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Marta Sanz gana el I Premio de Periodismo Ciudad de Cáceres por su artículo "Cáceres, ciudad pajarera"

Actualidad Literaria
Reunido el Jurado constituido para la elección del Primer Premio Internacional de Periodismo Ciudad de Cáceres "Fundación Mercedes Calles y Carlos Ballestero", presidido por doña María Justina Guisado Domínguez, presidenta de la Fundación, tras el análisis y valoración de los trabajos presentados y el correspondiente debate, se acordó designar como ganador por mayoría al artículo “Cáceres, ciudad pajarera”, de la escritora madrileña y profesora de la Escuela De Letras Marta Sanz Pastor, publicado originalmente en el periódico El País el día 3 de mayo de 2008.

Informa Extremadura al Día

La Fundación Mercedes Calles y Carlos Ballestero creó este Premio, dotado con 15.000 euros, a fin de difundir los atractivos de la ciudad de Cáceres y apoyar su candidatura a Capital Europea de la Cultura 2016, para premiar el mejor artículo o reportaje en prensa escrita relacionado con la ciudad de Cáceres y que pusiera de relieve sus valores sociales, humanos, culturales, artísticos o monumentales.

Marta Sanz, escritora, nacida en Madrid en 1967 fue finalista al Premio Nadal en 2006, premio Ojo Crítico de Narrativa y ganadora del premio Vargas Llosa de Relatos 2006. con su cuento "Regalos". Doctora en Literatura Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid, su carrera literaria le llevó a publicar El frío. Madrid: Debate, 1995. Lenguas muertas. Madrid: Debate, 1997. Los mejores tiempos. Madrid: Debate, 2001. Premio Ojo Crítico de Narrativa. Animales domésticos. Barcelona: Destino 2003. Susana y los viejos. Barcelona: Destino, 2006. Finalista del Premio Nadal. La lección de anatomía. Barcelona: RBA, 2008. Aparte de su obra como novelista, también ha escrito cuentos y ensayos, ha ejercido la crítica literaria en distintos medios, es profesora de la Universidad Antonio de Lebrija de Madrid y profesora del Taller de Lectura de la Escuela De Letras. Ha sido redactora jefe de la revista literaria Ni hablar y colaboradora en distintas publicaciones periódicas, ABC, Escuela de Noche o Viento Sur. Colabora habitualmente con crónicas de viajes en el suplemento El Viajero de El País.


Cáceres, ciudad pajarera

Aves, torres y veletas que dialogan con el aire

Publica El País

Por Marta Sanz

Visitar por primera vez una ciudad puede ser una experiencia apabullante. El viajero corre el riesgo de perderse, de no saber hacia dónde mirar, de que le sobrevenga una taquicardia -si es del tipo hiperestésico-, de quedarse sin palabras para nombrar más tarde las calles por las que anduvo. Sin embargo, revisitar un espacio es deleitarse en los placeres distantes del reconocimiento. Tras haber madurado las imágenes, se elige revivirlas, contrastarlas con el impacto de la primera impresión. Regresar así a Cáceres es un goce, porque Cáceres es una ciudad para re-conocer, un lugar de palabras clave -adarve, Golfines, veleta, Moctezuma, torre albarrana...-, nombres comunes y propios que van formando una sintaxis personal en cada recorrido.

Y con las frases se van escribiendo las historias. La nuestra comienza en las escalinatas que, desde la plaza Mayor, conducen al casco histórico atravesando el arco de la Estrella, flanqueado por las torres de Bujaco y de los Púlpitos. De la puerta hacia la izquierda, por el adarve, se accede a la plaza del palacio de los Toledo-Moctezuma, símbolo del mestizaje, que fue reedificado en el siglo XVI por Juan de Toledo Moctezuma, descendiente de Isabel de Moctezuma, hija del emperador azteca.

Una historia terrible

Da escalofríos pensar cómo el mestizaje pasa por el desarraigo y cómo la síntesis procede de la antítesis y a menudo también de la violencia: Isabel de Moctezuma es un ejemplo de cómo los muros se levantan con oro y de cómo el oro es una ganancia espuria. Isabel presenció cómo Hernán Cortés asesinaba a su familia: Tecuichpo Ixcaxochitz fue una niña casada con caudillos aztecas con los que no consumó el matrimonio; fue arrancada de su comunidad y entregada a los conquistadores. Hernán Cortés la violó y de esa barbarie nació una hija, Leonor, a quien la madre no reconoció jamás.

Historias escondidas en las palabras y en las edificaciones de Cáceres: el palacio de Moctezuma actualmente es sede del Archivo Provincial. Si se evocaran los acontecimientos que duermen en la cimentación de cada palacio, el paseo sería atronador a causa de las voces de los fantasmas: nos quedaríamos encerrados entre los imaginarios vidrios de un solo paraje. Sin embargo, podemos escaparnos de éste por una callejuela-laberinto que se abre a la magnífica plaza de Santa María.

Sería estupendo poder alzar los pies del suelo como las cigüeñas, los mirlos, los cuervos y las palomas de esta ciudad pajarera, y gozar de las vistas de la plaza de Santa María sobrevolándola: la fachada renacentista del palacio Episcopal con su entrada de arco de medio punto y sus escudos que son otra impregnación de la historia en la arquitectura; el palacio de Hernando Ovando, con el águila esgrafiada de los Vera como un cuadro puntillista que brota entre los materiales de la edificación o como dibujo de tiza que va deshaciéndose; al otro lado, la iglesia concatedral impone con sus gárgolas de fieras y leones: el interior alberga un retablo de cedro que conserva su color original y que merece la pena contemplar durante un rato.

La torre de la concatedral está rematada por cuatro flameros sobre los que cuatro cigüeñas vigilan de pie. Son imponentes las cigüeñas. Nos acompañan en un paseo por el silencioso casco histórico de una ciudad de luz vespertina donde sobrecogen la tranquilidad y el olor a fresa, extemporáneo, de los desinfectantes con los que los barrenderos dejan impolutos los pavimentos... Las cigüeñas a una hora determinada vuelan todas hacia la misma dirección poniendo las tildes al fraseo del casco histórico. Espero que, por su sobreabundancia, no estigmaticemos a las cigüeñas urbanas como hacemos cada día con las palomas.

También deben de habitar el cielo cacereño mochuelos y lechuzas, búhos, porque se descubren egagrópilas, restos de la digestión de roedores deglutidos por las aves nocturnas. Detrás de la concatedral, por la calle de la Amargura, impresiona el cilindro de la torre de Carvajal; también un patio que huele a hinojo y deja entrever olivos y un árbol de enormes flores blancas. La forma de la plaza de Santa María es la de la letra de un alfabeto lunar, marciano o venusino; sobre una de sus volutas, el palacio de Mayoralgo es una mole rectangular en la que destacan su nítida fachada renacentista y su escudo partido dimidiado de un águila y una torre: un nuevo enigma heráldico. En el umbrío arremetimiento de la cuesta de Aldana queda la Casa de los Moraga y, pegado a la iglesia de Santa María, el palacio de la Diputación Provincial.

La letra de la plaza de Santa María se convierte en sílaba, palabra y frase en la plaza de los Golfines: no se necesita ni plano ni diccionario para disfrutar de ella; allí se asienta el edificio del Ministerio de Fomento y el palacio de los Golfines de Abajo: son bellísimas su ventana plateresca, su balaustrada curvilínea de piedra gris -las otras piedras de Cáceres son manchas anaranjadas, amarillas, barrosas...- y su torre con una balconada sobresaliente que casi amenaza con desplomarse sobre la calle. De la plaza de los Golfines se sale a la de San Jorge, patrón de esta ciudad cuyo casco histórico fue declarado patrimonio de la humanidad en 1986 y opta a ser capital europea de la cultura en 2016.

El encanto de la inaccesibilidad

Méritos históricos, artísticos, culturales, gastronómicos, vitales -su gente es simpática, conversadora y está dispuesta a ayudar- no le faltan: lo que le falta son transportes... O a lo mejor es que la inaccesibilidad es uno de sus encantos. En la plaza de San Jorge, al pie de las escalinatas, hay una placa conmemorativa de Rubén Darío y una pequeña estatua que representa la imagen del santo en el momento en el que traspasa con su lanza el cuello del dragón: se aprecia la escama del reptil justo alrededor de su herida.

Arriba queda la iglesia barroca, apuntada y lechosa, de San Francisco Javier, uno de esos puntos álgidos de Cáceres en los que resulta imprescindible la contemplación desde distintas perspectivas: la magnificencia del palacio de los Golfines de Abajo se hace más asequible desde la altura de las escalinatas de San Francisco Javier. Con la visión menguante de los Golfines a la espalda, el viajero sube por la cuesta de la Compañía entre muros desnudos que se rompen con la luz que penetra por el callejón de Don Álvaro: al final de la cuesta aparecen las plazas encadenadas de las Veletas, San Pablo y San Mateo.

Desde la plaza de las Veletas se achaparran las airosas torres de San Francisco Javier y el casco antiguo se funde con el verdor del paisaje extremeño. El palacio de las Veletas, que cobija el Museo de Cáceres, exhibe una balaustrada de azulejos verdes y blancos. Pero lo más sobrecogedor es su aljibe hispano-árabe, que sigue recogiendo el agua de la lluvia a través de un sumidero del patio.

Revivir la visita

Éste es el lugar que elige esta viajera para revivir su primera visión de Cáceres, el punto que se quedó asentado en mi memoria por su secreta condición, oscura y húmeda. Un enclave concebido para saciar la sed y ayudar a la fertilidad. El hueco del aljibe se sustenta en columnas que dan una sensación de fragilidad acentuada por el sonido del goteo, el sonido infrecuente de las aguas estancadas, por la sospecha de la erosión.La plaza de San Pablo es al mismo tiempo amplia y recogida: el palacio de las Cigüeñas y su torre, la única que no fue desmochada por Isabel la Católica, son imponentes y convierten casi en miniatura el convento gótico de San Pablo: parece que se pudieran alcanzar con la mano las dos campanas de su espadaña.

De la plaza de San Pablo a la de San Mateo: rodeando su iglesia, asentada sobre una mezquita, por el callejón de la Monja, se alza otra torre cuadrangular, con su balcón a punto de recibir las gárgolas de San Mateo, que de un salto podrían cruzar la calle o echar a volar entre la confusión de los pájaros... El callejón conduce a las casas del Águila y del Sol; en esta última sobresalen los matacanes y el escudo de un sol con cara como el que pintan los niños. En la salida a la cuesta de Aldana tropezamos con la Casa del Mono, sede de la biblioteca Zamora Vicente.

Si subimos por la cuesta de Aldana, encontramos la Casa de Aldana y las bellísimas casas de los números 14 y 16: el trazado del ladrillo tiene reminiscencias mozárabes y dentro se oyen zureos que parecen gruñidos de bestia encerrada. En la calle Ancha, tres joyas más de la arquitectura cacereña: la Casa Solar de los Ulloa, la de los Paredes Saavedra y el palacio de los marqueses de Torreorgaz, actual parador.

Tanto silencio y tanta belleza hacen que de pronto se necesite el bullicio, la aglomeración, incluso un poco de esa fealdad o de ese tufo a comida que humaniza los lugares. La plaza Mayor, los mesones y las calles aledañas, Godoy, Zapatería, Pintores, el Gran Teatro, la plaza de San Juan, Donoso Cortés, el local de la Despensa cacereña con las tortas del Casar, los botes de criadillas de la tierra, la morcilla patatera y los sacos de legumbres, o el bulevar de la avenida de España, cuentan con ese reparador toque mundano y ayudan a aterrizar a un viajero que en su paseo por el casco histórico ha vivido en una ciudad de pájaros y de subterráneos aljibes, desplazada en el tiempo, probablemente única en el mundo, hermosísima.

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