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Situación de la crisis política y social en Irán: Escriben Ahmed Rashid y Francesc-Marc Álvaro

No dejan de crecer las críticas a los dirigentes occidentales, entre ellos, al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, así como a los más destacados jefes de Gobierno europeos, por los modos, excesivamente complacientes hasta el momento, con que han expresado su reprobación del régimen iraní por la violencia que ha desencadenado contra su propio pueblo tras las controvertidas elecciones presidenciales. Sin embargo, estas críticas no tienen en cuenta hasta qué punto una política de Estados Unidos y Europa que fuera diferente, exigente e intervencionista -aun encaminada a apoyar al movimiento prodemocrático iraní-, podría terminar resultando contraproducente en Oriente Próximo y en todo el sur de Asia, situando a sectores críticos del mundo musulmán en una nueva posición de enfrentamiento abierto con Occidente.
Publica El Mundo
Por Ahmed Rashid
Después de ocho años de políticas fracasadas y de intentos de cambios de régimen por la fuerza en el mundo musulmán impulsadas por el tándem Bush-Cheney -incluida financiación de la CIA para desestabilizar a los ayatolás de Irán-, lo último que quiere la población de cualquier país musulmán es otra intentona de cambio de régimen en Irán patrocinada por la Casa Blanca, por más que a una parte considerable de musulmanes, como a la inmensa mayoría del resto del mundo, le gustaría ver que la democracia florece en la antigua Persia.
Hasta el momento, el presidente Barack Obama y los dirigentes europeos han hecho exactamente lo que deben: censurar a Irán con mesura y sin caer en las amenazas. Y ello aunque esté claro que, instintivamente, los gobiernos occidentales, junto con los del resto del mundo, estén consternados ante el encubrimiento del fraude electoral y la brutal violencia que el régimen iraní está ejerciendo.
Pero la moderación con Irán es esencial si se pretende mantener los puntos fundamentales de la política exterior de Obama en esta parte del mundo; es decir, el acercamiento al mundo musulmán en general, la iniciativa de paz entre israelíes y palestinos, la retirada de los soldados estadounidenses de Irak y la eliminación de la amenaza que los talibán representan para Afganistán y Pakistán. Asimismo, resulta de capital importancia no tensar la cuerda hasta romperla para aquellos dirigentes europeos que todavía tienen alguna posibilidad de negociar con el régimen iraní sobre su empeño de hacerse con armas nucleares.
Una respuesta amenazante de Estados Unidos a Irán no haría sino dar al traste con muchas de esas iniciativas, dificultar mucho más las relaciones de los regímenes musulmanes con Washington y Europa, reforzar la opinión contraria de muchos musulmanes a Occidente y amenazar con convertir a Obama prematuramente en un cero a la izquierda a los ojos del mundo islámico, justo en el inicio de su mandato presidencial.
Pero hay muchos otros factores que obligan a mantener la calma. Irán es un país mayoritariamente chií -una de las dos ramas más importantes del islam- y todos los estados musulmanes, desde el Líbano hasta la India, cuentan con minorías chiíes políticamente influyentes. Un país tan inestable como Pakistán, que ya se enfrenta a una sublevación extremista de tendencia suní por parte de los talibán, tiene entre un 15 y un 20% de población chií.
Una gran parte de estas minorías chiíes se alinearía de manera instintiva en torno a los actuales dirigentes de Irán si vieran el país amenazado por la política de Estados Unidos. Y algo así podría acarrear la desestabilización de regímenes de todo Oriente Próximo y del sur de Asia al exacerbar el sectarismo entre suníes y chiíes. No hay que olvidar que en la mente de muchos chiíes, el presidente iraní Ahmadineyad no es ni mucho menos el Gran Satán que en cambio sí es Estados Unidos.
Es más, muchas de esas minorías chiíes y muchos de sus dirigentes han recibido financiación de los Guardianes de la Revolución de Irán, y gracias a su ayuda se han movilizado como fuerza de choque para ofrecer resistencia a los intentos del ex presidente de EEUU George Bush de desestabilizar Irán.
El plan de los ayatolás, que cabe suponer que sigue estando vigente, presupone que, si Estados Unidos o Israel se dispusieran a amenazar o a atacar a Irán, estos grupos dispersos por todo el mundo musulmán y que cuentan con financiación de Teherán tomarían represalias y dirigirían sus ataques contra toda clase de objetivos estadounidenses y occidentales en general allí donde tuvieran la posibilidad de hacerlo. Como parte de esta estrategia, Irán ha facilitado además armas y financiación a algunos grupos de activistas suníes como, por ejemplo, ciertos sectores de los talibán.
Todo el territorio que rodea Irán es especialmente inestable y proclive a caer en una desestabilización inmediata si Washington o Europa incurren en cualquier decisión equivocada.
Dos de los vecinos de Irán, Irak y Afganistán, se encuentran bajo la ocupación del ejército estadounidense. Otros de sus vecinos, como Pakistán y los países árabes del Golfo, facilitan bases militares a los norteamericanos bajo una modalidad u otra. Irán tiene todas las razones del mundo para temer una maniobra de Estados Unidos y las amenazas del anterior Gobierno de Bush no han contribuido precisamente a disipar la paranoia que siempre ha agarrotado al régimen iraní.
Todos los gobiernos vecinos de Irán son frágiles, razón por la que se han apresurado a felicitar al presidente Ahmadineyad por su victoria electoral, con independencia de lo que puedan pensar acerca de la validez de esos comicios. La realidad es que ni Pakistán ni Afganistán al este, ni Azerbaiyán al norte, ni Irak ni los países árabes del Golfo al oeste pueden permitirse el lujo de que un Irán herido, humillado y encolerizado les acuse de plegarse a los deseos de los estadounidenses.
Irán está en condiciones de desestabilizar a todos sus vecinos. Teherán sigue teniendo capacidad para dificultar gravemente la retirada de EEUU de Irak con sólo fomentar una nueva racha de violencia contra sus soldados. Por otra parte, si los norteamericanos se ven obligados a doblar la cerviz en Irak, estará en peligro la intención de Obama y de la OTAN de centrarse en la estabilización de Afganistán.
Tanto el presidente afgano, Hamid Karzai, como el de Pakistán, Asif Zardari, se han desvivido durante los últimos meses por complacer a Irán, para lo que no les han faltado buenas razones como, por ejemplo, el suministro de petróleo y gas que están recibiendo en buenas condiciones económicas. Pero, por encima de todo, porque no pueden permitirse el lujo de tener a sus puertas un Irán hostil que en el interior de ambos países respalde a una minoría chií en contra.
Cualquiera que sea el resultado final de la crisis actual de Irán, el país va a quedar fuertemente polarizado y en un profundo estado de inestabilidad durante algún tiempo. Y los vecinos de Irán, muchos de ellos aliados de Estados Unidos, van a ser los primeros en notar esos vientos de inestabilidad. Por lo tanto, se necesita más que nunca a unos dirigentes juiciosos y prudentes en Estados Unidos y en Europa que no los lancen de cabeza a una confrontación con Irán.
Es imprescindible que los dirigentes occidentales, sin distinción de color político, comprendan a qué grado de enmarañamiento e interrelación han llegado Irán y los países de la zona y que, de común acuerdo, pongan en práctica una política de moderación y prudencia a la hora de afrontar la crisis actual.
¿Cuánta libertad quieren en Irán?
Publica La Vanguardia
Por Francesc-Marc Álvaro
Tomás Alcoverro, como la mayoría de periodistas que han podido observar directamente lo que ocurre estos días en Irán, nos ha explicado que "los líderes que ahora encabezan este amplio movimiento de impugnación popular no se proponen derrocar el régimen, sino ante todo conseguir que se haga justicia en la mascarada del escrutinio, con cuyos votos expresaron sus ansias de una vida más libre". ¿Cuánto más libre?, me pregunto. La encarnizada lucha de poder entre las familias y facciones que dirigen la República Islámica se representa hoy en la calle, y ahí se mezcla todo. Nosotros, que seguimos desde lejos los acontecimientos, corremos el riesgo de dar a estas protestas el sentido que más casa con nuestros valores, ideas y anhelos. Tendemos a pensar que la pugna entre el presidente Ahmadineyad y Musavi, el principal reformista perjudicado por el fraude electoral, puede ser algo más. O debería ser algo más. Nos pasa lo mismo que a la oposición iraní en el exilio, deseosa de ver caer la tiranía de corte religioso que sustituyó en 1979 a la tiranía del sha, el sátrapa Mohamed Reza Pahlevi, aliado de Occidente.
Jordi Llaonart, arabista y periodista que conoce bien la zona, nos ha advertid de que serán precisamente los partidarios de Musavi los que no permitirán que la oposición democrática intente dar un giro de verdadera ruptura a lo que se pretende sólo como una corrección dentro de los estrechos límites del régimen. Cuentan las crónicas que los gritos de los manifestantes airados son contra Ahmadineyad, al que se califica de "dictador", no contra el guía supremo de la República y jefe del Estado, Ali Jamenei, sucesor de Jomeini. Como si todo el sistema no fuera una dictadura teocrática decorada con pseudocomicios. El mérito de Musavi es haberse convertido en abanderado de las capas de población más cansadas de la crisis económica y los excesos ultraconservadores, a la vez que, de puertas adentro, encarna los intereses de ese sector de dirigentes que, a causa del purismo de Ahmadineyad, se ha visto alejado del pastel del poder, corrupción incluida. Entre la calle y la cúpula, unos y otros se acusan mutuamente de haberse apartado del espíritu de la revolución chií. Fanatismo frente a pragmatismo, es una manera de resumirlo.
Vayamos a lo más importante: ¿Cuánta libertad quieren hoy los iraníes? Es la pregunta del millón. ¿Puede un sistema dictatorial ensayar una apertura controlada que permita alojar dinámicas propias de la sociedad abierta dentro de estructuras totalitarias? No faltará quien, tal vez, saque a colación el caso de China como modelo a imitar, confundiendo los resultados de un singular capitalismo salvaje de Estado con una supuesta democratización, siempre aplazada. También hay quien sigue ponderando el régimen de Franco porque, a partir de los años sesenta, el personal se compró un piso y un Seat 600, y a los que nacimos en esa década no nos faltó ni leche ni vacunas. Pero, ¿es reformable la tiranía? Hacer la tortilla sin romper los huevos parece imposible, sobre todo cuando hablamos de un país donde la modernidad no es algo nuevo, al contrario. La refinada cultura de los iraníes siempre ha mirado hacia el Oeste.
Además, existe una separación muy clara entre la vida en Teherán, con unas élites informadas y dinámicas, y lo que ocurre en el resto del país, marcado por el peso de normas religiosas y fuertes tradiciones. ¿Puede un orden tiránico sobrevivir a su apertura?
En realidad, hay otra pregunta, menos teórica y más realista, me temo: ¿A cuánta libertad pueden aspirar los iraníes dentro del actual sistema, lo gobierne Ahmadineyad o Musavi? Los ayatolás que fundaron esta República Islámica, con el apoyo de unas masas que buscaban justicia, establecieron que el pueblo puede decidir algunas - pocas-cosas. Sólo algunas. Lo importante - lo dejaron muy claro-es decisión de Dios. Y Dios se comunica a través de los clérigos más sabios, cuyo juicio y mando está por encima del pueblo y de las mismas instituciones. No nos engañemos: los iraníes viven dentro de esto. Si tratan de cambiarlo, les persiguen, les encarcelan, les torturan y les asesinan. ¿Cómo no habrá fraude electoral si todo el régimen es un monumental fraude? Así que, una vez hemos analizado los sofisticados matices entre azules, tecnócratas, falangistas auténticos y aperturistas (por decirlo a nuestra manera), hay que devolver el debate allí donde es preciso: ¿Hasta cuándo un pueblo puede vivir sin libertad?
En una obra deslumbrante, El Sha o la desmesura del poder,Kapuscinski escribe algo que hoy podría volver a ser cierto. Basta con sustituir la palabra sha por el nombre de Ali Jamenei: "Al sha lo perdió su vanidad. Se consideraba padre del pueblo y el pueblo se le enfrentó. Esto le dolió mucho, se sintió herido en lo más profundo de su ser (...) Pero olvidó que en los tiempos en que vivimos los pueblos exigen derechos, no gracia". Y, para no perder la esperanza, nos quedan las profecías. Raymond Aron, en noviembre de 1979, con Jomeini estrenando poder, observa que la revolución iraní "terminará por autodestruirse, arrastrada por su propia locura; sin embargo no sabemos qué hombres la acabarán y quiénes administrarán su herencia". Tal vez lo hagan algunos jóvenes anónimos que, a día de hoy y al margen de los cálculos de Musavi, se juegan la vida plantando cara a los policías y a los milicianos Basij. Ojalá tengan esa oportunidad.
Noticia nº: 1605 | 26-06-2009