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Palestina hoy: A sesenta años de la fundación del Estado de Israel. Por Naief Yehya

Noticia nº: 1322 | 20-05-08, 17:57
Biblioteca Der Bagdad
El 14 de mayo de 1948, David Ben Gurion anunció la independencia unilateral del estado de Israel. Hubiera sido imposible imaginar que sesenta años más tarde esa pequeña nación se hubiera convertido en una potencia atómica regional donde florecen las artes, la cultura, la educación, la industria, la alta tecnología y la democracia. En un parpadeo de seis décadas, Israel se volvió un país desarrollado con una vibrante economía. Asimismo, se constituyó en un Estado acorazado imbatible, con uno de los ejércitos más poderosos del mundo y los servicios de espionaje e inteligencia más eficientes de nuestro tiempo.

Publica La Jornada

Por Naief Yehya

Cuando Ben Gurion declaró la independencia se peleaba una guerra en Palestina entre los inmigrantes judíos y los "nativos" árabes. Estos últimos fueron fácilmente derrotados, y a pesar de que en su mayoría fueron expulsados de sus tierras, de que sus pueblos fueron literalmente borrados del mapa y su historia fue sepultada, el conflicto aún no ha terminado; por el contrario, se ha exacerbado, tornado más crudo y más complejo. La limpieza étnica del territorio no resolvió el problema territorial sino que propició nuevos conflictos, resentimientos irreparables y nuevas guerras regionales, una de ellas, la Guerra de los seis días, de 1967, la que sirvió a Israel de pretexto para ocupar, en contra de todo mandato de las Naciones Unidas, toda Palestina, las alturas del Golán, pertenecientes a Siria, el Sinaí egipcio y toda la ciudad de Jerusalén.

La independencia israelí es también el día del Naqba o de la catástrofe. Un mismo evento visto por estos dos pueblos no podría ser más distinto. Mientras para unos representa la liberación de las potencias europeas y la oportunidad de formar una nación, para otros es el comienzo de un proceso de humillación, marginación, despojo y, en un momento dado, lento exterminio en tanto que pueblo. Sesenta años de Estado judío son también sesenta años de guerra que pueden resumirse en un conflicto que ha hecho a las partes sentirse más que enemigos.

El principal problema para entender el conflicto israelí palestino es que muchas personas no saben que en realidad se trata de dos problemas distintos. Por un lado tenemos a una población árabe israelí (1.3 millones, alrededor del veinte por ciento de la población) relativamente asimilada que vive dentro de Israel, disfruta de la mayoría de los privilegios de ser ciudadanos de un país desarrollado y tiene representación parlamentaria, aunque tengan motivos para sentirse ciudadanos de segunda clase. Por otro lado está la población de los territorios ocupados en 1967, que son palestinos considerados como extranjeros, una sociedad apátrida que lleva cuarenta años viviendo bajo un brutal régimen militar. Esta última es una de las sociedades más marginadas del mundo, que bajo el pretexto de la seguridad nacional viven en una situación de estrangulamiento. Los árabes israelíes son vistos con creciente desconfianza y temor, ya que ante los ojos de algunos ponen en riesgo la naturaleza judía del Estado.

Los palestinos de los territorios están divididos entre la franja de Gaza, la cual presuntamente fue devuelta a los palestinos bajo el gobierno de Ariel Sharon (8 mil colonos fueron retirados pero Israel conserva el control de las fronteras, el mar, el espacio aéreo y la prerrogativa de intervenir en cualquier momento) y en Cisjordania. Gaza por su parte es una zona de desastre, la región más sobrepoblada del mundo, donde la gente padece terribles condiciones de miseria, vivienda, sanidad, educación, miedo permanente y donde la población civil está en el medio de la batalla entre el ejército israelí y las milicias que obstinadamente siguen creyendo que "lo que fue arrebatado por la fuerza deberá ser recuperado por la fuerza". En Cisjordania y Jerusalén este viven alrededor de 400 mil colonos en numerosos asentamientos dispersos y conectados por vías carreteras de uso exclusivo de los colonos.

Cualquier discusión alrededor del conflicto árabe israelí cae inevitablemente en los mismos argumentos cansados, en la retórica de la victimización, en las mutuas acusaciones de terrorismo y de terrorismo estatal, en premoniciones oprobiosas, arrebatos fanáticos y teorías conspiratorias. Pero finalmente nada es más contundente que los "hechos en el terreno", la materialización de la ideología en forma de la prisión ghetto más grande del mundo que es Gaza, la bantustanización de Cisjordania y el muro de separación, esa nueva "cortina de hierro", cerco de lamentaciones que es la trinchera y frente de combate del "choque de las civilizaciones".

En una tierra cargada de simbolismo gastado, anodino e inane, esta brutal, y en algunas partes gigantesca muralla, representa el impasse a cualquier forma de conciliación y tolerancia. El muro es un monumento de cemento y metal a la paranoia y al complejo de culpa. Si bien es cierto que esta construcción ha reducido el número de ataques terroristas, también lo es la renuncia definitiva a la diplomacia y cualquier iniciativa de paz. Pero es más que eso, ya que también representa la mineralización del sueño del padre del sionismo, Theodor Herzl, quien ofreció a las potencias europeas ser "un sector de la muralla en contra de Asia, serviremos como la vanguardia de la cultura en contra del barbarismo", como cita James L. Gelvin en su libro The Israel-Palestine Conflict: One Hundred Years of War. Esa visión decimonónica sigue dominando la percepción de quienes ven en ese muro una protección contra la otredad, una evocación nostálgica de la era del colonialismo británico, el retorno a un tiempo donde "los salvajes sabían cuál era su lugar". Como apunta Uri Avnery, los colonos judíos de Palestina pudieron elegir entre integrarse y aceptarse como un pueblo asiático de retorno a sus orígenes, pero escogieron ser los amos blancos, modernos cruzados sin cruz.

No hay duda de que los colonos encontraron hostiles a los locales, especialmente cuando éstos entendieron sus intenciones y su capacidad para adquirir tierras legal e ilegalmente. El Estado sionista fue construido a partir de la ilusión de una nación sin fronteras que se extiende de acuerdo con sus necesidades, caprichos y capacidades militares. Ben Gurion fue cuidadoso al no comprometerse a ninguna limitante territorial y las fronteras determinadas por la ONU en 1947 no tenían ningún significado para él.

A sus sesenta años, el Estado de Israel sigue padeciendo curiosas pesadillas, temiendo desaparecer entre masas árabes que se reproducen velozmente, aterrados por ser tirados al mar o eliminados por enemigos pavorosamente inferiores como los grupos Hamas y Hezbollah o borrados por imaginarias bombas atómicas iraníes. A sus sesenta años Israel no tiene proyecto alguno de paz ni intención realista de negociar, ya que la paz implica confrontar al movimiento de los asentamientos, una masa en su mayoría radical, indisciplinada, apocalíptica, racista y cegada por el fervor religioso. Los colonos que viven una fantasía inspirada tanto por la Biblia como por John Wayne y el mito del viejo Oeste estadounidense, han logrado secuestrar la situación política y dictar sus términos lunáticos al Estado.

Más que temer por la supervivencia, a sus sesenta años Israel debería temer por su legado, por preguntarse si vale la pena seguir nutriendo aún el resentimiento y si el pragmatismo del despojo, la depredación y la marginación es decente o moral. Es tiempo de reconocer que no se puede ser una sociedad democrática y al mismo tiempo un pueblo invasor y opresor. Es hora de considerar que la única solución es una sola Palestina o Israel, completa, un Estado libre, laico, democrático, pacífico, con libertad de credo (pero que censure a los líderes carismáticos fascistas), donde los mitos religiosos y fantasías místicas no tengan peso político y, sobre todo, un Estado donde todo mundo sea igual ante la ley.


Dos poemas de Naomi Shihab Nye *

Oculto

Si pones un helecho
debajo de una piedra
al otro día será
casi invisible
como si la piedra
lo hubiera tragado.

Si escondes el nombre querido
bajo tu lengua
por demasiado tiempo
sin pronunciarlo
se convierte en sangre
suspiro
el pequeño aliento halado al aire
oculto dondequiera
en el fondo de tus palabras.

Nadie ve
el combustible que te alimenta.

Pequeños floreros de Hebrón

Inclina sus bocas abiertas al cielo.
Azul turquesa, ámbar,
un verde profundo con el asa torcida,
cántaro no más alto que dos pulgares,
de labios diminutos y gracioso talle.

Aquí ponemos las flores pequeñas,
las que hubieran permanecido invisibles
en la tierra suelta a orillas del camino:
brotes de suculento romero,
arcos de menta.

Crecen para adentro en el centro de la mesa.

Aquí nos entregamos a la vida menor,
hilo, hálito, fragmento.
Y se curva. Espera el día entero.
En lo que el pan se enfría
y los chamacos abren sus pardos cuadernos
para trazar una letra que parece
chimenea que sobresaliera de una casa.

Y los titulares de hoy ¿qué dicen?

Nada acerca del pétalo más chico
perfectamente acomodado dentro del pétalo grande,
o de la manera en que el cristal colorido filtra la luz.
Hombres y muchachos, en oración mientras morían,
abandonaron sus epidermis.

El entero alfabeto de lo viviente,
cabezas y rabos de palabras,
frases, la manera de decir
“Ya"Ala” cuando se sobresaltan,
o “ya"ani” por “quise decir”.
Un vidrio estrellado brilla aún
bajo los pies.
Pero el niño de Hebrón duerme
entre el ruido en sordina de sus hermanos que caen
y la larga tristeza del rojo.


* Poeta, narradora y compositora palestino-estadunidense, Naomi Shahib Nye nació en San Luis Misuri en 1952. Su padre, el escritor Aziz Shihab, llegado a Norteamérica en 1948, pertenece a la primera generación de palestinos exiliados tras la creación en su tierra del Estado de Israel. Sahib Nye ha escrito varios libros de poesía y ensayo, y una polémica “Carta abierta a cualquier aspirante a terrorista”, en la que empieza por reconocer que detesta la palabra “terrorista” pero la emplea para atraer la atención de los lectores que busca, a quienes aconseja no matar, sino leer a Rumi, el poeta sufi: “La poesía nos humaniza de una manera que las noticias y la religión son incapaces de ofrecer. Un gran estudioso árabe, el doctor Salma Jayyusi, dijo: ‘Si nos leemos unos a otros, no nos mataremos entre nosotros". Mejor lee poesía americana. Siembra menta. Busca amigos que sean diferentes a ti. No podrás creer cuánto tienen en común contigo”.

Su novela para jóvenes Habibi, en parte autobiográfica, relata la experiencia de una muchacha árabe-estadunidense que se instala en Jerusalén en los años setenta para cursar secundaria y preparatoria. Con el tiempo, la autora fijó su residencia en San Antonio, Texas, entre árabes y mexicanos. Estos poemas forman parte de Fuel (Combustible), publicado por Boa Editions Limited, Nueva York, 1998. Otros poemarios suyos son 19 Varieties of Gazelle: Poems of the Middle East, A Maze Me, Red Suitcase y Field Trip.

Versiones de Hermann Bellinghausen

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