Multiculturalismo liberal: El valor de la igualdad más allá de la retórica. Por Ferran Requejo
Publica La Vanguardia
Por Ferran Requejo *
1) Ciertos políticos y analistas contraponen el multiculturalismo a los derechos humanos. Se defiende que los derechos son sólo individuales — los derechos de grupo se acostumbran a ver aquí como una amenaza a los derechos humanos-.Se trata de una posición que reivindica el universalismo de las conquistas legales asociadas a las revoluciones inglesa, americana y francesa, contraponiéndolas a un inevitable relativismo de las posiciones favorables a la multiculturalidad. Es una posición ilustrada que entiende que los estados democráticos son la salvaguarda de los derechos individuales y de los valores universales basados en la dignidad humana. La democracia se asocia a conceptos legitimadores, como la igualdad de ciudadanía y la soberanía popular, entendidos generalmente en términos uniformes y homogéneos.
2) Los defensores del multiculturalismo liberal, por el contrario, lo entienden como una ampliación de los derechos humanos y de las conquistas de las revoluciones liberales clásicas. La idea subyacente es que el lenguaje de los derechos individuales, y del universalismo y estatalismo del liberalismo tradicional esconde una serie de sesgos favorables a los particularismos étnicos, religiosos, etcétera, de las mayorías en las democracias actuales. En nombre de la igualdad de ciudadanía se trata de manera desigual, o sea peor, a las minorías culturales de las democracias. El respeto a las identidades culturales forma parte de la dignidad individual. La ampliación de derechos hacia los grupos minoritarios — étnicos, religiosos, etcétera-se entiende que debe establecerse no en términos absolutos, sino dentro de los límites de la tradición liberal, como el resto de los derechos.
¿Quién lleva más razón, o más razones, en este debate? A pesar de la existencia de versiones no liberales del multiculturalismo (tradicionalistas religiosos, conservadores), y de casos empíricos sobre el uso del multiculturalismo como coartada para la perpetuación de determinadas desigualdades — de género, por ejemplo-,en términos generales es la segunda posición la que apunta en la dirección correcta. De hecho, esta es la posición liberal defendida por la ONU y otras organizaciones internacionales cuando esgrimen que lo cultural debe respetarse, pero que a la vez nadie debe invocar la diversidad cultural para conculcar derechos humanos (Human development report 2004).
Los derechos humanos son a la vez una fuente de progreso moral y una restricción de las prácticas políticas de los gobiernos y de los ciudadanos. Lo que el multiculturalismo liberal añade al liberalismo tradicional es una vocación de respetar el valor de la igualdad más allá de la retórica sesgadamente individualista y universalista del liberalismo primigenio. Estamos, así, ante una cuarta ola de derechos, tras las asociadas a los derechos liberales, democráticos y sociales. Las dos últimas tuvieron que ser arrancadas al liberalismo de los siglos XIX y XX, tras procesos no siempre pacíficos — piénsese, por ejemplo, en las luchas por el sufragio universal y el derecho de asociación, que hoy parecen derechos evidentes pero cuya constitucionalización costó vidas y violentos enfrentamientos sociales; o en los procesos de descolonización de la segunda posguerra; o en el movimiento de los derechos civiles en EE. UU. en los años sesenta del siglo XX.
La diversidad cultural está para quedarse. Y parece claro que las democracias han privilegiado históricamente a unos grupos concretos de población sobre otros grupos a quienes se les exigía asimilarse a la mayoría. Ello exige a gritos refinar las ideas heredadas — como el significado del valor de la igualdad-,cuya interpretación clásica se ubicaba en sociedades mucho más simples y homogéneas que las actuales. También exige profundizar en las prácticas democráticas y en unos derechos que siempre presentan dimensiones individuales y colectivas. Cuando se produce un choque entre distintos tipos de derechos, las democracias liberales ya proveen de mecanismos para su resolución (tribunales, procesos consocionales...), de modo parecido a cuando se producen colisiones entre los derechos individuales. El multiculturalismo liberal tiene la ventaja de contribuir a cambiar las prácticas liberales, de las mayorías y de las minorías. Los límites están en los derechos humanos y en la aceptación de la democracia. Todo esto está lejos del relativismo. Más bien representa una nueva fase ilustrada hacia cotas más altas de civilidad yde progreso político y moral. Contraponer de manera abstracta derechos humanos y multiculturalismo es un error conceptual e histórico, además de un obstáculo para la mejora ética de las democracias de raíz liberal.
* Catedrático Ciencia Política (UPF), coautor de Desigualtats en democràcia, Eumo 2009.
Noticia nº: 1716 | 28-01-2010
BibliotecaDeBagdad/EDL/28-01-2010


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