su nombre quedaba a un lado.

Lunes. Una menos cuarto de la noche, se le ha hecho tarde; normalmente se sienta a las doce. El programa es de once y media a una. No suena su voz. No reconoce quién habla. Se aburre. Parece que no cuenta nada. ¿Habrá terminado hoy antes?

Martes. Doce de la noche, ha estado atenta al reloj; ha esperado durante esos treinta minutos y si hoy(al día siguiente de ayer) tampoco lo escucha, no pasa nada, se dice. Sin embargo se pregunta ¿dónde está? No es él, se responde aturdida. Enciende un cigarrillo, apaga la radio; a la derecha del flexo y con la máquina de escribir delante, resopla en vano. Se quita la pintura de los labios.

Miércoles. Sí, hoy son las once y media (quizás le han recortado el tiempo, eso espera).Mueve la ruedita, no lo encuentra. A ver…noticias, caballos de carrera…. ¿Dónde estás buen hombre? ¿Dónde estás, (susurra bromeando) que no estás cerca? Tu vacío me ha dejado sin habla (que no sin palabras).
¿Dónde te busco para agradecerte la compañía de todas estas noches? ¿Por quién pregunto si no sé tu nombre? ¿Cómo estrechar tu mano y reconocerte la mirada? Si no sé quién eres, si no sé de ti nada.
Sólo me queda, delante de este otro micro abierto, ponerle: “Tu voz”, que es lo que de ti conozco, a este dedicado cuento. Para ti, aunque no lo sepas, por haberme dado alas en cada uno de nuestros encuentros.

El comodín

Por: Teresa
finalista del mes de novienbre 2009

¡Qué afortunado soy! Anoche dejaron unas rendijas al bajar la persiana y se han colado algunos rayos de sol.
–¡Buenos días! Son las ocho. Las siete en Canarias…
La radio hace que se me olvide que una sábana cenicienta y engurruñada me está oprimiendo las caderas, el estómago, las piernas... Los del turno de mañana acaban de llegar. ¡Concho! ya cernieron con el botón. Se acabaron las noticias del día. Al menos he podido escuchar que hoy es martes.
El próximo mes cumpliré ochenta y dos y espero que mi regalo sea una baraja con cartas muy usadas a la que no le falte el Comodín de La Muerte. Cada día rezo a un ente en el que me enseñaron a creer para que me indique el lugar en el que se perdió el año pasado ese Mal abarruntador.
Vivo en una casuca con muchos otros. Abasnados, acaldados, para gustos... Llegué el día que cumplí 75. Me trajo mi nieto Agustín del hospital. Dos meses antes oí un pequeño clic dentro de mi cabeza, pero no piensen que fue por beber whisky como el Newman en La gata sobre el tejado de zinc. Primero perdí la movilidad de mi mano derecha, luego la pierna me fallaba y hoy día me han dejado en silencio las cuerdas vocales. Abarcado ya solo puedo pensar pero para mis adentros porque nadie se molesta en mirarme a los ojos y leer lo poco que quiero expresar.
Antes me levantaba yo solo. Me «daba un cole», mientras oía el noticiero de las ocho, deslizaba la maquinilla y rasuraba el poco plumaje que me salía en la cara; bajaba a desayunar, salía, comía y por la noche el rancho, ver El Telediario y al catre.
–Cinco minutos pasan de las ocho.
Una voz me vuelve a la realidad:
–Despierta –dice y me grita que soy un dormilón.
–Voy a desatarte… –¡Equilicuá! deshace el nudo de la sábana con la que me inmovilizan.
–…esto evita que te caigas abuelo, bastantes problemas tengo ya con tener que atender a cuarenta toda la noche y sin más ayuda que un móvil «por si pasa algo.»
Una música atronadora sale del altavoz y suena al compás de los movimientos que hace la cuidadora para desenrollar este trozo de tela corriente y moliente. Me libera y se va.
Algunos cuidadores cruzan la sábana horizontalmente, otros la ponen en diagonal, a veces la ocultan entre la colcha, otras bajo la sábana encimera pero eso lo hacen cuando saben que voy a tener visitas. Como estamos en crisis no hay dinero para eso que llaman finamente cinturones de contención…
Meses atrás tuve una barra lateral, como los barrotes que ponían a mi nieto cuando era pequeño. A él se los forraron para que no se golpeara. Mi antigua reja es de metal, sin protectores, sin dibujos, fría. Chisco -Francisco, mi vecino- se puso pesado por las noches y comenzó a tirarse de la cama. ¡Qué golpes, madre! Iba en busca de una antigua “noviuca” que tuvo en sus años mozos. Deambulaba por los pasillos y como no podía ser, se convirtió en el dueño de la barandilla. La radio también era suya, hasta que los tarambanas que nos cuidan se la robaron.
Con Chisco me gustaba jugar a las Damas. Él echaba el sedal y yo las camelaba con chistes picantes y cantares de romerías. Pero eso era antes. Ahora ya ni le veo.
Sí, así es, la reja la tiene él y yo me he quedado con la sábana-cordel.
–Ocho y ocho minutos. Estás en la sintonía de Radio…
Una muchachona me levanta las sábanas y me quita la camiseta del pijama. Ya no uso pantalón. Llevo pañal porque les resulta más cómodo. Hoy he «echado los calzones» y debe de oler por el disgusto que se está llevando. Se va, vuelve, se marcha otra vez… y yo en curitas. Noto que pasa un trapo o algo mojado entre las posaderas. Me menea todo y me coloca otro pañal. Tira de mí y me sienta en la cama. Me esquila con una cuchilla comunitaria, mete la camiseta por la cabeza.
–Vamos, muévete abuelo que no tengo todo el día. Colabora, coño. Menea ese brazo… Joder que birria de camisa te han sacado anoche. Esto no se puede meter ni con mantequilla. A ver, espera un poco que voy a mirar en el armario, sin caerse. Eh, eh. Tú sentadito.
–Diecinueve minutos pasan de las ocho…
En un abrir y cerrar de ojos me ha sentado en la silla de ruedas, la vieja que chirría y no tiene frenos. Hoy tampoco está el cinturón. Huelo a sudor, crema corporal y un mejunje de agua de lavanda con polvos de talco. Dónde estará la colonia que mi difunta Rosita me compraba... ¡Concho! Viejuca ayúdame a encontrar el Comodín, creo que ya expié mis culpas, ¿no crees?
Me han metido en el ascensor, escucho una campana. Se cierran las puertas tras de mí y se deja de oír la cuña que han metido en la radio. No oigo nada. Estoy quieto en este chisme frente al espejo en el que antes me requetebién miraba, desenvainaba el peine del bolsillo y pasaba las púas por entre los cuatro pelos que resistían en la arrugada y descamada calva… Ha pasado una eternidad y no me han sacado de este trasto. ¡Demontres! ahora vuelvo a subir:
–Joder, pero ¿tú aquí? Pues ésta si que es buena. Iván, no te toques tanto las pelotas. Saca a éste cuando baje el ascensor… ¿Me oyes, so babión?.
Soy empujado por un tal Iván que ha empezado hoy y no lo sé precisamente porque se haya presentado.
Aún es temprano pero hoy quizás tenga suerte, me duele el pecho, la cabeza me estalla y noto que me falta el aire... me estoy resbalando. Puede que la vida me ponga mi Comodín antes de desayunar.
Zas
–Que alguien llame al Doctor Ríos, el trece A no respira.
Pi,pi,pi … OchoytreinaminutosdelamañanaBu
enosdías.

LLAMADA TELEFONICA

Por: Miguel Andrés Castaño
(finalista mes de junio 2009)

Ella se metió en la cabina. Abrió el bolso. Sacó de uno de los compartimentos una tarjeta telefónica y la metió en la ranura con un cuidado inconsciente. No necesitó mirar en la agenda; sabía el número de memoria.

Tras la octava llamada escuchó la somnolienta voz de él.

- Dígame.

- Soy yo –soltó ella, con voz acaramelada.

- ¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre llamarme a casa?

- No te enfades… es que necesitaba oír tu voz.

Ella se puso a mirar fuera de la cabina: una pareja paseaba con un perro grande color canela.

- Pero… si hemos quedado para mañana –masculló él con voz nerviosa.

- No podía esperar. Estaba solita en mi cama y te echaba de menos.

De repente se oyó un ruido al otro lado de la línea y él cambio el tono a otro mucho más formal.

- Creo que ese es un problema del algoritmo que utilizamos. Si hubiéramos trabajado con la nueva versión de java no habríamos tenido ese error.

- ¿Está tu mujer al lado? –rió ella.

- Sí. Esa es la idea.

Miró la pantalla del teléfono de la cabina y vio que aún le quedaba mucho crédito en la tarjeta.

- ¿Qué llevas puesto? –soltó con voz picarona, la que sabía que a él le recordaba épocas de amores locos y meramente venéreos.

- Creo que no es el momento de discutir eso.

- Dímelo y te prometo que mañana me pongo un conjunto de ropa interior que acabo de comprarme en una tienda que trae mercancía de París.

- En ese caso intentaré ayudarte, a ver si puedo explicar las cosas de una manera adecuada.

- Ella sigue al lado, ¿eh? Dile que se vaya a la cama, que nos deje tranquilitos

No pudo evitar que se le escapase la misma risilla nerviosa que tantas veces había tratado de erradicar su madre (“no te rías así, hija mía, que pareces una cualquiera”).

- Por fin –prosiguió él-. Estoy en pijama, me estaba quedando traspuesto en el sofá.

- ¡Qué mono es mi niño, que se queda dormidito viendo la tele!

- Menos cachondeítos, eh –su rasposa y masculina voz empezó a tener hechuras de enfado.

- Ten cuidado, a ver si se va a enterar tu mujer de con quién estás hablando y te va a negar el sexo en tres años.

Unos instantes de silencio prologaron la siguiente frase.

- Se ha ido a la cocina a prepararse una tisana. No creo que me haya oído.

- Bueno, ¿dónde me vas a invitar mañana a cenar?

- Dime tú.

- Aaaay, cariño, esfuérzate un poco.

El tiempo se hizo melaza hasta que él dijo el nombre de un restaurante:

- Podríamos ir a Chez Jacques. Tiene muy buena fama.

- Eso es lo que quería oír.

- Pero eso puede deberse al periférico de salida –soltó él de repente.

- Tu esposa de nuevo, ¿no? –replicó ella con un saco de risas luchando por escaparse de su garganta.

- Efectivamente, esa es la causa del problema de compilación.

Ella jugueteó con su pelo, estaba empezando a excitarse más de lo que habría esperado. Olió las puntas, el champú era salvaje y afrutado, tal como le había dicho el muchacho de pelo color azafrán que se lo había vendido.

- Eso te lo arreglará Peláez, que hizo un curso de programación orientada a objetos. Yo no lo tengo demasiado claro.

- ¿Sigue ahí? ¡Qué pesada!

- No, ese no es el problema. Es más una cuestión de lenguaje.

- Bueno, cariño. Nos vemos pronto.

- Sí, sí. Nos vemos. Espero que el problema esté arreglado –murmuró el hombre.

- Está arreglado, no lo dudes –masculló ella.

Al salir de la cabina ella aceleró el paso hacia casa. Nunca habría imaginado que las palabras del consejero matrimonial pudieran haber dado tan de lleno en el centro de la diana de su corazón. Imaginación y teatro eran la solución a todos los problemas.

Lo único que no le gustaba es que al día siguiente le tocaba a él elegir la fantasía que quería cumplir.


SIN TÍTULO

Por: Ana Vanderwilde Pérez
(Finalista mes de mayo)

Mi trabajo es el más importante del mundo, soy más que presidente de una multinacional, más que ministro, incluso más que rey, de hecho, creo que el único hombre que podría hacerme sombra laboralmente hablando es Bill Gates; Bien es cierto que yo no salgo en la prensa ni entiendo de cotizaciones de bolsa, ni doy discursos en la ONU...

Tampoco tengo mansiones, ni yates, ni caballos, ni avión privado, de hecho mi sueldo no da mas que para una modesta casita unifamiliar en la afueras, y tengo que coger diariamente un autobús y un tren de cercanías para ir y volver del trabajo, pero tampoco tengo grandes pretensiones económicas, yo no trabajo por dinero, trabajo por satisfacción personal, por altruismo, por amor a la humanidad, y jamás han tenido mis jefes una queja de mi, muy al contrario, treinta y siete años sin faltar ni un día a mi puesto, entrando diez minutos antes y marchándome diez minutos después, sin salir jamás a desayunar, sin realizar ni recibir una sola llamada personal ( mi familia es consciente de mi responsabilidad y sabe que nada es tan importante como para permitirme perder un momento de concentración ), sin ausentarme ni cinco minutos para ir al baño, y siempre con el colirio en el bolsillo, poniéndomelo a la hora de entrar, por si acaso...

Así me he ganado, de forma discreta, como yo soy, el respeto de todo el personal, incluso el del alto mando, que me saluda con una mezcla de afecto y reverencia : ¡Buenos días Bruce Joe¡, ¡adiós Bruce Joe, que tenga buena noche!

Siempre me quito el uniforme para volver a casa, podría ir y venir por la calle con él, pero no me gusta dar a entender al mundo quien soy, prefiero ir de paisano, como un hombre anónimo, no quiero que nadie sospeche cual es mi cargo, además, el uniforme merece un respeto por lo que representa, es un honor llevarlo puesto, y por tanto no puedo vestirlo en vano; Tan solo los sábados , al terminar mi jornada laboral, lo doblo cuidadosamente y lo meto en una bolsa de lona azul que solo utilizo para su transporte. Paso invariablemente las tardes de los sábados lavándolo a mano y planchándolo después de ponerlo a secar en la solana, no me gusta tenderlo en el patio trasero, pues cualquier vecino podría verlo y hacer cábalas sobre el; Tampoco me gusta que mi mujer lo toque o lo meta en la lavadora, mi uniforme es cosa mía, simboliza mi cargo, lo mejor de mí, y lo cuido con el mismo método y mimo con que me cuido a mi mismo.

Durante mi horario de trabajo no me quito la gorra nunca, ni aun en los días de máximo calor, pues creo que me ayuda a concentrarme, a mantener la mente en blanco, y a no pensar mas que en el botón. Botón con luz verde, todo va bien, luz verde que cambia a luz roja, emergencia, treinta y siete años frente al botón, mirándolo fijamente, sin apartar la vista ni un segundo, sin permitirme ni un parpadeo, y por suerte para la Humanidad, treinta y siete años continuados de luz verde.

No se que me pasa hoy, he desayunado tan frugalmente como de costumbre, pero me molesta el estomago, desde que me senté en mi silla aprietan los retortijones, el sudor frío que me corre por la cara va a salpicar el botón, y ya no se que hacer, me llevo las manos a la barriga, me retuerzo de dolor, voy a hacérmelo encima, pero no puedo abandonar mi puesto, el alto mando depende de mí, por otro lado, si me lo hago ahora mancharía el uniforme, y no concibo semejante deshonor, no puedo más...

Tengo que aflojarme el cinturón... El lavabo está enfrente, serían solo sesenta segundos, sesenta segundos en treinta y siete años, y la luz esta verde, siempre permanece verde... La explosión me pillo en el retrete, con los pantalones bajados, fue tan rápida que no notée dolor, seguramente nadie notó dolor, sólo sorpresa. Me quedé la duda de si fue Cuba, Corea del Norte, o lo que es más probable, nuestro propio país... Toda una vida de luz verde, y en el único momento de luz roja, yo no estaba allí para avisar al alto mando.


LA CHICA SERBIA

Por: Patricia Suarez
(Finalista mes de abril y Ganadora del Primer concurso Radiofónico)

Sí, yo ser Dinka Matijas, sobrina del autor. No, no ser de aquí. No venir de Bulgaria. No de Rumania. No de Croacia. No Eslovenia, no Montenegro, no Yugoslavia. Venir de Serbia. Vojvodina, en Serbia. Cuando guerra en Rumania, familia ir Yugoslavia, vivir en Sarajevo, bonita ciudad. Cuando guerra en Yugoslavia, familia ir primero Bulgaria, después Eslovenia. Muchos emigrar. Guerras despedazan familias, personas, corazones. Al final, en los 90, escribir tío argentino, decirle: Tío, busque a su sobrina Dinka Matijas, artista también, bailarina, conoce nueve idiomas, todos de Balcanes. Canta en ruso tradición popular: Kalinka, Ojos Negros y otras folklóricas de Ucrania como La noche. Dinka Matijas canta en español mucho poco, pero canta. Tío de América pedir fotografía, yo mandar. Tío de América preguntar si ser soltera yo decir sí. Venga, sobrina a la Argentina y casése. Sí. Yo dejé novio allá. Emir quedó corazón partido, pero no se puede vivir solo de amor; se necesita pan, vino, agua potable. Miel. Aceituna, queso fresco. Salchichón. Yo ser mujer, necesitar aparte vestido rojo, zapatos de taco, echarpe de gasa para proteger cuerdas vocales. La mujer que lleva vida pobre, se mustia. La vida de mujer debe ser como una flor: clara, oscura: el pétalo de una rosa: fuerte, ligera, profunda, efímera, inolvidable, encendida. La vida de mujer es como galleta pequeña: así tan sabrosa, tan perfumada: un mordisco, dos mordiscos, se terminó la galleta. La miseria arruina el pensamiento, las ideas no corren por falta de alimento bueno, la papa sola no basta, la papa de Rusia es puro almidón y agua, no se puede comer. El nabo crece mejor, más gordo, pero el nabo harta el paladar y agota las mandíbulas. Las ideas no corren en la Rusia y la ilusión tampoco, y mujer sin ilusión ¿qué es? Una muñeca rota. Yo no ser rota, yo venir a la Argentina, casarme con mi tío en el secreto. Allá no se puede; allá están locos. Allá no alcanza la plata; aquí se aprovechan Allá no hay esperanza, mucho tristeza. Tío de América persona rara; todo el día la cabeza metida en oscuridades, no piensa en hacer la plata. Vida de bohemia. En la Rusia, la vida de bohemia no existe, aquí es permitida. Hay bohemio flaco, bohemio gordo. En mi país proverbio dice: El flaco se asusta cuando el gordo adelgaza. Aquí tío pasa la tarde en cafetín y después otro cafetín, y escribe, escribe. Comedia, tragedia, pantomima, artículo para periódico de afuera, para periódico de adentro. A veces, vienen periodistas, lo entrevistan, tío de América, marido ahora, mucho contento. ¡Sirve aguardiente, Dinka!, grita. Yo sirvo, vaso de cristal minúculo color verde, flor de lis grabada. Una flor de lis por vaso, periodista se bebe el aguardiente hasta la raíz de la flor de lis. Periodistas personas muy sedientas. Beben, beben, postulan a marido mío para premio de teatro, puesto conservatorio de teatro, cátedra honor sin causa, prometen publicar artículo, editar obras, llevar obras a comisión de lectura de teatros importantes, a actrices internacionales. Yo ser actriz, digo, ninguno me oye. Periodista argentino mira escote siempre; periodista uruguayo mira nalga. Muestro rodilla, rodilla no gusta. Periodista español mira rostro, ojo, boca: el europeo es otra cosa, más humano es, lo advertía ya madrecita que quedó en las montañas de Kosovo y cree en todos las presagios posibles. No lee, no escribe la madrecita, no habla por teléfono. Nostalgia forma parte de Dinka Matijas como pétalo blanco margarita forma parte de margarita. Dinka Matijas no morir de nostalgia; promesa del diablo no cumplirse; Dinka Matijas bebe cuatro tragos de vodka, no piensa en madrecita, no piensa más en novio Emir. Yo querer quedarme en la casa, como toda persona, como toda chiquilla. Antes, la casa era allá, la madrecita. Ahora ya no sé cuál es la casa. Pueblos de estudiosos los Balcanes. Impacientes por empezar a 'estudiar', los croatas se pusieron a matar serbios, los serbios a matar croatas, los croatas a matar bosnios, los serbios a matar bosnios, los bosnios a matar serbios, los bosnios a matar croatas, croatas y serbios a matar bosnios, bosnios y serbios a matar croatas, bosnios y croatas a matar serbios... Todos gritando, igual que hace cincuenta años: "¡Ellos empezaron primero!". Dinka pisar Francia una vez, compañía bailarinas rusas, ballet. Dinka coser tutú bailarinas, no encontrar marido francés, no huir del hotel, no pedir asilo a Embajada, de Francia la echan; Dinka regresar Yugoslavia. ¡Dinka solo tener un solo maldito tío de América, en la Argentina, al sur! Marido mío buena persona. Mal comerciante. Mal carácter, eso sí. Mal amante. Marido mío comilón de carne y guiso de maíz. Pastel pequeño de carne crujiente. Marido mío no hace el amor: duele la espalda tanta hora que pasa escribiendo la espalda inclinada. Marido no vigila esposa, espíritu abierto, no tiene celo. Marido casarse en secreto por capricho, por hacer novela. Yo poner pantufla al marido, arreglar la casa, la cama; yo cocinar; yo sonreír. A Dinka Matijas la mira verdulero, carnicero, zapatero. La mira en la feria el repartidor, el señor del taxi. Todos miran a Dinka Matijas y ella mira a todos porque no es estúpida. Qué mal hace una mirada de amor, una ilusión de amor. Dinka Matijas pasa noche acostada al lado de marido helado, a veces ronca a veces no ronca. Cuando ronca, Dinka Matijas ponerse algodón en los oídos y rezar. Primero muy bajo: -Virgen de Vladimir, hazme regresar... Marido mío ronca fuerte, Dinka Matijas reza a la Virgen bien fuerte: -¡Virgen de Vladimir, déjame volver! No sé por qué me pasa lo que me pasa. Dinka Matijas saca entonces de abajo de cama de matrimonio, caja de zapatos con sandalia blanca que marido regaló para casarse. Las sandalias son bonitas, las calza. Dinka se acuesta con cabeza apoyada sobre caja. Dinka se duerme en el suelo; marido mío quién sabe qué sueña. Pero Dinka no sueña: Dinka no sueña.


Después más, todavía

Por: Juan Barrena Villegas
(finalista marzo 2009) 

Odio a mi mujer pero eso no basta para divorciarnos. Cristianos convencidos preferimos romper un par de mandamientos de la ley de dios, en lugar de pecar contra el santo sacramento del matrimonio. Sí , desde siempre he hecho cosas raras, como aquella vez en la que mordí a un perro y luego el dueño tuvo que vacunarlo. En fin, son cosas que pasan.

Durante la comida mi mujer se atraganta con un gran pedazo de carne. Comienza a balbucear al mismo tiempo que se le salen las lágrimas. Con el propósito de hacerlo bajar hacia el esófago se golpea la garganta suavemente. !Vaya¡ ¡Parece que se está ahogando!. Si llamo por teléfono, el equipo médico tardará 4 ó 5 minutos y estaría todo perdido. Ya no hay nada que hacer. Me viene a la mente un épico fragmento de una novela de Stéfano Benni, en  la cuál unos soldados de caballería chocan contra una orquesta ocasionando varios heridos y, entonces, un coronel, una persona misericordiosa, saca su Colt matando a un caballo y a dos violinistas.

El rostro de mi mujer comienza a hincharse y tiene los ojos desorbitados como los de un pez. Sí, eso es. Me recuerda al pez globo. Ahora que hablo de animales, cuando hemos comenzado a comer me he fijado en ese movimiento retráctil de mandíbulas tan característico que ella tiene, es igual... igual...que el de las jirafas. Jirafas, pez globo, jirafas, pez globo.¿Tendría razón el tipejo ése, el tal Darwin con su teoría de la evolución?...Pero entonces,... Dios...¿sólo puso el agua, la tierra y el aire?.Y el planeta poco a poco se le fue convirtiendo en un zoológico para envidia de Zeus, de su esposa y de los otros dioses. ¡Ah!, pero el dios dinero, un dios de tercera categoría, un pretencioso que aspiraba al liderazgo, no paraba de apuntar por todas las esquinas que él, eso, lo destruía en trescientos años.

No sin esfuerzo, consigo la proeza homérica de colocar a mi esposa  tras la raya que forma la junta del parqué. No me gusta que pisen las rayas, porque me da la sensación de que interrumpen algo, no sé, el flujo cósmico, las relaciones entre la ciudadanía y el Estado...Hace falta que las líneas estén bien para que el mundo vaya bien. 

Concentro mi atención entre los omoplatos de mi esposa. Balanceo mi brazo derecho para relajarlo y visualizo varias veces el golpe que le tengo que aplicar. En estos momentos me imagino que soy Nadal ante Federer. Tengo su expresión feroz, su musculatura y su mismo sudor. A mi esposa le deben de quedar pocas décimas de segundo de oxigeno. Escupo al suelo y le aplico un sonoro pero, terapéutico golpe  entre los omoplatos que, hace retumbar los cristales e impulsa a mi mujer varios metros hacia delante, generando una inercia que obliga a su cabeza a inclinarse hacia atrás  presionando  su garganta. El pedazo de carne, ese Alien invasor nos muestra su indiferencia cayéndose al suelo. Pero mi mujer cree que todavía no puede respirar a lo cual le doy un azote en el culo. Ella al chillar de dolor, respira,¡respira! y se abraza a mi cuello mientras exclama ¡oh, mi héroe!


<< Anterior 1 2 Siguiente >>

Content Management Powered by CuteNews
Informes de lectura · Seguimiento literario · Aula de escritores · Biblioteca de escritores · MCL · Blogs
Date de alta en nuestra lista de suscriptores y recibe en tu correo electrónico nuestro boletín semanal
Tu dirección de correo electrónico:          Alta:     Baja: