NoticiasBibliotecaDeBagdad/EDL/25-05-2009Xenofobia y autoritarismo: La ley de seguridad italiana culpa al inmigrante de los problemas del país

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Manifestación
La reforma de la ley de seguridad, impulsada por el Gobierno de Silvio Berlusconi y recientemente aprobada por el Parlamento italiano, introduce una serie de medidas que han despertado todas las alarmas constitucionales, hasta el punto de que algunos expertos juristas hablan de la necesidad de buscar "formas de resistencia constitucional" frente a las posibles violaciones de derechos fundamentales. La ley no solo limita los derechos fundamentales de los inmigrantes que viven y trabajan legalmente en Italia y criminaliza al inmigrante ilegal como delincuente (se crea el delito de "inmigración y estancia clandestinas"), sino que legaliza las denominadas "patrullas de ciudadanos", creadas para denunciar posibles delitos, situaciones de desorden social o alteraciones del orden público y delatar a sus autores, incluyendo muy especialmente a los sin papeles y a todos aquellos que se ubican en ámbitos de vulnerabilidad social.

Publica El Periódico

Por María José Fariñas *

Esta medida autoriza al ciudadano privado a asimilarse a las fuerzas de policía y legitima, en la práctica, peligrosas tendencias de la gente a tomarse la justicia por su mano. Es decir, que esta ley propicia un claro retroceso en uno de los pilares básicos del Estado de derecho: el del legítimo monopolio del uso de la fuerza.

Medidas legales de este tipo ponen de manifiesto una clara deriva xenófoba y autoritaria en la acción política italiana, que puede tener consecuencias muy negativas en el funcionamiento democrático de las instituciones políticas y trascender sus fronteras. En el fondo, se está produciendo una instrumentalización de las emociones de los ciudadanos. El miedo, el racismo, el odio a los diferentes o el desprecio por el débil y las minorías son utilizados como coartada para buscar el consenso y la legitimidad de políticas populistas que atentan contra la estructura democrática de las sociedades europeas y provocan una falsa división de la ciudadanía en torno a temas básicos que tienen que ver con la dignidad de las personas y sus derechos. Abren, así, un combate cultural, cuyo objetivo es crear alarma social culpabilizando a los inmigrantes de los problemas económicos y de inseguridad que vive la sociedad italiana.

Y, en base a ello, se reclama una especie de poder ilimitado e incontrolado, un poder salvaje, a modo de encarnación de la voluntad popular, en el que se mezclan lo ideológico y los intereses económicos privados en una suerte de pulso de poderes fácticos frente al poder político. La apelación directa al «bienestar general del pueblo» se utiliza como fuente de poder, buscando la aceptación de los ciudadanos. La cuestión está en que las medidas que se han aprobado en Italia pueden tener un efecto bumerán contra los ciudadanos italianos y su «bienestar general», en tanto que toda limitación o retroceso en la defensa y garantía de los derechos humanos, en este caso de los extranjeros, y de la democracia acaba afectando a toda la población y causando conflictos inesperados y duros.

Las medidas contenidas en la ley italiana pueden generalizarse en otros países europeos. Y eso supondría una amenaza a los compromisos de libertad, igualdad y solidaridad del originario espíritu europeísta, y del carácter universal y generalizable de los derechos humanos, reafirmando la regresión mercantilista y nacionalista que se ha ido instalando en el funcionamiento de algunos países de la Unión Europea. En tiempos de crisis, las veleidades populistas, tanto políticas como económicas, afloran con más facilidad y pueden encontrar un seguimiento electoral en una ciudadanía desencantada políticamente, agobiada y resentida económicamente.

¿Cómo se pueden frenar estas tendencias? La izquierda y el pensamiento progresista han de asumir su responsabilidad frente a las mismas. No es suficiente con criticar de forma concreta las sucesivas actuaciones de xenofobia o racismo que se producen en algunos países europeos como casos residuales, ni tampoco sirve calificar de extremistas a sus promotores o mirar para otro lado cuando se aprueban leyes restrictivas con los derechos humanos.

Podemos estar ante una verdadera emergencia constitucional, que requiere un refuerzo de las instituciones democráticas para evitar su utilización o, incluso, su suplantación por parte de algunos partidos o líderes políticos que sirven más a poderes económicos y empresariales que a la ciudadanía.

Es urgente facilitar el ejercicio de los controles constitucionales y reforzar la legitimidad de los poderes públicos. Desde la izquierda se debería enviar un mensaje ético de recuperación de la hegemonía del poder político frente al poder económico y el poder ideológico que en los últimos años ha sido privatizado al servicio de aquél. El poder político, en tanto que poder regulador, no puede estar capturado por el poder regulado mediante redes clientelares y corruptas.Mientras esto sea así, las derivas populistas, tanto en política como en economía, encontrarán un terreno abonado para su desarrollo. El ejemplo paradigmático es lo que se ha consolidado como el berlusconismo en Italia, que debería constituir un claro aviso para navegantes, también para las instituciones de la Unión Europea.

* Profesora de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.


Retóricas inhumanas

Publica Sin Permiso

Por Marco Revelli

Ya está claro, la campaña electoral, el gobierno la hace así. Con la ostentación publicitaria de las expulsiones de los emigrantes. Con la evocación impúdica del apartheid. Con la exhibición de la dureza "sin contemplaciones" —es más, con la exhortación explícita a ser "malvados"- contra los emigrantes. En suma, poniendo sobre el tapete aquel recurso, poderosísimo en el plano emotivo y peligrosísimo en el civil, constituido por las "retóricas de lo inhumano". Y precipitándonos así siempre más abajo, por la pendiente de la civilización y de los derechos sobre la cual, ya ahora desde hace años, pero últimamente con gran celeridad, Italia está deslizándose.

Existe dentro de cada uno de nosotros, y en la conciencia colectiva, una línea de demarcación impalpable pero fundamental, que distingue entre el modo de ver al Otro como "uno de nosotros" (distinto pero, al menos semejante en algo) o como una "naturaleza extraña". Perteneciente a otro "reino": "animal", "vegetal", "mineral". O simplemente a la Nada.

Las "retóricas de lo inhumano" trabajan sobre esta línea de demarcación. La desplazan "hacia aquí", reduciendo el área de los incluidos en la dimensión de los "hombres", y ensanchando el ejército de los "no hombres". De los no — reconocidos. No de los "invisibles", fijémonos bien. Sino de aquellos que se ven pero no tienen importancia. Pueden ser indiferentemente usados o abandonados a sí mismos. Acogidos (si, y mientras, sirven) o rechazados (como cosas inútiles o dañinas). "Salvados" o "hundidos" según sea el interés del momento. Esto es lo que está haciendo el ministro del interior Maroni. Con la tosquedad que lo caracteriza. Pero también con absoluta carencia de escrúpulos, desplazando la línea de demarcación de la política más allá de un límite jamás alcanzado hasta ahora, cuanto menos, en la Italia republicana, por ninguna otra fuerza de gobierno: hasta el interior de la delicada trama que une la dimensión de lo biológico y la del sentido moral.

La naturaleza de las relaciones "genéricamente humanas" y el ejercicio del poder público. Se puede comprender fácilmente qué eficacia tan terrible puede tener en una sociedad que se está empobreciendo rápidamente, y en la cual estratos cada vez más amplios de población perciben el riesgo inminente de su propio desclasamiento y de la pérdida de posiciones fatigosamente conquistadas, una retórica de este tipo: qué devastadora capacidad de movilización negativa pueda tener un mecanismo fundamentado en la creación de una porción, limitada, de humanidad explícitamente privada, por vía estatal, mediante el instrumento universal de la Ley, del estatus de hombres.

Esto permite un aparente, pero sicológicamente eficaz, "resarcimiento" de los "penúltimos" —de aquellos que han perdido buena parte de sus propios derechos sociales- a través de la exhibición de la privación más radical de los "últimos", de aquellos que carecen por completo de derechos. Gratifica a quien lo ha perdido (casi) todo o teme perderlo —trabajo, casa, renta, salud...- pero ha mantenido el estatus de "hombre", gracias a su pertenencia territorial, al mostrarle en clave publicitaria el espectáculo de quien ha sido destituido de aquella prerrogativa. Y puede ser públicamente declarado "exterior". Y en consecuencia "inferior". Es, y no podemos ocultárnoslo, un mecanismo políticamente "irresistible".

Al poner en acción un sentimiento ambiguo, pero incendiario, como la "envidia social", en la época de la proclamada imposibilidad de realizar eficaces políticas redistributivas y de desafiar de modo creíble a quien "está en lo alto", éste se revela capaz de echar raíces en vastas áreas sociales, y potencialmente inmensas. A menudo en los asentamientos tradicionales de la vieja izquierda. Pasa a ser, una vez se acepta franquear aquel confín moral por parte de, por usar un eufemismo, políticos emprendedores sin prejuicios, un recurso decisivo. De hecho, Berlusconi y los suyos se han abalanzado sobre éste, en el momento en el que la prioridad parece ser la de vencer en la "guerra sicológica" de la crisis (y, cosa no secundaria de "olvidar a Verónica..." (1)). Y Franceschini (2) ha hecho bien al denunciar, con firmeza, el uso propagandístico de la desnuda vida ofendida, pero ya la inmediata, e imprevista jugada en contra de Fassino (3) nos dice cuánta atracción, o embarazo, ejerce en todos los frentes políticos, la puesta en acción de este nuevo perverso recurso. Y cuánta dificultad nos va a crear, ateniéndonos estrictamente al plano político, el proceso de petrificación de las conciencias que aquello conlleva.

Si puede nacer hoy una resistencia, creo que no puede constituirse más que a partir de un frente, por así decir, "impolítico". Capaz de actuar sobre los registros trasversales de la moral, de la memoria, del sentido de la dignidad y sobre los residuos de la cultura, que no se miden según las relaciones de fuerza, las reglas de la razón de estado o de partido, según el maquiavelismo de la acción útil y de la eficaz.

El efecto principal de las "retóricas de lo inhumano" es el de deshumanizar en primer lugar a aquellos que las comparten. Es preciso juntar a quien continúa no queriendo renunciar a la propia residual humanidad. Y tiene la intención de defender esa pizca compartida que es el propio estado de hombres con el resto del género humano.

Notas del T.:

(1) Olvidar el dolor real. Hace unos años, los padres de una adolescente que había perdido la vida en un accidente de moto durante un fin de semana, crearon una asociación para recordar a su ser querido y no se perdiera su memoria. La asociación se llamaba "no olvidar a Verónica". (2) Dario Franceschini, actual dirigente del P.D. (3) Piero Fascino es ex secretario general del partido Demócratas de Izquierda


Marco Revelli, antiguo militante del autonomismo obrero italiano y celebrado estudioso del fordismo y el postfordismo, es profesor de ciencia política en la Universidad de Turín. Sus dos últimos libros más debatidos son La sinistra sociale (una investigación muy importante sobre el tránsito del capitalismo fordista al postfordista y la evolución de las bases sociales de la izquierda) y Más allá del siglo XX (traducido al castellano y publicado por la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2003).

Traducción de Joaquín Miras


Noticia nº: 1578 | 25-05-2009


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