El escritor estadounidense de madre francesa Jonathan Littell ha dado un verdadero golpe a la cátedra con su voluminosa novela, cuyo título en español debería ser "Las benévolas". Ganadora del Premio de la Academia Francesa y del Goncourt, la obra ha desatado polémicas y una enorme curiosidad de los lectores, quienes la han convertido en un éxito de ventas.
Publica El Mercurio
Por
Camilo Marks
El título “Les Bienveillantes” (Las benévolas), que se explica en la última línea de la colosal novela de
Jonathan Littell, alude a las Erinias o las Euménides, terribles diosas griegas de la venganza y de la furia, y es el modo en que los helenos se dirigían a ellas para no ofenderlas ni provocar sus terribles accesos de ira: despedazaban y acto seguido devoraban a sus víctimas. El protagonista es Max Aue, un personaje complejo que fue doctor en derecho constitucional, jurista, funcionario de seguridad de la Gestapo, oficial de las SS y jefe de tropas encargado de mejorar la "productividad" en los campos de exterminio. Es alguien a quien uno de sus superiores describe como "obstinado y a veces pedante", el cual afirmaba que lo inhumano no existe, pero contempla, a la vez, un amasijo de hombres sin sentido. A fines de la Segunda Guerrra Mundial, se hace pasar por francés bajo identidad falsa, dirige una fábrica de encajes, es un ciudadano ejemplar y emprende la tarea de contarnos "una historia sombría, mas edificante, un verdadero relato moral". Su mente es un caldero de recuerdos, entre los cuales intenta remover el pasado, ver si puede aún arrepentirse de algo, si es capaz de sufrir un poco.
Sin embargo, la culpa está ausente cuando se juzga a sí mismo: "Lo que he hecho, lo he hecho con pleno conocimiento de causa, pensando que se trataba de mi deber y que era necesario que se hiciera, por más repugnante o desgraciado que fuese". O: "No busco decir que no soy culpable de tal o cual acto. Yo soy culpable, vosotros no lo sois. Pero vosotros deberíais, cuando menos, reconocer que cuanto yo he hecho, también habría sido llevado a cabo por vosotros".
Hijo de padre protestante que desapareció misteriosamente en 1921 y de una madre que se casó en segundas nupcias con un bretón, Aue mantuvo relaciones incestuosas con su hermana Una y sostuvo, a lo largo de su existencia, sucesivos encuentros homosexuales. Educado en Alsacia, se siente desde muy joven atraído por la filosofía nacionalsocialista y se une a las huestes de la Action Française. A continuación, arriesgando el pellejo, se compromete en actividades que ayudan a resquebrajar el poder de los judíos y los bolcheviques: "No me arrepiento de nada, hice mi trabajo, eso fue todo".
Littell muestra un despliegue narrativo incesante, un hálito continuo en la superposición de episodios y cientos de personajes, reales y ficticios, un sentido poco común de lo novelesco al internarse en los rincones más sombríos de la conciencia de su héroe y al detallar, con minuciosidad escalofriante, los secretos de la maquinaria bélica alemana, las fosas comunes de Ucrania, la batalla de Stalingrado, el horror de Auschwitz, una cena en la casa de los
Eichmann, Himmler apuntando con sus dedos y el mentón fugitivo o el mismo
Hitler en el búnker, tres días antes de su muerte. En estas páginas, que parecen haber sido leídas muchas veces, pero vuelven a resultar frescas y horrendas, donde se mezclan a la perfección los grandes acontecimientos políticos y nimias anécdotas cotidianas, flota un olor a cadáveres putrefactos, salpicaduras de sangre, rociaduras de esperma. La acción transcurre entre 1941 y 1944, en el Frente del Este, y Aue se mueve con absoluta libertad en las altas esferas de la burocracia germana o en medio de la carnicería de los últimos meses, cuando la derrota de la raza superior era inminente y, no obstante, la ira genocida de sus líderes cobraba renovados ímpetus.
A los 38 años y, por lo tanto, a una edad en que le fue imposible conocer personalmente a los individuos y a los sucesos representados en Les Bienveillantes, Littell ha saqueado, con una extraña voluptuosidad, bibliotecas enteras para reunir la abrumadora documentación que exhibe su libro. Hay que hacerle plena justicia mientras establece con nitidez la responsabilidad del arquitecto
Albert Speer, quien escapó de la horca gracias a un acto de "contrición" y a la ausencia de pruebas contundentes. Empero, muchos nazis de tomo y lomo, como los directores de orquesta
Herbert von Karajan o
Karl Böhm, así como la soprano
Elisabeth Scwarzkopf, tuvieron carreras gloriosas, sin ser siquiera mencionados en los Juicios de Nüremberg, mientras
Wilhelm Fürtwängler, quien se limitó a conducir la Filarmónica de Berlín durante el régimen hitleriano, intentando varias veces asistir a sus amigos judíos, fue públicamente degradado y excluido del movimiento cultural europeo de la posguerra.
Les Bienveillantes es, además, un texto con infinitas referencias literarias:
Esquilo, Stendhal, Balzac, Tolstoi, Musil, Tácito, Voltaire, Faulkner, Blanchot, Bataille, Kafka, Beckett. Aue - o Littell- los ha leído concienzudamente y tal vez por eso, es decir, por el conocimiento de un arte refinado que no sirvió de nada para impedir el Holocausto, se permite decirnos, con frialdad terrible, con completo cinismo, con absoluto discernimiento: "Soy un hombre como ustedes mismos. ¡Vaya que sí lo soy! ¡Les aseguro que soy un hombre como cualquiera de ustedes!".
Littell no ha escogido la posición insostenible que habría consistido en otorgar una caracterización folletinesca al genocidio más grande de la historia. De alguna manera imposible de definir con claridad, resiste en la cuerda floja y, en forma gradual, sin lirismo ni complacencia, se pone en el lugar de los verdugos. ¿Por qué lo hace? Para interrogarse, una y otra vez, acerca de lo que
Hannah Arendt llamó "la banalidad del mal", de cuya fuente se nutrió y se sirvió el aparato del fascismo.
El resultado es, casi siempre, sobrecogedor. De amplitud gigantesca, el fresco narrativo posee una fuerza arrolladora y una inquietud ética omnipresente. Les Bienveillantes, por cierto, no pertenece a la categoría de textos que se pueden amar, pero de sus capítulos, - denominados, al modo de las suites de Bach, Courante, Minueto, Sarabande- se desprende un poder de convicción fuera de lo común, una sensación inusitada de realismo y justicia. Aunque Littell es un norteamericano que escribe en francés, su genealogía libresca hay que buscarla, precisamente, en la tradición de las letras galas de autores malditos o censurados:
Sade, Genet, Rimbaud, Nerval y, desde luego,
Flaubert. Es decir, la cuestión del vínculo entre la literatura y el mal es, para Littell, un hecho consumado.
El mal, el sufrimiento que los hombres y mujeres se infligen unos contra otros, la tortura, los terrores de la infancia, los tormentos de la sexualidad masculina y el temor del macho ante la sensualidad de las jóvenes están presentes, cual telón de fondo, a lo largo de Les Bienveillantes. El proyecto de escribir esta enorme novela (el manuscrito original tenía mil 500 páginas y la editorial Gallimard, por razones prácticas, decidió reducirlo a 903) se incubó durante dos décadas; con todo, Littell lo redactó en el lapso pasmosamente breve de un año y medio.
Las imágenes e ideas que hicieron germinar el esquema inicial y desarrollaron el relato son ya demasiado conocidas, aun cuando lo que fascinó y horrorizó a Littell desde el comienzo fueron la pavorosa eficacia administrativa nazi, la logística sofisticada que en Les Bienveillantes se ve desde el interior, con una precisión prodigiosa, a través de las acciones y los gestos de Max Aue; el protagonista es un individuo que, a priori, no tiene nada de perverso ni posee ningún rasgo de fanatismo ideológico: se trata de una persona acosada por una biografía dolorosa, por sueños y síntomas físicos que revelan una intensa crisis moral, pero también de un funcionario del homicidio sin pasión ni compasión, sin dudas ni vacilaciones, motivado por el puro y simple - y espantoso- deseo de ser eficiente, de cumplir bien las órdenes recibidas desde arriba y hacer ejecutar, con rigurosa eficacia, las que él dicta. Conocemos muy bien esta retórica del deber, el principio de obediencia debida, con el cual se defienden los torturadores, los criminales políticos, los violadores de derechos humanos cuando son procesados.
La atroz realidad está a la vista mediante la mirada lúcida e indiferente de Aue: las invasiones, las masacres, la puesta en escena organizada de la muerte sistemática, la obsesión paranoica por racionalizar el asesinato, la deshumanización sin fin de las víctimas. Les Bienveillantes nos presenta el tema de los verdugos como un rasgo permanente de todas las generaciones y que continúa intacto en el siglo XXI. En el momento de elegir entre el bien y el mal, ¿qué es lo que hace inclinarse la balanza? La respuesta es un abismo sin fondo.
La burocracia del exterminio
Por
Patricio Jara
La génesis de la novela más polémica y vendedora de los últimos tiempos en Francia es una foto atroz: el cuerpo de una guerrillera rusa muerta en combate contra los nazis en las afueras de Moscú. Una mujer semidesnuda sobre la nieve y devorada por los perros. Aquella imagen que el neoyorquino Jonathan Littell (1967) encontró por azar mientras estudiaba en la Universidad de Yale, maduró por más de diez años en su cabeza hasta transformarse en Les Bienveillantes ("Las benévolas"), un relato de 903 páginas por el que el año pasado recibió el Gran Premio de la Academia Francesa y posteriormente el Goncourt, dos de los más prestigiosos que se entregan en ese país.
"Me sorprendió el contraste entre la hermosura de la chica y lo espantoso de la escena, de ese cuerpo en el hielo, despedazado por los perros", declaró al periodista Florent Georgesco en una de las pocas entrevistas que ha concedido desde la aparición de la novela. "Es una foto terrible pero a la vez hermosa".
La novela, que será publicada en español por RBA probablemente en octubre de 2007, está situada en Stalingrado, Ucrania y los campos de exterminio nazis en Polonia. Desde allí narra los recuerdos de Maximilien Aue, un refinado empresario textil que durante la guerra fue miembro de las SS.
La intención del autor de ponerse bajo la piel de los encargados del aniquilamiento sistemático, más que para pedir perdón, para explicar el modo en que actuaron, ha generado una intensa controversia en diversos ámbitos del mundo literario y editorial francés: los que le comparan con Balzac; los que protestan temerosos de que un criminal nazi se transforme en héroe de novela; las acusaciones de "reparto de botín" de los premios entre las editoriales más poderosas o bien por la furia de puristas que no soportan que uno de los premios de mayor prestigio haya sido ganado por un escritor norteamericano que escribe en francés a la perfección.
La respuesta la da Jorge Semprún, jurado del Goncourt y autor cuya primera lengua tampoco es el francés. "Dentro de una, dos o tres generaciones, los jóvenes sabrán qué pasó a mediados del siglo XX gracias a una novela como ésta". Semprún, quien estuvo detenido en el campo de concentración de Buchenwald, dijo a La Vanguardia que "no es una novela francesa sino una novela escrita en francés".
Esto último, a decir verdad, se ha transformado de fenómeno en tendencia. De los seis galardones de mayor renombre entregados el 2006, tres fueron para autores cuya primera lengua no es el francés: la canadiense Nancy Huston obtuvo el Femina por Líneas de falla y el congolés Alain Mabanckou recibió el Renaudot por Memorias de un puercoespín.
A seis meses de la aparición de la novela, la polémica no decae, como tampoco su lugar de privilegio en el ranking de ventas. "Les Bienveillantes es un buen ejemplo de best seller de calidad, y a la vez un magnífico ejemplo entrópico del sistema literario", apunta Ana Nuño en Letras Libres. "De lo primero da fe la simultánea entronización de esta novela por las instituciones culturales de la alta literatura y sus enormes ventas".
Pese a que sus derechos de traducción fueron literalmente subastados en la Feria del Libro de Frankfurt, el novelista ya adelantó que no habrá adaptación cinematográfica a propósito de su publicación en Estados Unidos. Además, prefirió buscar un traductor para la versión en inglés y colaborar de lejos. Littell admite que una vez que el libro superó los 150 mil ejemplares (de los 600 mil vendidos hasta diciembre), discutió mucho el tema con sus editores. "Lo conversamos bastante, pero sin encontrar razones para las ventas más allá de las suposiciones. La primera tiene que ver con el nazismo y el modo en que se enlaza con cierto periodo de la historia francesa", declaró a Le Monde des Livres en noviembre pasado. "La segunda es más literaria: Gallimard ha notado desde hace tiempo una predilección del público por los libros extensos, más novelados y elaborados. En todo caso necesitaremos tiempo para explicarnos esto".
De cualquier modo, el novelista parece estar más interesado en el trasfondo moral del texto que en su éxito comercial. Sobre lo primero, ha echado mano a una frase que para muchos ahorra todo comentario: "Mi libro es contra sí mismo".
NACE EL FANTASMA
A decir verdad, Les Bienveillantes no es su primera novela. De madre francesa e hijo del escritor y periodista de la revista Newsweek, Robert Littell, Jonathan publicó a los 21 años Bad Voltage (1989), un relato ciberpunk que cuenta la historia de Lynx, un humanoide que vive en el París del futuro. "Honestamente, esa novela no cuenta. Me la pidieron para una pequeña colección bastante mala. También hice un guión cinematográfico", dijo en una entrevista a Le Figaro Magazine. "De modo que ésta no es mi primera novela y me negué a que Gallimard pusiera "primera novela" en la contratapa. Finalmente acordamos dejar "primera obra literaria", que se ajusta más a la realidad".
Precisiones aparte, el proceso de escritura de ese relato marcó para siempre la mirada que el autor tendría de la literatura. El verano en que viajó a Colorado para trabajar el manuscrito de Bad Voltage, Littell conoció a William Burroughs. Aquel encuentro, asegura, fue determinante. "No tenía mucha conciencia de las posibilidades que había, pero conocer a Burroughs me abrió a nuevas dimensiones, pude leerle algunos fragmentos de mi trabajo y él me regaló El almuerzo desnudo".
A inicios de los 90, Jonathan Littell regresó a Europa y al poco tiempo estaba en Bosnia como voluntario del grupo Acción Contra el Hambre, para el que trabajó durante siete años. Aquello, más que una opción premeditada, fue un impulso del momento. "Había ido a Sarajevo por las mías, sin buscar nada especial, pero allí entendí que no podía quedarme como turista. Tampoco quise hacer periodismo y preferí inscribirme en los grupos humanitarios, que por esos años aceptaban a cualquier idiota que quisiera enrolarse".
Pero ese viaje no fue una renuncia a sus intereses literarios. En conversación con La Revue Littéraire, Littell aseguró que ya entonces tenía la idea que más tarde se transformaría en Les Bienveillantes, aquella que detonó la fotografía de la guerrillera rusa muerta frente a Moscú. "Hubo doce o trece años de reflexión antes de que comenzara a trabajar realmente. Durante ese tiempo se formaron muchas bases, muchos bloques de información. Necesitaba acumular tanto como fuera posible, hacer una suerte de magma".
Para entonces, Littell había sido enviado a Rusia, donde trabajó en cárceles y orfanatos; posteriormente estalló la guerra en Chechenia y asumió un puesto en ese país por casi un año. Fue su último destino en el frente de batalla y el inicio de la escritura de la novela.
Littell gastó un año y medio en investigar y apenas cuatro meses en la escritura del primer borrador.
"Esto avanza o se rompe", se dijo.
Y no se rompió.
Noticia nº: 2560 | 13-03-07, 20:47