Representación del duelo: Paul Ricoeur y las formas de pensar la muerte
Publica El Mercurio
Por Camilo Marks
Como pensador cristiano -que no aceptaba ese calificativo-, el maestro galo se aboca a un análisis de las significaciones de la palabra "resurrección". De partida, se niega a imaginar un más allá, un trasmundo cualquiera, lo que, sin duda, posee algo de agnóstico. El dilema se soluciona precariamente en la representación del duelo y la comunidad del dolor: "Sólo los enlutados serán consolados". Porque el luto que debemos hacer por nuestros queridos fallecidos se invierte en la anticipación del duelo que nuestros seres amados tendrán que hacer por nosotros cuando dejemos de existir.
En ambos casos, rechaza la idea de un Juicio Final: hay que apartarse de cualquier concepto de una retribución, una recompensa o un castigo. Tenemos que vérnosla con la gracia, es decir, el absurdo en estado puro, tanto de la desdicha como de la felicidad, lo que nos acerca a una metafísica más bien protestante, ligada a la lectura del libro de Job.
Apoyado en dos obras literarias, La escritura o la vida, de Jorge Semprún, y Si esto es un hombre, de Primo Levi, junto al testimonio de médicos especializados en cuidados paliativos a sidosos y cancerosos, Ricoeur afirma una verdad que parece muy obvia, pero que siempre olvidamos: no es fácil morir. Entre los murientes, distingue a los agonizantes y los moribundos. Los primeros no se perciben como pronto muertos, sino como aún vivos, y ello sucede incluso una media hora antes del deceso. Lo que ocupa la capacidad de pensamiento todavía preservada no es la preocupación por lo que pueda haber después de la muerte, sino la movilización de los recursos más profundos de la vida para seguir afirmándose. El fondo del fondo es que la gracia interior que distingue al agonizante del moribundo es el surgimiento de lo Esencial en la trama misma del tiempo de la agonía. Esto es lo religioso común, que transgrede las limitaciones circunstanciales a lo religioso confesante y confesado. No es importante que el agonizante se reconozca como miembro de tal o cual religión, de tal o cual confesión. Quizá no sea sino frente a la muerte cuando lo religioso se iguala a lo Esencial y se trasciende la barrera que atraviesa a las creencias. Y en el acompañamiento al agonizante que lucha por la vida hasta el final, se produce el movimiento de trascendencia íntima de lo Esencial, al desgarrar los velos de los códigos piadosos convencionales.
La preparación para el fin, la vivencia anticipada del dolor suyo y el de los otros, hace que Ricoeur evoque un postulado presente a lo largo de sus libros: la imposible experiencia tanto de la propia muerte como del propio nacimiento, que existen a partir de una dilatación en la que el nacimiento disfruta de una irreversible prioridad. Junto a Hannah Arendt, el escritor francés recuerda: "Los hombres no han nacido para morir, sino para inventar".
El sentido de la resurrección no se halla en la saga bíblica, que en gran parte se revela como una ficción teológico-política, ni tampoco en la figura del Hijo de Dios Padre que se sacrifica en nuestro lugar. En el primer caso, tenemos a un Ser Supremo vengativo, judicial, cautivo de sus amenazas; en el segundo, un moralismo un poco chato de la humanidad que ha perdido la vehemencia del deseo de vivir y de la recepción de sí por otro. Sólo es imaginable un más allá en la transferencia del amor por la vida, en el desapego de sí y en la confianza en el cuidado de Dios, que sostiene esa despreocupación.
Vivo hasta la muerte, pese a su carácter inacabado, es una cantera de variaciones acerca del misterio más insondable de la especie. Además, su valor literario es sobresaliente.
Noticia nº: 1724 | 12-02-2010
BibliotecaDeBagdad/EDL/12-02-2010


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