
El hombre que inventó a Shakespeare: Kurt Kreiler revive el mayor enigma de la literatura inglesa
Redacción Actualidad Literaria
Por Ernesto Bottini
Se calcula que las especulaciones sobre el auténtico autor de las obras de Shakespeare llevan aproximadamente unos doscientos ochenta años mutando y extendiéndose (el punto de partida sería la mención explícita al problema hecha en An Essay Against Too Much Reading, de 1728, por un tal Captain Golding). El funcionamiento habitual es como sigue: un profesor, doctorando, investigador, biógrafo, periodista o enterado de algún otro tipo publica un artículo, tesis, paper, libelo o libro donde se propone, directa o veladamente, la identidad "verdadera" detrás de la firma. Y la firma, en el "Caso Shakespeare" -como la prensa ha llamado a este lodazal propio del Londres isabelino-, es un factor clave: la llave que abriría el cofre en el que descansa el tesoro de un nombre otro. No es de extrañar que proliferen estas pesquisas de dudosa reputación (los stratfordianos desprecian a los investigadores espontáneos tratándolos poco menos que de paranoicos) ya que, como dice Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su texto dedicado al bardo, e incluido en Letteratura inglese (1990 y 1991, Mondadori), "lo que se sabe de la vida de William Shakespeare puede caber fácilmente en una página. Digo saber y no deducir o conjeturar". Con tan pocas certezas, y tratándose, como dice el propio Lampedusa, del "nombre más glorioso de la humanidad", o, como afirma Harold Bloom, del "inventor de la humanidad tal como la conocemos", teniendo tan escasos asideros, la leyenda sobre la persona detrás del nombre es un filón nutritivo para el mundillo académico y periodístico. Ralph Waldo Emerson fue categórico en su Representative Man (1850): "Shakespeare escribió los temas de toda nuestra música moderna: escribió el texto de la vida moderna". Por ello no desentonaría, analizada la cuestión desde esta perspectiva, que el inventor de la sensibilidad moderna fuese, como la época, un tanto fantasmagórico, o "indestructible", como diría Thomas Carlyle.
La historia del William Shakspere [nombre con el que fue bautizado] de Stratford-upon-Avon, nacido en 1564 y muerto en 1616, el tercero de los ocho hijos de una pareja local, el actor, prestamista y productor teatral, convencionalmente tenido por el autor de la magna obra shakespeareana, tiene algunas lagunas difíciles de llenar, en cuyos fondos cenagosos se han sumergido los especuladores con sus sofisticados batiscafos para extraer dos pecios relevantes: no hay manuscritos y no hay biblioteca. Dos elementos extraños tratándose de un autor que en vida supo recibir las mieles del éxito y la admiración tanto del público como de la corte. De las cinco firmas que se conservan –algunos dicen que son seis, y en cualquier caso todas ellas son "famosas"-, una aparece en un ejemplar de los Essais de Montaigne, otra en su testamento y otras tres en documentos comerciales. Ninguna de ellas es idéntica entre sí, y la del testamento es temblorosa y confusa, hasta el punto de ser ilegible. Sobre el testamento, quizá el documento más fidedigno que se conserva, hay dos particularidades llamativas: la pobreza de su redacción y el objeto legado a su esposa Anne Hathaway, la "segunda mejor cama" del muerto. Sobre este último detalle James Joyce ha dedicado varias páginas de divertidas elucubraciones en el Ulises.
Manuscritos y biblioteca personal
Aquellos que mencionan la falta de manuscritos originales como prueba atendible en este pleito prefieren obviar el hecho de que tampoco se disponga de manuscritos de Christopher Marlowe, contemporáneo de Shakespeare, o a lo sumo explican la coincidencia atribuyéndola a la escasa repercusión de su obra, su archisabida mala fama, sus costumbres disipadas e incluso al hecho de haber sido asesinado en una taberna. Explicaciones muy lógicas y atendibles, como puede apreciar cualquiera con dos buenos ojos en la cara. Lo cierto es que con la publicación de las Comedies, Histories and Tragedies en 1623 (que se conoce como "First Folio"), a cargo de John Heminge y Henry Condell -con prólogo de Ben Jonson-, se estableció el corpus principal y de referencia de la obra de Shakespeare, hasta entonces desparramada en volúmenes de dudosa factura editorial. La modalidad de escritura dramática de la época, muchas veces en conjunto y en borradores dispersos (versiones sucesivas, adaptaciones, palimpsestos), encontraba su forma final y válida en la página impresa, y el valor de los manuscritos era distinto al que se le asigna hoy en día. La destrucción del Globe Theatre en 1612 (aprox.), a causa de un incendio, pudo haber contribuido a la desaparición del material de referencia. El cierre de los teatros ingleses durante el Protectorado (1640-1660) puede haber sido causa de la dispersión de los manuscritos restantes. Algunos investigadores sostienen que unas cinco páginas de una obra manuscrita de Thomas More (albergada en la British Library) pueden corresponderse con la escritura de Shakespeare, pero no hay pruebas categóricas para establecerlo con certeza.
El de la biblioteca personal es, en cambio, un asunto más espinoso. Otros elementos son polémicos en la atribución consensuada al Shakspere de Stratford (en el significado de Shake-Speare hay muchas claves más, pero se las ahorraré al lector), aunque la falta de volúmenes probadamente utilizados por él resulta incómoda para legitimar una posición inequívoca y definitiva. La ausencia de biblioteca se explica más razonablemente determinando que no ha existido nunca que con su posible desaparición: allí está el analfabetismo de las dos hijas que lo sobrevivieron –impensable en la casa de un escritor tan prolífico como Shakespeare- y la escasa formación cultural que presumiblemente recibió en Stratford, a cargo de un párroco o en la Grammar School local. Si tenemos en cuenta que en la obra de Shakespeare se utilizan cerca de 22.000 vocablos, y que en la de Milton aparecen 8.000, la cuestión de la formación académica empieza a tomar relevancia. Considerando que Milton no era precisamente un autor caracterizado por sus limitaciones léxicas, y que el número de vocablos empleados por Shakespeare multiplica por diez el vocabulario medio de hoy en día, la sospecha crece. Al menos estos son los motivos que arguyen los anti-stratfordianos como "dudas razonables". El elemento formativo ha tomado especial relevancia entre los argumentos que niegan la posibilidad de que el hombre de Stratford fuese el autor de las obras de William Shakespeare: se calcula, junto con el antedicho despliegue léxico, que en sus obras hay citas directas o encubiertas de más de doscientos autores clásicos y contemporáneos. Este despliegue de erudición es difícil de sostener en la biografía de un hombre sin biblioteca.
"Dudas razonables"
La propuesta de la "duda razonable" fue plasmada en la Declaration of Reasonable Doubt, que lleva las firmas de unos trescientos académicos. Insistimos en que el "Caso Shakespeare" se parece cada vez más a un thriller protagonizado por un perito calígrafo y un aristócrata esquivo, con escenas y enredos palaciegos, pactos entre señores y lacayos y todo tipo de aventuras y máscaras. La Declaración también lleva la rúbrica de diecinueve "firmantes destacados", entre los que se encuentran dos nombres mediáticos: Jeremy Irons y Roland Emmerich. Para los statfordianos todas las "dudas razonables" son pruebas circunstanciales, ya que no acaban de probar, dicen, nada que justifique atribuir a otro que al hombre de Stratford la autoría de ese engendro mutante, inabarcable y fundacional que se conoce como "la Obra de William Shakespeare".
Los datos verificables de los que disponemos son, como sugiere Lampedusa, "de una escasez desoladora; y por añadidura, mezquinos, algunos repugnantes y alguno que otro paradójico". Atendamos a Lampedusa, seguramente junto con TS Eliot uno de sus lectores más informados e inteligentes:
Es obvio que los críticos, los lectores y los entusiastas no podían contentarse con estos datos. Recurrieron entonces, para recabar noticias, a la lectura de sus obras. Todo poeta se perfila a sí mismo y su propia vida en su obra; Shakespeare debió de hacerlo también. La dificultad estribaba en que se trata de un poeta dramático, obligado por tanto a hacer hablar a personajes con diferentes y opuestas pasiones y que, excepto en los Sonetos, nunca habla diciendo «yo». Era necesario elegir de entre los cientos de personajes aquéllos que pudieran parecer encarnar al autor, es decir, aquéllos que de drama en drama mostraran una cierta identidad en cuanto a pasiones y expresiones y que fueran al tiempo homogéneos en relación al único «yo» sincero, el de los Sonetos. Se hacía necesario crear la lírica personal de Shakespeare a partir de miles de fragmentos. Aquí los estudiosos se dividieron: los más fanáticos sencillamente rechazaron hacer el honor de otorgar al mal actor, al usurero y al ignorante la paternidad de tantas obras de altísimo valor espiritual. Estuvieron de acuerdo en que el señor William Shakespeare no podía ser más que un alias de otro personaje que por razones sociales o políticas no quería aparecer como autor dramático (profesión que, de hecho, era entonces considerada poco recomendable). Se decidieron a demostrar que el William Shakespeare del que conocemos sus datos biográficos no podía escribir la Obra que (decían ellos) demuestra unos ilimitados conocimientos políticos, diplomáticos, científicos, militares, legales, literarios, etc. Exageraban porque en el fondo lo que de conocimiento cultural se trasluce en sus dramas es mediocre, desordenado y autodidacto y, en cualquier caso, ampliamente asimilable por un cerebro de la capacidad del de Shakespeare. Aunque la obra de demolición de estos críticos puede ser perturbadora. Pero donde el asunto se viene abajo es cuando quieren reconstruir, es decir, identificar al autor de la obra. Han recurrido a la criptografía, al espiritismo y a cualquier medio o estratagema. Un belga ha demostrado perentoriamente que Shakespeare fue el conde de Rutland; un inglés que fue lord Southampton; otro inglés mantiene la paternidad de lord Derby; la escuela americana afirma que el autor de Hamlet fue Francis Bacon, el gran filósofo. Esta intrincadísima cuestión fue clara y brillantemente resumida por un profesor francés, Georges Connes, en un interesante volumen, Le mystère shakespearien. Los demás investigadores fueron más razonables. Dejaron de lado el asunto de la identidad personal e intentaron recubrir el esqueleto biográfico mediante la "internal evidence", el testimonio interior ofrecido por la obra misma. El libro de Frank Harris The man Shakespeare pone punto final a esta investigación más provechosa.
Todos los caminos conducen a Oxford
En este contexto de proliferaciones especulativas es donde aparece el profesor Kurt Kreiler, para contribuir con su libro a un deporte que corre el riesgo de hacer que el personal sucumba en el piélago del tedio. Su biografía de Edward de Vere, decimoséptimo Earl de Oxford, se inscribe en una línea de investigación que Lampedusa no menciona, y procura hacer que no se "venga abajo" el artesonado proponiendo a de Vere como la "identidad" acreedora de la obra. Más allá de las múltiples coincidencias o encajes que Kreiler propone en su libro, como en un juego de prestidigitación en el que tampoco faltan malabarismos practicados con bolas de fuego, cuchillos y grandes pelotas flotantes, equilibrios ajustados y alguna que otra doma de fieras, la realidad es que la "Hipótesis Oxford" (en todo "caso" que se precie debe haber una buena hipótesis funcional, en esta ocasión defendida por la Shakespeare Oxford Society) tiene un largo recorrido y se perfila como la favorita de entre las que presentan candidatura para llevarse el contenido del tesoro; si tenemos en cuenta las cantidades de dinero que mueve la industria/Shakespeare dentro del mercado/Academia, las razones de tanto embrollo empiezan a adquirir claridad. Si la clave del enigma finalmente estuviera en de Vere, habría sin duda muchas transferencias de divisas y muchas mudanzas de claustros, y los rotulistas ingleses sacarían una buena tajada cambiando nombres en las puertas de los despachos de las universidades.
La hipótesis sobre la autoría de Edward de Vere aparece por primera vez en 1920, dentro del ensayo Shakespeare Identified, de Thomas Looney, y desde entonces se ha constituido en una de las líneas más sólidas de cuantas intentan encontrar rostro verdadero a las obras de Shakespeare. El mérito de esta hipótesis reside en que se sostiene sobre la cláusula más débil de la versión oficial: la formación libresca del hombre de Stratford. En cuanto a de Vere, su nutrida biblioteca está llena de volúmenes sesudamente subrayados, y los subrayados coinciden con muchos pasajes citados en las obras de Shakespeare. Su dominio del italiano, el francés, el latín y el griego es un factor sustancial dentro de esta línea de investigación. Pero quizá el elemento más elocuente sea que Edward de Vere fue sobrino de Arthur Golding (1536-1605), reconocido poeta y latinista, responsable de la traducción de referencia de Las Metamorfosis, de Ovidio, en métrica inglesa. Ezra Pound incluye a Golding en su ABC de la lectura y estima su traducción de Ovidio como fundamental para cualquier abordaje serio a la poesía en lengua inglesa. La importancia de Las Metamorfosis dentro de las obras de Shakespeare avalan, al menos en parte, el valor de esta coincidencia. La explicación que dan los oxfordianos a este contubernio histórico es que Edward de Vere no podía firmar las obras por su posición dentro de la corte, y porque estaba mal visto que un aristócrata se dedicase a semejantes juegos vulgares. Fue entonces, cuentan, cuando contactó con este empresario teatral de Stratford para que diese la cara, y la familia concluyó la conspiración tras su muerte acordando con Ben Jonson el mantenimiento de la confusión. Sin embargo Jonson habría dejado pistas al declarar el "poco latín y menos griego" que manejaba el hombre de Stratford-upon-Avon.
Sigmund Freud se transformó en un convencido oxfordiano tras la lectura del ensayo de Looney, sumándose a la larga lista de quienes plantearon dudas sobre la identificación tradicional: Samuel Taylor Coleridge, Benjamin Disraeli, Mark Twain, Walt Whitman, Ralph Waldo Emerson, William y Henry James, Charles Dickens, Friedrich Nietzsche y John Galsworthy, entre otros. Twain escribió, en un texto titulado Is Shakespeare Dead? (1910): "Muchos poetas mueren pobres, pero este es el único poeta de la historia que murió TAN pobre; todos los demás dejaron detrás de sí materiales literarios. También un libro. Quizá dos."
Los Sonetos
Cuenta Lampedusa:
En 1609 el editor Thomas Thorpe publicó un libro que contenía los ciento cincuenta y cuatro sonetos de Shakespeare, con el nombre del autor [escrito SHAKE-SPEARES]. Pero ya diez años antes nuestro viejo amigo, el inestimable Meres, había aludido a los «azucarados sonetos que Shakespeare hace circular entre sus amigos más íntimos», y dos habían sido publicados, abusivamente, en un librito atribuido a Shakespeare pero en el que los dos sonetos eran lo único verdaderamente suyo.
Afortunadamente (o desventuradamente) el editor de los Sonetos completos prologó la obra con una dedicatoria personal dirigida al destinatario de los sonetos. Sin embargo, por razones obvias, no lo nombró sino que sólo indicó sus iniciales. No se imaginaba que esas treinta palabras suyas fueran a desencadenar una batalla literaria que aún hoy perdura. He aquí la dedicatoria (por otra parte muy agraciada), traducida y reproducida con su tipografía, lo que tiene su importancia.
"Al verdadero inspirador de los presentes sonetos, Mr. W. H., toda la felicidad y esta eternidad prometida por nuestro inmortal poeta desea el que con sincero deseo aventura esta publicación.
T. T."
El begetter inglés [inspirador] es «aquel que hace producir» y tiene también un sentido sexual. «Aventura» hay que entenderlo de una manera comercial: aquél que busca la ventura, que se arriesga en una empresa. T. T. son las iniciales de Thomas Thorpe, el editor.
Los Sonetos no empezaron a suscitar curiosidad hasta el siglo XIX, cuando Wordsworth descubrió que «en los Sonetos Shakespeare nos abrió su corazón». En aquella época victoriana este descubrimiento despertó indignación y Browning replicó diciendo: «y entonces por la misma razón resulta disminuido». Parece imposible pero durante generaciones nadie se dio cuenta, o nadie osó decir, que la mayor parte de los sonetos iban dirigidos a un muchacho. La lengua inglesa, todo hay que decirlo, con sus adjetivos invariables, favorece estos malentendidos. ¿Quién era «Mr. W. H.»? Las iniciales son, invertidas, las de Henry Wriothesley, es decir, del omnipresente conde de Southampton. Pero en inglés no existen precedentes de estas inversiones de iniciales, y menos aún de llamar tan familiarmente mister a un par de Inglaterra.
Oscar Wilde tuvo su cuota de participación en el debate general, o al menos en la subsección de los Sonetos, cuando escribió su brillante The portrait of Mr. W.H., donde desarrolla la hipótesis "Willie Hughes". Según su versión, W.H. haría referencia a un joven y atractivo y afeminado actor de la compañía de Shakespeare, que se habría puesto al servicio de una compañía rival. El texto de Wilde, ajustadamente traducido por María Inés Castagnino, y publicado por editorial Quadrata, es mucho más que una especulación sobre estos menesteres: es un complejo artefacto literario que combina el ensayo, la narrativa de ficción y la poesía. La traductora define esta hibridación de la siguiente manera:
Los compartimentos genéricos tradicionales no sirven para clasificar esta obra de Wilde, en tanto es difícil determinar si nos hallamos ante un ensayo enmarcado por un relato o ante un relato interrumpido por una larga digresión ensayística. La consecuencia es la contaminación: el argumento del ensayo se tiñe de la ficción del relato que lo enmarca, pero a la vez el relato se tiñe de la seriedad del argumento, al punto de que algunos estudiosos de los Sonetos de Shakespeare han adherido a la teoría "Willie Hughes" en la realidad. Esto obliga al lector a adoptar una postura desde la cual interpretar El retrato del señor W.H.; procedimiento que no es del todo ajeno al fenómeno teatral, donde muchas veces la ausencia de una voz narrativa unificadora hace que el espectador deba de algún modo decidir entre los múltiples puntos de vista expresados por los distintos personajes.
Wilde, por añadidura, estaba haciendo allí una operación sobre la historia de la moral, las formas críticas para pensar el arte y la relación, siempre conflictiva, entre realidad y ficción.
Como dice el autor de El Gatopardo, en el fondo todas estas especulaciones identitarias no tienen mayor importancia. Lo importante es la obra. Jan Kott, en Los travestidos en la obra de Shakespeare, interviene así: "Los Sonetos han sido considerados en múltiples ocasiones como una pieza de referencia para un estudio biográfico; pero yo creo que no es excesivamente interesante saber si Shakespeare era homosexual o bisexual; por otra parte no es posible interpretar las obras literarias de una forma tan ingenua. Sin embargo cabe hallar en los sonetos o en su gran prólogo las estructuras fundamentales de sus obras del primer período. Los sonetos constituyen una especie de tragicomedia o incluso un drama pasional con tres personajes: un hombre, un adolescente y una doncella; y en el espacio de 154 secuencias se examinan todas las relaciones posibles entre hombre, doncella y adolescente".
Los Sonetos representan, además del elemento testimonial de mayor alcance de entre todas sus obras (esa especie de vórtice que sugería Lampedusa), una cumbre inusitada de la poesía de todos los tiempos. Allí cabe la reflexión sobre los efectos del tiempo en la belleza; la capacidad de la escritura y el arte para resistir a esos mismos estragos del tiempo; la reflexión sobre la muerte y sus implicaciones filosóficas; las aristas posibles que despliega el deseo, la pasión, los celos, la traición... En definitiva, allí se da cita el repertorio completo de la poesía amorosa de Occidente. En castellano existen muchas versiones de la serie poética, unas más afortunadas que otras, y ahora se viene a sumar la publicada por Bartleby, a cargo de Christian Law Palacín, quien propone que "se van cumpliendo, parece, los augurios de su autor, y pervivirá su tinta. Si no todos los mármoles, sí verán caer todos los muros. Su energía está en disposición de destruirlos". En el prólogo que acompaña esta nueva edición, Law Palacín expone su particular teoría de la traducción, un desafío que se renueva con cada acercamiento a los Sonetos:
Quizá, se me ocurre, ese sea el sentido de cada nueva traducción de un gran texto literario: rejuvenecerlo, fortalecerlo en su largo viaje por los siglos. Hay que hacer que tenga una influencia real en los días que vivimos y su fulgor ayude a neutralizar tantas horas negras [...] Con todo ello no pretendo, ni de lejos, que hayan prescrito las versiones anteriores en español, aunque algunas no resulten, pienso, demasiado felices. Sólo digo que esta aspira a sumar sus fuerzas a las del resto para proyectar estos poemas un poco más allá, al menos en nuestro ámbito... [...] Sin que la métrica deje de asediarlo, el traductor se las ve al mismo tiempo con la altísima lengua literaria del original, que se manifiesta ya desde el primer verso y sufre pocas caídas a lo largo de la serie. Enfrentado a la tarea de recrearla, sólo puede ser segundo tras Shakespeare, eso es evidente, pero su obligación está en no quedarse a gran distancia, en intentar que la rivalidad en cuanto a caudal léxico y donosura de la sintaxis no sea pura apariencia. La composición debe celebrarse, aunque uno la tenga perdida. Ahora bien, la lengua de nuestro autor es ya clásica –antigua- y lo es tempestuosamente, y la del traductor, obligado con todo a preservar ese clasicismo, debe ser además tan moderna como la de Shakespeare lo era en el siglo XVI, y por ello, entiendo, más ligera su música sin empobrecerse, más hecha para nuestra era.
Shakespeare y Cervantes
A esta reactivación del "Caso Shakespeare", de la mano del libro de Kurt Kreiler, se añade una importante noticia: La obra Double Falsehood, atribuida por el empresario teatral Lewis Theobald en el siglo XVIII a William Shakespeare y John Fletcher (con quien habría escrito varias de sus últimas obras), y desestimada hasta ahora por los especialistas, se ha integrado en las ediciones de Arden, la editorial de referencia. Double Falsehood, según el profesor Brean Hammond, de la Universidad de Nottingham, tiene al menos tres Actos que podrían atribuirse a Shakespeare (y Fletcher), y estaría basada en Cardenio, una obra inspirada en el personaje de Cervantes. La obra se habría representado al menos en dos oportunidades durante 1613, un año después de la publicación del Quijote en lengua inglesa. Este es el dato más contundente que vincula a Cervantes con Shakespeare, y una prueba del conocimiento que el autor inglés –quien haya sido realmente- tuvo de la obra fundacional de la literatura española moderna.
Noticia nº: 3390 | 18-03-2010
ActualidadLiteraria/EDL/18-03-2010


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