Biblioteca De BagdadEscuelaDeLetras.com/BibliotecaDeBagdad/20-01-2010Mirando haitianos muertos por televisión: Tras el terremoto, el espectáculo. Por Marcelo Pisarro

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Ojo
La situación humanitaria en Haití es desesperante: a más de una semana del seísmo que sacudió el país y dejó decenas de miles de muertos y aún más heridos, desalojados, huérfanos y desahuciados, la ayuda humanitaria prometida a bombo y platillo por medio mundo sigue sin llegar. Telemaratones solidarias con estrellas del cine y la música, pomposas declaraciones de millonarias remesas y toda la panoplia de buenas intenciones siguen sin hacer efecto sobre la realidad. Se mediatiza la ayuda, los gobiernos y las organizaciones se disputan la primacía humanística, pero la ayuda contante y sonante no alcanza el territorio: se queda en la virtualidad del mapa, de la televisión. Mientras se agotan las esperanzas para los supervivientes atrapados entre los escombros, y se producen réplicas que amenazan con hacer aún más terrible la situación, el debate mediático parece pasar por las condiciones de seguridad de los cooperantes (menor cuanto más tiempo pase sin distribuirse la ayuda) y las expectativas de las familias europeas que esperaban adopciones desde Haití (seguramente un asunto doloroso a nivel individual pero intrascendente y casi insultante dentro de la coyuntura general).

Publica Ñ

Por Marcelo Pisarro

Qué bueno que está todo esto: decenas de miles de haitianos muertos, tirados en las calles, pudriéndose al sol, aplastados bajo los escombros, regados en los costados de los caminos. Se arriesgan cantidades: 50.000, 100.000, 150.000 cadáveres descomponiéndose frente a nuestra vista. Y se pone todavía mejor.

Se temen réplicas importantes del temblor que colocó a Haití en las primeras planas de los periódicos de todo el mundo, el temblor que acabó de destruir un país siempre al borde de la destrucción. Pero son minucias (la destrucción, las muertes, la miseria), considerando los valiosos minutos de fama internacional ganados. Ya no se hablará sólo de zombies al pensar en Haití. O al menos no sólo de eso.

El sistema administrativo que regula el uso legítimo de la violencia está descabezado, no hay autoridades que conviertan en caos organizado el caos simplemente caótico. Es un sálvese quién pueda, y con suerte para usted y para mí, que somos espectadores, la situación empeorará. Y si empeora, será todavía más entretenido, más interesante. Habrá más acción, más sorpresas, más vueltas de tuerca en la trama.

No hay comida, no hay agua, no hay medicamentos, no hay lugares donde atenderse las heridas, donde dormir, donde lavarse, donde enterrar a los muertos con dignidad. Comienzan las protestas y la lucha atroz por la supervivencia. Unos manifestantes arman piquetes apilando cadáveres sobre la ruta. Se organizan saqueos. Se organizan ajusticiamientos inmediatos para quienes organizan saqueos. Hay linchamientos: saqueadores atados y asesinados a palazos. Crece el temor y la furia contra todo aquello que los haitianos no reconocen como haitiano: blancos, extranjeros, ricos.

La ayuda va en camino. Llegan los soldados, los aviones, los helicópteros, los socorristas y una nueva burocracia que ocupará el lugar de la antigua burocracia. Son miles y miles de personas tratando de ingresar por la misma puerta: quedan atoradas, nadie entra y nadie sale. Entretanto, las calles de Haití se convierten en el mejor escenario posible. Cualquier cosa puede suceder a continuación: un nuevo terremoto, un nuevo saqueo, un nuevo linchamiento, una nueva gresca, un nuevo sobreviviente, una nueva atrocidad.

El género podría ser thriller, o terror, o drama, o documental, o catástrofe. Pero no. Es otra cosa: infoentretenimiento.

El infoentretenimiento es el género discursivo predominante en la vida social occidental contemporánea. Pero también es mucho más. Se trata de una pulsión maravillosa, el modelo cognoscitivo dominante, la puesta en práctica de aquella sentencia tajante que abría La sociedad del espectáculo, el libro de 1967 del teórico francés Guy Debord: "Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación".

Sentarse en el sillón preferido con un vaso de Coca Cola en una mano y el control remoto en la otra, sintonizar un canal de noticias, mirar haitianos muertos hasta aburrirse, hasta que pase algo (que se conviertan en zombies y se coman a los camarógrafos), hasta ponerse de pie para dirigirse a la cocina y prepararse un sándwich, hasta que empiece una serie más divertida o hasta que den ganas de meterse en Twitter a seguir consignas del tipo: "Juntemos un millón de tweets por Haití".

Esa es la sociedad del infoentretenimiento.

Infoentretenimiento: "Un cóctel ―escribió el ensayista Aníbal Ford en su libro La marca de la bestia― de información y entretenimiento, de temas pesados e intrascendentes, banales, escandalosos o macabros, de argumentación y de narración, de tragedias sociales comunicadas en tiempo de swing o de clip o narradas como películas de acción".

La cultura del infoentretenimiento es el sistema de transmisión de información hegemónico en la sociedad contemporánea, y no hay nadie que escape a su lógica de producción, distribución y consumo.

Que la información se combine con el entretenimiento no es exclusivo de la sociedad contemporánea: basta pensar en los pregoneros voceando órdenes reales en la plaza pública. Lo que tiene de específico es que el particular surtido de circunstancias (uniformidad de soportes de comunicación e información; corporaciones multimediáticas; fusión de empresas de información y empresas de entretenimiento; falacias de participación tecnológica; desregulación estatal; información como mercancía; narración antes que argumentación; etc.) hacen del infoentretenimiento un elemento central en la formación de ciudadanías.

La noticia, en cuanto mercancía, es tanto información como entretenimiento. El ciudadano contemporáneo ―el sujeto político, cultural, socializado― es producto de esta sociedad específica: sociedad de megafusiones massmediáticas, de onanismo tecnológico, de culturas narrativas. Por eso la idea de participación ciudadana se comprende no como experiencia vivida ―en el sentido de Debord― sino como representación de participación: juntando un millón de tweets para los haitianos.

Cuando uno suma un tweet, participa; cuando uno participa, un haitiano deja de morirse de hambre.

Bienvenidos al show.

Bienvenidos al mundo del espectáculo.


Haití en el corazón

Por Sergio Ramírez

Cuando en marzo del año pasado el avión se alejaba de Puerto Príncipe para poner proa hacia el mar Caribe iluminado por los fuegos de la mañana, sentí, no sin melancolía, que dejaba atrás un territorio de sombras y desesperanza. Había pasado a lo largo de una semana empeñado en preparar un reportaje bajo encargo del diario El País de Madrid y Médicos sin Fronteras, dentro de la serie Testigos del Horror, y horror había encontrado suficiente al recorrer las calles desbordadas de gente en convivencia con las cloacas y los mares de basura, al visitar los mercados y los puestos callejeros de alimentos donde se venden tortas de lodo aderezadas con sal y margarina, que es un alimento corriente de los más pobres entre los pobres en Haití, al visitar las escuelas derruidas por la vejez, los hospitales hacinados y mal equipados, las clínicas de MSF sembradas en medio de la miseria desolada donde los médicos y enfermeras hacían esfuerzos sobrehumanos por procurar salud a miles de visitantes cada día.

Hoy, tras la tragedia inconmensurable del terremoto, pienso en Haití en medio de sus carencias, ya damnificado de antemano por décadas de injusticia y de pobreza, de dictaduras, la última de ellas la de la familia Duvalier, y de violencia, de corrupción, de anarquía, de golpes de Estado, de proyectos mesiánicos, de intervenciones militares. El terremoto no ha hecho más que alzar ese lienzo de olvido y desinterés tendido sobre el cuerpo lacerado del país, para enseñarnos sus heridas multiplicadas por la nueva tragedia causante de miles de muertos y millones de víctimas que se vienen a sumar a las muertes y damnificados que ya habían dejado los últimos huracanes en serie tras los cuales quedaron viviendo en campamentos más de 300 mil personas en el área rural, destruidos sus hogares.

Los problemas políticos crónicos, las contradicciones entre líderes de facciones, las penurias y las carencias, la falta de recursos, habían hecho que el Estado no pudiera enfrentar los graves problemas de seguridad nacional y dejara los asuntos de orden público en manos de una policía internacional bajo el mando de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), a cargo de lidiar con el narcotráfico, con las pandillas juveniles violentas y con los secuestros, tres grandes males del país. Ahora el jefe de esa misión, el diplomático tunecino Hédi Annabi, con el que me entrevisté largamente en su despacho del quinto piso del hotel Christopher, su cuartel general, ha muerto al derrumbarse el edificio entre cuyas ruinas quedaron atrapados decenas más de miembros de la Minustah. Sus palabras, al terminar la entrevista cuando le pregunté por el fin de la misión que encabezaba, fueron, como consigno en mi reportaje: "habrá que irse, pero irse para no regresar".

Es decir, irse cuando el gobierno del presidente René Préval hubiera conseguido los elementos de estabilidad suficientes, cuando existiese un nivel aceptable de consolidación de las instituciones, del funcionamiento pacífico del Parlamento, cuando el sistema judicial dejara de ser el remedo que es, cuando el Estado pudiera asumir las funciones policiacas, aun el control de las cárceles. Todo eso estaba previsto para ser revisado en el año 2011. ¿Y ahora?

El sismo resquebraja las posibilidades de conseguir un gobierno estable y consolidar la existencia de un Estado nacional, capaz de organizar la administración pública y de tener poder coercitivo. En semejantes circunstancias, la palabra soberanía se borra por sí misma.

El gobierno no ha podido siquiera, en estas condiciones trágicas, ejercer el control del aeropuerto internacional de Puerto Príncipe, en manos ahora de Estados Unidos, ya no se diga ejercer el control de la ayuda humanitaria. A los 8 mil soldados de la Minustah se han agregado ya 10 mil más de Estados Unidos, que se quedarán cuanto sea necesario, según declaraciones de la Casa Blanca. Para Washington, además, las emigraciones masivas desde Haití son consideradas un problema de su propia seguridad nacional, y buscará evitar que se den nuevas avalanchas de expatriados hacia su territorio.

Lo peor falta aún por venir, con millones de hambrientos, sin electricidad ni agua potable, sin viviendas, sin hospitales ni escuelas. Los reflectores fijados hoy sobre Haití se apagarán necesariamente, y las cámaras de televisión se irán reclamadas por otros asuntos sensacionales en el mundo. Toda ayuda humanitaria es temporal, y llegará un momento en que para los países que han acudido en auxilio de Haití se acabará la situación de emergencia. Pero el país seguirá impotente, inválido, destruido, y sin posibilidad ninguna de subsistir por sus propios medios. Ésta es una tragedia aún mayor, la del olvido. Es entonces cuando habrá que escuchar a Haití, esa tierra doliente y sombría.

Fuente: La Jornada

Noticia nº: 1711 | 20-01-2010




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