Biblioteca De BagdadEscuelaDeLetras.com/BibliotecaDeBagdad/01-02-2010Murió Howard Zinn, el historiador que desafió al establishment. Por Mark Feeney

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Howard Zinn
Howard Zinn (1922-2010), historiador de la Universidad de Boston, activista político, temprano opositor a la intervención estadounidense en Vietnam y uno de los principales críticos del presidente de la Universidad de Boston, John Silber, ha muerto de un ataque al corazón en Santa Mónica (California) durante un viaje, según ha comunicado su familia. Tenía 87 años. "Sus escritos han cambiado la conciencia de toda una generación y han ayudado a abrir nuevos caminos en la comprensión y el significado crucial de nuestras vidas", escribió en una ocasión Noam Chomsky, activista de la izquierda estadounidense y profesor del MIT. «Cuando se llamaba a la acción, uno podía estar siempre seguro de que él estaría en primera línea. Un ejemplo y una guía en la que uno podía confiar.»

Publica Sin Permiso

Por Mark Feeney

Para el doctor Zinn, el activismo era la extensión natural de la revisión de la historia que impartía en sus clases. El libro más conocido de Zinn, A People"s History of the United States (1980) no tenía por héroes a los Founding Fathers —muchos de ellos propietarios de esclavos y profundamente vinculados al status quo, como el Dr. Zinn señalaba al comienzo de la obra— sino los granjeros de la Rebelión de Shay y los dirigentes sindicales de la década de los treinta.

Como escribió en su autobiografía, You Can"t Be Neutral on a Moving Train (1994), «mis clases estaban animadas desde el principio por mi propia historia. No sólo sería justo con otros puntos de vista, sino que también quería ofrecer algo más que "objetividad": quería que los estudiantes abandonasen mi clase no mejor informados, sino mejor preparados para renunciar al confort del silencio, más preparados para hablar, para actuar contra la injusticia allí donde la vieran. Todo esto fue, por supuesto, una buena receta para buscarme problemas.»

Ciertamente fue la receta para la disputa entre el Zinn y Silber. Zinn ayudó hasta en dos ocasiones a encaminar el voto de su facultad a destituir al presidente de la Universidad de Boston, quien, a su vez, acusó al Dr. Zinn de incendio (una acusación de la que rápidamente se retractó) y le citó como principal ejemplo de «quienes envenenan todo lo que hay de bueno en el mundo académico.»
El Dr. Zinn fue vicepresidente del comité de huelga cuando los profesores de la Universidad de Boston fueron a la huelga en 1979. Cuando terminó la huelga, él y cuatro colegas fueron acusados de violar sus contratos al rehúsar cruzar un piquete de secretarias. Los cargos contra "los cinco de la Universidad de Boston" pronto fueron revocados.

Howard Zinn nació en Nueva York el 24 de agosto de 1922, hijo de un matrimonio de inmigrantes judíos, Edward Zinn, camarero de profesión, y Jennie (Rabinowitz) Zinn, ama de casa. Asistió a la escuela pública de Nueva York y trabajó en los astilleros de Brooklyn antes de ser alistado en las Fuerzas Aéreas durante la Segunda Guerra Mundial, en la que sirvió en un bombardero de la Octava, alcanzando el rango de alférez y obteniendo la medalla del aire.

Terminada la guerra, Zinn trabajó en una serie de oficios de poca monta hasta que entró en la Universidad de Nueva York gracias a la GI Bill, con 27 años. El profesor Zinn, que había desposado con Roslyn Schechter en 1944, trabajaba por las noches en un almacén cargando camiones para costearse sus estudios. Licenciado en la Universidad de Nueva York, prosiguió sus estudios de doctorado en la Universidad de Columbia. Fue profesor auxiliar en la Universidad de Upsala y profesor invitado en la Universidad de Brooklyn antes de impartir clase en la Universidad Spelman de Atlanta en 1956 en el departamento de historia, impartiendo una asignatura sobre la historia de las mujeres afroamericanas. Entre sus estudiantes se encontraba la novelista Alice Walker, que lo calificó como «el mejor profesor que haya tenido jamás», y Marian Wright Edelman, futura presidenta de la Fundación Children"s Defense.

Durante esta época el Dr. Zinn fue un participante muy activo en el movimiento de los derechos civiles. Fue miembro del Comité de coordinación de estudiantes para la no-violencia, la organización más militante de todas las de los derechos civiles de la época, y participó en numerosas manifestaciones.

El Dr. Zinn se convirtió en profesor auxiliar de ciencias políticas en la Universidad de Boston en 1964, en la que fue nombrado profesor titular en 1966.

Su activismo le llevó a postularse en contra de la Guerra de Vietnam. Zinn participó en numerosas charlas y teach-ins, y atrajo la atención de todo el país cuando él y otro destacado antibelicista, el reverendo Daniel Berrigan, visitaron Hanoi en 1968 para reunirse con tres prisioneros liberados por los norvietnamitas.

La participación del Dr. Zinn en el movimiento anti-guerra le llevó a publicar dos libros: Vietnam: The Logic of Withdrawal (1967) y Disobedience and Democracy (1968). Previamente había publicado LaGuardia in Congress (1959) —con el que ganó el premio de la Asociación de Historia Albert J. Beveridge—, SNCC: Los nuevos abolicionistas (1964), The Southern Mystique (1964) y New Deal Thought (1966). El Dr. Zinn también fue el autor de The Politics of History (1970), Postwar America (1973), Justice in Everiday Life (1974) y Declarations of Independence (1990).

En 1988 Zinn se retiró temporalmente de la universidad para impartir conferencias y escribir. En los últimos años se dedicó sobre todo a la escritura de obras teatrales, de las cuales se llevaron a la escena Emma, sobre la dirigente anarquista Emma Goldman, y Daughter of Venus.

El Dr. Zinn (mejor dicho: su principal libro) hizo un cameo en la película de 1997 Good Will Hunting, cuando el protagonista epónimo interpretado por Matt Damon elogia A People"s History y anima al personaje interpretado por Robin Williams a leerlo. Damon, que co-escribió el guión de la película, fue vecino de Zinn en su infancia. Damon produciría años después la versión televisiva del libro The People Speak, que se emitió en el Canal Historia en el 2009. Damon también fue el narrador del documental biográfico sobre Zinn: Hozard Zinn: You Can"t Be Neutral on a Moving Train.

Su último día de clase en la Universidad de Boston, Howard Zinn terminó la clase treinta minutos antes para unirse a un piquete y animó a los 500 alumnos de su clase a que se unieran a él. Un centenar lo hicieron.

La esposa del Dr. Zinn falleció en 2008. Zinn deja a una hija, Myla Kabat-Zinn en Lexington, un hijo, Jeff de Wellfleet, tres nietas y dos nietos.

NOTA T.: Hay traducción castellana de los dos libros citados en este texto: Nadie es neutral en un tren en marcha (Hondarribia, Argiletxe Hiru, 2001). Traducción de Roser Berdagué Costa; La otra historia de los Estados Unidos (Hondarribia, Argiletxe Hiru, 1997). Traducción de Toni Strubel.

Mark Feeney es un columnista del Boston Globe.

Traducción de Àngel Ferrero


Contra el desaliento

En 1963, el historiador Howard Zinn fue despedido del Spelman College de Atlanta, en el estado norteamericano de Georgia, donde oficiaba como catedrático en el Departamento de Historia, a causa de su activismo en torno a los derechos civiles. En el año 2005, fue invitado a regresar para pronunciar el discurso de graduación. Este es el brillante y conmovedor texto de su discurso, pronunciado el 15 de mayo de ese año.

Por Howard Zinn

Me siento profundamente honrado por haber sido invitado a volver a Spelman después de 42 años. Me gustaría dar las gracias al cuerpo docente y los miembros del Consejo que votaron a favor de esta invitación que se me hace, y especialmente a su presidenta, la doctora Beverly Tatum. Además, es un privilegio especial estar aquí con Diahann Carroll y Virginia Davis Floyd.

Pero un día como este es vuestro: hoy os licenciáis como estudiantes. Para vosotros y vuestras familias es un día feliz. Sé que tenéis vuestras esperanzas para el futuro, de modo que puede ser un tanto presuntuoso deciros cuáles son las esperanzas que tengo yo depositadas en vosotros, pero son exactamente las mismas que tengo en el caso de mis nietos.

La primera esperanza que tengo es que no os veáis desalentados por el aspecto que presenta el mundo en este momento. Es fácil sentirse desanimado, porque nuestra nación se encuentra en guerra, — otra guerra más, guerra tras guerra — y nuestro gobierno parece determinado a extender su imperio aun a costa de las vidas de decenas de miles de seres humanos. En este país hay pobreza, y personas sin techo, y gente que carece de atención médica, y aulas abarrotadas, pero nuestro gobierno, que tiene a su disposición billones de dólares, se gasta su opulencia en guerras. Hay un millar de millones de personas en África, Asia, América Latina y Oriente Medio que necesitan agua limpia y medicinas para combatir la malaria, la tuberculosis y el SIDA, pero nuestro gobierno, que dispone de miles de armas nucleares, sigue experimentando con armas nucleares aun más mortíferas. Sí, resulta fácil descorazonarse con todo esto.

Pero permitidme deciros por qué, pese a lo que acabo de describir, no debéis sentiros desanimados.

Quiero recordaros que hace cincuenta años la segregación racial estaba tan fuertemente arraigada aquí en el Sur como lo estaba el apartheid en Sudáfrica. El gobierno nacional, aun con presidentes liberales como Kennedy y Johnson en el poder, miraba hacia otro lado mientras se golpeaba, se asesinaba y se negaba la oportunidad de votar a las personas negras. De modo que las personas negras del Sur decidieron que tenían que hacer algo por sí mismas. Iniciaron boicots, sentadas, piquetes y manifestaciones, y fueron golpeadas y encarceladas, y algunas fueron asesinadas, pero sus gritos de libertad se oyeron por todo el país y en todo el mundo, y el Presidente y el Congreso hicieron finalmente lo que antes no habían conseguido: aplicar las enmiendas número 14 y 15 de la Constitución. Mucha gente había dicho: el Sur nunca cambiará. Pero sí que cambió. Cambió porque la gente corriente se organizó y se arriesgó y desafió al sistema y no cejó. Fue entonces cuando la democracia revivió.

Quiero recordaros también que cuando se estaba librando la Guerra de Vietnam, y los jóvenes norteamericanos iban muriendo y volvían a casa paralizados, y nuestro gobierno bombardeaba las aldeas vietnamitas — dejando caer bombas sobre escuelas y hospitales y matando gente normal en gran número — parecía que no hubiera esperanza de detener la guerra. Pero como en el caso del movimiento del Sur, la gente empezó a protestar y enseguida la protesta prendió. Se trataba de un movimiento de toda la nación. Los soldados regresaron y denunciaron la guerra, los jóvenes se negaron a ingresar en el ejército, y la guerra tuvo que terminar.

La lección que esa historia entraña es que no debemos desesperar, que si tienes razón y te empeñas, las cosas cambiarán. Puede que el gobierno intente engañar a la gente, puede que los diarios y la televisión hagan lo propio, pero la verdad siempre halla el modo de salir a la luz. La verdad tiene un poder mayor el que de cien mentiras. Sé que tenéis cuestiones practicas que atender: conseguir un empleo, casaros, tener niños. Puede que alcancéis una próspera posición y se juzgue que habéis tenido éxito según la definición de éxito de nuestra sociedad, por riqueza, posición o prestigio. Pero eso no basta para una buena vida.

Recordemos el relato de Tolstoi, La muerte de Ivan Ilich. Un hombre reflexiona sobre su vida en su lecho de muerte, sobre cómo obró correctamente en todo, obedeció las normas, se hizo juez, se casó, tuvo hijos, y se le consideró un éxito. Sin embargo, en sus últimas horas, se pregunta por qué se siente fracasado. Después de convertirse en célebre novelista, el mismo Tolstoi decidió que eso no bastaba, que debía hablar contra el trato que se daba a los campesinos rusos, que debía escribir contra la guerra y el militarismo.

Tengo la esperanza de que sea lo que sea que hagáis por conseguir una buena vida — ya seáis profesores, trabajadores sociales, gentes de empresa, abogados, poetas o científicos —dediquéis una parte de vuestra vida a hacer de éste un mundo mejor para vuestros niños, para todos los niños. Tengo la esperanza de que vuestra generación exija la terminación de la guerra, que vuestra generación haga algo que no se ha hecho todavía en la historia y borre las fronteras que nos separan de otros seres humanos sobre esta Tierra.

No hace mucho vi una foto de portada del New York Times que no me puedo quitar de la cabeza. Mostraba a varios norteamericanos corrientes sentados en sillas en la frontera meridional de Arizona con México. Sostenían escopetas a la busca de mexicanos que pudieran intentar cruzar el límite con los Estados Unidos. Esto me resultó horrendo: el darme cuenta de que en este siglo XXI de lo que llamamos "civilización," hemos recortado lo que decimos que es un solo mundo en doscientas entidades creadas artificialmente a las que llamamos "naciones" y estamos dispuestos a matar a cualquiera que cruce una frontera.

¿No es el nacionalismo — esa devoción a una bandera, a un himno, a una frontera, tan feroz que conduce al asesinato — uno de los grandes males de nuestro tiempo, junto al racismo, junto al odio religioso? Estas formas de pensar, cultivadas, nutridas, adoctrinadas desde la infancia en adelante, han sido útiles a quienes están en el poder, mortales para quienes no están en él.

Aquí en los Estados Unidos nos educan de modo que creamos que nuestra nación es diferente de las demás, una excepción en el mundo, de una moralidad única; para que nos extendamos por otras tierras a fin de llevar la civilización, la libertad, la democracia. Pero si sabéis algo de historia, sabéis que no es verdad. Si sabéis algo de historia, sabéis que masacramos a los indios de este continente, que invadimos México, enviamos ejércitos a Cuba y las Filipinas. Asesinamos a un número ingente de personas, y no les llevamos democracia o libertad. No fuimos a Vietnam a llevar democracia; no invadimos Panamá para acabar con el narcotráfico; no invadimos Afganistán e Irak para detener el terrorismo. Nuestros objetivos eran los objetivos de todos los demás imperios de la historia del mundo: mayores beneficios para las empresas, mayor poder para los políticos.

Nuestros poetas y artistas parecen tener una comprensión más clara de la enfermedad del nacionalismo. Quizás los poetas negros están menos cautivados por las virtudes de la "libertad" y la "democracia", habiendo disfrutado tan poco de ellas su propio pueblo. El gran poeta afroamericano Langston Hughes se dirigió a su país de este modo:

You really haven"t been a virgin for so long.
It"s ludicrous to keep up the pretext.
You"ve slept with all the big powers
In military uniforms,
And you"ve taken the sweet life
Of all the little brown fellows.
Being one of the world"s big vampires,
Why don"t you come on out and say so
Like Japan, and England, and France,
And all the other nymphomaniacs of power.

(Lo cierto es que no has sido virgen tanto tiempo. / Es ridículo seguir con el pretexto. / Te acostaste con todas las grandes potencias / Con uniformes militares, / Y arrebataste la dulce vida / De todos los hombrecillos morenos. / Siendo uno de los grandes vampiros mundiales, / Por qué no sales y lo dices / Igual que Inglaterra, Japón, Francia / Y todas las demás ninfómanas del poder.)

Soy veterano de la Segunda Guerra Mundial, considerada como "una guerra de las buenas", pero he llegado a la conclusión de que la guerra no soluciona ningún problema fundamental y sólo conduce a más guerras. La guerra envenena la mente de los soldados, les lleva a matar y torturar, y corrompe el alma de la nación.

Tengo la esperanza de que vuestra generación exija que sus hijos se críen en un mundo sin guerra. Si queremos un mundo en el que la gente de todos los países sean hermanos y hermanas, si consideramos a los niños del mundo como niños nuestros, entonces la guerra, —en la que los niños son siempre las mayores víctimas — no puede aceptarse como medio de resolver problemas.

Pasé siete años como miembro del cuerpo docente del Spelman College, entre 1956 y 1963. Fue una época reconfortante, pues los amigos que hicimos en aquellos años lo han seguido siendo todos estos años. Mi mujer, Roslyn, y yo y nuestros dos hijos vivíamos en el campus. Y a veces cuando íbamos a la ciudad, los blancos nos preguntaban: ¿cómo se vive entre la comunidad negra? Era difícil explicarlo. Pero una cosa sí sabíamos: que en el centro de Atlanta nos sentíamos como en terreno extraño, y cuando volvíamos al campus de Spelman, nos sentíamos en casa.

Aquellos años en Spelman fueron los más emocionantes de mi vida, desde luego los más educativos. Fueron los años del gran movimiento sureño contra la segregación racial, y yo me comprometí con él en Atlanta, en Albany, Georgia, en Selma, Alabama, en Hattiesburg, Mississippi, y en Greenwood e Itta Bena y Jackson.

Aprendí algo sobre la democracia: que no viene del gobierno ni llega de lo alto, viene de la gente que se une y lucha por la justicia. Aprendí algunas cosas sobre la raza, aprendí algo de lo que cualquier persona inteligente se da cuenta en un cierto momento: que la raza es algo fabricado, una cosa artificial, y aunque la raza importa (tal como ha escrito Cornel West), importa sólo porque cierta gente quiere que importe, del mismo modo que el nacionalismo es algo artificial. Aprendí que lo que realmente importa es que todos nosotros — de cualquiera de las llamadas razas y las llamadas nacionalidades — seamos seres humanos y nos apreciemos unos a otros.

Tuve la suerte de estar en Spelman en un momento en el que pude ser testigo de una maravillosa transformación en mis alumnos, tan corteses, tan sosegados, y que de pronto comenzaron a salir del campus e ir a la ciudad y participar en sentadas, ser detenidos, y a salir de la cárcel llenos de fuego y rebeldía. Podéis leerlo en en el libro de Harry Lefever Undaunted By The Fight: Spelman College and the Civil Rights Movement, 1957-1967.

Cierto día, Marian Wright (hoy Marian Wright Edelman), que era alumna mía en Spelman, y fue una de las primeras detenidas en las sentadas de Atlanta, vino a nuestra casa del campus para mostrarnos una petición que iba a fijar en el tablón de anuncios de su residencia. El encabezamiento resumía la transformación que se estaba produciendo en el Spelman College. Marian comenzaba así la petición: "Señoritas que quieran participar en piquetes, por favor firmar aquí".

Tengo la esperanza de que no os contentéis sólo con tener éxito del modo en que la sociedad mide el éxito; que no obedezcáis las reglas cuando las reglas son injustas, que saquéis fuera el valor que sé que está dentro de vosotros. Hay gente magnífica, blancos y negros, que nos servirán de modelo. Y no me refiero a afroamericanos como Condoleezza Rice, o Colin Powell, o Clarence Thomas, que se han convertido en servidores de los ricos y los poderosos. Me refiero a W.E.B. DuBois y Martin Luther King y Malcolm X y Marian Wright Edelman, y James Baldwin y Josephine Baker y ltambién a la buena gente blanca, que desafío el orden establecido para trabajar en pro de la paz y la justicia.

Otra de mis alumnas de Spelman, Alice Walker, que, al igual que Marian, ha seguido siendo amiga nuestra todos estos años, procedía de una familia de arrendatarios rurales de Eatonton, en Georgia, y se convirtió en una escritora célebre. En uno de sus primeros poemas publicados, escribió:

It is true —
I"ve always loved
the daring
ones
Like the Black young
man
Who tried
to crash
All barriers
at once,
wanted to swim
At a white
beach (in Alabama)
Nude.

(Es verdad: / Me han gustado siempre / los atrevidos / Como el joven negro / Que trató / de romper / Todas las barreras / de una vez, / quiso nadar / en una playa blanca (en Alabama) / Desnudo.)

No estoy sugiriendo que lleguéis tan lejos, pero podéis ayudar a derribar barreras, desde luego las de raza, pero también las del nacionalismo; que hagáis lo que podáis hacer, no tenéis que hacer nada heroico, solamente algo, unidos a otros millones que harán solamente algo, porque todos esos "algo" se juntan, en ciertos momentos de la historia, y mejoran el mundo.

La maravillosa escritora afroamericana Zora Neale Hurston, que no quería hacer lo que la gente blanca quería que ella hiciera, que insistía en ser ella misma, contaba que su madre le dio este consejo: Da un salto a por el sol; puede que no llegues, pero al menos te levantará del suelo.

Al estar aquí hoy, estáis ya sobres los pies, listos para dar el salto. Espero que tengáis una buena vida.


Traducción de Lucas Antón


Howard Zinn: El pensamiento necesario

Publica La Jiribilla

Por Pedro de la Hoz

El último lunes llegó a los congresistas un abultado volumen con las especificaciones del presupuesto para el próximo año fiscal de la administración Obama. Howard Zinn no llegó a saberlo. Murió pocos días antes. Pero no fue difícil suponer cuál hubiera sido la reacción del recién desaparecido intelectual norteamericano. De una parte apreciaría, aunque sin demasiado entusiasmo, las propuestas para generar nuevos empleos en pequeñas y medianas empresas. De otra, ante la persistencia de pantagruélicas cifras para gastos militares y de inteligencia, verificaría lo que desde hace un año venía anticipando: que el nuevo Presidente solo lo era en términos de recambio para que el establishment permaneciera inalterable.

Bastaba observar y conversar unas horas con Zinn, como lo hicimos hace pocos años en La Habana, para darnos cuenta de la coherencia entre obra y actos. Poseía sólidos argumentos éticos y contaba con los conocimientos necesarios para defender la idea de unos Estados Unidos diferentes a los que se presentaban ante los ojos del mundo y de los propios norteamericanos: arrogantes, avasalladores, hegemónicos. Su palabra, como su escritura, no era apocalíptica ni panfletaria, sino apasionadamente lúcida y reflexiva. Creía que Estados Unidos podía ser un gran país, cuando dejara atrás la megalomanía del mal sueño americano.

Con esa convicción escribió La otra historia de Estados Unidos. Nada que ver con los mitos del nacimiento de una nación. En sus páginas respiran los pobladores aborígenes exterminados y luego constreñidos a las reservas, los horrores de la esclavitud, la proletarización de las grandes ciudades, los desertores de la conquista de los territorios mexicanos, las batallas de las feministas, el clamor de las ideas pacifistas ante los conflictos bélicos globales de la primera mitad del siglo XX, la insubordinación civil en los años de la agresión a Vietnam y la rebelión de las cárceles.

Y para ser consecuente con esa mirada de la historia se hizo presente, modesta pero decididamente, en varios frentes cívicos. Participó en manifestaciones contra el racismo, apoyó a los que se negaron a servir como carne de cañón en Indochina y tuvo una intervención destacada en la campaña que en pleno auge del reaganismo se opuso al reclutamiento de talentos universitarios para la CIA.

Más allá de su país defendió la soberanía de otros pueblos, como lo hizo con el nuestro para promover la necesidad de poner fin al bloqueo y pronunciarse por la libertad de los Cinco luchadores antiterroristas injustamente condenados en EE.UU.

Tras la caída del muro de Berlín, mientras el imperio proclamaba el fin de la Historia y el triunfo del pensamiento único, nadó contracorriente, al reivindicar la validez de las ideas marxistas. Para que su mensaje trascendiera los marcos de la academia, apeló a un recurso expresivo que dominaba: la literatura dramática. Escribió Marx en el Soho, pieza representada en diversos espacios de Estados Unidos y el mundo. Entre nosotros fue memorable la interpretación del actor Michaelis Cue, que mereció el elogio del propio autor. En ese viaje a La Habana explicó los motivos que lo indujeron a acometer esa empresa: "Traté de decirle al público estadounidense: Marx no está muerto y lo voy a probar, trayéndolo de regreso a un escenario. Desde allí le enseñaría al público estadounidense lo que realmente era el marxismo. Él mismo, Marx, le explicaría la diferencia entre estalinismo y marxismo. Le recordaría al público en qué consiste la crítica marxista al capitalismo. Demostraría que esas ideas tienen que ver mucho con los EE.UU. de la actualidad. En otras palabras, que la crítica marxista al capitalismo todavía es exacta y actual".

Las aventuras bélicas en Afganistán e Iraq originaron en él un profundo pensamiento de repulsa: "Si una acción inevitablemente matará a personas inocentes, es tan inmoral como un atentado deliberado contra civiles. (¼ ) Si reaccionar por medio de la guerra contra los atentados terroristas es indefectiblemente inmoral, entonces debemos buscar otros medios que no sean la guerra para acabar con el terrorismo, incluyendo el terrorismo de la guerra. Y si la represalia militar por el terrorismo no solo es inmoral, sino también inútil, entonces los dirigentes políticos, por más fríos que sean sus cálculos, tendrían que reconsiderar sus políticas".

Es casi seguro que estas frases las haya desconocido George W. Bush, célebre, entre tantas cosas, por su divorcio con la lectura. Pero no estaría mal que alguien se las recordara a Obama y a los halcones que lo rodean en el Pentágono, Langley y los cuarteles del Departamento de Seguridad de la Patria. Sabrían entonces que el pensamiento de norteamericanos como Howard Zinn no solo es necesario, sino imprescindible, para que Estados Unidos se salve de sí mismo.

Noticia nº: 1717 | 01-02-2010




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