México llora la muerte del poeta, ensayista, músico y activista social Carlos Montemayor
Publica La Jornada
Montemayor, imprescindible
La muerte prematura de Carlos Montemayor, acaecida la madrugada de ayer en esta capital, trasciende el ámbito de lo personal: se trata de una grave pérdida para el país en varias de sus dimensiones, y deja una ausencia irremediable en uno de los peores momentos de México.
Al ensayista, tenor, literato, traductor, investigador, lingüista, articulista, promotor cultural y luchador por la justicia social, los derechos humanos y las culturas indígenas, se le echará de menos en los terrenos correspondientes, en todos los cuales dejó obra trascendente. Fue, a su manera, un espíritu renacentista actuante entre los siglos XX y XXI.
Destacan, en particular, su labor de rescate, difusión y fortalecimiento de la literatura en lenguas indígenas; su fusión de virtudes académicas y narrativas, que cuajó en la novela Guerra en el paraíso —en la que plasmó parte de la historia de las organizaciones político-militares que, en los años 70 del siglo pasado, pretendieron transformar la realidad nacional por medio de las armas—, y su papel en la disuelta Comisión de Intermediación entre el gobierno federal y el Ejército Popular Revolucionario (EPR), al lado de Miguel Ángel Granados Chapa, Samuel Ruiz, Juan de Dios Hernández Monge, Enrique González Ruiz, Rosario Ibarra de Piedra y Gilberto López y Rivas.
Montemayor, además de investigador, erudito, creador literario e intérprete operístico, era un hombre consciente de las lacerantes injusticias que padecen desde siempre las mayorías depauperadas y que se han profundizado y extendido en forma alarmante en las tres más recientes décadas, como resultado de la implantación del modelo económico neoliberal y de la pérdida de rumbo por el grupo que detenta el poder público. Esa conciencia lo hizo mantenerse en contacto inmediato con las luchas sociales que han sido la expresión de las mayorías depredadas y las minorías oprimidas ante el avance de los intereses privatizadores, la descomposición institucional y los amagos autoritarios y antidemocráticos.
El Montemayor articulista honró estas páginas con sus escritos. Para La Jornada, su muerte es la pérdida irreparable de un amigo y de un colaborador excepcional, y este diario expresa solidaridad y afecto a sus familiares.
En el México de hoy, el poder político en todos sus niveles se ejerce con ineptitud, faccionalismo y patrimonialismo en grados nunca vistos, y se hace presente el riesgo de que este proceder termine por generar estallidos sociales e ingobernabilidad. En esta circunstancia, la comprensión y la acción de Carlos Montemayor resultaban agudamente necesarias. Al país va a hacerle mucha falta su pasión social y su rigor analítico, su creatividad y su serenidad, su independencia y su compromiso. Se nos ha muerto un imprescindible.
Seguiremos hablando, Carlos
Por Paco Ignacio Taibo II
Una vez te dije que viejos rojos, viejos rockeros y viejos novelistas nunca mueren y me propusiste que añadiera a la lista a los cantantes de ópera. Tengo que confesarte que nunca lo hice.
Estábamos en una gira enloquecida por Italia de presentaciones cruzadas de nuestros libros recientes y teníamos un montón de pactos: yo no rechazaba una copa de vino y a ti te tocaba doble: nunca repetíamos la misma presentación y hablábamos de política cuando esperaban que habláramos de literatura y a la inversa. En algún lugar descubriste un piano y un pianista y mezclamos defensas de los zapatistas, con reflexiones sobre la novela y luego te pusiste a cantar áreas de óperas de Verdi ante un grupo de entusiastas adolescentes sentados en el suelo, que parecían estar muy contentos de que los intelectuales de izquierda mexicanos fuéramos tan heterodoxos.
No siempre nos quisimos bien. ¿Te acuerdas del encontronazo en Mérida? Y luego llegó Guerra en el paraíso, como bien sabes me deslumbró y nos sentamos a discutirla, y nos hicimos muy amigos. Mezclándonos en esta vorágine de resistencias e historias que ha sido el México de estos años.
Tengo que llevarte el prometido video donde en la ceremonia de clausura de la Semana Negra en Gijón cierras la informalidad cantando el brindis de La Traviata con una botellita de Pepsi en la mano.
En ese mismo viaje, después de mostrarte las virtudes de la fabada, se me ocurrió decirte que la comida chihuahuense era un mito. Espantado ante tanta herejía juraste que íbamos a corregir el despropósito. Y días después de retornar a México me llevaste a un restaurante en la colonia Roma, llamado La batalla de Tequila, y nos pusimos verdes de tanto chile asadero, caldillos y guisos, que casi tuvimos que bajar las escaleras de rodillas, yo pidiendo humildemente perdón.
Fue entonces cuando me contaste tu teoría de por qué los chihuahuenses o los coahuileños, o los norteños de Durango o Sonora no han tenido problemas para apropiarse de la cultura helénica. "Estás ahí sentado a la puerta del rancho —decías—, y ves pasar a una vaca. Y no es de nadie. Zas, te la apropias. Y luego ves pasar a lo lejos un ejército de hombres sudorosos con armas de bronce, que apenas brillan en el sol que se acaba, y zas, te los apropias. Y te encuentras de repente con que La Iliada y La Odisea son tuyas." La teoría resultaba fascinante y siempre intenté encontrarle un complemento que explicara que los que nacimos mirando al mar tenemos la misma posibilidad de apropiarnos de lo que va pasando en piraguas, falúas, veleros o vapores. Nunca te la he contado.
Me quedan siempre cosas por decir. Llego siempre tarde a todo: a los homenajes, a los recuerdos, al dolor de la pérdida, a la memoria. Es la condena del que espera una segunda oportunidad. Sea esta una vez más. Pero estate tranquilo, añadiré a los cantantes de ópera a la lista de los que nunca mueren, te seguiré leyendo, me seguiré olvidando de llamarte por teléfono para aquella comida que tendríamos en casa, que habría de ser esta semana, y que no podría ser cena y en la que Paloma había prometido lucirse en la cocina porque quería agradecerte la larga conversación solidaria que tuvieron cuando fue despedida hace unos meses.
Y seguiré conversando contigo en las noches, como hago con tantos otros.
La importancia de llamarse Carlos Montemayor
Por Hermann Bellinghausen
¿Qué hace completo a un hombre (de letras, en este caso)? ¿Lo que sabe, lo que puede, o lo que decide hacer con lo que sabe y puede? Carlos Montemayor fue, desde joven, un sabio humanista, un traductor impecable de los poetas latinos, él mismo un fino poeta en castellano, y pronto, creador de una pequeña (por su extensión) joya de la literatura mexicana: Las llaves de Urgell.
Pero al mismo tiempo (en un humanista tan robusto como él, mucho sucede, mucho se piensa al mismo tiempo), desarrollaba un inquisitivo interés por lo que sucedía en México.
En el México de la lucha, el de los de abajo. Era uno de los jóvenes del 68. Se interesó en nuestros pueblos indígenas, en los grupos de insurgencia armada y en las protestas civiles del fin de siglo. Hizo aportaciones a la historia de las guerrillas mexicanas, y las documentó también desde la novela, el ensayo crítico, y de un modo peculiar, desde un activismo discreto y eficaz.
Siendo un académico de tan serio prestigio y fundamentadas credenciales, formado en nuestra alma mater, y sabedor de los movimientos sociales con una peculiar perspicacia militar derivada de sus estudios de la historia romana, supo hacerse oír por las fuerzas armadas en sus propios recintos, y se mantuvo siempre como interlocutor de los movimientos sociales, que lo respetan y han respetado.
Para los zapatistas de Chiapas, a quienes atendió y respaldó desde el primer momento, en 1994, Montemayor supo ser un compañero. Del mismo modo, por su capacidad de diálogo, el movimiento eperrista confió en él como mediador hasta el último momento. Había contado sus historias, las había heredado. En parte gracias a ellas, era un hombre libre.
Todo lo que podía como autor, como artista, como interlocutor de estatura ética, y con la validez de lo que sabía (porque lo había estudiado, y porque era un hombre sabio), decidió ponerlo al servicio del pueblo mexicano, del cual él formaba parte.
Comprendió pronto, y como pocos, la importancia de la nueva escritura en lenguas indígenas. También allí fue activo aprendiz y maestro. Impartió talleres, tendió puentes entre lenguas y entre paisajes, editó la obra de decenas de autores mayas del sureste, y pronto los de todo el país. Se comprometió con la escritura de los pueblos indígenas y al hacerlo dejó una impronta prefunda en éstas nuevas literaturas.
Carlos Montemayor supo y pudo, y decidió encontrarle sabor y no sólo saber a la vida. Lo académico no le quitó nunca lo valiente. Bien que tradujo y condimentó los cármenes de Catulo y los Carmina Burana. Además, amigo de la ópera y refinado tenor. Quién como él.
Nos va a hacer falta.
Montemayor: humanismo es la consigna
Por Marco Rascón
Ante la superficialidad del pensamiento, la política, las críticas y hasta de los premios, características de hoy, toparse con un hombre como Carlos Montemayor era de entrada y a la primera frase un contraste, una convocatoria a bajar a lo profundo, indagar, buscar la esencia de las cosas y estar ante la consigna de lo humano.
En La Jornada de ayer a mis colegas les faltó hablar de un aspecto de Carlos Montemayor intrínsecamente unido a su gusto por cantar, por la poesía, por la palabra dicha o escrita, por la historia, los paisajes y los lugares: la cocina.
A Carlos le gustaba no solamente comer, sino recrear recetas, y fueron largas las tertulias en casa de José Muñoz y Laura, su mujer, o con otro gran historiador y gastrónomo de Chihuahua, Jesús Vargas, con quienes se hacía la magia con nuestros menudos, frijoles, chiles pasados y caldillos que servían para despejar la memoria y la imaginación sobre Parral, la sierra y los grandes orgullos de los sabores chihuahuenses. En aquellas ocasiones, siempre terminábamos cantando, ya sea con pistas que llevaba Carlos para deleitarnos con arias napolitanas o al piano que tocaba Pepe para darle gusto al gusto.
En una ocasión, con invitados de Cuba, a sugerencia de Carlos y Jesús Vargas hicimos un chile pasado con robalo, pues en la gastronomía una obsesión es la creatividad. En los cumpleaños de Marco Antonio Campos nunca faltaron las pastas y las paellas negras.
Carlos Montemayor movía al concepto del humanismo integral y esto lo hizo un ser excepcional, didáctico, convocador del pensamiento crítico contemporáneo. Toda su obra literaria, vasta y variada en géneros, se cons-truía a partir de la investigación que volcó en novelas históricas. Las principales gestas de las guerrillas en México comienzan con Guerra en el paraíso a la que sigue Las armas del alba; se trata de novelas que bien podrían estar a la altura de tantas leyendas y consecuencias políticas, como tuvieron el Partido de los Pobres, de Lucio Cabañas, y el asalto al cuartel de Ciudad Madera, en 1965.
La obra de Carlos Montemayor tiene alto valor de independencia, pues se abrió paso al margen de los cacicazgos literarios y fue generoso como maestro y crítico de obras como la de Fritz Glockner, Cementerio de papel, o la de Diego Lucero, aún inédita, sobre la guerrilla urbana en Chihuahua en 1972, más muchas otras que asesoró y comentó con autores y lectores. El jueves próximo Carlos participaría en la presentación del tercer tomo de Represión y rebelión en México, de Enrique Condés Lara, junto con Froylán López Narvaéz y Cristina Gómez.
Un hombre con los talentos de Carlos Montemayor tenía que estar dotado de la didáctica, de la voz pausada para explicar y transmitir conocimiento, no como punto final, sino como elemento para pensar y crear conceptos nuevos. Por ello, su novela se basa en testimonios vivos, más que en la historiografía escrita; y fue por ello que pese al género novela, ésta estuviera considerada no ficción, sino historia verdadera.
Carlos Montemayor se convirtió en la voz y la expresión de las memorias de decenas de sobrevivientes de las guerrillas y la guerra sucia, y por eso la vigencia de su obra se hizo incómoda para el poder que siguió protegiendo la impunidad de aquellos años.
Una de las últimas veces que vi a Carlos en aquellos desayunos del paisanaje, platicamos sobre la violencia en Ciudad Juárez y la posibilidad de que estuviéramos ante una versión falsa de los crímenes. Nos horrorizaba la posibilidad del surgimiento de escuadrones de la muerte y el nacimiento del paramilitarismo en versión moderna para generar un terror que ellos mismos "resolverían", o como vía para imponer una salida autoritaria a toda la descomposición política y económica en México.
La violencia en Chihuahua y todo el país fue un tema que Carlos dejó pendiente al ser alcanzado por la virulencia del cáncer, que primero lo emboscó, y luego dio el salto mortal.
Destacada y difícil fue su participación en la llamada Comisión de Intermediación entre el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y el gobierno por los casos de desaparición forzada. Carlos denunció la actitud gubernamental y dio por terminada esta comisión por el comportamiento del gobierno federal ante la demanda de aplicación del estado de derecho.
En el discurso de recibimiento a Víctor Hugo Rascón Banda como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Carlos Montemayor señaló que era la primera vez que dos chihuahuenses compartían la pertenencia a la academia.
Hoy los dos se han ido y el vacío es doloroso y notorio. Podría considerarse ésa la época de oro de la literatura chihuahuense, de dos escritores comprometidos con los problemas de su país que aportaron inmensa riqueza intelectual y cultural.
Carlos Montemayor fue un hombre universal que eludió canonizaciones, pues sabía que la historia escrita es imperfecta, pero al ser crítica se convierte en armas del alba y guerras en el paraíso.
A Susana y sus hijos, un enorme abrazo
A Carlos Montemayor
Por Vilma Fuentes
Carlos Montemayor me preguntó, no sin mostrar su asombro y su curiosidad, durante la presentación de Castillos en el infierno, en 2006, por qué le dediqué esta novela. Eran tantos los motivos que balbucí una vaguedad sobre las afinidades electivas. Un equívoco pudor, y mi alergia al florilegio de elogios mutuos que más engañosos parecen entre más se expresan, me impidió decir en público, y en privado, la deuda que tenía con él.
Montemayor no prometía: pasaba al acto. Me ayudó en momentos cruciales. Bastaban dos frases de mi parte para ser, de inmediato, comprendida por él. No me veía obligada a circunloquios, las frases ambiguas con que trata de ocultarse la petición que se solicita. Carlos no buscaba agradar, hacerse querer, con su actitud. Su carácter era, ante todo, viril.
Pero le debo ante todo la lectura de su novela Guerra en el paraíso que hizo el favor de enviarme a París. Yo acababa de terminar la primera versión publicada, en Canadá, de Castillos en el infierno, con el título King Lopitos. Al leer su novela y percibir los vasos comunicantes entre la de Carlos y la mía, decidí dedicarle este esbozo y la novela definitiva publicada por Alfaguara (agotada).
Algunos meses antes, durante una conversación en la terraza del bar del Louvre, me había relatado una anécdota de la que me hizo el regalo: un campesino indígena, agonizante, vio venir a él un grupo de personas sonrientes que lo acogían entre ellos; pudo recordar que ya habían muerto aunque él los viera vivos, en carne y hueso. Logró despedirse de ellos y los vio alejarse dejándolo otra vez con su soledad.
Pasó otro anochecer a casa, en París. Traía el texto que sirvió de prefacio a la redición de mis novelas Ayer es nunca jamás y Gloria, en Lecturas Mexicanas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Su generosidad era a la vez elegante y lúcida. No satisfecho con el regalo que me hacía, nos dio un verdadero concierto cantando a capela a Jacques Bellefroid y a mí. Un vecino ruso, músico de profesión, nos preguntó sonriente si recibíamos a Plácido Domingo. La poderosa voz de Carlos había resonado en todo el jardín y el edificio. Salimos después a caminar al borde del Sena a la noche eterizada como un paciente sobre la mesa para dejar al viento hablar/ ése es el paraíso.
En diciembre, durante mi pasado viaje a México lo llamé por teléfono. Bromeó con Jacques, a propósito del Premio Nacional, conmigo rió sobre otras cosas. Quedamos de comer en La Coyoacana, en recuerdo de La Guadalupana, donde habíamos comido, con Bellefroid y la compañera de Montemayor, la risueña Susana de la Garza, albóndigas en salsa verde escogidas por Carlos, pero donde ya está prohibido fumar. Pospuso nuestra cita días después a causa, me dijo, de una gripe. Traté de despedirme de él el 15 de febrero. Quería entregarle en sus manos la traducción al francés de Castillos dedicada a él.
Días antes había desaparecido Esther Seligson, con quien me unió la complicidad durante el año cuando fuimos becarias del Centro Mexicano de Escritores: éramos las dos mujeres del grupo. Podría relatar anécdotas picarescas, para no decir picantes, entre ella y yo.
Recuerdo la mesa larga: en su cabecera a Francisco Monterde, a la derecha suya Juan Rulfo, a la izquierda Salvador Elizondo. Los demás escogimos lugar a nuestro antojo. Montemayor al lado de Rulfo hacía observaciones constructivas y benevolentes sobre los textos de los otros becarios; Esther, en el esplendor de su belleza, junto a Elizondo: sus poemas trasparentaban ya sus búsquedas en el esoterismo; del mismo lado de la mesa, el antropólogo guatemalteco Carlos Navarrete, quien no dejaba de estremecernos y arrancarnos la risa; frente a él, Carlos Mata, el cual no ocultaba su pasión por el deporte; entre Mata y yo, José Emilio Pacheco; quedé, sin buscarlo, más bien por una orgullosa timidez, en la otra cabecera: nadie se atrevió a escogerla. La suerte eligió.
Queda en memoria esta fotografía de grupo de 1969.
Adiós a un poeta
Por Adolfo Gilly
En la madrugada de este último día de febrero se fue, dicen, Carlos Montemayor. Hace hoy un mes, el último día de enero, publicó un poema en La Jornada. Hablaba de un su amigo italiano, Tito Maniacco, un poeta de la ciudad de Udine en la región del Friuli, donde cien mil habitantes viven entre la montaña alpina y el mar Adriático.
Tito Maniacco murió el 22 de enero pasado, a los 78 años de edad. Era también indagador y narrador de historias, maestro de primaria, poeta de la provincia italiana y, además, militante comunista desde su juventud. "Amaba narrar, hablar de los problemas y también de sí mismo y de sus experiencias. Era además un gran escuchador, tenía el raro don de conocer de inmediato a las personas y por eso en el partido todos lo querían", dijo de él Enrico Chiussi, amigo y compañero suyo en aquel hoy inexistente Partido Comunista Italiano. "Como político —agregó— era un comunista riguroso. Desilusionado del panorama actual, vivía no obstante retirado en sus lecturas". Nunca perdió, dicen también sus compañeros, el afán de comprender el mundo y de cambiarlo, y "el gusto por la ironía y la autoironía".
Esta inclinación de su espíritu iba tal vez envuelta como afirmación de su ser en su última voluntad: que su funeral fuera en el hospital donde murió, su ataúd cubierto por la bandera roja de su viejo Partido desaparecido, y su despedida "La Internacional", aquel canto de lucha del siglo pasado y tal vez de alguno que vendrá. A ese amigo distante dedicó Carlos su último poema.
Tito Maniacco había escrito el prólogo de uno de los recientes libros de Carlos Montemayor, Los poemas de Tsin Pau. Dijo de él allí: "Carlos Montemayor alias Tsin Pau se vuelve un poeta chino, tal vez uno de tantos diseminados en la vieja antología de poetas chinos titulada Las trescientas poesías Tang, quizá del gran Tu-fu o del grandísimo Li Po". Los poemas de Tsin Pau fue publicado en 2007 en Chihuahua por La Cabra Ediciones. Ese hombre de Parral que era Carlos dijo entonces que los había inspirado el haber visto en China paisajes semejantes a los de su Chihuahua.
El poema de Montemayor para su amigo era también su propio adiós. Me conmovió su tersura y su belleza y le escribí dos líneas en ese mismo día: "Carlos: Me gustó mucho tu recuerdo para el poeta de Udine y te lo quería decir. Un abrazo". No disgustaría a la ironía de sí mismo que el propio Carlos solía esgrimir que, ahora en su recuerdo, publiquemos en La Jornada este breve retrato de Tito Maniacco y, una vez más, el poema anunciador que él le dedicó en su partida, junto con las fotos de ambos.
Farewell, Carlos, y larga vida en la otra vida.
28 de febrero de 2010.
* * *
Adiós al poeta Tito Maniacco, de Udine (23 de enero de 2010)
Por Carlos Montemayor
Dicen que el día de ayer mi amigo emprendió un largo viaje.
Sé que los poetas estamos acostumbrados a dilatadas travesías.
A veces las iniciamos desde nuestra mesa, desde la ventana, desde una página en blanco.
Nuestros largos viajes no son para descubrir o conquistar territorios; cuando logramos regresar, a menudo nos damos cuenta de que sólo pudimos comprender los territorios que son nuestros.
No lo hacemos tampoco porque deseemos estar en muchos lugares, salvo en ciertos sitios, en algunos instantes.
No podemos permanecer para siempre en la mujer que hemos amado, en el abrazo del sol y de las tierras que han sido también nuestra familia.
No podemos extender para siempre el brindis con los amigos fraternos y disertadores, que cantan y discuten hasta que despiertan el alba.
Tampoco viajamos para alcanzar el aliento de la poesía que nos guió:
sí para escuchar nuestro corazón, que no quiere entender.
Dicen que mi amigo ha emprendido un largo viaje.
Me imagino que se trata de una nueva jornada hacia la luz.
Una luz ahora lo recibe, lo comprende y le explica cómo somos.
Quizás, tras el túnel de luz que ha recorrido, lo recibe un aliento suave de aurora, acaso un velo gris de silencio, o tal vez un pequeño poblado que está de fiesta.
Me parece ver el pueblo en los valles de los Prealpes.
¿O será en lo alto de las cordilleras del Yang-Tsé?
¿En aquella cadena de montañas, las conocidas como las murallas de Chiang Tsun, donde termina pronto el verano y llegan los vientos fríos del norte, donde las águilas vuelan sobre las cumbres y su vuelo parece un dibujo, se asemeja a un pensamiento?
Quería regresar ahí, acaso.
O posiblemente estamos en la página en blanco de su viaje. Ahí levanta los brazos y nos llama, somos parte de esa fiesta que no termina, parte de ese largo viaje que a cada uno de nosotros nos sigue buscando, nos sigue recibiendo.
Lo distingo allá, a lo lejos.
Levanto la mano para saludarlo.
Pero sé que viaja entre nosotros.
Noticia nº: 1733 | 02-03-2010
BibliotecaDeBagdad/EDL/02-03-2010


Valora
¡Haz Escuela!